24 febrero 2006

Gibraltar: el “peñazo” del Peñón

¿Ubinam gentium sumus?/¿En qué país estamos? Marco Tulio Cicerón.

He de confesarles que no acabo de entender demasiado bien, y por ello he de mostrar mi perplejidad, al descubrir la enorme contradicción que para nuestros actuales gobernantes, zp y sus adláteres, supone el problema del Peñón frente a lo que ellos llaman, eufemísticamente, el “reconocimiento de las indiscutibles nacionalidades del estado”.
Sin que su demostrada preocupación por el enquistado problema que supone la definitiva situación de Gibraltar sea como para tirar cohetes, especialmente por lo que cabe esperar, en estos momentos, de la colaboración británica, no deja de ser sorprendente que mientras se prestan a desmontar con total impunidad y sin remordimiento alguno una nación milenaria, aún les queden ganas de tocar las narices a los británicos, y a los llanitos, con las eternas reivindicaciones. Y no digo yo que no deba hacerse. Pero mi desconcierto es grande ante la magnitud de tal contradicción. Una más de este descabellado gobierno que nos desgobierna.
No obstante, retomando el eterno problema gibraltareño, uno tiene que confesar que Caruana y los caruanitos comienzan a provocar en el español medio una especie de urticaria difícil de definir. No es creíble su obsesión por defender lo que en términos racionales va “contra natura”. Personalmente, hace mucho tiempo que deje de tomar en serio a cualquier personaje previniente de la clase política y, aún más, cualquier mensaje que este pudiera emitir. Pero en el caso de “mister Carrgguana”, el “pequeño” dirigente – no por tamaño físico, sino intelectual - que, dicen, dirige esa piedra gorda que se encuentra al final de la península ibérica, es, a más de patético, divertido. Tiene todo el aspecto de pertenecer a uno de los cuadros más típicos de una de las populares obras costumbristas de los hermanos Quintero.
Escuchar decir al “zeño” primer ministro de la piedra, de la cosa esa no mucho mayor que la grada de cualquier estadio de primera llamada “la roca”, algo así como: “nozotro no zomo epañole”, en el más fuerte acento gaditano que uno pudiera imaginar, pese al gracioso gracejo, resulta casi irritante. ¡Se puede ser más besugo que pretendiendo negar la mayor te bases en su propia existencia! Es como si pretendiendo negar la existencia del Universo comenzáramos por cuestionarnos el sistema solar.
Ignoro como se desenvuelve en la lengua de Shakespeare nuestro pequeño “reyezuelo del rocón”, y de los monos. Los auténticos que en ella se encuentran, claro. Pero apuesto la mejor de mis camisas de verano - la amarilla que tiene grabado un jugador de wouling en la espalda – que en ningún caso será comparable a la autenticidad de la que hace gala cuando se expresa en la lengua de Alberti, de Juncal o del mismísimo y entrañable Séneca.
Y eso es lo que más me desconcierta de este primer ministro de la gorda piedra y, naturalmente, de los restantes cuatro gatos que en ella residen y que, como dice un buen amigo mío, metidos todos ellos en un taxi aún sobraría una plaza. ¿Cómo se puede entender que después de transcurridos los primeros trescientos años de, como diría otro buen amigo mío abogado, la “apropiación indebida” realizada por Gran Bretaña, el “zeño Carrgguana”, y su pequeña tribu de “andalus-britanicus” de tercera división, aún conserve ese fuerte acento andaluz.
Estoy plenamente convencido que las más elementales leyes de la naturaleza han provocado una alteración genética en las neuronas de los llanitos y, ¿cómo no? del llanazo “zeño Carrgguana”, consiguiendo que, pese a la obstinación demostrada por ellos y sus ancestros durante generaciones, de mantenerse fuera de la jurisdicción de España, les haya sido imposible desprenderse de esa terrible “carga”.
Soy de los que, convencido, cree que la culpa – y la responsabilidad - de cuanto le sucede a una comunidad es de los propios que la forma y que el “profesional” de la política no hace más que aprovecharse de las debilidades de quienes no encontrando otra opción mejor, le vota.
El caso de “nuestra” ¿querida? piedra y de quienes la habitan, incluidos los monos, no es distinto. Es de dominio público que ese reducto, uno de los últimos que quedan en Europa, es el mayor centro de tráfico de drogas contrabando y la fuente de ilegalidades más importante en el viejo continente. Especialmente mercantiles.
No deseo entrar en disquisiciones inútiles sobre la legalidad, o no, de la situación colonial de ese pequeño “reino de Taifas”. Creo que, independientemente y antes de una indispensable y completa formación jurídica en derecho internacional, habría que apelar al sentido común de los propios residentes en el peñasco. De las infinitas ocasiones en que por ocio u obligación me he encontrado en Gibraltar he podido deducir que, salvo la inevitable colonia británica residente en ella, la mayor parte de los habitantes se expresan y sienten como sus hermanos del otro lado de La Línea. Incluido su primer ministro. Y tengo la sensación, e incluso la certeza por manifestaciones de residentes, de que si no fuera por la presión directa de sus dirigentes, y la indirecta y sibilina de los británicos, hace mucho tiempo que Gibraltar se hubiera fundido, con acuerdo o sin él, con el resto de Andalucía.
Vaya por delante mi absoluta desconfianza de que en ninguna de las alternativas posibles yo crea que los británicos están por la labor de abandonar el peñón. Pero no es menos cierto que la dichosa piedra se ha convertido en moneda de cambio político para mostrar las simpatías o desafectos de los gobiernos imperantes en cada momento. Así, mientras con Aznar, amigo declarado de Blair, las posibilidades de recuperar un diálogo sobre la roca se presentaban como una posibilidad, ahora, con el ínclito “emperador de la tonta sonrisa”, más conocido como zp, cualquier posibilidad pasaría porque este se acercara antes a tomar el acostumbrado té británico.
Claro que, yo avisaría a nuestro “habilísimo” servicio de inteligencia – cni – para que controlara las cucharadas de azúcar para la taza de “nuestro” presidente. No me sorprendería que estas contuvieran mayor cantidad de cicuta de de cualquier otro producto. Porque mira que es difícil en el escaso tiempo transcurrido desde “la coronación” y pese a mostrar constantemente la sonrisa más boba que uno se pueda imaginar, crearse tal cantidad de “amigos”.
Si de verdad le dieran a la “jodida” roca el valor real que debería tener para unos y para otros, hace ya mucho tiempo, seguramente desde el ingreso de España en la Comunidad Europea, que el problema hubiera dejado de ser tal. Hasta el interés estratégico defendido durante siglos por los ingleses dejó de tener vigencia después de la creación de la Unión Europea y la incorporación de España a la otan.
De modo que, como al inicio les decía, el problema es esa obstinación “contra natura” del “zeño Carrgguana” y los cuatro caruanitos que no desean perder los privilegios de encontrarse en esa tierra de nadie en la que, como en los pequeños reinos de Taifas, hacer de su capa un sayo. Eso sí, un sayo bastante sucio.
Y es que para los españoles el problema de Gibraltar, de La Roca, de La Peña, de El Peñón, o de cómo demonios deseemos llamarle, ha dejado de ser un problema para convertirse en “un peñazo”.

Felipe Cantos, escritor.

23 febrero 2006

¿Qué se entiende por catalonófobo?


Nada hay más peligroso que una idea cuando no se tiene más que una. Emile Chartier Alain

Desde la tristeza que provoca lo que se puede observar desde el magnífico mirador que permite a un español, residente en el corazón de la Europa Comunitaria desde hace dos décadas, y reflexionar sobre lo que está sucediendo en España desde hace algo más de dos años, un catalonófobo es:

Todo aquel que teniendo una clara idea de la historia de España, incluida Cataluña, se empeña en cuestionar y no tomar en serio esa bazofia histórica que pretenden vender los nacionalistas.

Todo aquel que no estando de acuerdo con sus ideas discrepa de ellas, y de los métodos que emplean para imponerlas.

Todo aquel que perteneciendo a generaciones posteriores a nuestra “famosa” y “trasnochada” contienda nacional, aparentemente superada, y no teniendo, en pos de una verdadera paz, el menor interés por el bando en el que luchó su abuelo, no logra entender el revanchismo y el odio nuevamente exhibido por los nacionalistas, poniendo en peligro la tranquilidad de España.

Todo aquel que, con todos los respetos para la identidad catalana, no tolera, ni admitirá jamás ninguna clase de superioridad por parte de esta comunidad, en relación con el resto de las comunidades españolas.

Todo aquel que ponga en tela de juicio la inteligencia y las intenciones de los nacionalistas cuando, lejos de ofrecer a sus ciudadanos amplitud de miras en todos los terrenos: culturales, lingüísticos, filosóficos, económicos, etc.; se dedican a mirarse el ombligo y pretenden que los ciudadanos de Cataluña regresen a las cortas posibilidades de la tribu.

Todo aquel que habiendo escuchado por boca de simpatizantes de los nacionalistas catalanes las sandeces que a continuación leerá, se limite a mirarlos con tristeza y ofrecerles una sonrisa de misericordia y paciencia: “No sé bien por qué, pero en mis últimos viajes a Turquía y Marruecos me he sentido más identificado, más en casa que en España”.

Todo aquel que ponga en tela de juicio la honradez de los nacionalistas catalanes. De manera especial aquellos que siendo conocedores de las “aventuras” del Ministro de Industria, el bachiller Montilla, sienten cierta repugnancia de las prácticas mafiosas con las que habitualmente opera. Entre otras: Opas para su beneficio particular y el de sus amigos. Regalías de miles de millones por su “excepcional” colaboración en los tejemanejes con entidades financieras catalanas.

Todo aquel que ponga en tela de juicio el nivel intelectual de la mayoría de los dirigentes nacionalistas, para llevar a cabo grandes cambios en la sociedad catalana, a la que pertenecen.

Todo aquel que, harto de escuchar las ofensas constantes de los nacionalistas catalanes contra su sentimiento de español, se manifieste ofendido, e incluso dolido en lo más profundo por el trato recibido.

Todo aquel que no acepte, por sentido común y uso de su inteligencia, que se pueda hablar de nacionalista catalán y no pueda hacerse de nacionalista español.

En síntesis:

Todo aquel que se resista a que los catalanes, nacionalistas, le nombre socio de honor del CEI, más conocido como “Club de los Estúpidos Integrales”.

Felipe Cantos, escritor.

12 febrero 2006

El Matrix catalán.

Durante los últimos tiempos, más concretamente desde que alcanzara el Gobierno de España el ínclito ZP, mi espíritu se ha sentido inquietado por todo cuanto estaba sucediendo en mi nación. Unas veces enervándome; otras, las menos, provocándome una sonrisa de conmiseración; otras resignándome, y las más tratando de entender algo de la kafkiana situación que, sin necesidad alguna, han creando el señor Rodríguez Zapatero y sus adláteres.
Sin embargo, la última noticia llegada hasta mi, puede que no la más importante en cuanto a consecuencias, pero sin duda alguna la más delirante, sobre la contratación de empresas privadas de seguridad para vigilar y proteger los edificios institucionales, incluidas las comisarías e instalaciones de la policía autónoma catalana, más conocida como Mossos d’Esquadra, me ha permitido llegar al cenit de lo delirante en los llamados Països Catalans.
Nunca llegué a imaginar que el fenómeno virtual reflejado en un film de ciencia ficción pudiera alcanzar tal nivel de realismo. Y lo cierto es que no puedo por menos que esbozar una sonrisa llena de ironía al comprobar como la clase política catalana, y una buena parte de su ciudadanía, doy fe de lo que digo pues “amigos” y conocidos cercano se identifican con lo que allí está sucediendo, han llegado a vivir de manera permanente en el sugerente e ¿incomprensible? mundo de Matrix. Aquel mundo que a todos nos impresionó desde el vuelo de una imaginación portentosa, se ha convertido, por mor de los acontecimientos y, como siempre, superando la realidad a la ficción, en un estado de ilusión permanente en el mundo catalán.
De él, la clase política y sus fervientes seguidores, salen y entran con toda facilidad, imagino que conectados a algún resorte, he intentan que lo hagamos nosotros, desgraciadamente sin ninguna posibilidad de ser conectados a elemento alguno que nos permita asumir gran parte de los postulados y falsa e incomprensibles tesis en las que sustentan su ilusorio mundo.
Si sólo se tratara de inventar una historia y una independencia jamás existida; de unos derechos nunca disfrutados; de unas imaginativas y delirantes reivindicaciones frente al resto de España difícilmente demostrables; de una injusta discriminación que, incluso en los momentos más difíciles siempre fueron a su favor, bastaría con conectarse, como en el mundo virtual de Matrix, para, una vez satisfechos los necesarios anhelos, volver a la realidad con sólo desconectar. Pero resulta que únicamente entran en el mundo virtual para nutrirse de falsos argumentos y exhortar sus originales y descabelladas decisiones. Sin embargo, cuando una vez desconectados regresan de aquel mundo, tratan de que el pago de sus reivindicaciones no se realice en “moneda virtual”. Y es que, como ellos mismo han acuñado: “la pela es la pela”.
Mundo virtual sí: independencia, rompiendo una España de la que siempre formaron parte; reivindicaciones históricas inexistentes; presentación de facturas repletas de falso victimismo y una inacabable lista de reivindicaciones carentes de todo sentido. Pero el cobro en este mundo y con los pies en el suelo, que el champán, las monchetas, los embutidos catalanes, las entidades financieras y todo cuanto Cataluña y catalanes puedan “exportar” a su vecino español, es sagrado.
De modo que, frente a la apropiación de una Cataluña de todos los españoles, por parte de una clase política, demostrablemente corrupta hasta el tétano, ellos pretenden cobrar, mucho y bien, en moneda de curso legal: Opas para crear monopolios energéticos; independencia judicial y territorial para, en definitiva, hacer de su capa un sayo. Por cierto, siendo yo madrileño, ¿que derecho tiene los radicales catalanes para prohibirme que sienta “mi Cataluña” tan mía como cualquier otra parte de España? Si por las cerriles razones que puedan tener, ellos no sienten lo mismo por cualquier lugar de de nuestra entrañable España, es su problema. En mi particular caso, yo, ya vivía la entrañable Cataluña de los años sesenta, cuando muchos de los que hoy reivindican su independencia, curiosamente en su mayoría charnegos procedentes de otros lugares de España, ni tan siquiera habían nacido. De modo que, amando como amo España, no tengo deseo alguno, ni necesidad de sentirme como turista de lujo, en las ramblas barcelonesas, en la Plaza de España, o en Playa de Aro, como si me encontrara en los Campos Elíseos parisinos, en la Grand Place de Bruselas, o en la bella ciudad marinera de Arcachón.
En síntesis, sería fantástico si tras de ese mundo sólo quedara el recuerdo de una atractiva historia llena de utopía y apoyada en un impecable trabajo de imaginación, incluido los pasajes románticos, una excelente fotografía y mejores efectos especiales. Pero la cruda realidad es que cuando tratamos de desconectarlos, pues lo que vemos y vivimos no nos gusta porque nos daña seriamente, descubrimos que, en ellos, ambos mundos se encuentran tan interconectados que no cabe posibilidad ninguna de separa realidad de ficción. Salvo que hagamos sonar la bolsa. Ya saben, por aquello de: “la bolsa es bona si la bolsa sona”.

Felipe Cantos, escritor.

09 febrero 2006

La teoría de la relatividad, o la relatividad de una teoría.

No, por Dios, no se me asusten por el encabezamiento. Es verdad que la inercia para escribir esta pequeña columna de hoy me la ha suscitado, hace tiempo que venia pensando en ello, la célebre, pero no por ello bien conocida, Teoría de la Relatividad de Einstein. Sobradamente se que no es materia para tratar aquí, sin más, en un espacio como este; en el supuesto de que uno estuviera lo suficientemente preparado. Si estamos inmersos en unas circunstancias en donde ya, de por si, nos es difícil a todos nosotros ser capaces de comprender los vertiginosos cambios que se producen en nuestros entorno más cercano - sin ir más lejos en el inescrutable mundo de nuestros adolescentes - ¡como para penetrar en el profundo análisis del Universo!
La cuestión es mucho más sencilla. Más de a pie. Resulta que releyendo una vez más la famosa y compleja Teoría, así como alguna de las que dieron origen a las conclusiones que le permitieron a Einstein obtenerla - la Teoría Cuántica, de Ludwing Planck; la Teoría de los Rayos Cósmicos, de R. Andrews Millikan, la malograda e inacabada Teoría del Todo, del propio Einstein, y alguna otra – llegué a la conclusión de que Einstein y los demás se habían equivocados en la denominación final de la Teoría, o lo estoy seriamente yo. Pese a referirnos a ella como algo conocido y cercano, y de algún modo haberla hecho nuestra, por aquello de la “relatividad”, tan cercana al común de los mortales, aseguraría que a la virtual mayoría de los seres que habitamos este planeta nos resulta, salvo el nombre, absolutamente desconocido el fondo de lo que en ella se expone. Por ello, si tenemos en cuenta que relativo es, más o menos, todo aquello que no termina de definirse ni concretarse, lo que sitúa a todos estos científicos en una “relativa credibilidad”, que en modo alguno yo voy a cuestionar aquí, no es menos cierto que sin necesidad de ascender, o descender por el infinito Universo, hasta alcanzar el Big Bang, existe una Teoría de la Relatividad en nuestro quehacer diario que la hace más cercana, más nuestra y, sin duda, con mayores méritos para llamarse como tal.
Ignoro que es lo que impulso a Albert Einstein, y los defensores de su teoría, a llamarla de ese modo. Pero es indudable, que su adjetivación corresponde de manera más precisa a todo aquello que nos rodea a diario y con lo que hemos de convivir cada día. Por ello, yo, reivindico desde esta página el derecho a descender a la categoría de íntima y personal la verdadera Teoría de la Relatividad. La propia terminología “relatividad” es relativa en si misma. ¿O acaso no es relativo el tiempo, la cantidad, la distancia, la velocidad, el tamaño y tantas otras cosas, incluidos los sentimientos, en función de quién lo precise, los sienta, lo mida, o lo utilice? ¿Cuantas veces nos hemos cuestionado el tamaño de algo en función de una primera alternativa, convirtiéndose nuestra primera impresión en todo lo contrario en cuanto hemos cambiado de referencia? ¿Y que me dicen de la velocidad y la distancia? Será mucha o poca dependiendo de con qué o con quien lo comparemos. ¡Todo en nuestro pequeño y cercano universo es relativo! Probablemente más relativo de lo que pretenden exponer las teorías científicas exhibidas por los doctores versados en la existencia de nuestro universo. Seguramente, pese a llamarla de esa manera, su intención es que sea lo menos relativa y lo más exacta posible.
Es relativa la gravedad de un asunto, en función de con que lo comparemos y del momento en que se produzca. Es más, yo añadiría que, inclusive, esa gravedad, esa distancia, ese tamaño es “relativamente” distinto en función de la persona, o personas que les afecte, o participen. Son relativos los efectos de una enfermedad dependiendo de que mientras nos duela una muela, o suframos un esguince nos comuniquen que padecemos un cáncer. Es relativo que seamos un número uno en alguna especialidad, aunque los méritos sean discretos, tanto en cuanto no aparezca alguien que nos supere, aunque sea por un escaso margen.
Por supuesto que, ésta si, Teoría de la Relatividad, puede llegar a ser desarrollada de manera casi infinita y, evidentemente, en unos términos mucho más científicos que, en modo alguno, es posible avanzar en este pequeño espacio. Pero los ejemplos serían, y son, infinitos. Por ello, y para no aburrirles, me limitaré a recordarles lo que en el contenido de este pequeño texto les planteaba. ¿No creen que sería más correcto utilizar como definición de Teoría de la Relatividad todas aquellas manifestaciones y acciones que nos son cercanas, familiares y que utilizamos constantemente, sin necesidad de alejarnos en dirección a las estrellas, y tratar de buscar otro nombre de “mayor peso” a la teoría de Albert Einstein? ¡Claro que podríamos crear un pequeño cisma en la comunidad científica! Pero, emulando al ínclito Pascual Maragall, quién sugirió hace escasas fechas el cambio del nombre de España, para poder competir con la selección catalana en las competiciones oficiales, no creo que con ello se convulsionaran los cimientos del mundo. Y sin lugar a dudas sería una interpretación mucho más correcta de lo que significa para el ciudadano de a pie el concepto “relativo”.
Hasta siempre,

Felipe Cantos, escritor.

La felicidad

Pues si, admito que me estoy metiendo en un terreno que lejos de llevarme a alguna parte puede que me enfangue y no sea capaz de dar marcha atrás. Pero qué quieren que les diga. Probablemente hay pocos proyectos en la vida, si es que hay alguno, al que merezca prestarle mayor atención. Y digo bien: proyectos. Porque, ¿qué es si no la felicidad para todos nosotros más que un proyecto que dura toda nuestra existencia y al que, por lo general con gran dificultad, conseguimos alcanzar en algunos periodos de nuestro paso por este mundo?
Yo, debo confesarles que creo haberlo logrado en más de una ocasión y por periodos que han oscilado desde los escasos segundos a algunos años. Pero a fuerza de ser sincero también he de admitir que para ello hace falta una cierta inconsciencia a flor de piel, una, como dirían los más exigentes, cierta irresponsabilidad ante lo que te rodea. Si no eres capaz de alejarte unos metros de tu entorno y de tu propia imagen y observarte desde el exterior es francamente difícil alcanzar un ápice de esa necesaria sensación que llamamos felicidad y que, a duras penas, consigue compensarnos de tantos otros momentos, la mayoría para algunos, tan difíciles de sobrellevar.
Por lo general, somos nosotros mismos lo que coartamos las posibilidades de hacer que nuestro paso por este planeta azul sea lo más llevadero posible. Nos empeñamos en algunas batallas tan banales como estériles, tratando de demostrar a los demás que somos lo que no somos, que valemos lo que no valemos y que, y ahí es donde principalmente yo creo que reside el problema de la escurridiza felicidad, merecemos lo que, seguramente, no merecemos.
Siempre, tengamos lo que tengamos, consideramos, que somos merecedores de más. Ello dejando al margen y sin entrar a valorar en cada uno de nosotros el, casi, inevitable pecado capital de mayor peso en nuestra condición de seres humanos: la envidia. Nadie ha podido explicarnos, ni tan siquiera los mejores psicólogos, por qué nos empeñamos en no aceptar en cada momento aquello que hemos conseguido y disfrutarlo hasta el máximo. Aunque pueda ser encomiable el sano estimulo de una saludable ambición de progreso o, en el caso de los más desfavorecidos, de una razonable mejora. Bien es cierto que en algunos casos lo obtenido es poco e insuficiente. Pero si lejos de lamentarlo nos mentalizáramos que extrayendo de ello todo lo positivo que con seguridad tiene, no hay en el mundo nada de lo que no se pueda extraer algo positivo, conseguiremos varias cosas. A saber, entre otras, disfrutar de ese momento con mayor placidez, lo que nos conduciría con mejor talante y prepararía de mejor forma nuestro estado anímico de manera que nos fuera mucho más fácil prepararnos para conseguir nuevas cotas de felicidad. No siempre, yo afirmo que casi nunca, la felicidad se encuentra en las cosas materiales. Al menos esa felicidad que buscamos con tanto ahínco y que, pese a tenerla tan cerca hacemos que, sin haberla consumido, se desvanezca en pos de, ironía, más felicidad. Porque precisamente en nuestra propia felicidad se encuentra inmersa la felicidad de nuestro entorno más cercano, lo cual provocaría que ambas se alimentaran, la una de la otra y viceversa, de manera ineludible.
Cuantas veces habiendo conseguido objetivos que incluso hemos de confesarnos que desconfiábamos poder alcanzar, una vez logrados, y pasados los primeros instantes, nos deja una sensación de vacío. Como aquellos personajes de esa interesante novela que nos abandonan cuando llegamos a la última pagina y leemos su final. ¿Por qué no prolongamos, aprovechando al máximo, no esos momentos si no todo el tiempo posible, esa nueva situación? ¿Por qué, pasado escaso tiempo, ya estamos incómodos en nuestra nueva piel y tratamos de mudarla lo más rápidamente posible? ¿Es tan difícil darse cuenta de que justamente en nuestra nueva búsqueda de la felicidad nos está impidiendo disfrutar de la que, en ese preciso instante, tenemos?
Ya les avisé que, hoy, me estaba metiendo en un auténtico barrizal del que no tengo claro si saldré limpio del todo. Confío en que en este filosofar y filosofar en el que, sin apenas darme cuenta, estoy, no les haya aburrido. Pero si les ruego me permitan darles un consejo, y confío que lo acepten con el mejor talante de un amigo que, aún sin conocerles cara a cara, les aprecia. Cuando tengan, vean, perciban un ápice de felicidad atrápenlo como si les fuera en ello la vida y no lo suelten pensando en que detrás de aquel llegaran otros de mayor y mejor “calidad”. No es cierto. Sin los primeros, en nuestra insaciable búsqueda, difícilmente podrá apreciar los siguientes. Al no encontrarnos en ese especial estado de “gracia” no será posible que los percibamos y reconozcamos con nitidez. Verán. Haciendo un símil académico, es como si pretendiéramos licenciarnos en Matemáticas Exactas, en Química y Física, o en Biología Molecular, cuando a duras penas éramos capaces de sacar un aprobado raspado, y eso “gracias” a la colaboración e indulgencia de nuestros profesores, en nuestros primeros años escolares. Si no fuimos capaces de asimilar las bases, difícilmente podremos entender el todo.
Quieren que les cuente un secreto, pero sólo para ustedes, ¿de cuerdo?: La felicidad no la encontrarán nunca en intentar conseguirlo todo, o todo lo máximo posible; si no en disfrutar aquello que consigan, por poco que esto pueda parecerles.

07 febrero 2006

Ese intimidador folio en blanco

Lo sé, lo sé. Admito que es una pesadez, casi un tópico legendario apelar a la sobada frase que da título a este pequeño texto. Pero a fuerza de ser sincero hemos de reconocer, cuanto menos yo he de hacerlo, que es una gran verdad. Todo profesional, y sin duda alguna aquel aficionado que ocupe su tiempo en coleccionar palabras y, después de darle forma, tratar de ofrecérselas a los demás agrupadas y seleccionadas en un orden con un mínimo sentido y mayor coherencia, habrá de admitir que no es tarea baladí. Ello, amén del consabido mensaje que se le supone al contenido de cualquier texto con alguna aspiración.
Con ello, yo no pretendo disuadir, Dios me libre y Alá me proteja, o viceversa, - en los tiempos que corren nunca se sabe que manto nos protegerá mejor - a aquellos que teniendo cierta debilidad por la letras, literaria se entiende, se pongan mano a la obra con la mayor de las ilusiones y, yo añadiría, con la paciencia de aquel santo que cita la Biblia. Job, creo que se llamaba. Pues es indudable que, además de poder buscarse la ruina en gastos de papelería y demás elementos tan necesarios como estimulante pero tan ardua tarea, puede terminar maldiciendo a todas las musas a las que pudieran haberte encomendado.
Y es que nuestras famosas y necesarias deidades no lo son todo en esta labor de cubrir negro sobre blanco para que tú, querido lector, puedas sacar algún provecho de lo que lees o, cuanto menos, no acabemos aburrido a las ovejas. Junto a ellas -las musas, no las ovejas- hay que colocar, además de la paciencia antes evocada, un duro y titánico trabajo de muchas horas, sin garantía alguna de éxito y no siempre bien recompensadas. Para el caso de que fuera necesaria la aclaración, yo diría que nuestras siempre juveniles y evanescentes doncellas suponen en la creación de un escritor algo así como el ¿cinco o diez por ciento? El resto, parodiando aquel político de la casi fenecida izquierda española, repetiría la palabra incesantemente. Se llama: trabajo, trabajo, trabajo. Estas bellas mozas célibes que no se casan con nadie más que circunstancialmente y sólo por un instante – no deseo discriminar, por lo que dejo la opción de que puedan ser mozos igualmente - previo mensaje a cualquiera de nuestros sentidos (vista, tacto, oído, gusto y olfato) se marcharán danzando al sonido de cualquier instrumento de cuerda o viento, la percusión no creo que las motive demasiado, y no regresaran hasta que hayas terminado, con el único objetivo de fiscalizar tu trabajo. Pero, como todo esfuerzo cuyo contenido principal se nutre del intelecto y se complementa con las sensaciones vividas, las experiencias que te rodean y las sensibilidades que te afectan, robadas a tu entorno y aportadas desde tu interior, permitiendo dar a los demás algo de ti mismo, finalmente obtendrás un resultado que por lo general suele ser la autocomplacencia. También lo sé. Soy perfectamente consciente de que para el profesional no es suficiente, pues en su plena dedicación al escribir busca, aunque no siempre con imparcial justicia, a la vista del resultado que se obtenga, otro tipo de recompensa que además de la autocomplacencia le aporte alguna que otra posibilidad de vivir con cierto decoro.
Pero si, nuevamente, hemos de ser sinceros, justo sería hacer partícipes a los demás de las prebendas que nuestra escritura nos pudiera reportar. Sea devolviendo parte de las emociones recibidas o, por qué no, en especias de curso legal. No en vano todo lo que se mueve, o se insinúa a nuestro alrededor en este mundo, es el incentivo y la materia prima de la que, con mayor o menor fortuna, nos nutrimos los escritores. Somos, mal que nos pese la comparación, los vampiros del medio en el que nos desenvolvemos habitualmente. Vampirizamos todo lo que nos rodea para poder obtener un texto mínimamente digno.
Cuestión aparte es el resultado de lo que escribimos, pues si se trata de una novela de ficción, igualmente, deberemos estar agradecidos a los personajes que pululan por las páginas, cada uno en su contexto. Estoy en condiciones de asegurar que, a menos que estemos trabajando sobre un texto rigurosamente histórico, técnico, jurídico o matemático, o en su defecto sobre un ensayo, la evolución y el desarrollo de la historia que escribas estará en manos de estos personajes a los que, equivocadamente, el escritor cree dominar. ¿Cuantas veces se nos mueren antes de preverlo, o se auto otorgan un protagonismo que no estaba previsto? Intentadlo, veréis lo que sucede.
Por cierto, ¿quién dijo miedo al folio en blanco? ¿Habéis observado que casi sin pretenderlo o, precisamente, mientras elevábamos nuestra queja al Supremo por las dificultades que supone llenar un folio en blanco hemos conseguido cumplir con ese requisito, casi milagroso? ¿Os puedo dar un consejo de amigos? Atreveos siempre que os surja la necesidad. Con o sin inspiración. Ellas, las musas, van por libre y, después de todo, tampoco se trata de ganar el Nóbel. Porque, lo creáis o no, lo que verdaderamente da miedo no es la falta de inspiración para crear un texto que nos permita comunicarnos con los demás, o con nosotros mismos. Lo que verdaderamente aterra es dejar ese folio en blanco, dando la sensación de que uno se encuentra vacío en su interior.
Hasta siempre,

Felipe Cantos, escritor.

25 enero 2006

¿Que se entiende por beber?


El beber es como el amor: el primer beso es mágico, el segundo íntimo, el tercero rutinario. Luego simplemente le quitas la ropa a la chica. Nicolás Chamfort.

Hace algunos días tuve la oportunidad de cenar en uno de los más señoreados restaurantes españoles, concretamente madrileño. Excuso mencionar el nombre, por otro lado innecesario, pues ya de por sí tiene suficiente fama sin necesidad de que yo aporte mi grano de arena. El caso es que disfrutamos de una inigualable comida típicamente española, centrada principalmente en dos de las tendencias más imaginativas y saludables de nuestra cocina tradicional: la vasca, con sus carnes y verduras, y la mediterránea, con sus pescados y arroces.
Naturalmente, cada uno de los comensales, de los seis que nos encontrábamos en la sala, se decidió por una de las dos alternativas. No era caso de mezclar sabores de fuerte personalidad en si mismos. Y fue fácil la decisión.
No sucedió así con los vinos. Costó Dios y ayuda tomar la decisión de cual de ellos sería el más adecuado. No era cuestión de poner sobre la mesa una excesiva variedad, tanto en tipos, como en estilos. Finalmente, pese al tópico de si tintos para carnes y verduras, y blancos para arroces y pescados, todos estuvimos de acuerdo en que un tinto que justificara la tradición de la Ribera del Duero, sería bien recibido por todos, comieran lo que comieran. Tal vez les convenció aquello que, confieso que no es mía la frase, “el mejor blanco es un tinto”.
No me duelen prendas admitir que determinados vinos blancos suelen ser, aunque para mí en otros momentos distintos al de la solemnidad de una buena comida, bien recibidos por el consumidor en general. Especialmente si este es del género femenino. De los rosados prefiero no opinar. No tengo juicio al respecto. De modo que como siempre me ha parecido que no son “ni chicha ni limoná”, o como decía el clásico, “ni es tu tío, ni es tu tía”, prefiero continuar como hasta ahora.
De manera que al calor, al olor y al sabor de aquella inigualable comida, como viene siendo habitual, se dieron los más variados temas de conversación. Pero uno de ellos, supongo que condicionado por las varias botellas que del inigualable ribera iban siendo consumidas, centró la mayor parte de la velada: ¿qué entendemos por beber? Alcoholes, se entiende.
Y la propuesta no era baladí. Desde hace algunos años estoy siguiendo y analizando la multitud de datos que vienen publicándose sobre los hábitos en el beber, de los españoles. También, como es natural, de otros europeos. En la casi totalidad de ellos se manifiesta una clara preocupación, yo diría que justificadísima, por el elevado número de bebedores que se van incorporando. Inquietud especial supone la facilidad y la corta edad de acceso de los jóvenes al alcohol.
Sin embargo, en la velada, yo traté de plantar una clara diferencia en el cómo, en el cuándo y en el dónde se producen estas situaciones, y las grandes diferencias que las envuelven. Especialmente en aquello que se amparan en las llamadas tradiciones.
Porque si bien es cierto que cualquier exceso, en cualquier cosa, y el beber no es una excepción, más bien un agravante, siempre será perjudicial, no es menos cierto que en ocasiones se mezcla, como decía el castizo, “los churros con las merinas”. Cuando al referirnos al beber tratamos de generalizar no estamos siendo justos. Existe, como antes apuntaba, maneras de beber y “maneras de beber”.
Dejaremos a un lado lo que de dramático pueda suponer el alcoholismo adquirido, convertido en enfermedad. Asunto por otro lado que se escapa a este pequeño análisis. Se trataba de diferenciar cuales son los hábitos de beber de, por ejemplo los europeos. Nada tiene que ver, pese a que, como en todo, siempre hay quien se excede, la forma tradicional de beber del español medio, o si lo preferimos de los europeos del sur, latinos del Mediterráneo, con los hábitos de los europeos del norte.
No hay que olvidar que no es casual el que seamos conocidos como el país de las tapas. Aunque más justo sería reconocer que en todo el arco mediterráneo, quizás con menor profusión, se da esta costumbre. Incluso al otro lado del Peñón. De modo que mientras que por estos lares nuestros lo habitual es que a cualquier copa de bebida alcohólica, partiendo desde la más simple de las cervezas, pasando por un vino, hasta llegar al más sofisticado de los cócteles, lo normal es que les acompañen un pequeño refrigerio, para compensar los efectos de la bebida y hacerla más “digerible”; en las tradiciones del norte de Europa, sin olvidarnos de las Islas Británicas, eso es algo insólito. Lo normal es que debas beber tu copa, como habitualmente se dice: “a pelo”.
Difícilmente encontrarás tras de una simple cerveza, o del más fuerte aguardiente, o del más cálido vodka, o del más “suave” agua de tierra, o de la refrescante pinta de cerveza, o de la inigualable Guinness, el complemento de alimento que pueda facilitarte su digestión. Admito que las diferencias climatológicas han sido un factor determinante a la hora de haber sido confeccionadas las bebidas más tradicionales de cada país. Pero no así los hábitos para su consumo. Y sin embargo, solemos generalizar continuamente sobre el consumo de bebidas alcohólicas sin tener en cuenta estas circunstancias.
Que en España se bebe, ¡cierto! Que debemos controlar nuestros hábitos para no perdernos en equivocas e, incluso, parciales y permisivas conclusiones, ¡sin duda!
Pero que en este mundo donde, dicen, todas las comparaciones son odiosas, también hemos de de ser suficientemente claros. No es, ni será nunca lo mismo cumplir con el rito de degustar un aperitivo, acompañado de un buen pincho de tortilla, o de morcilla de Burgos, o de una ración de calamares; que verter sobre tu estómago, a la misma hora y sin otro elemento que lo acompañe, un copazo de fuerte aguardiente. Por mucho que en ese momento te encuentres a 15 grados bajo cero.
Como nunca será igual el “regar”, razonablemente, una de nuestras copiosas comidas - la costumbre de la siesta tampoco es casual - con cualquiera de nuestros buenos caldos, convirtiéndose el acto en, casi, una religión; que acabar en cinco minutos con una exuberante y siempre deliciosa Guinness, para acompañar a un, también, siempre escaso Croque Monsieur, más conocido como sándwich de jamón y queso a la plancha. Les aseguro que, odiosa o no, las comparaciones aquí son imprescindibles.
Y eso, dejando al margen excepciones, que siempre las habrá, valorando en su justa medida la costumbre que existe en algunos países, especialmente fríos, de tomar en vacío y con cierta facilidad, y a cualquier hora del día, o de la noche, licores que para el común de los españoles serían imposibles de digerir. Pocas veces tomamos nuestros alcoholes a pelo y sin ningún motivo que lo justifique. Casi siempre tratamos de encontrarle una justificación y, comiendo algo, hacer de ello un momento entrañable, por encima del hecho de beber por beber.

Felipe Cantos, escritor.

¿Ganar independencia, o perder intimidad?


El absurdo es la razón lúcida que constata sus límites. Camus.
Hace escasas semanas me vi en la necesidad, imagino que como todo hijo de vecino que precisa cubrir sus necesidades más vitales, como el alimentarse o el vestirse, de acudir a uno de esos habituales y mastodónticos centros comerciales en los que igual te planchan un huevo como te fríen una camisa. Confieso mi escasa, o nula, predisposición a visitar esos establecimientos. Pese a ello, y contrariamente a lo que se pudiera deducir, considero, salvo excepciones, que favorecen notablemente la competencia y ayudan a mejorar los precios. Pero la masificación siempre me ha agobiado, y si en algún lugar es fácil de conseguir ese objetivo con suma facilidad es en los campos de fútbol y en los denominados “hipers”.
También, para que negar lo evidente, uno, con los años, se hace más sibarita, más cómodo. De modo que prefiero el trato más cercano, más personal del amigo tendero que siempre nos aconseja lo más conveniente y al que tan siquiera es preciso decirle como deben ser de finas las lonchas del jamón, o el elegante y sofisticado “palito” de las pequeñas chuletas del lechal que nos permitirán, aún en momentos comprometidos, poder degustarlas casi con elegancia al comerlas con la punta de los dedos, que no con la mano.
Así que, obligado por las circunstancias - mi esposa no podía hacerlo y las escasas provisiones podrían calificarse de “escasísimas”, colocando a la familia en un claro riesgo de desfallecer por inanición si no se tomaban medidas urgentes – decidí cambiar mis hábitos y sin el mínimo interés por que se pudiera convertir en una costumbre me lancé a realizar el necesario acopio de alimentos. Tampoco era cuestión de obligar a la familia a convertirse en faquires por una mera cuestión de comodidad, o de “estilo”. He de reconocer que, pese a los bien atendidos cien kilos de mi anatomía, es imprescindible escuchar y atender las exigencias impuestas por nuestro metabolismo. Sin duda ello nos permitirá poder tomar el azaroso tren que nos transporta a diario a una nueva estación de nuestra vida.
De modo que me puse manos a la obra con la intención de abreviar aquella ingrata misión lo más rápidamente posible pero, pese a mi buena intención por acabar cuanto antes y escapar del lugar, no fue posible. Hube de realizar la compra al ritmo que los técnicos te exigen, cumpliendo las pautas impuestas por toda una infraestructura mercantil de la que es difícil desprenderse. Después de un largo rato con el pequeño Sascha subido a esa torturante silla metálica instalada frente al conductor del incalificable vehículo en el que vas introduciendo lo que seleccionas - su culito quedó marcado por las rayas durante horas, lo que le convirtió en mi mejor enemigo durante la compra, y tiempo después - conseguí alcanzar una de las cajas de pago, bien surtidas de zombis como yo. Pese a mantener el propósito de no prestar atención alguna a cuanto bicho viviente se cruzaba conmigo durante la operación de avituallamiento, pues la responsabilidad de la Intendencia no es asunto trivial, no pude por menos que desviar mi atención, en varias ocasiones, seguramente alcanzó la docena, hacia un personaje, él, coincidente en mi recorrido, pertrechado tras de su inseparable y ruidoso, ¿tal vez también odioso? teléfono móvil, o gsm para los más duchos, ¿cursis?, en la materia. No oculto que dispongo de un “chisme” de esos, casi eternamente apagado, sólo útil para aquellas ocasiones en que realmente se precisa de una urgencia. Por ello nunca he comprendido bien la constante necesidad, casi impulsiva, de mantener ese bicho pegado a la oreja. A veces, como en el caso de los conductores – ellas y ellos - con verdadero riesgo para la seguridad de los demás, y de la suya propia. Yo me pregunto cómo harían antes estos “moviladictos” y, si la necesidad de comunicación era, o es, tan grande, me sorprendo de que la telepatía no se haya desarrollado de igual manera que las setas, comestibles o no, en primavera. El caso es que aquel sujeto, y lamento haber sido indiscreto, pero su cercanía y de manera especial su tono excesivamente alto me impidió evitar el escuchar, contestaba al teléfono las cosas más banales que uno pudiera imaginar: “si, claro, no olvidaré la salsa de tomate”; “claro, claro que he cogido el pan”; “ya sabes que a mi no me gustan los espaguetis, pero los llevaré”; “¿vino tinto?, no, de ninguna manera que luego vomitas. Para eso no merece la pena hacer la compra, caramba”, etc., etc., etc.
Y digo yo, ¿es que a aquel sujeto y a su inteligente comunicador/a nadie les había explicado que existe algo que se llama bloc de notas, o el papel y el lápiz para hacer una simple lista de compra? La última de estas comunicaciones, casi ininterrumpidas durante todo el proceso de la compra, se produjo en la caja de salida. “Oye, estoy en la caja, ¿con que quieres que pague?” (¿)
Una vez pagado el peaje y pasada la aduanera caja comencé a respirar, sintiéndome libre de nuevo. Especialmente del insoportable sujeto del “telefonino” al que, gracias a mi abundante carrito, le di tiempo a alejarse de nosotros. O eso creía yo. Porque quiso la mala fortuna que Sascha, en su afán de beberlo y en el mío de que cesara en su llanto, volcara sobre mí un zumo de frutas integro, lo que me obligó a pasar por los aseos del insufrible “hiper”. Cuando nos encontrábamos en su interior, afanados en secar y borrar de nuestra ropa lo mejor posible toda huella de la catástrofe, de nuevo el reconocible sonido del maldito teléfono traspaso mis oídos. La conversación que pude escuchar no tenía desperdicios. “Si”, sonó una voz que en primera instancia pude escuchar como un susurro que situé tras una de las puertas cerradas de los varios aseos que se sucedían en una línea recta que vista desde la entrada parecía no tener fin. “Pues donde voy a estar, mujer, aquí, donde tú me has enviado”, volví a escuchar la misma voz, a la que se le notaba el enorme esfuerzo que realizaba por acabar con el objetivo que hasta allí parecía haber llevado a su propietario, a la vez que trataba de atemperar el tono para no ser escuchado en el exterior. “¿Cómo que donde es aquí? Pues aquí, caramba: en el centro comercial.”, bramó la voz, dándome la sensación esta vez de que el ansiado suave tono comenzaba a perder parte de su relativa importancia. “No, mujer, estoy bien. Es que ahora no puedo hablar. Estoy en el servicio, coño, en el servicio”. “¿Que qué hago? ¡Joder!, ¿qué quieres que haga? Pues... eso”. Tras de un corto impas de silencio un extraño sonido, más reconocible como el resoplido de un búfalo, vino a preceder a la, al parecer, alterada y última respuesta del agobiado moviladicto. ¿Qué a qué viene tanto misterio? La voz había perdido ya todo interés por pasar desapercibida, lo que nos permitió a todos, a mí, al pequeño Sascha y a los que durante el transcurso de la jugosa conversación habían ido entrando en el recinto higiénico, escuchar sin ningún pudor el último bramido: ¿Qué misterio, ni que leches? Porque estoy cagando. Te enteras. ¡Pues hala!
Lamento haber sido tan contundente con el relato y de manera especial con la trascripción literal de la conversación. Pero esperando que sepan pasar alto la “sutil” indelicadeza, supongo que estarán de acuerdo conmigo en que determinados avances de la técnica, en especial la comunicativa, lejos de adaptarse a nuestras necesidades parecen haber sido creadas para complicarnos más la vida. Es posible que contribuya de manera notable a nuestra libertad de movimientos, permitiéndonos decir que contestamos desde el lugar en el que se supone que deberíamos de estar – enhorabuena a los “vivos/vas” - o en el más insospechado del mundo, sin que realmente nos encontremos en él. Mas, pese a lo anónimo del pequeño artefacto y la libertad que con su utilización se le supone, la realidad es que hemos perdido gran parte de nuestra intimidad y yo diría que de nuestra libertad. Hoy es sumamente fácil conocer algunos de los detalles y entresijos de la vida de una persona, sin que tan siquiera sepamos su nombre. Basta con que, sin proponértelo, te veas obligado a escuchar cuantas conversaciones se producen en los entornos habituales en los que se desenvuelve tu actividad personal, o profesional. A mí, además de lo molesto en ocasiones, me parece una pena. ¿Y a usted?
Hasta siempre,

Felipe Cantos, escritor.

Los nuevos servidores de Belcebú: Los Cejaflejos


Pienso que si el diablo no existe, que si el hombre lo ha creado, lo ha hecho a su imagen y semejanza. Feodor Dostoyevski.

Hace algún tiempo que un buen amigo mío, algo obsesivo, eso sí, viene sosteniendo que las legiones del Diablo están trabajando en las más altas esferas. Con absoluta tenacidad, sostiene que en vista de que al “ilustre” personaje cada vez le es más difícil conseguir adictos a su causa, por la vía de las almas corruptas, si es que a determinados niveles, aún corrupta, quede alguna, lleva tiempo haciéndolo por la vía de los cerebros enfermos que, por lo que parece, le está resultando más fácil vencer cualquier atisbo de sólidos principios. Insistía en que sólo le faltaba encontrar la prueba que demostrara su existencia y, de manera contundente, sus conexiones y sus señas de identidad.
Así que, dispuesto a confirmar su tesis, apareció la otra mañana en casa, completamente exultante. “Lo sabía, lo sabía”, gritaba como un poseso al entrar en el hall de casa. “Sabía que en esas cejas, circunflejas, se encontraba anidada la razón de todos los males”. Yo, no terminaba de entender a qué se refería. Pero él no pareció darle demasiada importancia a mi desconcierto, y prosiguió visiblemente excitado. “Durante varios meses no había terminado de comprender qué era lo que sucedía, qué era lo que pasaba por la mente de ese personaje llamado zp, espero que irrepetible”, - señaló con un gesto de horror- “para que, partiendo de la, casi, nada, alcanzara las cotas más altas de… ¡Dios sabe cómo calificar en lo que se ha convertido!”, señaló con énfasis
“Aquella cosa, aparentemente sencilla y apocada, que se ganó en sus primeros pasos el calificativo de “Bambi”, ¡angelito!”, prosiguió, “se ha convertido, por mor de los acontecimientos, eso sí, provocados por él, en una explosiva mezcla que bien pudiera llamarse “Flubber. Si, hombre, recuerda. Aquella combinación gelatinosa de color verde limón, semejante a esa pasta tan asquerosa con la que juegan los niños - “blandibloog” creo que se llama - que en cuanto conseguía una cierta consistencia comenzaba a desplazarse alocadamente en todas direcciones sin control, provocando en sus movimientos toda clase de cataclismos”.
“Pero el problema, temo para mí”, señaló reflexivo, “que no sea fácil de resolver”. Mi asombro le importaba un pimiento, él continuaba sin más. “No creo que se trate de una anécdota con las que la caprichosa naturaleza, en ocasiones, nos sorprende”, sentenció. “Pues, si eres mínimamente observadores, podrás comprobar que la enfermedad parece haberse extendido a gran velocidad entre la clase política”.
“La cuestión, ahora”, aclaró, dejando la voz hueca para darle mayor trascendencia a lo que pretendía decir, “es saber dónde se inició el mal para, si aún estamos a tiempo, tratar de controlarlo. Yo tengo una ligera sospecha de que ese mal no se trasmite por contagio. Es más, estoy firmemente convencido, como en el caso de otras enfermedades fácilmente identificables, que es de origen genético. Que el sujeto en cuestión lleva el germen en su interior y que en el caso de que practique ciertas actividades, en las que la esencia sea complicarle la vida al prójimo, lo que vulgarmente se llama hacerle la puñeta, entre las que la política forma parte destacable, se manifiesta con fuerza”.
Yo continuaba sin terminar de aclararme. Pero, visto lo visto, decidí permanecer en silencio a la espera de que acabara su prédica. “Probablemente una de las razones sea la, casi, obligada necesidad de elevar las cejas mientras fruncimos el ceño. Eso sucede, naturalmente, cuando nos encontramos en actitud profundamente reflexiva, por la trascendencia de una inevitable decisión. Ese gesto de cerrar nuestra mente a todo y a todos, lo que nos interesa, claro está, en la que zp es un maestro consumado, para después elevar las cejas en un ruego al altísimo de turno, es lo que provoca la dramática consecuencia de lo que vengo denunciando”.
“Claro está que el repunte, nunca mejor dicho, puede ser peligroso en el caso de que se tengan contactos frecuentes con otros sujetos afectados del mismo mal. Porque, en ese caso, se potencian los efectos, multiplicándose exponencialmente. Si este contacto se desarrolla al más alto nivel, las posibilidades de que tus cejas terminen formando un perfecto ángulo de menos de cuarenta y cinco grados es un hecho científicamente indiscutible”.
“Y ya, lo que resulta sumamente peligroso es si con nuestra actividad, generalmente si es de las de con “mando en plaza”, decidimos que la única idea que vale es la nuestra. Ya conocen aquel proverbio, y si no yo se lo recuerdo, que dice: “nada hay más peligroso que una idea, cuando no se tiene más que una”.
Les aseguro que no pude más y trate de interrumpirlo. Pero ni poniéndole un bozal lo hubiera conseguido. Estaba fuera de sí. “Calla y escucha”, me espetó. “Lo triste, es que es una enfermedad difícilmente detectable a tiempo, ya que esta, raramente, se manifiesta en los primeros años de la vida del sujeto en cuestión. Casos hay, si, cuya huella, consecuencia del biberonazo, quedo cicatrizada tiempo después sobre la frente del sufrido progenitor. Pero son anécdotas que no cumplen la regla”. Yo, entrando en situación, no pude esconder mi risa floja imaginando a zp en la cuna, durante sus primeros meses, después de haber dejado de ser un nasciturus, mostrando sus exuberantes cejas circunflejas, mientras, mirando embobado a su mamá, pestañea repetidas veces. “Lo cierto es que, como antes te decía”, mi amigo volvió a reclamar mi atención, “si eres observador, podrán comprobar como la enfermedad parece estar despertando y extendiéndose con claro riesgo de epidemia. Si antaño el primero en llamar nuestra atención sobre el fenómeno fue el ínclito Ibarreche - ya sabes, el de los vascos y las vascas – seguido del ya citado Zapatero, ahora, ignoro las razones, pero miedo me dan, se han apuntado a la “moda” personajes como José Bono; Cándido Conde-Pumpido; Artur Mas, si bien, todavía, algo incipientes y, a ratos, según sea lo que nos está contando, Juan José Rodríguez Ibarra, así como un largo etcétera de políticos en activo”.
Bien es cierto que, hasta ese momento, yo, salvo el lado humorístico que de sus rostros se desprende, y la pena y risa floja que me provocan cada vez que veo algunos de ellos en cualquier medio de comunicación, nunca había intentado ir más allá.
Pero ahora que mi amigo lo dice, e insiste constantemente en que debemos mantenernos muy alertas, creo que algo de razón puede tiene. Que eso que está sucediendo no es normal y que, para él y otros muchos que le dan la razón, es un claro signo de la aparición en la tierra de una nueva secta: “los cejaflejos”.
En su teoría mantienen que, como en el caso de las profecías maléficas -me recuerda constantemente La maldición, Damiel, la momia y otras similares - relacionadas directamente con el demonio y las claves para invocar a “la bestia”, a través del famoso número 666, ahora la manera de formar parte de la secta y reconocer a sus adeptos es plasmar claramente en su rostro la seña de identidad: las cejas circunflejas.
Desde luego, si es por la radicalidad de sus actos, la cosa no pinta demasiado bien.
Yo, no sé qué decirles. La verdad es que mi amigo es muy serio: ¿y si tuviera razón?

Felipe Cantos, escritor.

La lenta velocidad de la luz


De pequeños principios resultan grandes fines. Mateo Alemán.

Debo confesarles que, en principio, fueron, y son, tantas y tan contradictorias las razones que me inspiraron este artículo que me resultó difícil su concreción. Bueno, aunque al decir verdad, siempre hay una que es indiscutible: el incontrolable deseo de escribir. Aunque ello lleve intrínsecamente el riesgo, que no la intención, de no ser demasiado trascendental. ¡Qué le vamos a hacer! A otros les da por subirse a los árboles, o hacerse políticos creyendo que con ello cumplen con la “divina” misión que les ha sido encomendada: salvar el mundo.
Sin embargo, como imagino que se estarán preguntando a que demonios viene el rimbombante titular que encabeza este pequeño artículo, trataré de explicarme. He estado varios años trabajando en una novela sobre Europa, basada en personajes, acontecimientos y fechas reales, pero reconvertida en una aglutinación de historias apócrifas con un objetivo común: poner en ciernes el gran riesgo y la viabilidad legal de Europa como el “Estado de los Estados”. Su relato nace, en centro Europa, en los oscuros inicios del siglo xii para terminar en nuestros días, en pleno siglo xxi, enfrentada a los fantásticos acontecimientos históricos y los más escalofriantes descubrimientos científicos. Por el momento es todo cuanto puedo y deseo contarles. Tampoco es cuestión de resumirles aquí más de cuatrocientas páginas de un relato y agotar su paciencia sin que, lamentablemente, podamos llegar a ninguna conclusión en este momento.
Pero por aquello de no parecer excesivamente superficial, si les diré que en la ingente labor de investigación que ha sido necesario realizar para darle forma a la novela, me he visto obligado a sumergirme en mundos cuya realidad sobrepasa sin dificultad alguna a la ficción más imaginativa. Por ella –la novela- de manera obligada, se darán cita desde la tecnología de comunicación más simple, casi vulgar y harto conocida, hasta los más nuevos y sofisticados descubrimientos en el campo de las desconocidas y aún más inquietantes Nanociencia, Nanotecnología y los derivados de la aplicación de ambas.
Les puedo asegurar que, en principio, mi intención fue siempre la de realizar una novela llena de sensibilidad. Un relato cuyo contenido se sustente principalmente en las reacciones y relaciones humanas más primitivas en donde, sin que medien agentes externos, muchos de ellos artificiales, podamos ver al ser humano en toda su extensión. De modo que, pese a que continua siendo la principal razón que me inspiró el emprender y terminar su creación, me ha sido muy difícil abstraerme de todo cuanto, en términos científicos, fui descubriendo de manera vertiginosa e imparable en nuestro mundo actual. Será, tal vez, que se cumple mi máxima sobre la inevitable rebeldía de los personajes de una novela, intentando, estos, ser lo que desean y no lo que el autor pretende, valiéndose para ello de cuanto les rodea.
Sea como fuere, la realidad es que el cúmulo de acontecimientos que afectan de pleno a nuestras vidas es tal que, independientemente de los inexcusables datos históricos y científicos que sean necesarios aportar para la coherencia a un relato, en la mayoría de las ocasiones fortuitos, están condicionando el todo de nuestra existencia. Sin ir más lejos, tengo sobre la mesa de mi estudio un recorte de prensa en el que, con todo lujo de detalles técnicos, se nos anuncia el proyecto ¡y la posibilidad! de que sea construido, en escasos quince años, un ascensor al espacio, sustentado por un cable de, sí, asómbrense, ¡100.000 kilómetros! ¿Y saben lo peor? Que todos los cálculos realizados y datos obtenidos permiten verlo con excepcional optimismo.
Me viene a la mente el recuerdo de conversaciones, aparentemente banales en aquella época, que mantuve, años a, con altos ejecutivos japoneses de una importante multinacional en algunos de los viajes que realicé a Tokio. Ellos aseguraban que debido a lo complejo de las inversiones en “este” nuestro planeta y de manera especial la falta de suelo en el Japón, hacía algo más de una década – hablaban de principios de los ochenta – que se estaba invirtiendo en la materialización de proyectos que permitieran la producción industrial ¡en el espacio! Al parecer, el problema principal, aparentemente hoy resuelto por medio de un tren espacial, era el transporte de la producción a la Tierra. Ahora que, si tenemos en cuenta el trabajo realizado por investigadores del propio Japón sobre la velocidad de la luz, aplicada al transporte humano, aquello finalmente se convirtió en un juego de niños. Estos, realizando ciertos experimentos, aseguraban que haciendo pasar un rayo de luz a través de un tubo de cadmio de un metro habían conseguido tal velocidad que el rayo había conseguido llegar instantes antes de haber salido. ¡Asombroso!, pero posible. ¿Verdad que ahora comprenden el titular del encabezamiento?
Lo cierto es que, como decía el clásico, lo tiempos adelantan que es una barbaridad. Aunque, como de todo lo nuevo en esta vida, siempre podremos obtener ventajas sorprendentes: ¿qué me dicen si, viajando sobre ese rayo de luz en el interior del tubo de cadmio, tuvieran la posibilidad de conocer a sus ancestros antes de que estos le hubieran engendrado? ¿O, al subir a ese ascensor camino de su apartamento en el piso, ni se sabe, tuvieran la fortuna de coincidir con ese/a deseable vecino/a y el ascensor se averiara a mitad de camino? En el primer caso, si lo que vemos no nos gustara, siempre tendríamos la posibilidad, no se como, de negarnos a nacer. En lo que se refiere al segundo, lo más probable es que en cuanto se hubiera realizado el rescate lo primero que habría que hacer es acudir a la oficina de empadronamiento más próxima y posterior bautizo.
De modo que, mal que nos pese, llegamos a la conclusión que pese a que uno en su mayor autenticidad se pase la vida tratando de buscar, al escribir, aquellas palabras que dando forma a frases con mayor o menor fortuna, pueda conseguir provocar las emociones más íntimas en el ser humano, terminará, en estos tiempos, con encontrarse con los poderosos condicionantes que el imparable y sorprendente ritmo de vida imponen, convirtiéndolo en una misión, casi, imposible. Y es que la agresividad el medio es muy fuerte.
Una confesión. El sueño de todo escritor, difícilmente logrado, al menos en mi caso, es provocar con sus textos ese mundo de sensaciones que sólo una buena composición musical puede conseguir. Tal vez en el mundo de la poesía, en el de la excepcional, se entiende, fuera posible acercarse algo. Pero incluso en ese caso, para conseguir alcanzar su verdadero esplendor, se precisaría que fuera acompañada de una mínima composición musical. De manera que pese a que lo uno no evita lo otro, o precisamente por ello, comprenderán lo difícil que resulta compaginar un sensible y emotivo texto literario con el pragmatismo emanado de los cálculos de la Teoría Cuántica; los valores matemáticos para desarrollar un cable de 100.000 kilómetros de longitud sujeto no se sabe bien a que cosa allá en el espacio, o conseguir llegar a estar presente, como observador privilegiado, en tu propio nacimiento. ¿Me estaré volviendo loco?
Hasta siempre.
Felipe Cantos, escritor.

La imaginación publicitaria al poder: ¡Un muerto al volante!


Generalmente se encuentra en la naturaleza humana más de locura que de sabiduría. Francis Bacon. Barón de Burulan.

La verdad es que ni siquiera tenia muy claro si el titular de este artículo era el más adecuado, como presentación para la habitual columna que vengo realizando en estas colaboraciones. Pero si hubieran estado en mi pellejo, en el momento de la visión que me lo inspiró, estoy convencido de que las dudas de ustedes hubieran sido las mismas.
Bien es cierto que en el ámbito de lo publicitario, base de este texto, uno está acostumbrado a casi todo. Y que el lenguaje que se viene utilizando, incluso falseando la realidad de unos hechos, o mostrando unos resultados a todas luces incorrectos, en más ocasiones de las que desearíamos, están rayando con el código penal.
Pero héteme aquí, que en el relato de lo que deseo exponerles, por la originalidad de lo que vi, llegó a desconcertarme de tal modo que aún hoy, varias semanas después de lo sucedido, no he sido capaz de discernir si era correcto, incorrecto o, incluso irreverente. Esto último, seguramente, será lo más probable.
Al regreso de una excursión por los Países Bajos, concretamente en una de las carreteras comarcales que une la bellísima ciudad de Brujas con la segunda capital de Bélgica, la flamenca Amberes, me vi en la necesidad de ralentizar considerablemente mi marcha para permitir el paso de una enorme caravana de vehículos que, en la tradicional fila india de aquellos que acompañan a su última morada al “agraciado” de turno, se resistían a ser interrumpidos para no romper su armonía y permanecer unidos todos en un mismo grupo. Hasta ahí todo era normal, como en todas estas manifestaciones “sociales” que, dicho sea de paso, aunque sea la última para el interfecto, o quizás por ello, tratamos de mostrarle nuestra innegable solidaridad y no perderlo de vista hasta su última morada, aunque durante años, mientras vivía entre nosotros, nos pudiera haber importado un pimiento.
Pese a mi gran paciencia, que les aseguro fue mucha, el cansancio acumulado en el viaje y aquella interminable fila de coches ralentizados, como si todos en aquella carretera, y no sólo el difunto, dispusieran de todo el tiempo del mundo, consiguió provocarme una cierta desazón que iniciándose en un sentimiento de frustración, acabó con el tiempo convirtiéndose, al decir de los franceses, en un “enervamiento”. Tuve la sensación que aquel desfile en dirección a Dios sabe qué cementerio, se había convertido en un interminable pase de modelos de automóviles de todas las marcas habidas. Para más “inri”, algunos de los pasajeros de los vehículos, tal vez conscientes de mi infortunio, trataron de darme ánimos saludándome con suaves y discretos gestos, desde sus ventanillas. Ignoro quién sería el personaje que todos ellos custodiaban en dirección a su última morada, pero a tenor del elevado número de vehículos, cercano a los cien, debía tratarse de un difunto “de peso”.
Cuando había llegado a un número cercano a la mitad decidí relajarme, arrepanchingándome en mi asiento, a la espera de que aquel tormento pasara. Casi a punto de ceder y dejarme mecer por el ronroneo de los motores al pasar frente a mí, cuando algo me sobresaltó al depositar mi mirada en el parabrisas del, al parecer, el último de los vehículos: iba conducido por un cadáver. Perdón, rectifico: por un esqueleto.
Naturalmente, era consciente de que podía tratarse de una persona disfrazada. Hasta ahí, aunque bastante adormilada, mi perspicacia funcionaba. Hombre, me dije, en esta vida casi todo es posible. Pero semejante falta de respeto en un momento como este, no sé, no sé. Sin embargo, mi curiosidad, como al gato, se despertó consiguió matar, sólo, mi apatía, y decidí averiguar si lo que mis ojos habían contemplado era real. Durante algunos minutos seguí a la caravana sin posibilidad alguna de adelantamiento. Como resultado únicamente lograba ver la silueta de una cabeza completamente pelada, dando la sensación de que aquel vehículo iba conducido por el mismísimo Nosferatu. Mi curiosidad me carcomía.
Finalmente la comitiva de automóviles abandonó la pequeña carretera comarcal para adentrarse en una de las autopistas que, formando parte del “ring”, comunican de manera extraordinaria la casi totalidad de ciudades y villas que conforman la Bélgica más conocida. Por fortuna, pese a que la oscuridad había comenzado a extender su largo manto y a adueñarse de la poca luz natural que languidecía, la permanente luz artificial, de la que disfruta Bélgica en sus autopistas durante toda la noche, había iniciado su trabajo.
Gracias a esa luz que, dicen, es un regalo de los monarcas belgas a sus conciudadanos, pude abandonar la interminable hilera y, acelerando, comenzar los deseados adelantamientos, largamente esperados. Efectivamente mis ojos no me habían engañado y sentado al volante del último de los automóviles que cerraba la comitiva se encontraba ¡un esqueleto!
Los cristales entintados de la limusina me impidieron comprobar si en los asientos traseros de aquel vehículo había alguien sentado. Pero puedo asegurarles que junto al “original” conductor no se hallaba ningún ser vivo que pudiera estar controlando el coche. Coche que por otro lado no dio, en ningún momento, ninguna sensación de inestabilidad, ni realizó maniobra alguna sospechosa. Aquel esqueleto, que sin duda no era un disfraz, sino más bien un artilugio mecánico, ejecutaba los pequeños movimientos que se requerían, para mantener el vehículo en su ruta, como el más hábil de los conductores.
Acelerando me alejé en dirección a la cabeza de la comitiva, dispuesto a averiguar algo más de aquello, si es que era posible. Tuve la sensación que al alejarme de la ventanilla el original personaje realizó un gesto a modo de despedida. Mi curiosidad iba en un aumento directamente proporcional con el de mi estupor. No por el hecho en sí de que fuera un esqueleto el que condujera un automóvil. Efectos publicitarios, y no publicitarios, aún más sorprendentes hemos visto cualquiera de nosotros en múltiples ocasiones. Era el momento en si, la muerte de una persona, y el lugar elegido para la exhibición de “aquello”, una comitiva mortuoria camino del cementerio.
Pero mi sorpresa no había hecho sino comenzar, porque al alcanzar la cabeza de la comitiva, de nuevo, al volante del primero de los automóviles, el que dirigía la comitiva, se encontraba otro esqueleto de iguales características al anterior que al verme en paralelo junto a él, este sí, soltó por un momento su huesuda mano derecha y me saludó, a la vez que abría la boca y realizaba un gesto a modo de escalofriante sonrisa.
Largo rato después de haber regresado a casa aún me sacudían los escalofríos por el efecto del repelús que lo vivido horas antes me había provocado. Cruzaba los dedos mientras me repetía una y otra vez: “lagarto”, “lagarto”. No lograba entender bien cómo era posible que, ni aún tratándose de publicidad, o precisamente por eso, el mundo de los difuntos no se podía respetar, evitando situaciones como esa. Me decía para mis adentros que no, que seguramente yo estaba equivocado y que pese a no haber encontrado cámara, ni foco, ni elemento alguno que lo confirmara, aquello no podía ser más que la filmación de una secuencia de una película, o el sketch humorístico de un anuncio publicitario.
Con esa convicción me quedé más tranquilo y, tomando una copa de licor, decidí sentarme y recuperar las fuerzas gastadas durante el viaje, leyendo la prensa.
Pero no era mi día. Allí, frente a mi, en la contraportada del diario que había elegido, se encontraban de nuevo, esta vez juntos, los dos esqueletos. Ambos, dirigiéndose, el uno al otro y viceversa, la misma macabra sonrisa que pretendieran lucir conmigo cuando me cruce en su camino horas antes. Se daban sus huesudas manos en actitud sumamente amistosa, casi fraternal. Bajo ellos, efectivamente, el anuncio de una empresa de pompas fúnebres, cuya lapidaria frase en grandes caracteres decía: “Servicios funerarios Montrel: probablemente la mejor funeraria del mundo”, para terminar recordándonos a todos la inexcusable obligación de pasar por sus dependencias en cuanto lo consideráramos oportuno.
Admito que la competencia en el mundo de la empresa es dura, y que la imaginación, siempre al poder, debe de utilizarse hasta donde esta sea posible, para obtener los máximos rendimientos. ¿Pero no creen que, en este caso, el creador de la campaña publicitaria se pasó… un pelín?

Felipe Cantos, escritor.

La inevitable resignación ante el cambio generacional


Nuestra vida es ante todo toparse con el futuro. José Ortega y Gasset.

Les aseguro que es cierto. Hacía muchísimo tiempo que no me encontraba tan desconcertado en una situación cuyo desarrollo debería aceptar con aparente normalidad. Dicen los que creen conocerme bien - soy de los que piensan que jamás se termina de conocer bien a alguien - que, por lo general, soy un tipo extremadamente racional y equilibrado, lo que me permite distanciarme de las cosas y tomar estas con cierta filosofía. Vamos, que las acepto, pese a la gravedad de algunas experiencias sufridas, como algo natural, inevitable.
Y bien es cierto que en mi vida, imagino que como en la de todos, ha habido cambios de gran trascendencia, En lo que a mi respecta, en lo personal y anímico, he amado, ignoro si siempre con acierto y pleno convencimiento, más de una vez. He optado por caminos que consideraba definitivos y han resultado ser, definitivamente, un fiasco. He depositado ese imprescindible amor y esa necesaria confianza en quienes finalmente no lo merecía. Estoy convencido de que, sin duda, a la inversa, habrá sucedido lo mismo.
En cuanto a lo profesional y lo económico, parcelas estas en la vida de las personas, para mí, bastante más baladí, he sido alternativamente un discreto y vulgar peón de cualquier mediocre proyecto; así como la parte más importante de un todo, enriqueciéndome y volviendo a empobrecer con toda naturalidad, en más de una ocasión.
Es indudable que la piel se nos comienza a endurecer y cuartearse desde el mismo momento en que iniciamos nuestra andadura por estos mundos de Dios. Por ello, al amparo de cuanto nos sucede a lo largo de nuestra existencia, vamos, unos mejor que otros, aceptando todo aquello que, pese a no estar de acuerdo con ello, lo asumimos como inevitable. De modo y manera que, por ejemplo, salvo los inevitables comentarios del momento, en ocasiones repletos de agresividad, vemos y dejamos pasar ante nuestros ojos las enormes incongruencias y barbaridades cometidas por nuestra clase política, sea esta del signo que sea, con absoluta indiferencia y mayor indolencia por su parte: donde dije digo, digo diego,¡y ya está!. O asumimos con total facilidad inconcebibles sentencias de nuestros jueces y magistrados a sabiendas de que, se use el código de leyes que se use, jamás deberían ser permitidas por el más elemental sentido común.
Pues bien, en base a esa presunta actitud mía ante las cosas suelo optar, imagino nuevamente que como todos, por aceptar los cambios que sobre estas se producen con la mayor naturalidad, por estrambóticos que estos sean. Me digo que la razonable y constante evolución de la especie humana, con sus grandes contradicciones, es irremediable.
Pero hay algo en esa evolución que consigue romper con todo lo dicho hasta ahora y alterar mi tranquilidad de espíritu: son los cambios generacionales, y lo que consigo llevan esos cambios. A fuerza de ser sincero, he de admitir que me cuesta un enorme esfuerzo asumir esa constante evolución de quienes van incorporándose a nuestra clase adolescente, camino de una envidiable juventud. Peor aún, el aceptarla sin más.
Debo igualmente admitir que cuando yo me encontraba censado en las listas de los poseedores de los cerebros más moldeables del universo - los adolescentes - seguramente, pensé de las generaciones anteriores lo mismo que las actuales piensan de los carrozas de turno: es decir, nosotros. Yo soy de la generación de Los Beatles – los menciono, no por que fueran mis preferidos, sino por fijar con exactitud un determinado momento - de modo que no voy a ocultar que aquellos pelos y aquellas músicas desconcertaron hasta límites insospechados a nuestros padres, rompiendo todos sus esquemas, y no digamos ya a nuestros abuelos. Pero había algo en aquella generación - dejando al margen la incomparable e irrepetible música que se creo en las décadas de los sesenta y los setenta, del siglo pasado – que, pese a los indiscutibles cambios, suscitaba una cierta tranquilidad en las generaciones anteriores. Era el razonable deseo de mantener inalterables, en la medida de lo posible, las buenas costumbres, y ciertas tradiciones y valores morales y éticos. Pero, sobretodo, una buena educación. Puede que algo hipocritona. Vale. Pero respetando las mínimas formas y el valor por el buen gusto. Incluso mejorándolo, si era posible. Y ello, pese a las rivalidades existentes entre aquellas influyentes tendencias: “rokers y “mod”, que vinieron a marcar las modas de varias generaciones. Pese a los pelos, o las ropas que cada uno exhibía, incluidos las extravagantes vestimentas rokeras, aún hoy vigentes, se perseguía el buen gusto por la manera de vestir, por los modos de actuar y, salvo excepciones, de manera especial por el modo de comunicarte con tus compañeros y amigos, hoy, “colegas”. Justo es reconocer que, en ocasiones, como pasa con todo, exagerando el abanico de tendencias que podrían ir desde lo más cutre, rayando en lo sucio, hasta alcanzar la categoría de “pijos”.
Ahora es todo lo contrario. La práctica totalidad del universo de nuestros adolescentes gira alrededor del mal gusto, y una inexplicable tendencia a mostrar la mayor cantidad de centímetros de epidermis que sea posible. Aunque este/a se encuentre de viaje turístico en las estepas siberianas, a 30grados bajo cero. Sus ropas son, bajo una mirada mínimamente crítica, impresentables: irregulares y grandes pantalones cuya caja, lejos de marcar una buena figura, ha de mostrar al sujeto, él, como si llevaran un pañal o estuvieran - disculpen la grosería - cagados; ellas mostrando todo lo posible la parte más baja del trasero y exhibiendo, como un trofeo ganado a pulso, la mayor parte posible del pequeño tanga. Si estos son de colores llamativos, como violetas, naranjas y, en algunos casos, fluorescentes, tanto mejor. En cuanto a la parte superior, pequeñas y anodinas piezas sin ninguna personalidad, salvo la de mostrar nuevamente la mayor parte posible de la epidermis de quien la “luce” y, como mínimo, el ombligo. En ocasiones, como antes decía, en pleno invierno exhibiendo, por exceso abajo y por defecto arriba, tal cantidad de piel que difícilmente se libraran, cuando menos, de un resfriado del quince. Todo ello, parte superior e inferior, no sólo del sujeto/a, sino de la ropa, perforada de imperdibles y un sinfín de pequeños elementos metálicos que en función del número y tamaño, supongo, definirán la personalidad del adolescente.
Pero lo peor de todo está en la música con la que se identifican. Hemos pasado de las baladas más melosas, incluso empalagosas, pasando por el Heavy Metal más duro, pero con evidente protesta social y algún que otro mensaje, a la grosería como valor creativo. Dejando a un lado el inevitable “rap”, para mi superado, pero que ha impregnado la música de la última década, y en donde la mayoría de los interpretes son cantantes negros que parecen estar siempre muy enfadados, nos encontramos con “ídolos” de masas de adolescentes cuyos nombres deja mucho que desear y su escasa capacidad creatividad parece haber sido obtenida en el cubo de la basura, o en los urinarios públicos de cualquier suburbio olvidado de una gran ciudad. Estrofas de un indudable mal gusto, y vuelvo a pedir disculpas, como “Fóllame, fóllame, es lo único que me puedes hacer”; o “que te follen tío, que por aquí pasa el río”; o “que te den por el culo y que te folle un pez, a ver si así te enteras de una vez”, son moneda de curso legal en el panorama “artístico” juvenil, y no tan juvenil.
Auque quizás lo peor de todo no sean las “obras” de aquellos jóvenes que, a falta de capacidad creadora, recurren a la siempre fácil y sobrada, en esas edades, capacidad provocadora. Con ellos, a poco que lo intenten, siempre es fácil de que se cumpla la máxima de que “todo es susceptible de empeorar”.
Claro que a tenor de lo que puede suceder con artistas de los llamados consagrados: todo es posible. Alucinado, lo que se dice alucinado quedé hace unos días al comprobar el nivel de creación de uno de nuestros más “insignes cantantes”, Nacho Cano, y escuchar algunos textos de sus últimas composiciones. Es de suponer que se trata de uno de los componentes de aquel añorado grupo que se llamó Mecano. Aunque a tenor de lo que escuche no creo que fuera el más creativo.
Son ustedes capaces de imaginarlo en un estudio de grabación, ante un micrófono, sujetando con la mano izquierda los cascos, o con la derecha, que cada uno es muy quien, con la cara transpuesta en un gesto sólo posible en la cara de un iluminado que está “pariendo” la más bella composición musical, poética o literaria, para venir a decirnos algo así como: “coge mi mano y no te separes, que en el viaje infinito yo cuidaré de que no se despeine tu flequillito” ¡A lo que te obliga la más elemental educación!
De modo que espero comprendan mi resistencia a entender “ciertas” evoluciones generacionales. Confío en no haber perdido el paso al tiempo, pero si he de ser sincero, antes de llegar hasta allí, como “revolucionario”, prefiero quedarme aquí, como “reaccionario”.

Hasta siempre,
Felipe Cantos, escritor.

19 enero 2006

La dignidad de los muertos…y la nuestra


Cuando inicié la aventura de darle forma periódicamente a esta serie de artículos me prometí que, en al medida de lo posible, trataría de no alejarme demasiado del tono jocoso y relajado, y si fuera posible divertido o, cuanto más, irónico. Pensé que era, y son, demasiados comentaristas y demasiadas columnas, abiertas a diario en los miles de medios de comunicación existentes, para que la mía aportara algo nuevo a la ajetreada vida política de España.
Además, pretendía, y pretendo, otra cosa que no sea la repetición constante del mismo tema, aunque, por desgracia, dado el talante -¿qué palabra tan de moda, verdad?- que están tomando las cosas en nuestro país, comienzo a pensar que nunca serán suficientes.
Pero, amigo, no siempre es posible acceder a los deseos. Menos aún si estos son los propios. Al menos en cuanto a lo que de lúdico pudiera tener este texto. Estoy desconcertado, les aseguro que no tengo muy claro como debo reaccionar ante lo que, como un insulto al alma, me provocan la más absoluta repulsa de determinadas actitudes humanas.
La razón de fondo, aunque provocada por múltiples detonantes, es la triste valoración que se obtiene al reflexionar sobre la manipulación que habitualmente se hace en los medios de comunicación sobre la muerte de personas. Dejando al margen los espectaculares casos – Yak 42, helicóptero de Afganistán, atentados de 14M, y otros similares- en los que las razones políticas inspiran y condicionan todo, superando con exceso al propio hecho en si de la triste desgracia de unas muertes, siempre prematuras, es difícil entender las acciones, los gestos de los propios familiares de las victimas. Vaya por delante, como bien es cierto y en múltiples ocasiones he manifestado con toda sinceridad, que he conseguido superar mi “admiración” por eso que llaman la “clase política”, sea del signo que sea, con un claro objetivo: tratar de prescindir de ella en la medida de lo posible. Como individuo, creo haberme acercado bastante a mi propósito. Desgraciadamente, como ser vinculado a una sociedad, no parece que pueda conseguirlo.
Siempre ha existido y siempre existirá quien del dolor ajeno intente y, lamentablemente, con demasiada frecuencia, obtenga réditos para su particular causa. Y aunque no está demás denunciarlo, para que al menos no caiga en el olvido, de nada sirve lamentarlo pues tal “defecto” no es posible corregir ya que va arraigado en lo más profundo del ser humano, llegando a hacerse, casi, comprensible cuando se trata de la defensa de determinados intereses. Esos que los seducidos suelen denominar “la causa”. Además, por lo general, es lo que cabe esperar de la clase política. Pero lo que ya resulta incomprensible, al menos para mí, es que se presten a ello, con participación directa en la exhibición y en el espectáculo las, denominadas, victimas: los familiares y personas más cercanas, afectadas por la tragedia acaecida.
Cuando, como consecuencia del conocimiento de una tragedia, se me ha dado la ocasión de poder responder a la pregunta de que haría yo si me encontrara en el lugar de los seres que han sufrido el zarpazo, la respuesta, inexorablemente, siempre ha sido, y confío en que seguirá siendo, la misma: aislarme en lo más profundo y no participar en la exhibición de mi dolor como una mercancía. Mil veces me he puesto en la piel del padre al que violan y asesinan un hijo; del que, como consecuencia de un atentado terrorista, pierde un ser querido; del que es conocedor de ultrajes y abusos a esos mismos seres queridos o, como en el caso de los dramáticos siniestros acaecidos, es golpeado brutalmente por el destino, perdiendo algún ser querido en un accidente. Y mil veces me he respondido lo mismo. Con el dolor incrustado en el alma actuaría con la máxima discreción, reflexionando y tratando de acercarme en cada caso de acuerdo con las circunstancias del drama: si solidaridad con los demás afectados, solidaridad; si asesoramiento, asesoramiento; si denuncia, denuncia; si intervención personal, toda mi dedicación y colaboración plena para tratar de que se haga justicia con mayúsculas (después de casi mil muertos, aun me resulta sorprendente, casi milagroso, entender como ni una sola de las víctimas de eta, saltando como un resorte, no haya hecho otra cosa, que se sepa, que acogerse al amparo de la avt).
Pero, desde luego, lo que nunca haría sería caer en demagogias y, siempre, alejarme de cualquier tentación de exhibición, rechazando de manera clara y contundente cualquier manipulación, Dios sabe con que oculto objetivo, inducida por la utilización de cámara de televisión, o periodista alguno.
Es difícil entender, salvo por un escaso, sino nulo, nivel cultural, como familiares cercanos, en ocasiones los propios padres de la víctima, aceptan colocarse ante las cámaras de la televisión para relatarnos su versión de los hechos. Salvo que uno haya superado ya todos los límites posibles de falta de sensibilidad - del medio de comunicación y de su representante ya lo espero todo, o mejor, ya no espero nada - sorprende que en momentos como esos se puedan tener deseos de hacer publicidad de lo sucedido, llegando en ocasiones a corregir y aumentar la versión oficial.
Admitiendo que el mundo de los medios de comunicación ha sobrepasado todos los límites posibles, disparando todas las alarmas, en cuanto a mantenerse ante esta sociedad con un mínimo de ética, de la estética mejor no hablar pues el mal gusto está permanente presente en ellos, no es admisible que los propios afectados, por exceso o por defecto, participen en ello. Recrearse en el dolor propio, exhibiéndolo como mercancía para obtener determinadas ventajas, o tratar de que otros las obtengan, además de hacer poco creíble a los protagonistas, denuncia la catadura moral de quienes lo realizan. El pecado es aún mayor cuando ni tan siquiera cabe escudarse en carencias culturales, o un limitado nivel intelectual.
¿En serio hay quien crea que, tras de un espantoso accidente donde se mezclan los pedazos de muertos sin posibilidad humana de ser identificados rápida y fácilmente para ser entregados a sus familiares, lo verdaderamente importante, pase el tiempo que pase, es que cada uno se lleve el “suyo” a casa? ¿De verdad que alguien cree que en las lamentables catástrofes que a diario se suceden, en donde se ven afectados decenas de personas – accidentes de trenes y aviones, o colisiones múltiples en carreteras, sin olvidarnos de los actos terroristas - verdaderamente tiene importancia que a uno le terminen dando el “suyo”? ¿Acaso hay ingenuo que crea que eso se hace así? ¿Hay quien se crea que los muertos del 11-M, y otros casos similares, se encuentran cada uno en su “sitio”? Sigo creyendo que lo importante, aunque no sea más que por respeto a nosotros mismos y, sin duda, a los muertos, es tratar de retener en nuestra memoria la mayor cantidad posible de recuerdos de ellos. Y no físicamente, mediante unos restos que en breves semanas dejaran de serlo – “polvo eres y en polvo te convertirás” -, sino espiritualmente. Porque ahí, en espíritu es donde siempre les encontraremos. Lo demás sólo servirá para arropar las macabras maniobras de quienes por una razón u otra, políticos y medios de comunicación, principalmente, realizan, con absoluta falta de escrúpulos, en su propio beneficio.

Felipe Cantos, escritor.

17 enero 2006

Aniversario en el Habana club


Hace escasas noches, naturalmente con sus correspondientes días, pese a la dureza de tener que cumplir la “pila” de años que uno empieza a tener que soportar sobre su espalda, como si por mor de la edad te hubiera convertido en aquel mitológico personaje que, rodilla en tierra, ha de sujetar por toda la eternidad el globo terráqueo, decidí salir a celebrarlo, al decir de los clásicos “como es debido”. Después de todo no se cumple algo más de medio siglo todos los días. ¿Más de medio siglo he dicho? ¡Puaf!
El caso es que deseoso de sujetar tal cantidad de años, o al menos alargarlo el mayor tiempo posible - la otra alternativa, la de que pase rápido el momento, sin duda, es peor, pues sin que apenas te des cuenta llega el siguiente - decidimos, mis acompañantes y yo, prolongar la noche tomando unas copas allí donde la “marcha” que todos llevábamos dentro pudiera desarrollarse y expandirse, cada uno en su medida, cual lava emanada de virulentos volcanes. Para ello nada mejor, nos dijimos, que acercarnos hasta una de esas coquetas y pequeñas salas de música en directo, en donde el ensordecedor ruido de los conversadores, tratando de robarse la palabra, no te permite oír un carajo la música que, en ocasiones, suele ser de cierta dignidad.
El Habana club, que pese a su significado nombre suele estar más dedicado a las bandas de jazz que a lo que se supone al nombrarlo, fue el elegido. Pensamos que si bien el jazz no era la música por excelencia preferida del conjunto del grupo, al menos en aquel ambiente y con aquel sonido se podría producir un seductor momento de intimación, y quién sabe si de confidencias. Después de todo cuando la música no te atrapa pero te acompaña con su seductor sonido, suelen producirse esos mágicos momentos en que los seres más cercanos, estos que nos llamamos amigos para diferenciarnos de aquellos otros más distantes, solemos, al calor de esos momentos, dejarnos, como las cebollas, algunas de las múltiples capas con las que consciente o inconscientemente nos cubrimos.
Así que, todos los demás, como yo mismo - conversador infatigable - nos las prometíamos muy felices, ilusionados con dedicar parte de la noche a dejarnos envolver por las inmortales melodías de los reyes del jazz, como Chris Barber, o el mismísimo Louis Armstrong, entre otros, degustar unas maravillas caipiriñas y, por qué no, si la ocasión se presentaba y con la ayuda de la estimulante bebida brasileira, dedicar cierta parte de ese noctámbulo momento al deporte nacional: “el marujeo”. Y no vayan a creer, pues el nivel intelectual del grupo era alto y el coeficiente de inteligencia, cuanto menos, superaba la media del ciento veinticinco. Pero que quieren que les diga. Eso de despellejar al ausente, naturalmente con estilo y sin hacer sangre, tiene su gracia.
Pero, ¡ay, amigo! Ya saben aquello tan manido de: “el hombre propone y… etc.” La primera dificultad fue encontrar, ¡a las dos de la mañana! una plaza de aparcamiento. Con buena voluntad conseguimos hacerlo a casi siete minutos del local de referencia: el Habana club. Pero las dificultades no habían hecho más que comenzar, pues conseguir una mesa bien pudiera ser parte del guión de la película de Tom Cruise, aún sin filmar: Misión Imposible iii. Tuve que hacer uso de las más viejas artimañas para, poco a poco, conseguir reunir en un rincón, junto a una pequeña mesa en la que apenas se podía colocar los cinco vasos de cualquier contenido, cinco pequeños asientos. Estos eran una especie de taburete de muy poca altura, forrado en una tela que castigaba seriamente con un soberbio latigazo, producido sin duda por la electricidad estática, a quien osara acariciarlos con más violencia de la que ellos podrían soportar y en los que apenas si cabían los traseros de cualquiera de nosotros. Hubo un momento en que, para retener más de un asiento y poder rescatarlo para la causa, tuve que colocar un pie sobre uno, el trasero sobre un segundo y una de mis manos apoyada sobre un tercero, en un indescriptible número de circo. Debieron de pasar más de veinticinco minutos para conseguir que todos pudiéramos sentarnos. Cuando lo conseguimos, hubo un momento en que el grupo no pudo evitar romper el silencio con una estruendosa carcajada. Por fortuna los convecinos, que más que convecinos parecían siameses nuestros por la obligada cercanía, debido al ruido reinante en el local a penas si la escucharon. Mientras reíamos nos mirábamos con estupefacción. El taburete era tan pequeño que nos obligaba a sentarnos de tal modo que nuestras rodillas alcanzaban, o superaban según que caso, la altura de nuestras cabezas. Mirando a nuestro alrededor pudimos comprobar como el resto de los concurrentes se encontraba en la misma ridícula posición que, al margen de lo incómodo, seguramente para la mayoría podría resultar, incluso, nocivo para su salud. La penumbra que suele reinar en estos locales de copas daba a la escena todo el aspecto de una colmena de saltamontes, o cigarras, reunidos y acumulados para protegerse durante las horas nocturnas.
Con un “bueno, pues ya está”, decidimos pasar página y dedicar toda nuestra atención al objetivo que hasta allí nos había llevado: escuchar, en la medida de lo posible algo de buena música y disfrutar de una refrescante caipiriña. Lo primero no parecía fácil, pues el ensordecedor ruido de ambiente apenas si permitía adivinar qué es lo que sonaba como música de fondo. Sin embargo, el segundo, como en un inesperado milagro, se produjo de tal modo que consiguió dar forma también al primero. La llegada de la negrita batanga, con el clásico pañuelo atado sobre su cabeza y contorneándose al caminar entre las cigarras y los saltamontes al ritmo del “meneito”, fue toda una premonición. A través de ella y de lo que emanaba su figura, de senos generosos y compacto pero no exagerado trasero, que al contra luz fue lo más semejante a una aparición, pudimos intuir, contra todo pronóstico, que aquella noche la música que interpretaba la banda era digna merecedora del nombre del local.
Después de pedirle las tan ansiadas caipiriñas esta se marchó con el mismo “meneito” con el que llegara, dejándonos con una agradable sensación. Sorprendentemente, no tardó demasiado en regresar, acompañada de su “meneito” y con las caipiriñas, y tuvimos la oportunidad de confirmar que de todo aquel montaje era lo más cercano a lo auténtico. Los músicos, pese a su buena voluntad, mostraban en la ejecución de las piezas un virtuosismo más cercano a cualquier otro tipo de música y no parecían encontrarse realmente en su “salsa”. Pero ella, simultaneando el servicio de las mesas y emulando a los bailarines de la pista, colaboraba en la animación y puesta en escena de las piezas que la banda, más mal que bien, interpretaba sin poderse desprender del fuerte acento francófono. Mientras nos sirvió las caipiriñas continuó con su canturreo y el “meneito sandunguero” que conmovía el alma y algo más, lo que hizo que olvidáramos todas las primeras molestias y pasáramos un rato agradable.
No se si fruto de la “aparición”, o de las caipiriñas ingeridas, pero por la mañana aún resonaban en nuestros oídos la alegre música obligándonos a acompañarla con el meneito: “Juan Tanamera, menéalo pa…quí, menéalo pa…lla”. Todo resultó ideal en El Habana club que, pese a que tradicionalmente produce buen jazz, en esta ocasión se prodigó, bien es cierto que con graves deficiencias técnicas que cubrieron con su mejor ánimo, interpretando ritmos caribeños difíciles de resistir. Finalmente resultó una buena noche. Y es que yo creo que el alma esta confeccionada sólo con evocadores elementos musicales cuya autenticidad esta a prueba de todo. De modo que bastará con pulsar uno sólo de esos elementos para que veamos las cosas de modo distinto… y mejoradas. Además, ¿hay alguien capaz de resistirse al “meneito” provocado por un buen ritmo salsero aderezado con una refrescante caipiriña? ¡Pues eso!

Hasta siempre.
Felipe Cantos, escritor.