25 septiembre 2006

Progre: ¿igual a progreso?


El progreso, lejos de consistir en el cambio, depende de la capacidad de retener… Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. George Santayana.

Ha sido necesario que pasaran más de treinta años para que este país de nuestros amores y miserias, llamado desde hace siglos España, comenzara a evolucionar, para descubrir horrorizado que por mucho que se mire en las límpidas superficies de la verdad, no se reconoce a sí mismo.
Hace ahora treinta años que España, abandonando otras formas más sutiles, se enfundó en una vulgar y simple camiseta de Don Algodón para, colocando sobre ella los más originales eslóganes, tratara de ponerse a la vanguardia de la modernidad, autoproclamándose líder de la progresía. Sin duda alguna, los años que precedieron a la muerte del dictador Franco, personaje repudiable donde los haya, fomentó una nueva sociedad, capitaneada por un desconocido psoe, por no calificarlo de inexistente, casi metafísico.
Es posible que muchos de los lectores queden sorprendidos cuando califico de inexiste al partido que años más tarde nos gobernó, con Felipe González a la cabeza, más de tres legislaturas y, mal que nos pese se convirtió en algo inevitable en la vida de los españoles, transformando a sus propios afiliados, y a sus seguidores, por mor de su propia definición, en los “progres”.
En cuanto a la calificación de metafísico que otorgo a “aquel” psoe, nada más fácil de confirmar con cuantos, en aquellos momentos, nos encontrábamos entre los veinticinco y treinta años. Dudo mucho que halláramos más de media docena de personas, de a pie, que pudieran dar testimonio de quiénes, o qué era “eso” del psoe; “partido”, con toda seguridad, hundido en las catacumbas de la clandestinidad más temerosa. Para el común de los españoles, politizado o no, como era mi caso, no había más que un partido – el pce - que, como tal y teniendo en cuenta la falta de “competencia”, no precisaba de ninguna otra identificación que la de “el pc”, o “el partido”.
Bajo la tutela de ese metafísico psoe y de un, en principio, imprescindible pc, condenado a desaparecer en la inevitable auto combustión de su propia ideología – hoy es un cadáver andante, un zombi que apesta – se forjó una nueva generación de españoles - hoy ya ni tan nueva, ni tan joven - al grito de aquella canción de Jarcha “libertad, libertad sin ira…”. Todo ello, dirigido bajo la batuta de un diario, de un anagrama breve, conciso y sólido: el país, dio como resultado el nacimiento de una nueva clase social, de una, casi, estirpe, “los progres”, de supuesta ideología de izquierdas, que al fin y a la postre está resultado tan reaccionaria y tan inmovilista como aquellos contra los que siempre habían, al parecer, luchado.
En esa nueva/rancia casta, “los progres”, cuya seña de identidad inexcusablemente es el llevar bajo el brazo, o en el interior del portafolios un ejemplar del diario que les adormece, y atonta, desde que se inicia el día, marcándoles las consignas de modo que no tengan necesidad de pensar demasiado, se nos dice que esta la modernidad, o lo que es más increíble: ¡el progreso!
No tengo duda alguna que, por el momento, la batalla semántica, por adueñarse de ese importante concepto en los medios que condicionan la opinión pública, ha sido ganada por “los progres” ¿la izquierda?; dejando a un lado a otras formaciones políticas - liberales, centros y derechas - que a lo largo de estos últimos treinta años, no sólo en España sino en toda Europa, han realizado una magnífica labor al frente de los gobiernos de sus distintos países.
En la mayoría de los casos, especialmente en el caso de España, con resultados demostrables de progresos – nota para navegantes mal intencionados -, también en las libertades, que difícilmente pudieran equipar los progresos de salón obtenidos por “los progres de toda la vida”.
Entre otras acciones aplaudidas por los progres, el casar homosexuales; poner el énfasis en las libertades religiosas, despreciando aquella en la que, nos guste o no, se hunde lo más profundo de nuestra propias raíces - en algunos casos hasta herir seriamente a una gran mayoría de creyentes -; apelar a una Alianza de Civilizaciones imposible de materializar; rescribir la historia para que se asemeje más a lo que desearíamos que a lo que realmente fue, o realizar promesas de justicia y bienestar a cuantos inmigrantes se encuentren en España, y fuera de ella, en una decisión que entra de lleno en la irresponsabilidad, es posible que puedan enmarcarse bajo el análisis de lo emocional, que no sería poco, al igual que poder ser calificado de “muy de progre”. Pero, señores progres, el progreso – con mayúsculas - es… otra cosa. Bastaría con que se molestaran en analizar, y contrastaran, los logros obtenidos en lo social y económico en la última década.
Por ello, desde esta tribuna exhorto a cuantas personas y entidades se sientan relegadas cuando su pensamiento no coincide con el de “los progres” - especialmente a los partidos políticos, sean del signo que sean - que no se dejen arrebatar tan preciado concepto. El progreso es mucho más que la pose adoptada por un determinado grupo, que se autodefine constantemente “progresista”, para hacernos creer que mientras ellos caminan en la vanguardia hacia el futuro, se supone que para mejorarlo, el resto, permanece anclado en un oscuro y negro túnel del que no es capaz de salir.
Es lamentable llegar a la conclusión que lo que comenzó siendo una simple batalla semántica, con la apropiación indebida de un concepto, injustamente acabe por definir negativamente, ante la opinión pública, los actos de aquellas tendencias sociales, o políticas que no lo enarbolan.
No, señores progres, no necesariamente el denominarse como tal tiene porque relacionarse con el progreso. Más bien, en estos tiempos que corren y tras haberse convertido en un simple slogan publicitario, todo lo contrario. Aún menos tachar de inmovilistas a quienes no usan el término como si fuera su primer apellido.
No seré yo quien acepte, ni transija con tan descabellada falsedad.

Felipe Cantos, escritor.








21 septiembre 2006

Cebrián, El País y la locura contagiosa.



Vivimos en un mundo en que un loco hace muchos locos, mientras que un hombre sabio hace pocos sabios. Georg Cristoph Listenberg

Hacer escasos días tuve la oportunidad de leer las manifestaciones realizadas por un seudo intelectual, un insufrible sujeto llamado Juan Luis Cebrián, que de ser ciertas harían dudar a cualquier ciudadano si el susodicho se encuentra en su sano juicio, o pretende que los demás acabemos por perderlo definitivamente.
No voy a negar que el personaje en cuestión no es santo de mi devoción y que, sin duda, se me verá el plumero a lo largo y ancho de este pequeño texto. Pero son tantas, tan desafortunadas y contradictorias sus intervenciones en la vida pública española, amén del enorme efecto mediático que gracias a su periódico, El País, tiene sobre nuestras vidas, que bien merece que desde toda posible tribuna se le recuerde que todavía quedan españoles, y muchos, que lejos de haber perdido el juicio, en pro de no se sabe bien qué bastardos intereses, nos reconocemos como descendientes, y herederos, de una civilización, por lo que se ve, muy alejada de los “ideales” que el citado Cebrián exhibe. Si es que pueden llamarse ideales a lo que ha movido y, por lo general mueve a este sujeto.
En su declaración vino a decir algo así como que renegaba de La Reconquista realizada por nuestros antepasados, pues este hecho no había permitido que la civilización musulmana –el Islam – inundara toda nuestra cultura.
Dejando a un lado las ventajas (¿) que el personaje en cuestión pueda haber encontrado en una civilización que en lo referente a las libertades y progreso de sus integrante quedó anclada y perdida hace varios siglos, salvo, claro está, para sus dirigentes y “admiradores” como el señor Cebrián, este debería saber que la historia se escribe después de que se producen los acontecimientos, y que estos, generalmente, no están en la mano del hombre el cambiarlos, sino, simplemente asumirlos, tratando de acomodarse a ellos.
De modo que de nada sirve el “lamentar”, sabe Dios por qué y con qué fin, aunque teniendo en cuenta lo que está cayendo cuesta poco imaginarlo, que la historia sea lo que es y no lo que el señor Cebrián desearía. Mal que le pese, los procesos históricos son imparables e irreversibles y al hombre sólo le queda la posibilidad de actuar como notario. Desde esa perspectiva poco más que añadir y, seguramente, por sí sola ni tan siquiera es merecedora de estas líneas.
Sin embargo, en el contenido de esa declaración se encuentran las graves contradicciones que sustenta la filosofía en la que “navegan” el señor Cebrián, y de manera especial su periódico, El País. Su falta de racionalidad, coherencia y objetividad – que no de objetivos -, en defensa de intereses nada claros - ¿o tal vez demasiado claros? - vienen a desembocar con inusitada frecuencia en un desequilibrio que, sin duda alguna, provoca la pérdida de rumbo del propio medio y, lamentablemente, de sus lectores. Es tal el cúmulo de contradicciones en sus postulados que en una misma página pueden defender una posición y la contraria. Y todo ello sin que el “avispado” lector de El País parezca, o quiera darse cuanta.
Durante los últimos años, al menos desde que este que escribe sigue de cerca las informaciones que nos ofrece el citado periódico, han venido defendiendo de manera claramente partidista los postulados nacionalistas, apoyando la idea de que aferrarse y defender la matriz, o el ombligo, como ustedes prefieran, es además de justo, razonable. Aunque para ello haya que despedazar sin contemplaciones una nación milenaria y solidificada, precisamente, gracias a esa Reconquista que el señor Cebrián tanto maldice.
Y ahora, contraviniendo aquel postulado, que no los intereses que le son propios al señor Cebrián y su periódico, el “inteligente” sujeto, cuyo aspecto bien pudiera confundirse con el de cualquier pequeño imán, o muhadin, nos dice, defiende y lamenta que por culpa de cuatro “desaprensivos” – don Pelayo, Fernando III, Alfonso X, Jaime I, o los mismísimos Reyes Católicos, entre otros - con su lamentable actitud y desafortunadas decisiones impidieron que dos civilizaciones entroncaran y se fundieran para dar origen a una nueva que se extendiera, como una sola voz, por toda Europa, o vaya usted a saber hasta donde. ¿Cabe mayor contradicción en un mismo personaje - y en el medio que controla - cuando manifiesta con el labio superior la defensa de un nacionalismo endogámico, mientras que con el labio inferior aboga por la fusión de una Alianza Universal de Civilizaciones?
Verdaderamente algunos han perdido el rumbo – por no hablar de la cordura - aunque con ello les vaya extraordinariamente bien en todas las demás parcelas de su vida, excepto la mental. Mi animoso y bien intencionado consejo es que visiten al psiquiatra. Especialmente porque es muy posible que, demostrada la capacidad de contagio de este cúmulo de estupideces, termine por convertirse en una epidemia.
No desearía terminar esta pequeña columna sin formularle una pregunta, que se me resiste, al inefable Juan Luis Cebrián. Según su leal saber y entender, si los acontecimientos históricos se hubieran producido según sus expresados deseos, ¿estaríamos ahora donde está el Islam, o el Islam estaría donde estamos nosotros?
Creo innecesario decirle al ínclito Cebrián en donde les gustaría, y les gusta encontrarse a la mayoría de los españoles. Incluidos los incondicionales lectores del diario que tan “sabiamente” manipula y controla.

Felipe Cantos, escritor.

15 septiembre 2006

Garzón y la patética Justicia Española.


¡Ay de la generación cuyos jueces merecen ser juzgados! Talmud, Ruth Rabbá, 1.

Han pasado más de diez años desde que, motivado por deplorables experiencias personales, decidiera escribir y publicar el libro “La inJusticia en España”. Cuando lo hice, no sólo traté de mostrar las atrocidades que sobre cualquier ciudadano de a pie, entre los que me cuento, pueden caer si se ve en la necesidad de acudir a la Administración de Justicia Española; sino, además, poner sobre la mesa de la opinión pública española el comatoso estado de nuestra justicia.
Consciente de la barrera, del muro infranqueable que los propios protagonistas - jueces y magistrados – han colocado entre ellos y el resto de los mortales, para hacernos creer que, como en la Biblia, su “reino” no es de este mundo, aunque las consecuencias de sus actuaciones nos afecten de manera directa y plena, subtitulé la obra “Análisis pragmático, práctico y racional, no jurídico, ni técnico”.
Con ello pretendí evitar una inútil polémica ahíta de interesados y complejos entramados jurídicos, y la utilización de una semántica repleta de latinajos al uso, del que tan amigos son nuestros juristas, para colocarles en el único camino en el que todos los interesados fuéramos capaces de confluir: la utilización del tan denostado “sentido común”. En síntesis, intentar que no encubrieran su falta de formación, u otras intenciones, especialmente en los jueces de nuevo cuño, que en más ocasiones de las deseadas producían, y producen, desatinadas actuaciones e incomprensibles sentencias.
Yo entendía, y sigo entendiendo, que usando el más elemental sentido común y aplicando la racionalidad, dejando de lado las frases engoladas y rimbombantes, y llamando, como decían nuestras abuelas, a las cosas por su nombre, con toda seguridad su labor se vería sustancialmente mejorada cualitativa y cuantitativamente.
Evidentemente, la obra recogía, y recoge, multitud de aspectos imposibles de resumir en este pequeño artículo. Pero si destacaba, además de lo ya expuesto, el enorme, yo diría terrible poder de estos profesionales, dueños de vida y hacienda, incluso alcanzando el aspecto más emocional, de todos sus conciudadanos. Un/a juez/a, por discreto que sea su destino profesional puede, con una de sus actuaciones, destruir de por vida a una empresa, a una familia o a un simple sujeto. Pero lo más terrible, sin el más mínimo riesgo para él/ella o, en su defecto, jamás del alcance del daño provocado.
Ya, en aquella ocasión, el ínclito juez Garzón, junto con otros personajes de la “farándula jurídica” fue merecedor de ocupar un lugar destacado en la obra. Recuerdo, entre otras, que me permitía recomendar a tan “ilustre” personaje que en lugar de buscar la notoriedad constante dedicándose a cazar tigres de Bengala con una raspa de pescado – casos generales argentinos, dictadores chilenos y otros similares; si bien encomiables, pero exentos de rigor y nulas posibilidades de prosperar – bien podría dedicar ese tiempo, que al parecer le sobra, en ayudar a sus colegas en el enorme colapso, especialmente en retrasos, que sufre la Administración de Justicia en España: plazo medio para la resolución de un contencioso, pasando por todas las instancias, entre los diez y quince años. Pudiéndose alcanzar con facilidad los veinte años.
Desgraciadamente el libro no ha perdido vigencia, ni se ha resuelto uno sólo de los defectos denunciados en él. Muy al contrario, a tenor de los acontecimientos y el espectáculo ofrecido constantemente por sus “señorías”. El grado de politización al que se ha llegado en la Adjudicatura es de tal magnitud que resultaría cómico de no ser por la gravedad que entraña.
Uno, en su ingenuidad, cree que la justicia debe ser, como tal, una meta en si misma. Pero hemos llegado a tal grado de desfachatez que resulta que no. Tenemos Jueces Progresistas (Psoe); Jueces Conservadores (pp); Jueces para la Democracia (imagino que su “inclinación jurídica” se decantará en función de los intereses de cada momento); Jueces como el juez Garzón, que nunca se sabe donde esta pero que, al parecer, va por libre, y así, otros varios. Pregunto yo, siempre en mi ingenuidad, ¿no sería más razonable que todos actuaran y se llamaran: Jueces para la Justicia?
Puede que, aunque con más discreción, siempre haya sido así. Pero es tal el descaro con el que sus señorías exhiben su filiación política y su decantación a favor de tesis perfectamente definidas, que produce sonrojo sólo el observarlo. Son tan previsibles y evidentes sus actuaciones – el ínclito Garzón es un modelo inmejorable – que uno llega a la conclusión que lo de menos es lo que se juzga, ni el como; sino lo que conviene políticamente.
Pero siendo lo denunciado terrible, aún es peor el descaro y la falta de ética de quienes, y son mayoría, debiendo defender los sagrados principios de la Justicia, poniéndose al lado de los ciudadanos, actúan sin importarles la opinión de estos en una clara burla a su inteligencia. Por esa razón debemos mostrar nuestro pleno rechazo a una Administración de Justicia que lejos de mostrar respeto por los ciudadanos a los que debe proteger, los toman, en el mejor de los casos, por estúpidos.
En cuanto al especialísimo caso del Juez Garzón – su reclamación de amparo al cgpj, después de su intolerable intromisión en un sumario que no le correspondía y teniendo en cuenta sus descaradas actuaciones a favor de una de las partes – en justa correspondencia a su falta de respeto por el resto de los ciudadanos se merecería ser objeto de la parodia de aquella frase chulesca del acerbo popular madrileño que decía: Senen, Senen, Senen… y que aplicada al “estrellado” juez dijera: “Garzón, Garzón, Garzonen, si no te han dao… que te den”.

Felipe Cantos, escritor.

La insultante estafa de los seguros del automóvil.



No hay otro infierno peor para el hombre que la necedad o la ruindad de sus semejantes. Marques de Sade.

Tengo para mí la sensación de que al albur de cuanto, desgraciadamente, está sucediendo en esta sufrida España, desviando la cotidiana atención de los problemas que deberían preocupar al ciudadano de a pie, algunos sectores de nuestra sociedad, especialmente los económicos, están obteniendo pingues beneficios.
Sin olvidar sectores como el inmobiliario, el energético, o la banca, por citar algunos, llevo un tiempo reflexionando sobre la impuesta necesidad de los seguros del automóvil. Y a fe que, por más que lo intento, no logro saber para qué carajo precisamos los sufridos automovilistas semejante seguro. O cuanto menos del modo en que está concebido actualmente.
Bien es cierto que como empresario, ya retirado, tengo un gran respeto por cualquier iniciativa empresarial y, ni que decir tiene, que acepto de pleno que su objetivo sea, por encima de cualquier otro, la obtención de beneficios al final de cada ejercicio mercantil.
Ahora bien, de eso a pretender que los sufridos clientes de cualquier compañía de seguros nos convirtamos en altruistas donantes, a fondo perdido, de una importante cantidad de euros de nuestro presupuesto anual, como si se tratase de colaborar con cualquier ong al uso, media un abismo.
Desde que las compañías de seguros se “inventaron” la aplicación de eso que ellos llaman eufemísticamente bonus, y que yo calificaría de “termómetro de rentabilidad”, nos encontramos con la paradoja, como en las enfermedades incurables, que si tu temperatura de riesgo sube más de lo que les interesa a estas, lo mejor es dejar al enfermo a su suerte.
No será preciso que entre los “bonus malus y los bonus buenus” – ignoro si así se llaman – se produzca una gran descompensación a favor de los primeros, o incluso igualados. Bastará con que en la correlación de fuerzas esté ligeramente a favor de los “malus” para que la compañía aseguradora de turno reconsidere el análisis de su póliza y se planteé, sin más, rescindirla.
En otras palabras. Aunque el importe por usted pagado por el seguro contratado supere a los posibles cargos ocasionados por los razonables accidentes, usted dejará de tener interés para la compañía en cuestión. El índice de riesgo es, dicen, demasiado alto.
Y es que se trata, como decía al principio, de que usted pague, sin más y a fondo perdido, una cantidad, no para prever las posibles consecuencias de un accidente, sino para alimentar la insaciable voracidad de su compañía de seguros.
Por esa razón se entiende que cada vez son más las compañías que en sus reclamos publicitarios ofrecen descuentos descomunales, de hasta el 60%, a “buenos conductores” – que jamás tengan un accidente - merecedores de el máximo posible de “bonus buenus”, desechando a aquellos conductores que, no necesariamente, sean el colmo de la torpeza, pero que en su devenir constante suelen tener pequeños accidentes y roces, o simplemente mala suerte.
Y yo me pregunto, para qué sirve un seguro a todo riesgo que pagado religiosamente cada año sólo pretende colocarte en el cuadro de honor de “los buenos conductores”; pero evita tener que cubrir los posibles accidentes que tu automóvil pueda tener y que, en base a los “bonus malus” prescindirá de ti con toda urgencia en el momento que estos sobrepasen la línea roja.
Yo, dejando por un momento la modestia a un lado, soy un razonable buen conductor y creo que a lo largo de mi vida, como tal, habré dado, a lo sumo, tres partes de pequeñas cosas, generalmente encontradas después de depositar el coche en un parking. De manera que, y perdonen la franqueza, para qué coño quiero yo un seguro a todo riesgo, o a terceros con franquicia, de mi automóvil que sólo, salvo serios imprevistos, me reportara, por ser como soy, la acumulación de un maravilloso número de “bonus buenus”. Imagino que como en mi caso se encontrarán millones de conductores.
Bien es cierto que existe otro tipo de conductor, tal vez con peor suerte que el que escribe, que suele tener pequeños y no tan pequeños accidentes de forma frecuente. Pero no se alarme querido lector. Para eso, nuestras ínclitas compañías de seguros han encontrado hace tiempo, además del “bonus malus”, otra alternativa: la famosa franquicia. De manera que si tiene usted la “suerte” de pertenecer al club de los franquiciados sabrá que todo desperfecto que sufra su coche hasta una determinada cantidad, además de haber pagado religiosamente a su compañía su seguro, que no sé para qué demonios sirve, deberá ser pagada igualmente por usted.
Y es que la síntesis es bien sencilla: o es usted un inigualable conductor, repleto de “bonus buenus”, que nunca tiene problemas con su automóvil, en cuyo caso usted dejará año tras año, repito, a fondo perdido un buen puñado de euros en las arcas de su compañía de seguros o, si no tiene usted tanta suerte, pese a haber pagado igualmente una importante cantidad a su seguro, correrá con los gastos de cuantos pequeños o medianos accidentes puedan sucederle.
Sólo en el caso de sobrepasar los límites de esa franquicia impuesta, que puede suponer un accidente de magnitud extrema, incluso con resultado de muerte, será la compañía la que - por fin sabremos para qué sirve lo que pagamos - se hará cargo de las cantidades devengadas.
No conozco las cifras de las compañías de seguros en ese apartado, aunque sus beneficios crecen y crecen anualmente, pero, en esa situación tan excepcional, no tendría ningún inconveniente en reintegrarme a la dinámica empresarial y crear una cuanto antes.

Felipe Cantos, escritor.




El sarcástico mundo de los “gurus” de la economía.


Un experto es una persona que ha cometido todos los errores que se pueden cometer en un determinado campo. Niels Bohr.

Hace algunas semanas, en esta misma columna y con el mejor ánimo, trate de poner en tela de juicio lo que, a mi modesto entender, significaban los “santones” en el mundo de las Bellas Artes y de la Creación. Como consecuencia de ello recibí opiniones para todos los gustos, algunas de ellas nada edificantes, aunque razonablemente aceptables. Uno debe saber a lo que se arriesga cuando se adentra en el mundo de la libertad de expresión.
Sin embargo, lo más importante fue comprobar como, junto a lo que yo sostenía en aquel artículo, algunas opiniones vinieron a decirme que, lamentablemente, el mal de los “magos”, de los “santones” que constantemente están “creando cátedra”, es extensible a casi todas las actividades que se dan en nuestra sociedad. El mundo del Arte, afirmaban, no es el único que sufre de manera exclusiva este mal. “Intente acercarse, sin ir más lejos, a dos actividades que condicionan de manera especialísima nuestras vidas, la Economía y el Derecho, y verá.”
Y tienen mucha razón. Lo que sucede es que no es posible escribir de todo al mismo tiempo, sin correr el riesgo de confundir las churras con las merinas. Además, por lo general, mis artículos tienen cierta densidad. De modo que si trato de generalizar demasiado, el resultado puede ser catastrófico, sino, ininteligible.
Sin embargo, bien es cierto, en mi ánimo estaba, y esta, el tratar de plantear de la forma más reflexiva posible el pernicioso efecto que sobre estas dos disciplinas, la Economía y el Derecho tienen los llamados “santones”.
Hay una tercera disciplina, la Política, tan desprestigiada a fuerza de insistir sus propios “profesionales”, que apenas si quedan resquicios honrados a los que aferrarse para realizar una mínima crítica constructiva. Es una actividad, tan podrida, tan inmersa en una denigrante marabunta de perversos intereses ajenos a lo que se supone debería ser, que para realizar cualquier razonable análisis antes sería preciso contar (¿) con que los protagonistas pusieran un mínimo interés en limpiar la imagen de su actividad, y la de ellos mismos.
Hoy, todos sabemos que quien se acerca a la política lo hará con la intención de obtener, directa o indirectamente, pingues beneficios, legales o no, de una actividad que debería ser, como la religión, uno de los referentes morales y éticos de todas las demás.
De modo que retomemos, por el momento, el análisis de la Economía y los economistas, dejando para otra ocasión el Derecho y sus practicantes y ejecutores, merecedores por sí mismos de un espacio independiente. Si bien ambas disciplinas no son perfectas, a diferencia de la Política, al menos es posible acercarse a ellas sin que la podredumbre acabe por enterrarte.
Evidentemente, no tengo intención alguna de descalificar el trabajo de estos profesionales, pero si desmitificar y reducir algunos grados su auto bombo y denunciar, como sucede con otro buen número de “profesionales”, por ejemplo los teólogos, que nos intentan hacer ver sus actividades del mismo modo: inalcanzables en su saber para el resto de los mortales.
Es de dominio público que estas actividades se han desarrollado, y continúan haciéndolo, a través de un lenguaje verbal, en ocasiones de signos, y una terminología que, además de fatua, resulta innecesaria. Se diría que, con la intención de ser lo menos comprendidos del planeta y, al parecer, de ese modo poder ocultar mejor sus enormes meteduras de pata, o su incompetencia, estos profesionales de la Economía llevan años transmutando el lenguaje normal hasta hacérnoslo, literalmente, incomprensible. Esto, en demasiadas ocasiones, nos obliga a plantearnos si no estaremos ante una actividad que se asemeja más a “Encuentros en la tercera fase”, que a la imprescindible actividad que nos debe permitir comprender con facilidad una situación de elemental economía.
Parecen querer que olvidemos que las bases de toda disciplina se encuentran en el más que indispensable sentido común, que, de salida, en el caso de la Economía no dista demasiado de lo que significa la más simple de las economías familiares: si deseamos que esta no se deslice por caminos equivocados y perjudiciales hemos de conseguir que, cuanto menos, nuestras obligaciones no sobrepasen a nuestros ingresos. Después, si lo deseamos, podemos realizar las florituras, verbales o técnicas, que se nos antojen. Pero, eso, no serán más que florituras.
Se da la paradoja de que, aunque en el trabajo de los economistas el arma principal son las matemáticas, su actividad, lamentablemente, no es una ciencia exacta. De modo que, parece, que con el uso de las reprobables terminologías, aunque pudiera no ser su intención, terminarán dándonos gato por liebre.
Así, cuando estos “profetas” de los números y las previsiones, casi siempre inexactas, realizan sus cálculos, lo hacen sobre la base de datos extraídos de asentadas experiencias anteriores, y manejando una serie de coordenadas que les permitirán acercarse, algo, a una previsible realidad que dependerá, entre otras cosas, de agentes externos que, desde el mismo instante de su previsión, escaparan a su control. Decía Cela que “…un experto es aquel que está en perfectas condiciones para explicar y resolver la crisis inmediatamente anterior”.
Bien es cierto que se me podría decir que son conscientes de ello y preguntarme de qué otro modo, si no es utilizando esos antecedentes, podría realizar previsión alguna. Y tienen razón. Pero la cuestión es otra. Oyéndoles hablar ex-cátedra, uno se pregunta como es que el resultado final de sus apreciaciones suele variar de manera tan ostensible con respecto de la realidad final obtenida.
Admitamos que una razonable profundización en las diversas materias que nos interesen, ampliará nuestros conocimientos sobre ellas. Pero debemos alejarnos de la falsa idea de que, salvo que te encuentren inmerso en ese mundo, no debes acercarte, ni interferir las “inteligentes” decisiones tomadas por estos “magos”, aceptando como moneda de ley sus opiniones y sus consejos. Estos no tienen garantía alguna de que sus decisiones finales sean las más acertadas.
Y como el movimiento se demuestra andando, baste citar algunos ejemplos históricos que ilustran este texto. Hace algunos años, Carlos Solchaga, a la sazón “superministro” de Economía y Hacienda de los gobiernos de Felipe González acabó, pese a todos sus cálculos y previsiones, por quemar la economía española, dejándola en un lamentable estado comatoso. Pese a ello, se permitió declarar públicamente que España era el país en el que más rápidamente se podía hacer uno rico. Desgraciadamente, en esa previsión “económica”, aunque los métodos usados no fueran los más legales, acertó plenamente.
Solbes y Almunia serían otros ejemplos a tener en cuenta. Del primero, cada vez es menos comprensible sus decisiones. Sus contradicciones en la aplicación de las alternativas económicas dependerán del puesto político que ocupe en cada momento. Lo que servía para controlar la economía desde la Unión Europea, resulta ineficaz y perjudicial como ministro de hacienda de España. En cuanto al segundo, hoy responsable de economía de la Unión Europea, aún nos estamos preguntando de qué rincón del baúl de los recuerdos desempolvó su título de economista para ejercer como tal. Que se sepa, a poco que agudice uno la memoria, este sujeto estuvo dedicado de lleno a la política, cuanto menos, los últimos 25/30 años. De manera que…
Quizás el ejemplo más claro, a la vez que el más honrado, sea el del también ministro de Economía y Hacienda con Felipe González, Miguel Boyer quien, a preguntas de un periodista sobre la fiabilidad y solvencia de los presupuestos que acababa de presentar en el Congreso de los Diputados, respondió algo así como: “Hemos realizado todos los cálculos, hemos previsto todas las alternativas, hemos considerado todos los posibles cambios que se puedan producir en nuestra economía y en la mundial, pero eso no es más que el cincuenta por ciento de las posibilidades de que estos presupuestos se puedan cumplir. Para el buen fin del otro cincuenta por ciento, concluyó - mientras se santiguaba - póngase a rezar para que se cumpla”.

Felipe Cantos, escritor.






¿Alguien puede explicarlo?


No suponga que todo lo que no es capaz de entender es una soberana estupidez. Ludwig Wittgenstein.

Cuando en mis escritos trato de analizar los acontecimientos políticos que nos afectan de manera directa a todos los españoles, intento, probablemente sin conseguirlo del todo, que mis inevitables inclinaciones políticas no acaben por “pervertirlos”.
Como principio básico les confieso que durante mucho tiempo mi interés por la política no pasó de lo meramente anecdótico. De manera que, sucediera lo que sucediera yo, como la gran mayoría mis compatriotas, entendíamos que “eso” de la política era para “los políticos”.
Sin embargo, con los años, y de manera especial por determinadas circunstancias sucedidas en estos últimos tiempos, me han venido a mostrar que a ningún hombre, independientemente del grado de participación con el que intervenga en ella, le es ajena la política. He llegado a la conclusión de que el simple hecho de nacer es ya de por sí un acto político. Con toda seguridad a alguien estas perturbando con tu aparición en este mundo.
Por esa razón, y por un gesto de inevitable responsabilidad, comencé a tomar más en serio todo aquello que impulsado por los políticos tuviera una incidencia directa en la gran mayoría de los españoles. Aunque no lo crean, lo difícil, en principio, era ser capaz de ubicarte en aquella opción política con la que sentirme más identificado. ¿Izquierda, por definición?; ¿derecha, por situación? o ¿centro, por aquello de no molestar a nadie y estar a bien con todos? Definitivamente, ninguna de ellas: ¡Liberal!
¿Por qué? Sencillamente, porque sin necesidad de exponer en este momento una reflexión más profunda sobre el liberalismo, esta opción política encuentra aportaciones positivas, tratando de apartar las negativas, en cualquiera de las otras dos tendencias de derechas e izquierdas, o viceversa. En síntesis. Ambas tienen aportaciones positivas que aprovechar, y se niegan, por sistema, las bondades mutuamente.
De manera que apoyado en ese confesado pensamiento liberal es como suelo escribir mis artículos. Por ello, cuando trato de analizar las noticias que, como al común de los mortales, me llegan contaminadas y preparadas para que las digiera con la mayor facilidad, procuro no dejarme influenciar por esa contaminación y entrar en el análisis de los hechos.
Así es como trato de digerir la ingente cantidad de información y contra información que sobre el 11/14m nos es suministrada todos los días. Suelo leer y escuchar a las dos partes enfrentadas y, en un ejercicio de responsabilidad ciudadana, tratando de extraer el grano de la paja y quedarme finalmente, repito, con los hechos.
Y hechos, probablemente muchos de ellos de difícil demostración, pero todos ellos de razonable investigación, son los que está exhibiendo de manera constante el diario el Mundo, ante la negativa sistemática del Gobierno: coches fantasmas; mochilas volátiles; autorías no demostradas; pruebas falseadas; explosivos no identificados, declaraciones de altos cargos policiales contradictorias, sino claramente falsas y un sinfín de cosas más.
Y ante ese cúmulo de documentación aportada por una de las partes, la otra se limita a negar las evidencias y condenar e impedir la profundización en la investigación de una masacre que acabó con la vida de 196 españoles.
Pero si esto es grave, yo, como ciudadano de a pie, no salgo de mi asombro cuando puesto al habla con un gran número de personas a las que, en algunos casos, considero amigas, y a todas ellas con formación y madurez suficiente como para ser capaces de reflexionar sobre un asunto de tal calado, estas se empeñen en desacreditar la labor de los investigadores, calificándoles de meros especuladores de una oculta trama negra. Sino algo peor.
Evidentemente no soy capaz, ni quien para llegar a conclusiones definitivas. Pero como responsable ciudadano de a pie tengo la obligación de animar a quienes, persiguiendo los intereses que persigan, incluso bastardos, se empeñen en que salga a la luz la verdad, por encima de todo.
De igual manera, repruebo a cuantos, amigos y no tan amigos, amparados en la ciega creencia de que “los suyos”, sea del modo que sea siempre tienen razón, apoyen con su opinión y con su aliento a quienes no desean profundizar en la investigación de 11m, dando por buena la “cómoda” versión servida por el Gobierno y apoyada por el diario El País. Les animo a que reflexionen, y les pregunto por qué están dispuestos a rechazar de plano la enorme cantidad de información y hechos aportados por los investigadores, y aceptan sin la menor vacilación y, lo peor, dan por zanjada la cuestión de la masacre con la simple lectura de un titular en el “periódico de toda su vida”, El País.
¿Alguien puede explicarlo?

Felipe Cantos, escritor.

13 septiembre 2006

El “corrá” de España y la degeneración de un país.


Todo está bien cuando sale de las manos del Autor de las cosas, todo degenera entre las manos del hombre. Jean Jacques Rousseau.

Es francamente difícil ocultar el conflicto interno que se provoca uno mismo cuando trata de hacer crítica de aquello que siempre ha considerado cercano, aquello que se encuentra imbuido en lo más profundo de sus creencias, de su cultura. En nuestro caso, en el de todos los españoles y naturalmente en el mío, una cultura ancestral. No soy nada dado a la autocomplacencia. Pero debo confesar que aún lo soy menos a la autocrítica. Tal vez en el tan traído “orgullo español”, frecuentemente parodiado por los ciudadanos de otras nacionalidades que dicen conocernos bien, se encuentre la clave.
De manera que cada vez que se me ha presentado la necesidad de entrar de lleno en la reflexión de determinadas actuaciones de mis conciudadanos, entre los que obviamente me incluyo, como se dice popularmente, se me han abierto las carnes.
Sin embargo, en pocas ocasiones, como en esta, me he sentido tan motivado, tan justificado para hacerlo. No me duelen prendas reconocer que hasta he sentido una cierta sensación morbosa al tener la posibilidad de hacerlo. No en vano nos estamos jugando en ella algo más que la imagen de nuestro país. Nos estamos jugando su dignidad.
Vengo observando en los últimos tiempos, - lo siento “señor” Rodríguez Zapatero que coincida con su periodo de mandato, pero es así – la degradación de nuestra sociedad en casi todas las áreas que la conforman. Sea esta, social, política, académica, intelectual, judicial, o de cualquier otro orden.
Pero he de admitir que hay un área en particular que ha conseguido sobrepasarme de manera muy especial. Es aquella en la que se mueve con sumo mal gusto eso que desde siempre hemos dado en llamar “lo popular”. Algunos más atrevidos han sido capaces de denominarla “la sabiduría del pueblo”.
No es un fenómeno nuevo, por lo que no voy a negar que desde siempre ha existido un segmento de la sociedad que, amparado en “lo popular” ha dado vida a “obras” carentes de la mínima calidad y sobradas de mal gusto. Pero, cuanto menos, hay que reconocerles la pretendida buena intención de aportar algo al acervo popular.
No creo que ese haya sido el caso de la “famosa composición” – creo que dice algo así – “Pá, voy a hace un corrá, pá meter guarrillos y guarrillas, etc.”. Confieso que espantado del mal gusto no he logrado escuchar la canción completa, por lo que desconozco su texto exacto. Supongo que se referirá a los extraordinarios animales portadores de los jamones más sabrosos del mundo. De otro modo… ¿qué les voy a decir que no sepan?
Pero si sorprendente es la “fácil” asunción por un gran segmento de público de algo tan estrambótico y desacertado, aún resulta menos comprensible que una ¿importante? cadena de televisión – creo que la recientemente inaugurada La Sexta - lo haya utilizado como estribillo y cuña de promoción de la Selección Nacional de fútbol en el pasado Campeonato Mundial de Alemania. ¿Será cierto que ese es el nivel medio de nuestros aficionados futboleros?
Por principio me negaré a aceptarlo. Sin embargo he de reconocer que determinadas señales encendidas a lo largo y ancho de estos últimos tiempos – vuelvo a lamentarlo “señor” Zapatero – me hacen poner en seria duda el mínimo nivel intelectual ¡medio!, y lo que es peor, el mínimo buen gusto de un gran número de mis conciudadanos.
Pues, si a lo antes descrito unimos los lamentablemente incombustibles, y en ocasiones vomitivos, programas del “hígado”, más conocidos como del corazón, con la exaltación y glorificación de todo lo que se refiere al mundo de los homosexuales – por fortuna, también, los hay sencillamente sensatos -; los execrables “Reality Show”, o la adictiva afición a la contemplación, no diré la lectura, pues estaría mintiendo, de las revistas del cuché, en donde el comportamiento de algunos de sus compradores raya en lo patológico, cuando disfrutan con masoquista deleite con la contemplación de los vestidos, las joyas, los coches, las mansiones, los barcos y cuantas propiedades prohibitivas para el común de los mortales, incluidos, sean o no en relaciones estables, la vida y fortuna del famoso/a “superguay” de turno y su no menos “interesante” pareja o acompañante, con franqueza, creo que queda poco por justificar.
Tratando de alejarnos del terreno de la mediocridad, pero sin conseguirlo por mor de las semejanzas y formas soeces con que se desenvuelven sus protagonistas, se encuentran seudo intelectuales que al amparo de autores y obras literarias de relieve pretenden mostrar una imagen que en nada les es propia. El reciente caso provocado por el ¿actor? José Rubianes al insultar, de manera clara y contundente, a todos los españoles mandando - palabras literales - “…a tomar por el culo a la puta España…” marca de manera definitiva el buen gusto que reina en el mundo de los zafios bufones del “talantoso” Rodríguez Zapatero.
Si bien es cierto que en todo tiempo y en todo lugar “han cocido y cuecen habas”, y que tratar de culpar a los políticos dirigentes en el momento puede ser, además de incorrecto, injusto; no es menos cierto que dependiendo del ambiente en el que te desenvuelvas y la situación, provocada o recibida, en la que te encuentres, se crearán las circunstancias ideales para facilitar situaciones semejantes.
Probablemente, en el caso del “popular” Rubianes, desde que se enfundara el personaje de MakiNavaja, se haya producido una simbiosis con este, de la que jamás ha logrado desprenderse. Eso justificaría, en parte, sus barruntes, ya que parecería no hablar más que por boca del delincuente hortera. No obstante, lo más sorprendente fueron las últimas declaraciones realizadas por el ínclito. Este, tratando de justificar sus exabruptos, alude a unas declaraciones realizadas por García Lorca en vida: “Yo soy español integral (…) pero odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta, por el sólo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos”. ¡¡Y esto nos lo cuenta el fulano después de haber insultado gravemente a todos los españoles desde una tribuna supranacionalista - Cataluña - que no admite otro pensamiento que el que surge de su endogámico ombligo!!
Puede que, finalmente, todo se resuma en un problema semántico. Pero, honradamente, creo que se han sobrepasado todos los límites. Ahora, lo importante, lo más urgente para una buena convivencia no es preocuparnos si izquierdas o derechas; nacionalismos localistas perversos, o grandes nacionalismos reaccionarios y radicales. Debería bastar con que comenzáramos por recuperar el sentido más correcto de la vergüenza, de la corrección y la mínima educación, para ser capaces de poder iniciar el más mínimo entendimiento. Y, naturalmente, la frecuente utilización del sentido común.
Y ello comenzando por nuestras clases dirigentes. Sean estos políticos, jueces, actores, o empresarios. Su ejemplo, por lo general nada edificante, es un mal espejo que conlleva, como antes decía, a la degeneración de toda una sociedad.
El último discurso, exento de todo sentido común y cursi donde los haya, pronunciado por Rodríguez Zapatero en un foro internacional, son digna muestra del uso que no debe hacerse de las palabras, si se desea que su destino sea la razón. Sugerir, siquiera, que tenemos la obligación de reflexionar sobre el terrorismo y tratar de comprender sus razones, apoyado en la falacia de que siempre se había utilizado este como arma conminatoria, además de un despropósito en un mensaje equivocado y despreciable que no sólo provoca una degeneración del lenguaje, sino, también, de la moral de quien lo manifiesta.
Ignoro las razones que tendrá el señor Zapatero para invitarnos a tal aquelarre mental. Pero estoy seguro que acabaremos por saberlo y, ese día, seremos muchos los que, desde lo más profundo de nosotros mismos, nos mostraremos sorprendidos de no sorprendernos.

Felipe Cantos, escritor.

06 julio 2006

¿Quién se cree usted que es, “señor” presidente?

La libertad consiste, no sólo en el derecho concedido, sino en el poder dado al hombre para ejercitarla.

Hasta ahora, las iniciativas tomadas por el inquilino de la Moncloa, dicen que presidente de esta sufrida España (¿), además de desconcertantes se han mostrado, en su mayoría, ineficaces e, incluso en algunos casos, peligrosas. Sólo han servido, en cuestiones aisladas, para resolver pequeños y puntuales “problemas” que no respondían, en ningún caso, a grandes demandas sociales y, mayoritaria y lamentablemente, haciendo oídos sordos a multitudinarias manifestaciones, desenterrar el “hacha de guerra” y volver a colocar a media nación frente a la otra media.
Hay una parte de la ciudadanía, incluido el propio señor Zapatero, que parece querer olvidar que “al presidente”, al igual que sucediera con todos los que le precedieron, se le eligió para que, respetando las reglas del juego de la democracia y, principalmente, la Constitución, que juró defender y miserablemente ha traicionado, se pusiera al frente del ejecutivo para gobernar la nave del estado. No para “hacer de su capa un sayo”.
Debo confesar que, personalmente, prefiero hablar de administrar que de gobernar. Después de todo, ¿qué es lo que debería ser un buen político/gobernante, sino un buen administrador? Creo que con eso nos bastaría y, en cierto modo, acabaría con los, en estos tiempos, trasnochados y obsoletos conceptos de las ideologías y de las tendencias políticas que, sin duda, tuvieron una indiscutible vigencia en el pasado. Pero no hoy.
Ahora bien, sea como fuere, la realidad de los acontecimientos ha superado a la ficción más imaginativa, alcanzando cotas hasta hace poco inimaginables. Pretender establecer como normal, para ser digerido por la ciudadanía, que donde había unas leyes claramente definidas se nos diga ahora que su interpretación está sujeta a los vaivenes de un “presidente” según su conveniencia es, cuanto menos, surrealista. Ello, sin entrar a analizar, en el ámbito de lo penal, las últimas actuaciones del señor Zapatero y sus colaboradores.
Siempre han existido, y existirán, personajes que, dominados por una extraña e incomprensible paranoia, deciden convertirse en salvadores del mundo, sin que nadie se lo pida. Por esa razón, es fácilmente comprensible que los que utilizamos como guía y bandera, para caminar por esta vida, el “sentido común”, no entremos en el juego de estos “iluminados” y sus disparatados proyectos.
Si en su caminar político el señor Zapatero está dispuesto a autoinmolarse, llevándose por delante toda la historia y cultura de una nación milenaria, violando toda la normativa existente, incumpliendo todos lo juramentos realizados y traicionando los más sagrados principios, amén de ultrajar los derechos de quienes han sufrido el azote terrorista en sus propias carnes, agraviando la memoria de los casi mil muertos, es muy dueño de hacerlo. Sin duda alguna la historia se lo demandará. Pero lo que no puede pretender es que comprendamos tal aberración y, aún menos, que le apoyemos y acompañemos en la “aventura”.
La meridianas claridad con la que la Constitución y el resto de leyes, desgraciadamente manejadas por él a su antojo – Fiscalía (Conde-Pumpido); Audiencia Nacional (El recién incorporado Garzón) y otros – poniendo de manifiesto la ilegalidad de sus actos desde que llegara al poder, han quedado completamente eclipsada con su decisión de autorizar y establecer de manera oficial las conversaciones y negociaciones con la banda terrorista ETA. Negociaciones que, por otro lado, no tendría porque sorprendernos si se realizaran dentro del marco institucional como, pese a las enormes dificultades que estas conllevan, fueron intentadas por gobiernos anteriores, con el fracasado resultado ya conocido.
La gran diferencia entre esta ocasión y las precedentes, y por ende la tragedia de la misma, es que, pese a las insistentes declaraciones negativas del titular del ejecutivo y sus adláteres - poco creíbles dado el historial de mentiras desde que se hicieran con el poder - en esta ocasión se tienen por negociadas y aceptadas las reivindicaciones de los terroristas. Al menos estos, contradiciendo la necedad del ejecutivo, con su presidente a la cabeza, manifiestan con toda claridad que sus objetivos siguen siendo los mismos. ¿De qué han servido entonces los casi mil muertos y el sufrimiento de sus familias? ¿Para qué demonios hemos soportado estoicamente el azote terrorista todos estos años?
Pero si incomprensible resulta el inicio de unas negociaciones que de continuo se niegan como tal, – según el ejecutivo, no hay nada que negociar, por tanto, pregunto yo, ¿para qué reunirse entonces? – más irracional resulta que pretenda hacerlo en nombre de todos los españoles y de las victimas, sin que en ningún momento fuera elegido para ello.
Además, en el supuesto de que hubiera la mínima posibilidad de negociar con ETA, ¿quién garantiza que la banda respetará los acuerdos? ¿En serio cree el “señor presidente” que ETA ha llegado hasta aquí, en su sangriento camino, para acabar con una mano delante y otra detrás?
De llevarse a cabo la propuesta presentada por Rodríguez Zapatero, sibilina donde las haya, en su comunicado del inicio de las negociaciones, con esas palabras del “respeto a la voluntad de los vascos” – imagino que como en Cataluña al margen del resto de los españoles - ¿En serio piensa que una banda, como ETA, asumirá, después de matar sin escrúpulos a, casi, mil personas, el resultado que salga de las urnas, si este no le fuera favorable? ¿Estaría el “señor presidente” dispuesto a garantizar de algún modo que ETA respetaría los resultados, de serles estos negativos?
“Señor presidente”, salvo sus incondicionales, ni la ley, ni la opinión pública en general le ha dotado de poderes para tomar en su nombre semejante decisión. Tampoco es usted la personificación de la Constitución. Desgraciadamente, tratándose de quien tiene la sagrada obligación de defenderla, más bien todo lo contrario.
De modo que no logro entender en nombre de quién y bajo qué normativa se subroga usted el derecho de decidir, por si sólo, lo que es un derecho inalienable de todos los españoles.
¿Quién se cree usted que es, “señor presidente”?

Felipe Cantos, escritor.

29 junio 2006

¡De eso nada!

Aquí estoy, yo soy quien lo hizo, vuelve tu espalda hacía mí. Virgilio.

Nunca he logrado entender como pudo llegarse a la conclusión de que un pueblo, una nación una sociedad tiene en su seno los políticos, y cualquier otro impresentable personaje, que se merece. ¿Quién demonios se atrevió a acuñar semejante majadería?
Bien es cierto que, como consecuencia del equívoco y lamentable planteamiento en la distribución de los votos, en cualquier reconocida democracia puede darse, de hecho se da, irónicas situaciones en donde no siempre el más votado, ni el mejor, puede resultar finalmente el que termine haciéndose con el poder.
Pero si bien hemos de aceptar como jurídicamente legal semejante situación, en función de las reglas establecidas, jamás las reconoceré como legítimas, igualmente apoyado en esas reglas que permiten hacerse con el poder a grupúsculos que puede no alcanzar más allá del 35% de los votos de los ciudadanos. Aún menos reconocerles como tales y asumirlos como propios.
De manera que en ningún caso estoy por la labor de aceptar que un impresentable y mal político, elegido sabe Dios por qué circunstancias ajenas a la lógica y al sentido común, es tan mío y, haga lo que haga, soy merecedor y responsable de él, como los que le han votado. ¡De eso nada!
Estoy dispuesto a asumir, qué duda cabe, que las reglas de juego que nos hemos impuesto en esta sociedad nuestra, aunque imperfectas, han de ser respetadas para que un mínimo orden sea posible. Pero bajo ningún concepto a aceptar que la responsabilidad emanada de las decisiones de esas mayorías/minoritarias, cuyas decisiones, por lo general carentes de la mínima reflexión, son igualmente mías. Como decía en el encabezamiento de este artículo, repito: ¡de eso nada!
No llegaré al extremo, como pensaba un buen amigo mío ya fallecido, que le era imposible ser demócrata en el sentido más amplio de la palabra. Decía, no carente de razón, que le resultaba incomprensible que el voto de un doble licenciado en Económicas y Empresariales, con veinticinco años de experiencia profesional a su espalda, era su caso, tuviera el mismo valor que el de, con todos los respetos, un joven empleado de los servicios de limpieza del ayuntamiento, recién inmigrado y legalizado por mor de los intereses de un determinado partido. “Imposible, añadía, que pueda ser tan reflexivo y formado como el mío.”
Pero si, cuanto menos, procuraré no asumir las consecuencias negativas de las malas decisiones de terceros que, pensando sabe Dios con qué parte de su cuerpo, deciden encumbrar al poder a personajes de dudosa catadura moral e indiscutible indigencia intelectual. Incluso a iluminados por cualquier “dios menor”.
Por esa razón, a quienes se les llena la boca de repetir constantemente que lo que está sucediendo en nuestra maltratada España es responsabilidad de todos, y que todos tenemos lo que nos merecemos le diré, una vez más que ¡de eso nada! Allá quien les hayan votado. A los demás sólo nos restará aceptarlo, pero jamás sentirnos complacidos, ni mucho menos cómplices.
Durante las escasas horas que precedieron a las últimas elecciones generales del 2003, repetí, rogué, solicité a cuantos tuve la oportunidad, que dejaran aparcado el corazón y el hígado, entre otras cosas porque la verdad de lo sucedido estaba por descubrirse – hoy así se confirma - y reflexionaran fríamente sobre el sentido de su voto. Que bajo ningún concepto lo cambiaran, fuera este el que fuera, como consecuencia de lo sucedido. Lo sucedido ya no tenía solución. Pero las consecuencias de cambiar su voto podrían ser aún peores.
Algunos reaccionaron. Pero, a la vista está, la inmensa mayoría cambió el signo de su voto y el resultado de las elecciones, y por ende el rumbo, hasta ese momento razonablemente correcto, de España.
El tiempo ha venido a confirmar lo que pensaba. Jamás puede ser bueno anteponer el instinto – no me atrevería yo a decir que los sentimientos - a la razón. La situación de España es, cuanto menos compleja. Pero sobre todo desconcertante. Los racionales problemas que habitualmente preocupan a un país han pasado a un segundo plano, para dejarnos desbordar por otros, sacados del baúl de los recuerdos que parecían, y deberían, haber sido superados hace muchos años.
De manera que pese a no perder de vista el repetido tópico “el hombre es el único animal que tropieza dos (y tres, y cuatro, y…) veces con la misma piedra”, desde esta tribuna deseo apelar al sentido común de cuantos de una manera reflexiva han podido constatar que las consecuencias de una decisión, inspirada por cualquier otra motivación que no sea la razón, generalmente son nefastas.
Por ello, me permitiría pedirles que tengan muy presente que en los próximos meses se sucederán diversos convocatorias que les “invitarán” a reencontrarse consigo mismos y reparar, en la medida de lo posible, por ejemplo Cataluña, los daños causados por un voto irreflexivo. Sin duda, nuevas alternativas con un ideario más que razonable, caso Ciudadanos de Cataluña, serán propuestas para tener muy en cuenta ante las avejentadas, maleadas y corruptas formaciones ya conocidas por todos.
En cualquier caso, sea cual sea la decisión que en su momento tomen, si les rogaría a los irreflexivos e indolentes de turno, que suelen votar aconsejados por cualquier parte de su cuerpo – corazón, hígado, estómago e, incluso, bolsillo – a excepción de la cabeza que, a la vista de los resultados posteriores, asuman de pleno su responsabilidad y no pretendan a posteriori, colocarnos a todos en el mismo “saco” repitiendo eso de que “tenemos los políticos que nos merecemos”. Ellos serán quienes se los merezcan.
Que cuanto menos asuman su responsabilidad, aunque todos nos veamos obligados a aguantar la vela. A los demás sólo nos quedará el triste recurso de armarnos de santa paciencia y aceptar “democráticamente” la situación, repitiendo hasta la saciedad que: ¡¡De eso nada!!

Felipe Cantos, escritor.



24 junio 2006

El cuidadano frente a la universal mediocridad de sus gobernantes.


Es un sarcasmo y un peligro para la sociedad que, por la indolencia de una mayoría, quien dirige o pueda dirigir los destinos de una nación se encuentre en los límites de la indigencia intelectual.

Hace décadas que vengo cuestionándome si realmente la clase política, del modo en que se origina y ha derivado su actividad, es necesaria. O dicho de un modo más ácido: ¿son necesarios los políticos, tal y como están concebidos actualmente? Rotundamente ¡no!
Si nos atenemos a los hechos, ante las grandes dificultades que cualquier persona tiene para lograr alcanzar un estatus mínimamente razonable en el ámbito de su profesión, que no siempre logrará, llegaremos a la conclusión de que cualquier intento de alcanzar esos mismos objetivos a través de la vía política es infinitamente más fácil. Y no solamente en la vertiente económica, sino social y de reconocimiento, no siempre positivo, pero si ejecutivo, por parte del resto de la sociedad en la que estamos inmersos. En síntesis: de poder.
Esto no debería ser motivo de reflexión, y aún menos de lamento, si para lograr determinados objetivos partiéramos de las mismas coordenadas. Pero no es así. Pues mientras el profesional “de verdad”, aquel que ha precisado de años de preparación en el ámbito docente: colegios, institutos, universidades y, seguramente, la realización de un buen numero de cursos y masteres para posgraduados; el sujeto que toma la determinación de dedicarse a la política, en una ecuación inversamente proporcional con los beneficios y el poder que puede alcanzar, no tiene necesidad de ninguna formación académica ni intelectual. Tan siquiera de una mínima formación básica que lo avale. Bastará con que se llene de ambición y tenga una absoluta falta de escrúpulos.
Durante años, los que consideraron, entre los que me incluyo, que la política era asunto de los demás, que no nos afectaba directamente, evidente craso error, hoy imperdonable, nos hemos dedicado, según nuestro criterio, a “otras cosas mejor que hacer”, permitiendo que un importante grupo de, no diría que advenedizos pero si, en su mayoría, indigentes intelectuales, se acercaran con toda impunidad a la actividad que mayores efectos tiene sobre la vida diaria del ciudadano.
Dejando al margen los escasos ejemplos, siempre elogiables, que romperían la regla, el grueso de los personajes que transitan por el corrompido mundo de la política dejan, desde el mayor número de caras del prisma, mucho que desear. Los hay licenciados, con cierta dignidad, en materias universitarias; los hay que han obtenido su licenciatura a trancas y barrancas; los hay que su formación es, probablemente humanista pero limitadamente académica y los hay, estos son mayoría, que su formación académica e intelectual es escasa, por no decir inexistente. Dicho de otro modo: lo que es posible esperar, de positivo, en la gestión de una persona con formación académica, difícilmente, pese a su buena intención, será posible hacerlo de quien no ha superado los estudios primarios, o el inicio de un bachillerato.
A lo largo de mi existencia he conocido políticos en todas las esferas de dicha actividad. Desde las más altas instancias, hasta la concejalía más humilde, pongo por ejemplo, en el pueblo de Barlovento, de la isla canaria de La Palma. Lamentablemente siempre he llegado a la misma conclusión: no es posible el ejercicio de la actividad política sin una mínima formación intelectual y académica. Por mucho que sea de agradecer los “encomiables” esfuerzos del taxista de turno, del pescador bien intencionado, del hortelano-viticultor, o del oficial primero administrativo venidos a concejales, diputados, o senadores por mor de las listas presentadas por los partidos políticos.
Todos ellos devendrán irremisiblemente a formar parte del grupo de marionetas que el cacique de turno manejará a su antojo, según sus conveniencias. Naturalmente, a menor formación, mayor dependencia. Con lo que la política se convertirá, de facto se ha convertido, en una actividad en manos de asociaciones de presión más preocupadas por su propio provecho y su subsistencia que por los problemas de los ciudadanos, a quien dicen representar.
Por esa razón, todos aquellos que viven de la política y no para la política, se verán atrapados, pese a encontrarse en más de una ocasión en dura lucha con su propia conciencia, en una tela de araña que, en aras de la disciplina de grupo, y del “qué haré sino”, tendrán, definitivamente, hipotecada su vida y su pensamiento.
Es evidente que en el modelo de convivencia que hemos creado se precisan determinadas personas para determinadas funciones. Entre ellos, mal que nos pese, la función del político. Su presencia se nos ha hecho, sino imprescindible, digamos que si necesaria, para la inevitable delegación de la administración de los intereses de la comunidad a la que pertenecemos. Por esa razón se impone, hoy más que nunca, una escrupulosa selección de quienes nos han de representar.
Sorprende y resulta difícil de entender que frente a las exigencias que para la práctica de cualquier actividad profesional mínimamente cualificada, con una incidencia relativa y parcial en el seno de la sociedad, se precisen años de estudios y experiencia y una constante puesta al día, mientras que para el ejercicio de la política, cuyos efectos e influencia sobre la vida diaria del ciudadano es de vital importancia, yo diría que devastadores, no sea precisa ninguna preparación ni académica, ni intelectual.
Resulta kafkiano tener que asumir como, por mor del ejercicio de la política, podemos encontrarnos al frente de un gobierno a un indigente intelectual cuya formación académica se encuentra, con facilidad, por debajo de un altísimo porcentaje de los ciudadanos a los que lidera. Los casos hoy son innumerables, comenzando por Hispanoamérica, con los Chávez, Morales, Castro, Kirchner a la cabeza. Y, sin necesidad de ir demasiado lejos, en nuestra propia casa, los Zapatero, Montilla, Trujillo y, aunque con una supuesta formación, los Moratinos de turno. Por supuesto que este endémico mal se da en todas las demás formaciones políticas.
De manera que aceptando que los políticos se han convertido en un mal necesario, imagino que muchos de ustedes se estarán preguntando qué solución cabe esperar para mejorar una situación que, pervertida hasta lo más profundo, continúa deteriorándose.
Naturalmente que recuerdo que existe lo que de una manera coloquial se denomina la carrera de “Políticas”. Pero eso no deja de ser la teoría de una más que compleja formación. Desde mi modesto punto de vista, entiendo que al igual que procede hacer con cualesquiera de las actividades profesionales que se ejercen de cara y para el ciudadano – jueces, diplomáticos, notarios o comandante de aeronave – los candidatos a “políticos” deberían pasar por las diversas aulas que, a lo largo de algunos años, les permitieran poder ejercer una actividad con pleno conocimiento. Es más, llegado el momento, cada uno de ellos debería cubrir el área “profesional” para el que se ha formado. No dando lugar a las bochornosas situaciones de convertir en ministro de Agricultura a quien lo más que sabe del campo es que en él se puede hacer un picnic; ministro de Sanidad a quien jamás ha puesto una tirita; ministro de Cultura a quien no distingue “dixit” de los simpáticos ratones Dixi y Pixi y, no digamos ya, ministro de Defensa a quien ejerció con dureza como objetor de conciencia durante su juventud.
Puede que sea una utopía. Pero si para el ejercicio de cualquier profesión es imprescindible una buena formación, repito, no comprendo como para el ejercicio de la actividad que más afecta a la vida del ciudadano, la política, pueda ser realizada por el primer advenedizo ambicioso sin más titulación y bagaje que su falta de escrúpulos.
Supongo que se estarán preguntando como realizar la selección para convertir al “licenciado político” en político activo. Pues del mismo modo que los partidos políticos presentan sus listas para hacerse con el poder, podría hacer las formaciones profesionales al presentar sus candidatos. De todos los elegidos en cada circunscripción podría salir, elegidos por los propios profesionales, no “colegas ni compañeros de partidos”, quien los presidiera y liderara.
En cualquier caso no es más que una de las muchas posibilidades de plantear alternativas a una situación que cada día se hace más agobiante. Aquí no cabe el tópico de “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Lo malo que conocemos ha superado, especialmente en estos últimos años, todo lo previsiblemente tolerable. Pues si bien es cierto que, como antes les decía, existe una necesidad de cubrir esos espacios, no es menos cierto que, para que el remedio no sea peor que la enfermedad, como sucede hasta ahora, habría que encontrarse personas muy especiales, o especializadas, para tales objetivos.
Sé que es difícil substraerse a la adición que supone ocupar parcelas de poder, por pequeñas que estas sean. El poder tiende a corromper. Y lamentablemente, en mayor o menor grado, siempre lo consigue. No conozco a nadie que habiendo llegado a un determinado nivel de poder lo abandone voluntariamente. Siempre hay que sacarlo de allí a empellones. Y si alguien le dice que lo dejo por voluntad propia, no le crea. Con toda seguridad si aparentó hacerlo, es por que la alternativa era suficientemente atractiva.
Soy consciente de que el tener una amplia formación no siempre garantiza una buena, y honrada, ejecución de la labor encomendada. Pero de lo que si estoy seguro es que sin ella las posibilidades del fracaso son plenas. Ya que el problema viene desde el momento en que asumido el cargo el sujeto en cuestión se olvida de las principales razones que lo llevaron hasta él, entre otras sus incumplidas promesas como político, el hecho de que este pudiera ser un profesional cualificado, antes que “político al uso”, le permitiría no temer por su futuro y el de los suyos, ni depender de manera absoluta de lo que decida “su jefe de filas”. Con toda seguridad la moralidad y la ética de la mayoría de ellos se vería sumamente beneficiada y, por ende, todos nosotros también.
Lo cierto es que sobre la necesidad de tener políticos hay “anécdotas” que demuestran con claridad que su ausencia, en la mayoría de los casos, es fácilmente asumible. En la milenaria China y en otras civilizaciones similares, debido a las grandes distancias en el tiempo y en el espacio, durante siglos, los ciudadanos sabían de sus gobernantes de tarde en tarde, llegándoles las noticias cuando ya no tenían vigencia, o habían sido sustituidas por otras. Pese a ello el ciudadano era razonablemente feliz y no parecía “echar de menos a esa casta tan desprestigiada”. Salvo, naturalmente, cuando aparecían a cobrarles el diezmo arropados por el ejército.

Felipe Cantos, escritor.

21 junio 2006

¡Vale!: “Cataluña is not Spain”. ¿Y después qué?


¿De qué le sirve a un hombre obtener la independencia de su tierra si a cambio pierde la suya?

Pues si. Si alguien no lo remedía, por ejemplo el Tribunal Constitucional, en el supuesto de que el Partido Popular, u otra entidad, estén por la labor de presentar un recurso a tal instancia, se ha iniciado el desgarramiento de España. La aprobación del nuevo texto, una nueva Constitución disfrazada de Estatuto Catalán, por una pírrica mayoría/minoritaria - 35% del censo electoral - ha dado el pistoletazo de salida que, sin duda alguna, la totalidad de los nacionalismos irracionales tratarán de aprovechar en estampida.
Dejando al margen, si finalmente es aplicado, las consecuencias políticas y sociales, a mi entender sumamente negativas, que la aprobación del nuevo estatuto va a provocar en Cataluña, y por extensión a España, en todos los ordenes de nuestra cotidiana vida, he tratado de acercarme a algunos de los más exacerbados defensores, evidentemente votantes del impresentable texto ¿legal?, para conocer de primera mano cómo se sentían después de su aprobación.
He de confesar que durante años he realizado un ejercicio de diálogo permanente con estos defensores de una nacionalidad inventada a golpe de imaginación y fantasía y, siempre, de grandes mentiras. Algunos de ellos, hasta ahora, buenos amigos. Otros, no tanto. Incapaces de concretar en qué fundamentaban sus constantes reivindicaciones, de manera especial el derecho de independencia, todos ellos exponían un sinfín de injustificadas vaguedades que, peligrosamente y a falta de otros argumentos, venían a converger en la “matriz”, en la raíz catalana. En más de una ocasión me he visto obligado a recordarles que cuando anteponemos la “madre” a la razón estamos acercándonos peligrosamente al fascismo.
Entre otros tantos falaces argumentos, a falta de conocer bien su propia historia, he escuchado hasta el hartazgo la falsa cantinela de que mientras Cataluña trabaja para todos los demás, estos duermen plácidamente la siesta. Por lo que los catalanes, naturalmente, tenían todo el derecho del mundo a sentirse perjudicados. Incluso, estafados.
Lo cierto es que, en su fuero interno, y pese a la “encomiable” labor realizada por el sibilino nacionalismo durante los últimos treinta años, todos reconocían no tener la más mínima esperanza de que, jamás, las circunstancias pudieran derivar en una situación tan cercana a sus postulados. Era, y algunos han tenido la valentía de admitirlo, un “bonito” ejercicio de política-ficción.
Lamentablemente, gracias a un traidor irresponsable en el Gobierno de España, la traición a su juramento de defender la Constitución como Presidente es incontestable, lo que parecía, al decir de los interesados, política-ficción se ha convertido, igualmente, en una incontestable realidad.
Varios acontecimientos de todo lo sucedido en estos días me han dejado un desagradable sabor en lo más profundo. Pero dos destacan de manera excepcional. El primero y más terrible es que, al amparo de la nueva situación, algunos de mis polémicos interlocutores durante años, han tratado de justificar la falta de libertad que se ha vivido, y se vive permanentemente, en ese “nuevo país” y, descorazonadoramente, las agresiones recibidas por miembros de otras formaciones políticas, cuando intentaban exponer sus tesis. Por esa razón me refería más arriba a lo “buenos amigos, hasta ahora”. En eso, lamentablemente, sí debo afirmar que se han producido cambios importantes.
El segundo de los hechos es, por el contrario, una tremenda ironía. Nada parece haber cambiado en la mentalidad de quienes hace mucho tiempo vienen tratando de justificar reivindicaciones independentistas. Ahora, a la luz de la nueva situación, continúan, igualmente, siendo incapaces de exponer las “grandes ventajas” que le reportará a su vida cotidiana, como ciudadano de a pie – otra cosa será para la clase política dominante – la aprobación de un Estatuto/Constitución, terriblemente intervencionista en la vida del ciudadano, intencionado prolegómeno de una independencia que se presenta difícilmente evitable.
Aún así, dada la forma en que ha sido realizado el trámite para la aprobación del Estatuto de Cataluña, repleto de irregularidades y de ilegalidades inconstitucionales, y probablemente jurídicas, tengo la esperanza de que la situación pueda ser reversible.
Pese a todo, con ratificación del “infumable texto”, o con el rechazo del mismo por el Tribunal Constitucional, seguiré considerando la nula consistencia de sus argumentaciones y la falta de sentido común a quienes, como ciudadanos “independentistas catalanes” de a pie, vienen apoyando tales postulados. Ninguno a sabido, jamás, decirme, salvo vaguedades, en que le beneficiará cambio tan importante en sus vidas. Por eso, continuaré haciéndoles la misma pregunta que, durante años, ninguno ha sabido responderme con claridad: ¿Independencia? ¡Vale! ¿Y después qué?
¿De qué le sirve a un hombre reclamar la independencia de su tierra si a cambio pierde la suya?

Felipe Cantos, escritor.

06 junio 2006

Dios: inevitable necesidad en la evolución humana.


Dios es el único ser que, para reinar, no tiene siquiera necesidad de existir. Charles Baudelaire.

Asumido que lo más fácil, como buen creyente, es darse por satisfecho con la sola invocación de cualquiera de los diferentes nombres que le son atribuidos, según las múltiples culturas. Generalmente en espera, a veces eternamente y, casi siempre inútilmente, de que venga en nuestro auxilio y nos conceda esa gracia que nos sacará de la dificultad en la que nos hallamos. Sin embargo, admitamos que nos resulta muy difícil la generalización y el poder definir lo que representa para cada ser humano la existencia de un “dios”, tratar de ubicarle en nuestro mundo y, desde luego, acercarle a nuestra vida.
Lo primero, es reflexionar sobre lo que cada uno de nosotros entiende por “dios”. Lo segundo que se hace necesario es llegar a la conclusión definitiva de si creemos, o no, en su existencia. Lo tercero, tanto en un caso como en el otro, es aportar las razones que nos conducen a tales conclusiones. Y pese a que, siempre, en los malos momentos invocamos, e invocaremos su nombre, por lo general más como una inercia cultural que como una creencia asumida, es evidente que no todos lo entendemos del mismo modo, ni lo percibimos de la misma manera.
A partir de los dos principales enfoques desde los que nos atrevemos a analizarlo – el religioso y el científico, que juntos conforman el teológico - y afectado cada uno de nosotros por múltiples y variadas circunstancias, es indudablemente que estaremos percibiendo, y necesitando, un “dios” a nuestra medida. Bien sea por los beneficios que, ingenuamente, esperamos obtener o, todo lo contrario, como una justificación de nuestros propios fracasos. Es más, en demasiadas ocasiones preferimos que así sea. De ese modo nos permitirá cargar sobre “Él” la culpa de todas nuestras desgracias.
Agnósticos, apoyados principalmente en la ciencia, y ateos, haciéndolo sobre las creencias religiosas, han cuestionado la existencia de ese “Ser” supremo responsable de la creación del universo y de cuanto en él sucede. Y si bien es cierto que escuchándoles y leyéndoles es difícil no dejarse seducir por sus reflexiones, no es menos cierto que en la propia negación del “ser” se encuentra la clave de su existencia. En mi opinión, ambas posiciones, las de los creyentes y las de los, ya mencionados, agnósticos y ateos, no son divergentes, sino, más bien, convergentes. Todas ellas conducen finalmente al mismo lugar, al mismo “ser”. La diferencia se fundamenta principalmente, como antes enunciaba, en la posición de la que se parta. Para el creyente, Dios es todo, esta en todo y lo controla todo. Para el no creyente su “dios” es el universo en pleno. Luego, igualmente, todo.
Sin embargo, para los primeros, es posible dirigirse a Dios y hacer que te escuche. Por lo que siempre cabrá la posibilidad de “solicitarle” algo y tener - Él, no nosotros - un cierto control de lo que nos acontece. Por el contrario, para los segundos - entre los que me encuentro - el universo, nuestro “dios”, es incontrolable. O dicho de otro modo, incontrolable por nosotros, pero no por las leyes que lo rigen. De manera que si bien es difícil predecir, por el hombre, cual será el futuro, este, mal que nos pese, esta inexorablemente escrito. Nada de lo que haga o prevea el ser humano cambiará el curso de las cosas. Nada de cuanto sucede en el universo es casual. Se rige por la ley de la balanza, para que se asegure el equilibrio de este. De modo que ahí se encuentra la singularidad y, como antes decía, la coincidencia de ambas, creencias y no creencias. En tanto que el Dios de los creyentes puede escucharte, pero hará lo que crea oportuno y conseguirás, o no, por lo general lo segundo, lo solicitado; al “dios” de los agnósticos será inútil dirigirse ya que, rigiéndose por sus propias reglas, sucederá lo que tenga que suceder. Pero el resultado será, exactamente, el mismo. Nos encontraremos en manos de eso que llamamos destino y del que, pese a creernos que está controlado, no lo controlamos.
Y es que aunque pretendamos ser otra cosa, no somos más que, como el propio universo, energía en potencia en constante movimiento y transformación y formamos parte de él, del mismo modo que los creyentes dicen formar parte de Dios y estar hechos a su imagen y semejanza.
Por esa razón soy un ferviente creyente de la reencarnación. Por supuesto en el devenir de un tiempo indefinible, y siempre sustentado en la reflexión científica que, aunque por distintos caminos, acaba por llevarnos al mismo final que la religiosa. Me refiero, naturalmente, a la reencarnación de eso que llamamos “alma”, sin necesidad de arrastrar por esos caminos de “dios” nuestros denostados y arruinados cuerpos, que se habrán convertido en materia para otros nuevos usos. Ese “alma” que, al decir de los que más severos agnósticos, no es más que una pequeña pero extraordinaria concentración de energía de la misma que controla y domina el universo. Pero ese es otra cuestión merecedora de una reflexión más profunda e independiente, que ahora desbordaría los límites de esta pequeña columna.
Lo cierto es que la necesidad de unas creencias a las que aferrarse, incluso para los no creyentes, han sido reconocidas por los más autorizados pensadores a lo largo de la historia de la humanidad. Recientemente el filósofo norteamericano, Dennett, y el biólogo británico, Wolpert, ambos por distintos caminos, el de la reflexión y el de la ciencia, han llegado a la misma conclusión: Dios es un producto inevitable de la evolución humana.
Así, mientras el primero nos dice: “el hombre necesita saber el por qué de las cosas, y al no hallar respuestas se inventa las creencias”. El segundo sostiene: “El cerebro humano ha evolucionado hasta convertirse en una máquina de creencias, habidas por encontrar una explicación causal de todo cuanto sucede a nuestro alrededor”.
Por ello, desde la humilde perspectiva de un pensador preocupado por cuanto acontece en el devenir diario y, como todos, desbordado por las contradicciones, he de admitir que no es fácil caer en la tentación, aún definiéndome agnóstico, de rechazar de plano la existencia de un ser, de un ente, supremo que, al unísono con nuestras conciencias y “aprovechándose” de nuestras sensibilidades, condicione toda nuestra existencia.
Tratado de acabar esta columna con una nota de ironía, para reducir su presunta trascendencia, les diré que, pese a todo, a mí me resulta muy difícil aceptar que el hombre haya sido capaz de crear, por sí sólo, las inigualables composiciones musicales que se desprenden de, por ejemplo, “Las cuatro estaciones, de Vivaldi”, “El amor brujo, de Manuel de Falla”, las intimistas melodías azerbaijanas interpretadas al Balaban, o el inigualable Poema sinfónico nº 2 de “Mi patria”, comprendido en “El Moldava”. Sin duda que para conseguir conmover de tal manera es imprescindible algo muy cercano a la “suprema inspiración divina”.

Felipe Cantos, escritor.

04 junio 2006

Los falsos valores en el mundo de Las Artes.


No es cierto lo que se oye afirmar que el público rebaja el arte; es el artista el que puede envilecer al público. En todos los tiempos en que el arte vino a menos, cayó por culpa de los artistas. Friedrich von Schiller.

A finales del año pasado, más concretamente la primera semana de noviembre, tuve la oportunidad de visitar la 51ª bienal de Venecia, cuando se perfilaba su cierre. He de confesar que, independientemente de las razones que en múltiples ocasiones me han “obligado” a desplazarme hasta esa irrepetible ciudad, el hecho en si de poder estar unas horas en ella ya compensa con creces el viaje. Más, si como en este caso tenemos como complemento un acontecimiento cultural de la magnitud de la Bienal: miel sobre hojuelas.
Pero también he de ser sincero si les digo que jamás tomaría la decisión de fijar mi residencia en esta ciudad. Sus atractivos canales y sus estrechas e históricas calles son un inigualable marco de consumo para el turismo. Pero sus casas, cuyos sótanos sumergidos inspiran la más lúgubre de las situaciones, soportan una de las mayores colonias de ratas existentes en el mundo. Ratas que, en días de crecida de las aguas, suelen hacer acto de presencia utilizando los sumideros y, de manera especial, las conducciones sanitarias.
Lo siento, he desviado mi atención del verdadero objetivo de este artículo. De modo que, dejaremos para mejor momento la histórica Venecia y nos ceñiremos al arte que se desprende de su bienal.
En la visita pude descubrir, una vez más, que el mundo del arte es cada vez más endogámico. Algo muy ajeno al común de los mortales. Y no porque, generalmente, el artista no intente comunicar con el espectador a través de sus creaciones. Objetivo primordial de cualquier manifestación artística. Sino porque, sencillamente, no “llega” el mensaje. Parece como si existiera un muro infranqueable, un triángulo de las Bermudas que todo se lo traga, entre los nuevos creadores, sus obras y los previsibles admiradores/receptores de sus creaciones.
Las obras que realizan, cuya calidad creativa no me cuestionaré jamás, pretenden superar esa barrera, sin conseguirlo. Y no me cuestionaré jamás el valor de una creación artística, porque soy de los que sostienen que en la obra de cualquier artista no es admisible la crítica. Una obra de arte no es ni buena, ni mala. Simplemente, alcanza, o no, la sensibilidad del espectador.
Una de las razones primordiales de la situación denunciada es, repito, el endogámico mundo que lo sustenta. Desde los propios creadores, celosos por demás de sus creaciones, pasando por los marchantes, escasos y mal avenidos, hasta llegar a los críticos, probablemente los máximos responsables de que el arte, en el sentido más amplio de la palabra y en cualesquiera de sus facetas, sea tan desconocido para el hombre de la calle.
Es difícil encontrar, salvo en el mundo de los economistas y, de manera muy especial, en el de la Judicatura, un lenguaje tan pretencioso y concientemente enrevesado como el que los críticos, pretendidos “expertos” del mundo del arte, utilizan. Tal vez eso, el hacer ininteligibles sus opiniones, sea lo que habitualmente desconcierten al hombre de la calle.
Pero aún hay algo más determinante en el mundo del arte que nos obliga a desconfiar de él. La evidente subordinación a unos intereses económicos, casi siempre muy por encima del auténtico valor artístico. ¿Cuántas veces nos hemos preguntado por qué aquella obra, de rasgos incomprensibles, imposible de encontrarle una ubicación en nuestro catálogo personal del buen gusto, o simplemente en aplicación del pragmatismo que nos impone el sentido común, se encontraba expuesta en aquel museo que nos habíamos animado a visitar, incluso, en un destacado lugar del mismo?
O, ¿por qué unos pintores tienen la “inmensa fortuna” de ser reconocidos, y sus obras expuestas en los mejores museos y galerías del mundo cuando, por ejemplo, al pasear por los centros históricos de cualquier gran ciudad, podemos encontrarnos decenas de otros artistas, con sus obras tiradas por los suelos, exhibiendo una indiscutible calidad que, al entender de la mayoría que las contemplan, superan con facilidad lo visto en las deseadas paredes de esos museos y galerías?
Por toda respuesta, los santones de “la cosa” le dirán que: “es posible que no todos están donde merecerían. Pero que no hay sitio para todos, y algunos han de ser los elegidos”. O se despacharía con un irrelevante: “así es la vida”. Pero la triste realidad es que no siempre están las mejores obras en los museos, sino aquellas que han sido tocadas por la varita de “la fortuna”.
Durante un cierto tiempo, hace ya algunos años, tuve la oportunidad de vivir de cerca la expansión que se produjo en el mundo de la pintura y, en menor escala, también, en el resto de las disciplinas que abarcan el mundo de las artes plásticas. Visité con frecuencia los museos y galerías, y acudí con cierta regularidad a las subastas que se realizaban en las más conocidas salas, como las internacionales Sotheby’s y Christie’s, o las madrileñas Durán y Fernando Durán, entre otras.
Ello me permitió descubrir cómo se fabrica un “artista internacional”, a partir de los acuerdos entre galerías, marchantes y críticos, con la natural cooperación o, en el mejor de los casos, de la indiferencia del propio artista que no era, necesariamente, el mejor de los elegibles. Bastaba con que todos ellos se volcaran con un artista y su obra, en ocasiones bastante mediocre, para reconducir el “mundo del arte” hacia los intereses concretos de quienes lo manejan, y viven de ello.
Es más. He sabido de artistas en la élite mundial, ayudados en ocasiones por sus marchantes y algún célebre crítico, pujar, de manera indirecta naturalmente, por sus propias obras, con un doble objetivo: mantener su cotización o, en el peor de los casos, crear el precedente de un precio de salida para la siguiente subasta de sus obras, a celebrar no antes de pasados seis meses, o un año.
Esto, finalmente, ha provocado una triste consecuencia, que sin duda sería aplicable a cualquier otra disciplina de la creación, incluso, como mayor rigor, como es el caso de la literaria. Lo que habitualmente se nos ofrece “en el mercado del arte” ni es lo mejor, ni tampoco lo más representativo y, en ocasiones, probablemente, sí lo menos deseable.
Es lo que deciden, por mor de una serie de de circunstancias entrelazadas, los “santones” que controlan el sector. Llegándose en algunos momentos, especialmente en el mundo de las artes plásticas, a alcanzar el calificativo de burla para con el espectador/comprador. Tanto en lo que se nos muestra, como en el valor artístico que se le da, y en el valor crematístico que se nos solicita.
Quizás la conclusión final que puede derivarse de todo lo dicho es que el mundo de la creación y de las Bellas Artes sería más auténtico, más genuino y asequible a todos en general, si dejara de ser manipulado en pro de unos intereses bastardos muy alejados de lo que significa la calidad.
En lo que se refiere a mi mundo, el literario, sé de autores de renombre, y tengo colegas en la común actividad del escribir, a los que las editoriales, sabedoras de cómo vender “el producto”, les “aconsejan” sobre qué deben escribir, les marcan las pautas de los contenidos, y hasta cuál debe el número aconsejable de palabras – 250.000 – que debe contener la novela en cuestión. Huelga volver a insistir en el estado de putrefacción que se respira en el mundo de los premios literarios.
Es deprimente, pero difícilmente conseguiremos un texto literario de interés y calidad, si al autor le limitamos hasta el número de palabras que debe utilizar al desarrollarlo. Peor será aún el trato dado a los personajes quienes, limitados en el tiempo y en el espacio, tendrán serias dificultades de desarrollar con ciertas garantías literarias su paso por la novela.
Lo que finalmente resulta incuestionable es que cualquier actividad que se desarrolle en el mundo de la creación, si no se dispone de la autenticidad, ni la libertad para utilizarla, jamás conseguiremos un mínimo de la calidad deseable. Pero si, extrañamente, una incomprensible contradicción: la desproporcionada valoración “artística” que de ellas se hacen.

Felipe Cantos, escritor.

29 mayo 2006

El control de tu mente por terceros: una realidad


A causa de la debilidad de nuestros sentidos no somos capaces de juzgar la verdad. Anaxágoras de Clazomene.

Hace algunos años tuve la oportunidad de conocer de manera muy cercana a un magnífico sacerdote, e inigualable misionero en África: el padre Ferrer. Pertenecía a la Congregación conocida como los Padres Blancos, por su siempre inmaculado hábito. Y a fe que, al menos él, lo era tanto por dentro como por fuera. Durante meses, hasta que realizara su último viaje, sin retorno, a la misión que durante más de treinta y cinco años atendiera en el maltratado continente africano, mantuvimos una estrecha relación que nos permitió a ambos conocernos muy bien a través de interminables charlas sobre los más variados temas que afectan, de manera irremediable, a ese imprevisible ser que habita este mundo: el ser humano.
Nuestro amor a los libros era siempre un buen punto de partida para, iniciadas nuestras reflexiones, realizar amplios recorridos que iban desde la religión, como no podía ser de otro modo tema inevitable en nuestra convivencia, hasta arribar a puertos tan dispares como la moda, la gastronomía, la literatura, el ocio, los grandes avances en los campos de la tecnología, especialmente en el terreno de la medicina - él era un irrepetible médico - para terminar, si fuera preciso, con el inevitable filón que supone para cualquier buen conversador, el deporte en particular, y el fútbol en especial. Pero había un tema: los movimientos de masas a través de los medios de comunicación - aquel en que McLuhan nos incluyó a todos denominándolo “la aldea global” – y del que yo sabía que él había sido un experto.
De manera que, pese a su negativa, cuya razón sólo más tarde logré comprender, no me resistía a abandonar el tema cada vez que era posible ponerlo sobre la mesa: el diseño de ambiciosos programas para controlar a las masas a través del suministro de pequeñas, y en ocasiones vulgares, dosis de mensajes subliminales que van moldeando la mente humana, hasta conseguir conducirla donde se desea.
Finalmente un día, tras mi enorme insistencia, conseguí vencer sus muchas reticencias y terminó por conceder que efectivamente era conocedor de la aplicación de técnicas para la orientación de masas a través de la modulación de sus mentes. Admitió que la propia Iglesia las había utilizado, siempre según sus palabras, de buena fe, tratando de unificar criterios y mensajes que pudieran llegar con mayor facilidad al conjunto de sus creyentes, o a la captación de nuevos. Y, aún más, me señaló impresionado, que ciertas congregaciones de características “más terrenales” que a la que él pertenecía, caso de la milenaria Compañía de Jesús y el más reciente, pero no menos influyente Opus Dei, habían colaborado en más de una ocasión con los poderes establecidos. “Ni te imaginas el contenido subliminal que puede contener en algunas ocasiones el simple anuncio de una lavadora, en los medios de comunicación”, terminó por sentencia al concluir una de nuestras charlas.
Durante muchos años, una vez que el padre Ferrer retornara a África, no volví a tener la oportunidad de profundizar sobre un tema tan complejo. Aunque he de reconocer que siempre mantuve la certeza de sus palabras en mi mente y, como mero espectador, permanecía atento, a la espera de hallarme ante aquel caso que recogiera de manera clara y contundente sus últimas palabras. Oír de maquiavélicas conspiraciones venida desde lo más profundo de las sociedades secretas, especialmente atribuidas al siempre cerrado mundo del sionismo, aunque nunca demostradas, se convirtieron en algo habitual para mí. De las versiones menos sólidas y más vulgares, puedo asegurarles que ocasiones hubo mil. Pero todas contenían, al menos yo así las percibí, vulgares mensajes para reconducir, o condicionar el deseo, o la necesidad, de una simple operación comercial. Aunque no es menos cierto que en su mayoría se conseguían, y se consiguen, los objetivos. Baste recordar con que facilidad, salvo la económica, una multinacional del disco, o del libro consigue “torcer” la voluntad de la mayoría, hasta casi obligarles a comprar aquel disco, o libro que ellos consideran “interesante”.
Sin embargo, recientemente he podido contemplar boquiabierto el mensaje ofrecido por una cadena de televisión. Concretamente Canal Plus. En ella se ofrecía, y se ofrece si no ha terminado, un spot publicitario, presentado por el británico Michael Robinson, sobre las bondades y grandes cualidades que envuelven el mundo del fútbol. Por cierto, un inciso. ¿Será realmente cierto que el tal Robinson no ha sido capaz de mejorar su relación con nuestra lengua después de tantos años? ¿O realmente se trata de venderse mejor, como antaño hicieran el inefable presentador alemán, Frank Johan, y la irrepetible Herta Flankel, intérprete de aquella televisiva perrita llamada Marilyn, en la década de los sesenta?
En fin, sea como fuere, la realidad es que siempre había esperado encontrar un alto grado de sofistificación cuando tropezara con uno de esos pérfidos planes para dominar las mentes de todos nosotros. Y puede que así lo hayan calculado al realizar la campaña televisiva el autor y su equipo. Ahora bien, lejos de buscar las enrevesadas formas que habitualmente se le suponen a estas tramas, al parecer, quizás para desviar la intención intrínseca en el contenido de las instrucciones recibidas, ha preferido ir al objetivo con una campaña abierta y directa por demás. Eso sí, elegantemente presentada por Robison y, casi, poéticamente exhibida.
Pero la realidad es que, pese a que el mensaje es demasiado directo, casi abrupto en su ejecución, para lo que se supone deben ser estas “maquiavélicas” tramas, recordando el mensaje del padre Ferrer, tengo la percepción que bajo esa presentación tan poco sutil se encuentra, una vez más, la voluntad de torcer, o en el mejor de los casos de distraernos y reconducirnos hacia objetivos perfectamente calculados.
Aunque practicante del baloncesto, soy un amante razonable del fútbol y procuro no perderme aquellos acontecimientos balompédicos que, por su interés, merecen la pena verse con agrado. Pero jamás hubiera llegado a pensar que este, ni ningún otro deporte o actividad, fuera del índole que fuera, podría llegar a sustituir los valores tradicionales por los que ha discurrido la vida de mis compatriotas y la mía propia, así como la de nuestros antepasados a lo largo de cientos, o miles de años. Decir que el fútbol es ¡nuestra religión!; ¡nuestra familia!; ¡nuestra vida!, creo que, aún tratándose de un anuncio, es una pasada. A menos que, como decía el padre Ferrer, en este mensaje, para cretinos, se encuentren vertidas intenciones, desde luego bastante alejadas de lo subliminal, para tratar de atraer a la secta a todos aquellos que a lo largo de estos últimos años se han ido quedando vacíos de otros valores más tradicionales como la lealtad, la honradez, la sinceridad, la amistad y tantos otros hoy vilipendiados.

Felipe Cantos, escritor.