08 septiembre 2008

¿Tiene límites la estupidez?

Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano. Frederich von Schiller.

No tenía ningún deseo de volver a plasmar en estas páginas texto alguno que dejara entrever la decepción que, el incomprensible comportamiento de una mayoría de mis compatriotas, viene provocando en mi estado de ánimo.
Les aseguro que estaba dispuesto, definitivamente, a abandonar las “armas literarias” con las que todos estos años he venido en defender la presumible inteligencia de los españoles, frente al abuso de sus “dirigentes”. Sean estos de la adscripción, o tendencia social que sean.
Soy consciente de que hay momentos en que el devenir de los acontecimientos hace inevitable determinadas situaciones de compleja solución. Pero lo que parece determinantemente estúpido es la facilidad, la maestría que demostramos los indígenas de la maltratada piel de toro para crear/aceptar problemas donde no los había.
Ignoro si las razones son endémicamente inevitables. Si estas se encuentran en lo más profundo de las raíces de nuestra raza, o es, quizás, justamente lo contrario, la terrible mezcla de la que estamos forjados la que hace que nuestro comportamiento sea tan diferente al de el resto de los europeos, por poner un ejemplo cercano.
Bastaría con darse una vuelta por la Europa más convencional, para que el españolito de a pie, simplemente observando las infraestructuras y arquitectura de las ciudades más populares, pudiera deducir donde se forjan la mayoría de esas grandes diferencias de personalidad, de carácter y económicas. En ellas podrán comprobar como una gran parte de lo creado, en algunos casos hace cientos de años, se utilizan, mejorado puntualmente, de manera habitual y permanece inalterable en el tiempo, sin que ello implique menoscabo de la calidad de vida.
De manera que, entre otros muchos ejemplos, ello conlleva un elevado nivel de vida, siempre por encima de la media española, al no tener los elevados costos que la peculiar manera de vivir los españoles, con una constante evolución y transformación de nuestro medio, en demasiadas ocasiones innecesaria, , nos imponemos.
Con esa innecesaria intención de estar en la vanguardia de la “progresía”, no confundir con el progreso, las interminables barrabasadas realizadas por el “señor” Rodríguez Zapatero, con la inestimable colaboración de sus diferentes ejecutivos; aderezadas por las “garzonadas” de incalificables personajes como el “señor” Garzón, ha conseguido perturbar de manera seria los cerebros del español bienpensante, logrando que este ya no entienda nada. O, lo que es peor, lo entienda como lo que realmente es: una burda estafa a los votantes y un deplorable atentado a las inteligencia de los españoles.
Desde que el inquilino de la Moncloa alcanzó el poder en circunstancias nada aclaradas, no ha dejado de mentir ni engañar- a quién así se lo ha permitido, naturalmente- en ningún momento. Por no irnos demasiado lejos con los innumerables embustes y engaños realizados por el “lobby” del “señor” Rodríguez Zapatero, baste recordar alguno de los últimos: la absoluta negación, traspasando los límites de la irresponsabilidad, de una crisis económica a todas luces manifiesta, que se agrava por momentos.
Y ante esa disyuntiva, como siempre, para intentar ocultar, que no resolver o hacer desaparecer el problema, las burdas maniobras hartamente conocidas: levantar expectación, inquietud y polémica en la opinión pública, con asuntos trasnochados o inoportunos que en nada interesan al común de los españoles. Entre estos últimos: desenterrar a los muertos de la Guerra Civil, con el inestimable apoyo, una vez más, de su “señoría” el juez Garzón; iniciar de nuevo la polémica sobre el aborto, o sobre la controvertida eutanasia.
Cualquier cosa es valida, salvo gobernar, aquí y ahora, para tratar de solventar los innumerables problemas que afectan a la sociedad española.
De manera que comprenderán que no pueda sentirme demasiado orgulloso de la capacidad de reflexión de una gran mayoría de mis compatriotas, quienes conocedores de la situación y pese a todo lo vivido durante los pasados cuatro años de constantes mentiras y engaños del “desgobierno” del “señor” Rodríguez Zapatero, lo volvieron a elegir en las pasadas elecciones. (¿)
En cuanto al ínclito “señor” Rodríguez Zapatero, si es que le queda algo de pudor en su catálogo de principios, rogarle encarecidamente que deje de desenterrar viejos y caducos asuntos, felizmente olvidados por la mayoría de los españoles, muertos de toda clase y condición incluidos, y gobierne, si es que es capaz, que lo dudo, para los vivos.
Felipe Cantos, escritor.


31 julio 2008

La verdad nos hará libres… o no.


Todos reclaman la verdad, pero pocos se ocupan de ella. George Berkeley.

Acabo de leer el comunicado sobre la sentencia que condena al locutor de la cadena COPE, Federico Jiménez Losantos, a indemnizar con no se cuentos miles de euros a un presunto agraviado llamado Sr. Zarzalejos, a la sazón, defenestrado director del diario abc.
Vista la sentencia y los antecedentes que he podido recabar, resulta francamente difícil no sorprenderse del resultado, por el momento, del litigio.
No voy a ocultarles mi, casi, inevitable deriva a favor del aguerrido locutor sancionado. Pero lejos de ser un elemento que pudiera coartar mi libertad de opinión, al poderse considerar contaminada, esa “debilidad” hacia el personaje queda ampliamente justificada. Por una simple pero sólida razón: la indiscutible intención de ofrecer una información veraz por parte del belicoso periodista.
Tampoco voy a ocultarles que no siempre estoy de acuerdo con la forma, en ocasiones excesivamente beligerante, utilizada por Federico Jiménez Losantos. Pero, en honor a la verdad, prefiero un exceso en el énfasis mostrado por quien pretende denunciar atropellos; que la inanición, la indolencia o la apatía, sino la plena complicidad, de quienes intentan engañarnos flagrantemente adulterando la verdad de los hechos.
Es posible, casi seguro, que el señor Jiménez Losantos ha traspasado en múltiples ocasiones los límites de la más elemental de las cortesías, al referirse a determinados personajes públicos. Otra cosa es si en aplicación de la libertad de expresión, este hubiera traspasado los límites del código penal. Personalmente creo que no. En cualquier caso, como nos dice el clásico: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.
En serio, la gran mayoría de ustedes no podrán negarme que en más de una ocasión han tenido el deseo de “poner a parir” a la gran mayoría de los personajes criticados por Federico Jiménez Losantos, ampliando si fuera posible, los epítetos utilizados por este, ante las flagrantes tomaduras de pelo que pretendían, o consiguieron, infligirnos. Yo, les confieso que si.
Baste, simplemente, con dar un pequeño repaso a la lista de quienes, en los últimos años, han sido objeto de las duras críticas del señor Jiménez Losantos, al haber tenido responsabilidades de gobierno, o de oposición.
Qué decir del señor Zapatero, indigente intelectual donde los haya y mentiroso compulsivo. Si nos referimos a algunos de sus colaboradores más cercanos la sensación de desamparó superará todos los límites. El impresentable “señor” Blanco y sus más que dudosa capacidad de razonar o expresarse con un mínimo de coherencia; el señor Solbes, anodino personaje donde los haya, comprometido eternamente con el vacío más absoluto; la señora de La Vega, extraño primas de varias caras, de las que curiosamente siempre se refleja la misma, ocultándose las otras restantes; los “señores juristas” Bermejo y Conde Pumpido, que en un “tanto monta, monta tanto” han conseguido inimaginables cotas de corrupción y perversión en nuestra justicia. Bien es cierto que con la complicidad del propio “sector” jurídico emergente.
Y así, un interminable rosario de imposibles personajes que a la sombra del poder han obtenido, generalmente por su falta de formación y en ocasiones de credibilidad, inmerecido reconocimiento, cuando no, injustos beneficios. Las Álvarez, Aído, Trujillo y otros casos similares; o los Caldera, Miguel Sebastián, Moratinos, Rubalcaba, etc., ilustran con profusión este recorrido.
Desgraciadamente, los casos en la oposición no dejan de ser tanto o más numerosos, como, si cabe, mayormente decepcionantes. Los bandazos dados por el señor Rajoy, aferrado a sus “sólidos” valores - no se sabe bien si es el señor “ministro de la oposición” quien los mueve, o estos a él – aún no han sido asimilados por la estupefacción de quienes creían que el señor Rajoy era… otra cosa.
Al igual que en el “sector” gubernamental, la lista de “listos” en la oposición sería interminable. Por citar algunos, y que me perdones, o me lo agradezcan, los que no aparecen, las Soraya, Cospedal, Estarás, o Sánchez-Camacho; naturalmente acompañadas de los inefables Gallardón, Arenas, González Pons, García-Escudero o el indescifrable Núñez Feijoo, son un claro ejemplo de los que, con sus deleznables actuaciones, merecen ser puestos en la picota de la crítica más corrosiva. Rayando, si cabe, en la ofensa personal. Ellos, con su comportamiento, lo hacen constantemente en un claro insulto a nuestras inteligencias.
Así que, dejando al margen lo que la justicia pueda entender por libertad de expresión – a la vista de los últimos acontecimientos bastante limitada – en ocasiones, cuando uno se encuentra ante la posibilidad de realizar denuncias en un medio de comunicación de gran difusión, es difícil que no aproveche el momento y se deje llevar por la pasión.
Lo importante para quien lo escucha, o en su defecto para quien en su momento, como consecuencia de un contencioso, ha de juzgarlo, es si el contenido de lo que denunciaba es, o era veraz.
De manera que pueden pasar dos cosas. Una, que además de mentirnos, el sujeto aderece con insultos las mentiras que nos está contando. Dos, que pese al énfasis y a las descalificaciones que aporte al relato, este no pueda ser rebatido por el sujeto criticado.
En el primero de los casos, deberá caer sobre el todo el peso de la justicia, incluidas las indemnizaciones que el juez estime oportunas. En el segundo, si prevalece la verdad y esta no es rebatida, bajo ningún concepto el denunciante debería ser condenado. A lo sumo una llamada de atención a su falta de delicadeza para con el “delincuente” en cuestión.
En síntesis, su “señoría” debería, antes de juzgar las formas, haber juzgado el fondo, en busca de la verdad de lo que pudiera haber dado origen a las descalificaciones. Si estas, finalmente, fueron el aderezo de una denuncia cierta, debería quedar como una mera anécdota del fondo de la cuestión.

Felipe Cantos, escritor.

23 junio 2008

Ese “algo” llamado Amor.


El amor es la más noble fragilidad del alma. John Dryden.

¿Realmente es posible hablar, o escribir, del “amor” con cierto pragmatismo, sin perderse en elucubraciones que nos impida llegar a alguna conclusión? Yo creo que sí.
Y para hacerlo, quizás, lo más razonable sería comenzar por lo que cada uno de nosotros entiende por amor.
Para llevar a cabo tan encomiable objetivo, lo primero que se impone es desterrar la idea de que el amor, al igual que otros sentimientos; o la variada gama de virtudes o defectos que nos definen al ser humano como, por ejemplo, la belleza en cualquiera de sus manifestaciones de imagen, sonido, y color, son subjetivas. No todo depende, como nos dice el acervo popular, “del cristal con que se mire”.
Naturalmente, soy consciente de que cada uno de nosotros es un mundo en si mismo. Pero no tan distintos como para no coincidir, de manera casi absoluta, en los conceptos básicos que tenemos de todo cuanto nos rodea.
Comenzando por los principios morales y éticos, pasando por la inteligencia, el buen gusto, el valor de las cosas, la belleza y otros tantos, hasta alcanzar el amplio universo de los sentimientos, en el que nos encontramos inmersos los seres humanos, desde el más liviano hasta el más profundo, todos ellos, sin excepción, se encuentra sujetos a unas mínimas reglas asumidas, en ocasiones inconscientemente, por todos nosotros.
Sería una osadía por mi parte tratar de analizar en este pequeño texto todo cuanto acontece en nuestras vidas y que de manera constante provoca nuestras sensaciones más ancestrales. De manera que nos quedaremos con el amor. Que si bien es harto complejo, sólo atreviéndonos encontraremos la manera de acercarnos a algo que nos impone en exceso, hasta el punto de intimidarnos.
Por principio, dejando al margen todas aquellas otras opciones de amores distintos al de la pareja tradicional, nos acercaremos a esta alternativa, sin duda la más complicada y contradictoria de cuantas “atacan” al ser humano, y lo haremos “al decir” de nuestros abuelos “cogiendo al toro por los cuernos”.
Sabido es que, aunque el amor lleve el mismo nombre, no es igual para todos. Es indudable que para poder valorar lo que nos afecta en su verdadera dimensión - el amor es, con toda seguridad, uno de los sentimientos que nos acecha de manera más cercana, frecuente y, sobre todo, profunda - es imprescindible saber reconocerlo mediante una mínima y elemental convivencia con él.
Hace tiempo, alguien, pragmático enfermizo, me hizo notar que el valor de las cosas, y en ello incluía también los sentimientos, dependía inexorablemente de que se hubieran constatado y contrastado la mayor cantidad de alternativas posibles de aquello que se pretendía valorar.
Finalmente vino a sintetizarme su reflexión en una máxima que, si bien es endemoniadamente fría al aplicarla a los sentimientos, es de una contundencia aplastante: “…desengáñate, decía, en el amor, quien siempre haya tomado malta, jamás será capaz de reconocer un buen café”.
Y es cierto. Por desgracia, en nuestras vidas, no siempre tenemos la posibilidad de acercarnos a las cosas ni en la cantidad, ni con el grado de intensidad que sería necesario, para poder conocerlas y vivirlas plenamente. En el universo de los sentimientos de manera muy especial.
En unas ocasiones, las más, por infortunio; en otras, por temor o desconfianza. Ello, finalmente, nos “obliga” a aceptar como bueno “aquello” que nos ha tocado en suerte vivir, en el grado en el que somos capaces de reconocer, y reconocernos.
Así, resulta que damos por bueno, incluso muy bueno, la más vulgar y rutinaria de las convivencias en pareja, por el simple hecho de compartir nuestra vida durante años con aquella persona que, “tiempo a”, se acercó a nosotros, o la encontramos casualmente.
Con toda probabilidad, en aquel momento, llegamos a la conclusión de que era lo menos malo del panorama que ante si teníamos, para formar una pareja “estable”. Incluso, en ocasiones, pusimos nuestras reglas de juego, a veces por contrato escrito, y delimitamos los terrenos de juego para evitar interferencias.
Y a eso acabamos por llamarlo “amor”. Y aunque justo es reconocer, como más adelante veremos, que tiene un incuestionable mérito el obtenerlo, la realidad es que, en más ocasiones de las deseables, aunque no siempre por escrito, pero si de manera tácita, se sustenta sobre la base de convenios que para sí quisieran algunas de las más conocidas empresas multinacionales.
Pero nada más lejos de la realidad. El amor, el verdadero amor, es algo intangible y, desde luego, bastante más sólido que una convivencia obtenida para una comunidad de intereses.
Quien bien me conoce sabe que soy un pragmático incurable. Por lo que, al interpretar el mundo de los sentimientos, o las sensaciones que motivan al ser humano, no puedo evitar desviar mis reflexiones hacia el lado de la ciencia.
De modo que, alejándome de lo estrictamente emocional, no me queda otra alternativa, como en este caso, referido al amor, que acogerme al principio de aquello de que “funciona la química”.
Pero, incluso desde esa perspectiva, soy de los que sostienen que cuando de verdadero amor se trata, cuando se siente fácil y profundamente, “porque funciona la química”, tiene un relativo mérito para los afortunados. Es una auténtica suerte fuera de lo común.
Es un regalo que nos viene del universo o, si lo prefieren, del cielo, y del que debemos dar gracias todos los días al levantarnos. Ya saben: aquello de la plantita y el riego diario. También sostendré que ninguna de las otras múltiples maneras de sentir e interpretar el amor, es comparable.
Igualmente soy consciente de que nada es eterno y que del mismo modo que el amor nos alcanza de lleno, se puede marchar, por el mismo principio de que deje de “funcionar la química”.
Pero debo advertir que tras de la fortuna de haberlo obtenido en algún momento, si tiempo después observamos que se nos escapa, será una locura tratar de salvarlo. Es inútil, siquiera, intentarlo, ya que, rigiéndose por el mismo principio natural que al nacer, y que jamás podremos evitar, así se producirá su desaparición.
Lamentablemente, hemos de aceptar que la oportunidad de conocer el verdadero amor no se nos ofrece a todos por igual. Es preciso admitir, y de ahí el principio universal de la compatibilidad, que si no se presentan las circunstancias favorables y una gran dosis de suerte, difícilmente lo lograremos. A lo más un sucedáneo, como la malta, que malamente podrá sustituir al deseado café. Porque, nos guste o no, las leyes del universo son inexorables.
Es importante recordar que, también existen amores no correspondidos. Amores que producen un gran dolor en quienes los sufren, pero que vienen a legitimar el enorme poder de lo que denominamos “la química”. Aquello que pese a nuestra inicial y equilibrado deseo, las leyes naturales que dominan el/nuestro universo nos condicionan de tal manera que no somos capaces de detener su inercia.
Muy al contrario, se manifestará, obligándonos con mayor fuerza a amar a amores no correspondidos e, incluso, a quien nos ignoraron y jamás tuvieron el más mínimo interés por nosotros.
Si alguna conclusión se puede obtener de este escrito, en ningún caso definitiva, es la respuesta a la pregunta que nos hacíamos al inicio del mismo. Sí, siempre será posible poder hablar del amor desde una perspectiva didáctica, sin necesidad de negarnos el camino hacia una reflexión pragmática que nos permita controlar sus resortes, sin que necesariamente este sentimiento se nos pueda “materializar” en cualquiera de los elementos naturales difíciles de sujetar entre nuestras manos: la arena, el aire o el agua.
Sé que es difícil la posibilidad de que todos tengamos acceso a conseguirlo, pero considero imprescindible, utilizando unas buenas dosis de raciocinio, poder discernir con claridad lo que mi buen amigo me decía sobre “el café y la malta”. Seguramente nuestra visión del amor se vería seriamente mejorada.

Felipe Cantos, escritor.

25 abril 2008

¿De qué se sorprenden?



La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano. Friedrich Nietzsche.

Ha pasado algo más de un mes desde que se celebraron las Elecciones Generales en España y, como era de esperar en el aborrecible mundo de los políticos, todo sigue igual, con vocación a empeorar.
Lejos de desentrañarse las mil y una desconfianzas, o negarse las evidencias plantadas sobre la presunta honestidad que, como ciudadano de a pie, he venido exponiendo a lo largo de estos años y, de manera especial los dos últimos, en un sinfin de textos, todo lo sucedido en este corto espacio de tiempo ha venido a confirmarnos la terrible realidad de la “casta” política que nos gobierna.
En uno de mis últimos artículos, “Las elecciones en España: entre lo esperpéntico y lo siniestro”, publicado el pasado 3 de marzo, ya denunciaba la difícil decisión de votar a una u otra alternativas - Zapatero versus Rajoy, o viceversa.
Independientemente del resultado - nada que objetar a la decisión final, pues así es la esencia de la mercantil e imperfecta democracia que nos hemos dado, en donde todo está a la venta, incluida nuestra capacidad de reflexionar - los prácticamente once millones de ciudadanos que votaron a Zapatero, vienen a converger de manera lamentable con los, hoy, algo más de diez millones de decepcionados votantes que optamos por la otra alternativa.
Y es que visto lo visto después de los resultados y las decisiones tomadas por el jefe de la oposición, señor Rajoy, autoproclamado “Ministro de la Oposición”, al parecer son escasas las alternativas para crear un equipo suficientemente sólido que permita ver con razonable confianza a una oposición dispuesta a comportarse como tal.
Ello, cómo no, me lleva a denunciar una vez más que los políticos, sean del signo que sean y por mucho que ante sus públicos enseñen los dientes, son parte de una casta cuyo único objetivo es conseguir el poder, en la proporción que la diosa fortuna les conceda, de manera que puedan vivir del erario público infinitamente mejor que el mejor de los ciudadanos de a pie. Si es posible gobernando, y si no, es lo mismo, en la oposición, El caso es tocar moqueta, poltrona, coche oficial, dádivas, o lo que caiga.
No voy a caer en la tentación de plantear si el señor Rajoy debería haber dimitido a los diez minutos de conocerse los resultados, o permanecer de por vida en su cargo de “Ministro de la Oposición”. Aunque no es un consuelo, en su conciencia dejo la incógnita.
Pero si me dirigiré a esos millones de ingenuos ciudadanos, tanto de un signo como del otro, que de manera incomprensible mantienen la esperanza de que con su “poderoso” voto en la mano van a conseguir, elección tras elección, que las cosas cambien e, incluso, mejoren. Con toda razón decía Oscar Wilde que: “No hay otro (peor, diría yo) pecado que la estupidez”.
Olvídenlo. Los partidos políticos son máquinas creadas para la captación y canalización del voto con el único objetivo de mantener en el poder, ya sea gobernando o en la oposición, a esa casta política que, desengáñense, no está diseñada para servir al ciudadano, sino, para servirse de él.
Si tenemos en cuenta que al negársenos las listas abiertas – como en el “súper” todo se nos da empacado y etiquetado - tan siquiera tenemos la posibilidad de decidir quienes nos gustarían que nos representaran, veremos el escaso valor de nuestro voto, salvo para mantener en su puesto al político, vividor de turno.
El colmo es cuando aún aceptando esas listas cerradas, encabezadas por el líder de turno, este, ganador o perdedor, una vez pasadas las elecciones decide pasarse por el forro de sus caprichos la lista presentada y los programas ofrecidos, eliminando esta y cambiando aquellos, según le plazca.
Ya es descorazonador que en manos de una sola persona pueda quedar el destino de cercanos colaboradores con los que en su momento propulsó un determinado proyecto. Pero lo que resulta intolerable es que en esa progresión de desmanes cometidos por el “líder”, resulten ninguneados la práctica totalidad de los afiliados al partido de turno y, por extensión, los millones de votantes que los ampararon. ¿En serio cree el “ministro de la oposición” – señor Rajoy - que los votos de esos millones de personas eran cheques en blanco para hacer con ellos lo que le diera la gana?
Resulta incomprensible que una persona a la que se le suponía un mínimo de seriedad sea capaz de actuar de manera tan irresponsable. Es verdaderamente desalentador descubrir como el inescrutable Rajoy, sin llegar a las veleidades del “tal” Zapatero, se nos ha terminado por revelar como un sibilino personaje de la versión más gallega del “pequeño napoleón” de Víctor Hugo.
Aun sorprende más el que el conjunto de afiliados y votantes de la derecha acepten con toda naturalidad que esto suceda. No pretendo ser lo que vulgarmente se conoce como “mosca cojonera” ni mucho menos ejercer de “gafe”, pero anoten esto: o el grueso del pp reacciona a tiempo, es decir, antes de su congreso, o Rajoy acabará convirtiendo al pp en una sucursal de la izquierda “derechizada”, o viceversa. Eso que se conoce como “centrista” y que, salvo estorbar en el centro, nunca se ha sabido bien cual es su objetivo. Como decía el clásico, o es tu tía o es tu tío, pero ambas cosas, o ninguna, imposible.
En cuanto al otro “político” de turno, el señor Zapatero, ¿qué decir que no se haya dicho? La reciente composición de su nuevo gabinete, con más de lo mismo, ratifica la opinión, en lo que a mi respecta nada buena, de su persona y su quehacer. Entrega de galones para dirigir el ejército ¿español? a una radical catalanista que en innumerables ocasiones ha despreciado lo que significa España como nación; insistir en el nombramiento de una incompetente integral, repudiada por todos los partidos de la Cámara Baja; ratificar a un ministro de exteriores que ha conseguido el dudoso éxito, bien es cierto que con la complacencia del señor Zapatero, de aislarnos de la mayor parte del mundo occidental, incluida la propia Unión Europea; poner de nuevo al frente de la justicia al más parcial y autoproclamado “rojo radical” que hemos conocido en estos últimos años y, para cerrar el grupo, una serie de personas, académica e intelectualmente limitadas, cuyo mayor mérito conocido es haber llevado el carné del psoe en la boca desde que tienen uso de razón.
En cuanto a la continuidad de los engaños y embustes que se pueden esperar del señor Zapatero baste recordar su última hazaña: juro que mientras el fuera presidente jamás se haría trasvase alguno del Ebro. El pasado 15 de abril, bajo sus auspicios, se firmó el acuerdo de iniciar las obras de trasvase del Ebro hacia Cataluña. Naturalmente para contentar a los nacionalistas que lo apoyan y de esa manera mantener el granero de votos que jamás podrá obtener de las comunidades a las que pretende ahogar, y no precisamente con agua: Valencia y Murcia.
Una pequeña anécdota, reveladora por demás, viene a enmarcar las “cualidades” de estadista – de las “humanas” creo que existen lamentables referencias – del renovado presidente español: En una de las recientes cumbres de ministros de la Unión Europea nuestro ínclito personaje, encontrándose, una vez más, cómo no, más sólo que la una, decidió sacudirse el aburrimiento solicitando la presencia de algunos de los interpretes de la cabina española. Durante la banal charla una de las intérpretes lo felicitó por su reciente elección como presidente de todos los españoles, añadiendo que no le envidiaba pues entendía que eran demasiadas la responsabilidad y las dificultades que entrañaba su labor como responsable del Gobierno Español.
La respuesta aún está dando vueltas en la cabeza de todos los que allí se encontraban: “No, esto que yo hago lo podría hacer cualquier español. Millones de españoles.”
Y es cierto, gobernar de manera tan fatua, irresponsable y vacua sin duda alguna está al alcance de cualquier persona cuyo coeficiente intelectual se encuentre entre 70 y 79. Franja en la que parecen encontrarse la mayor parte de mis compatriotas. De otro modo, salvo por una fascinación engañosa por el personaje, no puede comprenderse la reelección de este hombre.
De manera que a la vista de los acontecimientos, ya provenga de la izquierda sectaria o de la impresentable derecha, comprenderán ustedes que a uno se le revuelva el estómago y le den ganas de borrarse para siempre de “eso” que todavía llamamos España.
Más teniendo en cuenta lo difícil que emocionalmente eso puede resultar, especialmente cuando se llevan tantos años fuera de ella, permítaseme que les diga que en situaciones semejantes es imposible no sentirse, cuanto menos, distinto… y distante.

Felipe Cantos, escritor.

08 marzo 2008

Los hipócritas titiriteros del viento.


Son los años (…) quienes al ilustrarnos nos corrompen y nos convierten en cínicos. Villalonga Llorenç.


Desde hace mucho tiempo he venido en reflexionar lo que para cada uno de nosotros pudiera significar ese valor tan deseado y nunca plenamente conseguido de la libertad.
Y debo confesar, muy a mi pesar, que los grandes esfuerzos realizados y la infinidad de textos consumidos, tratando de llegar a alguna conclusión, han sido en vano.
En lo más profundo de mi memoria, alcanzando pequeños recovecos que me sitúan en mi más tierna infancia, se encuentran episodios realizados por el ser humano, para alcanzar esa ansiada libertad, dignos de colocar al hombre muy cerca de Dios, o de ese ser o ente supremo con el que cada uno de nosotros nos sentimos identificados.
En ocasiones me ha parecido que podríamos ser capaces de conseguirlo, pese a luchar contra los enormes inconvenientes que el propio ser humano crea constantemente a sus semejantes. Pero no lo crean, es un espejismo provocado por el ansia de libertad. Somos esclavos de nuestras propias decisiones cuando creemos que tomamos estas en nombre de esa presunta libertad. Bien es cierto que la mayoría de estas decisiones, por lo general, suelen tener una relativa incidencia de orden menor o, cuanto menos, de reducidos efectos sobre nuestros semejantes.
Sin embargo, hay otras en que, repito, creyendo controlar “esa libertad”, paradójicamente nos convertimos en su prisionero, lo que nos obliga a comportarnos de una manera diametralmente opuesta a nuestras creencias y, de manera determinante, a nuestro más sólido deseo. Sólo nos condiciona algo que jamás debería hacerlo: unos intereses fanáticos muy alejados de los sentimientos más profundo, me atrevería a decir valores, que nos guían, o deberían guiarnos. Intereses no siempre sujetos a las reglas de un juego legal, que nos hace, o debería hacernos dudar de nuestra propia inteligencia y, por ende, condicionar el derecho a nuestra propia autoestima.
Lo que viene sucediendo en España en los últimos años no es fácil de explicar, ni siquiera desde la corrompida óptica de la desacreditada política. Para esos millones de aborregados ciudadanos que dan vida a una mayoría que, sin la mínima reflexión, se conforma con poder ir a votar tradicionalmente lo mismo de siempre, es fácilmente aplicable el principio antes expuesto de la presunta pero inexistente libertad. Es inútil, sus cerebros no dan más de si. Bastante tienen con poder digerir a diario los infames programas conocidos popularmente como “telebasura”. Son dignos de lástima, y poco más.
Sin embargo, existen otros ciudadanos, no tan ingenuos y aparentemente “más dignos”, enmarcados en determinados sectores o grupos de presión, como es el caso de los conocidos popularmente como “los titiriteros” que, utilizando de manera indecente su popularidad, intentan reconducir esos votos aborregados, unos, e indecisos, otros.
Todos podemos recordar con estupor como contra el anterior gobierno del pp todo valía: Irak, Prestige (chapapote) y lo que fuera necesario; en tanto que contra el psoe: Incendio con muertos, en Guadalajara, Carmelo en Barcelona, Chapapote en Andalucía, soldados muertos en Afganistán, ¡¡nada!!
Pero no es ese sucio ejercicio de los titiriteros el que más llama mi atención. Todos somos conscientes de lo que, siquiera, supone acercarse a las lindes de la política. Si eres mínimamente honrado, el olor putrefacto que de allí se desprende te obligará a alejarte rápidamente.
Es, lamentablemente, la falta de sentido común, en aplicación de otros intereses bastardos, que muestran determinadas personas a las que se les supone una sensibilidad creadora muy por encima de la media. Casos tan notables como los de Serrat, Víctor Manuel, Sabina, Ana Belén o Miguel Bosé, entre otros muchos, son un claro ejemplo.
De no ser así, y ya es lamentable, sólo cabe cuestionarse seriamente su capacidad de reflexión, su inteligencia. Es muy posible que, por tradición, como ejemplar perteneciente al mundo de la farándula, lo razonable es que el cómico de turno se vea “obligado” a postularse incondicionalmente a favor de lo que aún se conoce como izquierda. Pero yo entiendo que ello debe producirse siempre y cuando las ya de por si sucias reglas del juego político no traspasen su propio mundo. El apoyar a un candidato que, como todos los candidatos, sean del signo que sean, jura – siempre mintiendo - haber hecho más en el pasado y promete más y mejores cosas que su adversario en el futuro, es moneda de curso legal en esa podrida actividad, y sus aledaños.
Pero que un personaje, cualquiera de los citados anteriormente me sirve de ejemplo, presuntamente inteligente y sensible, capaz de crear obras que “llegan” con facilidad a lo más profundo del alma – Serrat y Víctor Manuel son dos claros ejemplos – sean capaces de alinearse junto y en defensa de un insostenible personaje como Rodríguez Zapatero, es muy difícil de entender.
El señor Zapatero no es que haya prometido hacer o deshacer mil y una cosas, que lo ha hecho, es que ha basado su legislatura en crear mil problemas, devolviendo a los españoles a lamentables épocas ya pasadas. Su preocupación no ha sido la de administrar, mejor o peor, aquello para lo que fue designado, aunque en su desarrollo interesado pudiera haber perjudicado seriamente a quienes considera, ignoro por qué, sus enemigos. Es que ha basado toda su labor en el engaño, la mentira y la confrontación, aderezada con fuertes dosis de insensatez.
Y pese a que todo ello pudiera tener sentido – en el universo político, se entiende – no logro salir de mi asombro al observar como reputados personajes de ese citado mundo de la farándula - de manera especial mi admirado Joan Manuel Serrat - han sido, y son, capaces de entenderse e identificarse con un personaje tan nítidamente limitado en lo intelectual, como en lo humano.
No puedo por menos que cuestionarme seriamente que, o los intereses en juego que guían a estos artistas además de bastardos son demasiado importantes, o la sensibilidad e inteligencia que se les suponía se les ha ido con los años.
De otra manera es imposible entender esa simbiosis entre ambas facciones: la más sucia manera de hacer “política” y la sensibilidad creadora, producto de una “presunta” capacidad de raciocinio.
El aspecto zafio, el verbo obtuso y el lenguaje torpe – pongamos por caso a José Blanco, conocido delfín de Rodríguez Zapatero, no logra casar con facilidad con las características que deberían personificar nuestros “admirados” creadores.
Sólo, desde la óptica del absurdo es posible comprender que nuestros jilgueros, paladines de la libertad, se encuentren auto secuestrados por su militancia. Militancia cambiante si los intereses en juego lo aconsejaran. Reacuérdese cuantos de ellos militaban en el Partido Comunista antes de hacerlo en el Psoe.
Ello les obliga a mantenerse en su propio esquema, impidiéndoles ejercer su presumible libertad para oponerse con nítida contundencia a quien, una vez más, es capaz de superarles en su actuación ante las cámaras, mostrando un dolor que en modo alguno siente, exhibiendo lágrimas de cocodrilo al decir que los terroristas están condenados, mientras con mano férrea sostiene el documento que el Congreso de los Diputados le concedió para negociar con la banda terrorista eta.
¿Es posible que a los “señores” titiriteros no se les revuelva el estómago ante tan miserable comportamiento? ¿O acaso su mezquindad es tan grande que prefieren hipotecar su libertad y, de manera especial, su inteligencia, en favor de su cuentas corrientes?

Felipe Cantos, escritor.


30 diciembre 2007

Las próximas elecciones en España: entre lo esperpéntico y lo siniestro.


La salud de las democracias, cualquiera que sean su tipo y su grado, depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral. Todo lo demás es secundario. José Ortega y Gasset.

No cabe duda de que los españoles en general y los liberales en particular lo tenemos difícil en estas próximas elecciones.
Aludiendo al titular de este artículo, respecto de lo primero – lo esperpéntico - y pese al alto nivel de estulticia con el que sin pudor podemos calificar a nuestra derecha, en cualesquiera de las vertientes que la conforman, aún cabe esperar alguna alternativa que mitigue sus devaneos e indefiniciones políticas o, cuanto menos, que su manifiesta imbecilidad, siempre bajo la capa del complejo, no provoque una hecatombe sobre el inocente ciudadano medio.
No cabe mayor desatino en el comportamiento de estos dirigentes – no todos, naturalmente, pero entre los que si, su propio “líder” el señor Rajoy – que el caer en la tentación de entrar en el juego de una izquierda carente de todo escrúpulo, con la que de nada ha servido, ni servirán los paños calientes.
Es razonablemente lógico admitir que la política haga extraños compañeros de cama. Y aun cuando el desencuentro, en función de las ideas de cada parte, sea inevitable soslayar, no es de recibo que los engaños y burdas mentiras de una de las partes – en este caso la izquierda representada por el señor Zapatero, cuyo comportamiento durante su mandato ha sobrepasado con holgura el licito penal – puedan continuar siendo asumidas, casi, con naturalidad, por este insulso “líder” de la derecha.
Vaya por delante mi sólida decisión de votar al pp, por primera vez, en las próximas elecciones. Paro también mi confesión de que no será porque considere que el señor Rajoy, su partido es otra cosa, sea la mejor opción, sino, ante las barbaridades y desatinos del señor Zapatero, lamentablemente, la menos mala.
Este hombre – Rajoy – ha dejado la impronta de ser un buen parlamentario. Pero nada más. Su meliflua actitud ante las ofensas recibidas por parte del psoe, protagonizadas directamente por el señor Zapatero, dicen muy poco en su favor y dejan mucho que desear como sólido líder. Entre una inacabable lista: desprecio absoluto a él y al partido que representa a más de diez millones de votantes españoles; engaños constantes con promesas que incumplía escasos minutos después de reunirse ambos; clara intención de marginarlo - y echar si fuera posible - a él y a su partido de la vida política; acciones y decisiones gubernamentales destinadas claramente a la provocación y el enfrentamiento entre los españoles; asumir como algo “políticamente” normal unos comportamientos rayando y sobrepasando el lícito penal.
Su “blando” carácter se ha visto reflejado en más de una ocasión, dando mucho que pensar sobre la solidez de su liderazgo. Baste recordar las “hazañas” del ínclito alcalde de Madrid, señor Gallardo, a quien cuesta ubicar con claridad en su posicionamiento político y, salvo para él mismo, nunca se ha sabido bien para quién “trabaja”.
Tampoco es “pecata minuta” recordar que el señor Rajoy se encuentra donde se encuentra gracias al decisorio dedo del “cesar” autocesado.
De manera que todo ello, y mucho más, conforman un personaje que si bien nos ofrece, desde el punto de vista humano, mayor confianza que su adversario, no termina de solidificar la figura del líder, con mayúsculas.
En cuanto a lo segundo – lo siniestro – lo que representa ese personaje desconcertante donde los haya, el señor Zapatero, ¿qué decir que no se haya dicho ya a lo largo de todo su “reinado”? Él mismo se ha encargado de refrendarlo diariamente con sus actuaciones. Mentiroso compulsivo – negación constante de las negociaciones con ETA, mientras se repetían las reuniones con la banda -; traidor impenitente – destroza la constitución que le dio el poder y que juro defender -; incompetente declarado – nos ha alejado de Europa y de la primera línea del mundo (económica y políticamente) para colocarnos en el vagón de cola junto a naciones tercermundistas -; indigente intelectual – su propia confesión, vanagloriándose de sus deficiencias culturales (toda z es buena si es suya) y su deficiente expresión verbal lo sitúa dentro de la mediocridad más recalcitrante; lamentable “líder” capaz de rodearse de lo más cutre del panorama político español, probablemente para encubrir sus propias deficiencias intelectuales: – el rotácico, casi disléxico y analfabeto integral Pepiño Blanco, el balbuceante e impresentable Moratinos, la manifiestamente inculta e incompetente “Maleni”, los resentidos Bermejo y Conde Pumpido, y una larga lista de colaboradores -; político perverso y egocéntrico – guiado por su ambición personal no ha tenido escrúpulo alguno en realizar cuantas alianza hayan sido precisas con los más radicales enemigos de España (nacionalista principalmente), con el único objetivo de mantenerse en el poder bajo el lema que ha sido santo y seña de su gobierno: “como sea”.
De manera que difícil lo tenemos los españoles en las próximas elecciones. Votar con conciencia significaría no hacerlo a ninguna de las dos alternativas “aprovechables”. Porque si nos referimos al resto de la camada política, nos encontraremos con una recua de pequeños grupúsculos cuyo único objetivo es conseguir vivir de la carroña.
Así que la única alternativa que nos queda es hacerlo por puro e inevitable pragmatismo, tratando de alejar de la Moncloa a quien en estos cuatro años ha conseguido el dudoso mérito de retrotraernos a los años treinta del siglo pasado, abriendo de nuevo una lamentable brecha entre las dos “españas” en casi todos los frentes posibles: el social, el económico, el religioso, el político y, por supuesto, el institucional.
De no hacerlo significaría dejar en manos del “circunflejo” señor Zapatero la suerte de un país con más de 2000 años de historia, para que lo convierta en los nuevos “reinos de taifas”. Con franqueza, no sé ustedes pero yo, a estas alturas y sumergido de lleno en la filosofía europeísta, no tengo deseo alguno de emular las hazañas de D. Pelayo.
Por otro lado, si no lo hiciera -el votar - perdería el derecho de poder quejarme cuando, llegado el momento, los resultados no me gustaran. Aunque, como les decía en el titular de este artículo, me vea en la incongruente necesidad de hacerlo entre lo esperpéntico y la siniestro.

Felipe Cantos, escritor.

Ese “casondeo” llamado “justisia”.



"La justicia es un cachondeo". Pedro Pacheco, ex-alcalde de Jerez.

Así de fácil, envuelto en ese “deje” tan particular del habla andaluza, calificó en su momento a la Administración de Justicia Española, hace ahora más de veinte años, el que fuera alcalde de Jerez, Pedro Pacheco.
Algunos años más tarde, yo, personalmente, me vi en la necesidad de cuestionar seriamente a nuestra administración de justicia, mediante el libro “La inJusticia en España”.
Por desgracia, a pesar de las más de dos décadas transcurridas y las innumerables denuncias efectuadas desde los más diversos sectores de nuestra sociedad, las cosas, lejos de haber mejorado en algo, han venido a confirmar aquellas palabras y cuantos escritos se han vertido sobre su ineficacia, su inequidad y, lo más terrible, sobre la dudosa honradez de la Administración de Justicia Española. Ya se lamentaba el Talmud: “¡Ay de la/s generación/es cuyos jueces merezcan ser juzgados!”.
Dejando al margen las razones que obliguen a un ciudadano a acercarse a un juzgado, acuda a él en calidad de acusador o de acusado, la imagen, siempre distante y extremadamente fría del lugar y de sus habituales ocupantes, ratificada por la consciente “auto magnificencia” de un/a juez/a que parece llegado de otra galaxia, le provocará una desalentadora sensación que tardará mucho tiempo en asumir y olvidar.
Pese a ello, y siempre en la primera visita - las siguientes, por experiencia, serán cosa distinta - el obligado visitante depositará en aquel lugar toda la confianza de que dispone para la mejor solución de su problema, deslumbrado de manera especial por la endiosada actitud - yo calificaría de voluntaria pose – de sus “señorías”. Lamentablemente, el resultado final, por lo general, será la obtención de una sentencia tardía, cara, ineficaz e irresponsable. En definitiva: siempre injusta.
Y si bien es cierto que todas y cada una de esas desalentadoras experiencias quedarán en el “armario” de cada uno de sus protagonistas, no alcanzando la difusión que tal injusticia merecería; no sucede lo mismo con aquellos asuntos que, transcendiendo de lo privado, afecta de lleno nuestras vidas: son las actuaciones judiciales derivadas de las actividades políticas, legales o no.
Y aún así, pese a la difusión que permite a la ciudadanía el conocimiento de estas últimas y la trascendencia que de ellas puedan derivarse, los parámetros de su mal funcionamiento, en ocasiones plenamente consciente y responsable de rozar de lleno, sino sobrepasar el lícito penal, son fácilmente intercambiables.
Las actuaciones a lo largo de estos últimos años de una Institución Fiscal, arropada, sino en connivencia plena con una Judicatura desnaturalizada, han pasado de sorprendernos, a obligarnos a replantearnos la sensatez y el equilibrio de tan necesarias instituciones.
Son tan burdas sus decisiones que no cabe apelar, para contrarrestar el malestar del ciudadano, el presumible desconocimiento que en materia jurídica éste pueda tener. Lejos, muy lejos de ello, lo que cabe pensar es que algunas de sus “señorías” han perdido el juicio o, descaradamente, poniéndose el birrete, la toga y los manguitos por montera, han decidido tomarnos el pelo.
En ningún momento debemos olvidar que, pese a ser dura, la Ley es, por encima de cualquier otra consideración, Ley. Un conjunto de normas que nos hemos dado para ser aplicadas con toda contundencia, sin matizaciones que, al albur de unos intereses determinados y con demasiada frecuencia bastardos, las desnaturalicen.
Es por ello que la mayoría de las actuaciones realizadas a lo largo de estos cuatro últimos años, por determinados jueces de la Audiencia Nacional, presididos, cómo no, por el ínclito juez Garzón, y de los Tribunales Supremos, sin olvidarnos del Constitucional, en clara connivencia con el estamento fiscal, además de ser una constante provocación a la inteligencia del ciudadano, produce vergüenza ajena.
Pese a que en estos casos es difícil de aceptar, cualquier persona con el mínimo sentido común - elemental sentido que se le supone en profusión a los estamentos jurídicos - podría entender que puedan darse contradicciones por razones de estricta interpretación de los libros de leyes.
Lo que ya no es tan fácil de entender y aún menos de asumir es que, partiendo de los mismos parámetros jurídicos, aquello que sirvieron para exculpar, o no sancionar en el mes de, pongamos por caso octubre, alcanzado el mes de febrero, y sin que se haya producido cambio alguno relevante en la documentación del proceso, provoquen la inmediata detención del procesado y su encarcelamiento sin fianza.
A nadie se le escapa que las decisiones del egocéntrico juez Garzón, en esta ocasión descaradamente encaminadas a favorecer las aspiraciones del psoe de ganar las próximas elecciones del 9 de marzo, son provocadas y precedidas por intereses impúdicamente partidistas. El caso concreto del procesamiento de la cúpula de la mal llamada “izquierda abertzale”, más conocida como eta, sería, sino fuera por la incongruencia en si misma, de juzgado de guardia. Por desgracia, no es el único caso.
Y uno, en su obligada “ingenuidad”, se pregunta por las razones que puedan justificar tan descaradas contradicciones en la aplicación de las leyes y, de manera especial, la incomprensible inoperancia de unos poderes judiciales que no se manifiestan con contundencia, para evitar desmanes de esta envergadura. Obsérvese la indolencia del Consejo General del Poder Judicial ante la desvergonzada manipulación que de la Justicia, desde hace mucho tiempo, viene haciendo este juez, en función de sus “conveniencias políticas”.
Por ello, aunque me permita a través de esta tribuna advertir al impresentable “juez estrella” que ya no engaña a nadie con sus burdas artimañas ¿jurídicas?, no puedo, como ciudadano común, dejar de preocuparme, en extremo, lo que ya en su momento denuncié en el libro “La inJusticia en España”: el omnímodo poder de los jueces en España.
De manera que frente a la seguridad que debería inspirar la justicia para el ciudadano, ¿cómo no sentirse inseguro, e incluso indefenso, ante una Administración de Justicia, que asume con toda naturalidad situaciones de esta envergadura, públicamente interesadas y descaradamente manipuladoras, de determinados jueces?
¿Por qué frente a casos como el presente no saltan todas las alarmas, ni se observa, en la Judicatura, el más leve movimiento de preocupación en busca de caminos que permitan atajar tales desmanes?

Felipe Cantos, escritor.

29 noviembre 2007

Que alguien nos salve de los “salvadores”.


Cuando la estafa es enorme ya toma un nombre decente. Ramón Pérez de Ayala.

El repetitivo y no por ello menos falso mensaje de “salvemos el planeta”, junto con la obsesiva campaña en defensa de determinadas especies en extinción, puede llevarnos a la sin razón y al paroxismo más absoluto.

En ocasiones, uno se pregunta si la educación que tiempo atrás recibiera no es un serio obstáculo para responder con contundencia a todos aquellos que pretenden tomarnos el pelo.
Y quizás porque uno mismo entienda que aquella fue, aunque algo cartesiana, correcta, intentará, siempre que sea posible, escuchar lo que los demás dicen, pese a que, en ocasiones, estos puedan resultar francamente insoportables.
Así sucede con uno de los sectores sociales - aquel que dice preocuparse de la protección del medio ambiente - donde las exageraciones y la pesadez de sus comunicadores superan los límites de la educación recibida, desbordando la paciencia del sujeto receptor.
Uno, insisto, pese a que lo educaron bien, comienza a estar hastiado de escuchar las sandeces que de manera continuada difunden estos emisarios del desastre y profetas de la desolación.
Es evidente, y yo no tengo duda alguna, que se hace imprescindible que de manera ordenada y sistemática nos concienciemos de la necesidad de tratar con la máxima delicadeza a la madre naturaleza y a cuantos en ella convivimos. Pero en modo alguno justifica, salvo puntuales casos, el que se nos quiera vender innecesarios mensajes catastrofistas y, lo que aún es peor, culparnos de la muerte y extinción de determinadas especies de animales y plantas.
La madre naturaleza nos ha mostrado, y nos muestra, de manera constante que ella, en su propia evolución, va creando las condiciones en las que el ser humano, como exponente máximo, va desarrollándose. Puede que no de manera perfecta – en el fondo la perfección puede significar la nada - pero en modo alguno debemos sentirnos culpable absoluto de cuanto desastre sobre ella se haya producido, o se pudiera producirse.
De hecho nos lo impone nuestra propia condición de seres racionales. Nuestra tendencia a mantener lo más arreglado y pulcro posible nuestro entorno más cercano es una clara demostración de ello. Pero llegar a cuestionarse, o incluso afirmar de manera categórica que la gran mayoría de especies se encuentran en peligro de extinción sólo por culpa de las acciones del hombre, con franqueza, no es de recibo. Es, sin duda, una demagogia barata falta de toda consistencia. Una maniobra de distracción utilizada por todos aquellos, especialmente políticos, que no tienen alternativas a los graves problemas que a diario acosan de manera real al hombre.
Puede que el mensaje haga mella en un gran número de conciencias, aún cuando estas se pregunten qué es exactamente lo que han hecho mal para que, hoy, se encuentre en peligro de extinción, por ejemplo, el armadillo gigante o el hurón de pies negros, en América; el kakapo o la foca monje, en Europa; el burro salvaje o el hipopótamo pygmy, en África; el Ibis nipón o el rinoceronte de India, en Asía, y por no resultar excesivamente cargante con la lista señalaremos por último, como ejemplos, la tortuga verde y el dragón de Komodo, en Oceanía. Naturalmente, esta no es más que una pequeña muestra de la larga lista que probablemente nos exhibiría un ecologista “al uso”. Vamos, de los que hoy se llevan.
Pero si observamos con detenimiento la realidad de lo que se nos quiere hacer creer, con toda probabilidad surgirán de inmediato multitud de interrogantes de difícil respuesta para el sujeto en cuestión.
La primera, respetando plenamente el derecho a la vida de cualquier ser vivo, sería, independientemente de si es o no culpable el ser humano, si la mayoría de estos animales cumplen alguna utilidad práctica en la vida del hombre. ¿Puede alguien explicarme para qué demonios se precisa un hipopótamo cuyo único objetivo es permanecer sumergido en el agua todo el día? ¿Y la ingente cantidad de cocodrilos a la espera de la presa en los ríos africanos? Supongo que resultara ocioso hacerse la misma pregunta sobre la desaparición, o no, de las pirañas, de los mosquitos y moscas, y qué decir de las avispas, arañas y demás insectos que tanto molestan al común de los mortales.
Sé, perfectamente, que la pregunta supera los límites del pragmatismo más molesto y que cualquier iniciado en esta nueva liturgia me abordaría de inmediato con que todo cumple una función en la naturaleza, al formar parte del ecosistema. . Pero de no haberse desarrollado los acontecimientos del modo en que lo han hecho, lo cual demuestra que el ecosistema no es, ni debe ser inmutable, ¿cuál sería la situación?
Traten de imaginar por un momento que todas y cada una de las especies extinguidas, y las que al parecer lo harán en los próximos años, se hubieran desarrollado del mismo modo que el ser humano. Cuesta poco llegar a la conclusión de que este planeta, ya de por si difícil y agresivo para el ser humano, se hubiera vuelto definitivamente inhabitable para él.
Doy por sentado que es lamentable el hecho de que las futuras generaciones quedarán privadas de la “razonable” satisfacción de conocer de cerca, o cuanto menos haber visto alguna vez en su ambiente salvaje a los grandes felinos, a las inigualables ballenas, o a las majestuosas águilas, por poner algunos ejemplos de cada uno de los hábitats en los que se desenvuelve nuestra vida.
Pero ello no me llevará al desvarío de cargar sobre nuestras conciencias, de manera global, la inevitable desaparición de especies afectadas por la propia evolución de la vida. A menos que los más fanáticos en la defensa de las especies en extinción planteé la necesidad de controlar la natalidad del hombre, frente a la de las demás especies, y a favor de estas últimas.
No nos engañemos, llevamos cientos de siglos, miles de años viendo desaparecer especies afectadas por su propia evolución y la de la naturaleza, sin que la mano del hombre haya tenido nada que ver en ello. Y pese a todo, o quizás por ello, el hombre ha continuado con su imparable desarrollo.
Si el ser humano hubiera podido evitar la extinción de los grandes carnívoros antidiluvianos, o los más cercanos y grandes felinos, como el tigre de bengala, o los leones africanos y especies similares, ¿podrían darme respuesta los profetas de la devastación de que es lo hubiera sido entonces del hombre? Seguramente serviríamos de desayuno comida y cena de todos ellos.
En cuanto a la intervención definitiva del hombre sobre las demás especies animales, igualmente les preguntaría a los iluminados agoreros - que por cierto viven extraordinariamente bien de las subvenciones obtenidas de sus feroces campañas - ¿qué sucede con aquellas especies con las que, en este caso sí, el ser humano viene manteniendo una constante batalla por eliminarlas de la faz de la tierra, sin conseguirlo. Entiéndase, por ejemplo, cucarachas, ratas, reptiles e insectos que, salvo inspirar a los guionistas de los dibujos animados, para poco más contribuyen al bienestar del hombre.
Seamos honestos. Una vez más la demagogia más burda y el engaño más sutil se instala en el mensajes de quienes, generalmente provenientes de una izquierda carente de una ideología felizmente naufragada, a falta de mejor oferta política y social, se erige en salvadores de lo que haga falta.
En un inicio fueron los fracasados principios básicos del hombre para la convivencia. No hay más que observar el mundo a tu alrededor para darse cuenta del resultado. Después, la lucha por la igualdad y los derechos sociales. Huelga recordar los estrepitosos fracasos de los “paraísos socialistas”. Posteriormente los “terribles” daños provocados en la capa de ozono que acabarían por envenenar el planeta y que, finalmente, quedaron en nada. A continuación los “gravísimos” problemas provocados por la globalización, para llegar, por último y lo más reciente, el mensaje repetido hasta el hastío de “salvemos el planeta”, en donde el cambio climático y la extinción de las especies se han convertido en la columna vertebral de todo el movimiento.
Por tanto, no se trata de exterminar por exterminar animales, cualquiera que estos sean, incluidas las antipáticas ratas, o los repulsivos escorpiones, ni provocar problemas climatológicos donde no los haya. Pero tampoco de llegar a concederles espacios de privilegios, como el reciente caso planteado por el socialista Pedro Pozas en el Congreso Español, sobre los derechos “humanos” de los grandes simios, mientras problemas de primerísimo orden en las necesidades de los seres humanos – vivienda, hambre, justicia, seguridad, naturaleza mal atendida y peor protegida, violencia de género, niños desamparados, enfermos terminales, etc. – continúan sin resolverse.

Felipe Cantos, escritor.

13 octubre 2007

La mediocridad de Zapatero, ¿un valor en alza?


Cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje. Aldoux Huxley.

Aún cuando a lo largo de una vida todo ciudadano que se precie como tal pueda sentir, ocasionalmente, la necesidad de tomar conciencia del papel que le ha correspondido representar en la sociedad a la que, le guste o no, pertenece, hay momentos en que esa necesidad se convierte en una obligación.
Salvo para aquellos que se dejen cercar por la más despreciable de las indolencias, inexorablemente, para el resto surgirán situaciones en las que se hace obligada una mínima reflexión que nos debería mostrar la auténtica realidad de una escenario, cuanto menos, complicado. Sin duda, salvo para los insensatos - algunos imbéciles crónicos y otros imbéciles sin saberlo, que no se qué es peor - las difíciles circunstancias por las que en estos momentos transita España es una de ellas.
Una vez más, y van…, reitero mi absoluto desinterés por cualesquiera de las alternativas políticas que en la actualidad se barajan en España. No he sido jamás seguidor directo de ningún partido, mi opinión sobre ellos, y los políticos que los representan, es harto conocida. De manera que cuando escribo sobre estos temas intento poner mi “pluma”, por encima de cualquier otra cosa, al servicio de la coherencia. Utilizar el sentido común, desgraciadamente el menos común de los sentidos, es mi objetivo primordial. Aunque no siempre es posible conseguirlo, es el único modo en el que poder emitir un razonamiento mínimamente imparcial, alejado de las influencias partidistas.
Se preguntarán que a qué demonios viene esta larga introducción. Es muy simple. Asentado en lo expuesto anteriormente, me he permitido hacer un análisis, tan amplio como ha sido posible, sobre la labor realizada por el señor Rodríguez Zapatero a lo largo de su legislatura; no como gobernante y político en activo, sino como la persona que se encuentra “dentro” de ese personaje que le ha tocado representar. El resultado es, además de sorprendente, espeluznante.
No hay duda que las actitudes mostradas por Rodríguez Zapatero se han visto, y se ven, condicionadas en su faceta de ciudadano/político; de igual manera que sucede a la inversa, político/ciudadano. Pero ello no es óbice para que concluyamos que lo que aceptamos de este sujeto, como político, sería imposible hacerlo como ciudadano, como vecino o, no digamos ya, como amigo o familiar.
A lo largo de estos años, el personaje en cuestión ha demostrado ser una persona en la que no es posible confiar. Desde que “Bambi” asomara la patita, sin el menor de los escrúpulos, ha ido dejando en el camino – la cuneta dirían en el argot mafioso – a cuantos se dejaron seducir por “sus encantos”.
Soy consciente que muchos de ellos, yo diría que la gran mayoría, merecieron ser engañados del mismo modo que lo son aquellos que pretenden aprovecharse del supuesto “tonto” del timo de “la estampita”. Pero ello no devalúa en absoluto los “méritos” del ínclito zp. Más bien los acrecenta.
No es necesario exponer como ejemplo lo que, lamentablemente, es moneda de curso legal en cualquier mala democracia que se precie: maltratar a su más directo rival, la oposición. El señor Rodríguez Zapatero no ha tenido empacho alguno en, liándose la manta a la cabeza, maltratar a cuantos socios y colaboradores, más o menos cercanos, ha tenido. Comenzando por los Pascual Maragall, los Artur Mas, los José Bono, los Miguel Sebastián y tantos otros para, pasando por los socialistas navarros, por significados responsables socialistas de algunas de nuestras más importantes instituciones, por algunos jueces de los llamados “vizcochables”, por los batasunos euskaldunes – a su manera eta incluida – hasta, lo que hace escasos meses era impensable, alcanzar a sus incontestables amigos, socios y más allegados colaboradores en la parcela mediática, el Grupo Prisa, con el ínclito Juan Luis Cebrián a la cabeza.
La verdad es que resulta difícil entender como es posible que un personaje de estas características, con una mezcla de insensatez y maldad, fácilmente identificable pero malamente administradas, haya lograda tamaña “hazaña”. Dudo mucho que Maquiavelo y Rasputín a “la limón” fueran capaces de alcanzar cotas similares.
Pero lo más terrible es comprobar que pese al peligro que encierra el personaje, capaz de haber provocado que de nuevo España se divida, por el momento ideológicamente, en dos frentes, todavía quedan personas, al parecer legión, que confían en él.
Como mero observador podría entender, evidentemente dejando en el camino la mayor parte de mis escrúpulos, que toda la camada que vive en las cercanías de la política, del empresariado, o de las Instituciones del Estado, para no perder sus prebendas, se mantuvieran “fieles al líder”. Sin embargo, lo que resulta imposible de comprender, al menos para mí, es que el ciudadano de a pie, visto lo visto en estos tres largos años de gobierno zp, aún pueda tener dudas con respecto al peligro que encierran las decisiones de este “presidente”.
Tal vez aquí se cumpla la máxima en el engaño. Aquella de que el último en enterarse, siempre, es la “otra parte”. Y, lamentablemente, ese papel le ha tocado jugar a los votantes de este hombre incapaz de mostrar dos rasgos seguidos de cordura y honradez.
De otro modo sólo cabe pensar que, como a los “masocas”, a los votantes de este hombre, socialistas o no, les va la marcha o, peor aun, su capacidad de reflexión se encuentra bajo mínimos, o es inexistente.
Qué otra consideración cabría otorgar a quienes en su vida privada no darían cobijo, ni tan siquiera saludarían al cruzarse con él en la escalera de su portal - ¡buenos somos los españoles ejerciendo de críticas porteras! - y sin embargo son capaces de votarlo para convertirlo en el personaje más poderoso en la vida pública española.
Lo crean o no, carezco de una ideología definida. No me interesan los fundamentalismos, por discretos que estos pretenden ser. Me apoyo en las humanidades para llevar a cabo mi vida de una manera razonablemente digna. Por esa razón, siempre, me ha traído sin cuidado a dónde dirijan los ciudadanos su voto: derechas, izquierdas, centros, o lo que les venga en gana.
Lo que sí me preocupa es que ese voto vaya destinado a quien, alejado en exceso de la razón, ha demostrado sobradamente ser un indigente intelectual, incapaz de cumplir con uno sólo de los parámetros que se le suponen a un buen dirigente político, del que siquiera cabe esperar de él que, además de retorcido, sea inteligente.


Felipe Cantos.
Escritor.

07 octubre 2007

¿Dónde quedó el euskera?


“Nadie puede adoptar la política como profesión y seguir siendo honrado.” Louis McHenry Howe.

Qué difícil resulta frenar la carcajada estruendosa cuando nos llegan noticias de algunos de los últimos acontecimientos sucedidos en España, provocados por algunos de sus personajillos más “ilustres”. De modo que por aquello de que no se nos quede dibujada en nuestro rostro la sonrisa de la estupidez, cuanto menos, permítasenos dar rienda suelta a una sutil sonrisa de indulgencia.
Y ello, pese a que, como la gran mayoría de los sensatos de este país, había decidido, en espera de mejores tiempo, vacunarme contra las infecciones de flagrante inmoralidad en la que se ha convertido todo cuanto tocan, o pasa por, las manos y las mentes de ese inconcebible personaje llamado José Luis Rodríguez Zapatero y sus secuaces.
No voy a caer en el error de aburrirles con la interminable lista de desatinos que, en los algo más de tres años de desastrosa gestión gubernamental, ha creado tan “insigne personaje”. Entre otras razones por haber sido harto difundidas y repetidas por un sinfín de medios de comunicación.
Pero no deja de ser sorprendente que en este país de nuestros amores – y desventuras mil en estos momentos – aún se puedan dar situaciones que, constantemente y pese a haber despertado las conciencias de millones de españoles, continúen intentando pervertir la sociedad y, lo que es peor, tacharla de indigente mental.
La reciente escena teatral representada por el pnv - Partido Nacionalista Vasco – no tiene desperdicio. Como consecuencia de la desastrosa deriva del señor “presidente del gobierno español” en sus obscenas (y fracasadas) negociaciones con eta, se han producido en cadena una serie de acontecimientos alejados en grado sumo de las previsiones de algunos de sus protagonistas.
Ni el irrepetible Juan José Ibarreche/Ibarretxe - por cierto, sorprende que aún no haya euskaldunizado su nombre propio – ni el recientemente dimitido Josu Jon Imaz – este sí lo ha hecho por partida doble – esperaban que el estrepitoso fracaso de las, mal llamadas, negociaciones con eta, volvieran a colocarles, al uno, en la cresta de la ola y, al otro, lo enterrara entre la espuma y la arena, hasta hacerlo desaparecer.
Al primero, dándole la oportunidad de tomar una iniciativa a todas luces inconstitucional: plantear un referéndum, con fecha y hora, sobre la independencia/separatismo de la Comunidad Vasca. Al segundo, colocándole en una posición claramente incómoda al defender unos postulados – en el fondo los mismos – alejados en la forma y, principalmente, en el tiempo, con los de la mayoría de su propio partido –pnv- con el presidente de su comunidad, es decir, Ibarreche, a la cabeza.
El hecho es que ambos personajes, en una extraña carambola, se han visto forzados a replantearse nuevamente sus destinos y, yo diría que, incluso, sus posiciones políticas y sociales. Sobre el primero, Ibarreche, nada nuevo que descubrir que no sea la ratificación de su radicalidad: continúa cabalgando a lomos de su aberrante desvarío, inventándose una historia que nunca fue y un futuro de difícil previsión, pero siempre peligroso.
En cambio la situación del segundo resulta sumamente paradójica, casi divertida. Este personaje, al igual que todos los representados bajo las siglas del pnv, durante años ha mantenido duras posiciones frente a la españolidad de las provincias vascas, haciendo gala de un indiscutible y radical posicionamiento independentista. Para ello, utilizando cuantas “armas” encontró a manos: falseo de la historia; injustificados agravios comparativos con otras regiones españolas, y otras de igual o peor calado.
Pero por encima de cualquiera de estas y alguna más, el euskera – la lengua/idioma – prácticamente desaparecido como elemento de comunicación entre los vascos, e introducido con calzador en una incomprensible e intolerable “inmersión lingüística”, durante años ha sido utilizado como arma para aferrarse a unas autoconvicciones difícilmente justificables.
Y ahora es el momento en que, obligado a abandonar el cargo de presidente del pnv, el ínclito Josu Jon Imaz se ve en la disyuntiva de volver a organizar su vida, profesional – supongo que la personal igualmente – en base a todo aquello que durante años ha venido vilipendiando y atacando casi con desesperación: la lengua española.
Al parecer, por lo leído en los medios de comunicación, “nuestro” Josu Jon Imaz se trasladará a los Estados Unidos – no podían haberle elegido destino más lejano – para impartir clases, ignoro de qué, pero es de suponer que lo hará en la lengua de Shakespeare.
No me negarán que si finalmente fuera a desarrollar su trabajo en el idioma que tanto ha combatido y despreciado, que es lo que me temo, el castellano/español, todo resultaría, además de cómico, despreciable. Un auténtico sarcasmo y un claro ejemplo, dejando al margen el único objetivo claro de un político - el medrar donde sea y como sea – de la inmoral pasta que están hechos estos personajillos que beben en las fuentes de los nacionalismos.
Porque permítanme que dude seriamente de que el euskera le sirva para algo más que para ser tomado por un original personaje venido Dios sabe de qué latitudes lejanas, allá por la Patagonia.
Y es que la realidad de los hechos es inexorable a la hora de confirmarse una verdad, por mucho que esta se discuta, en aras de unos intereses partidistas y bastardos.
El acervo popular, sobrado en experiencias y generoso en expresiones ya lo recoge sabiamente: “quien al cielo escupe, en su cara repercute”.

Felipe Cantos.
Escritor.















17 septiembre 2007

El genuino talante de Zapatero y Chávez: La Educación para la Ciudadanía.


No se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna. Mahatma Gandhi.

Si les soy sincero, había pensado mantenerme al margen de la polémica sobre la nueva -¿nueva?- asignatura que, si Dios no lo remedia, tomará cuerpo en las aulas españolas este curso que se inicia: Educación para la Ciudadanía.
Puedo asegurarles que no se trataba de una decisión determinada por la falta de iniciativa, o porque el “asunto” no me preocupara. Me preocupaba, y me preocupa. Y ello, pese a que resido, desde hace décadas, fuera de España y mis hijos, por fortuna, no se encuentran bajo la nefasta influencia de los sectarios gobernantes actuales: el señor Zapatero y sus incondicionales nacionalistas, más la recua residual de una izquierda en estado terminal.
Entendía, más bien, que tratándose de un asunto puramente académico, aunque con claros efectos perversamente devastadores sobre la formación de las nuevas generaciones españolas, habría, y de hecho hay, voces mucho más autorizadas que la mía. Después de todo, yo no soy más que un “humilde” escritor alejado de las aulas y los claustros de los profesores.
Sin embargo, hace escasos días cayó en mis manos un adelanto del contenido de la signatura, plasmado en un libro editado por mi inolvidable y viejo “amigo” Ramón Akal: Educación para la ciudadanía: Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho, es su título.
Les aseguro que creía haber visto casi todo en este mundo de los despropósitos. Pero está claro que ese “casi”, al que tanto apelamos cuando deseamos dejar una incertidumbre en el aire, a poco que te lo propongas dejará de ser “casi” para convertirse en una evidencia indiscutible.
El libro, imagino que como los de las demás editoriales que hayan basado su contenido en los parámetros marcados por el gobierno Zapatero, no tiene desperdicio. Su contenido, lejos de ser simplemente formativo y equilibradamente neutro - no mantiene las mínimas normas elementales que se presumen deben contener los libros de enseñanza - se nos revela como una sarta de disparates y ataques directos contra personas fácilmente identificables, en algunos casos aún vivas, y contra todo lo que no sean las perversas ideas surgidas de una izquierda plenamente devorada por la más rancia de las ideologías.
Aunque imagino que la intención de sus creadores era la de ser mínimamente sibilinos, intentando moldear las inteligencias con pretendidos mensajes subliminales, la realidad es que se ve perfectamente que la asignatura no tiene como objetivo la enseñanza y formación de las nuevas generaciones, y si un burdo adoctrinamiento.
Pero aún peor. El libro, conscientemente alejado de los diversos temas que deberían ser desarrollados en una abierta reflexión por todos y cada uno de los alumnos implicados, se ocupa directamente de “mascar” cada uno de los temas y entregarlos a los alumnos, en un lenguaje, en ocasiones soez y ofensivo, plenamente digeridos.
En muchos de sus contenidos uno tiene la sensación de encontrarse el más puro estilo periodístico en el que la información - y la formación – queda al margen, dando paso al más grosero de los adoctrinamientos, recordando las practicas habituales del Grupo Prisa que, por desgracia, tan buen resultado les ha dado con un importante y numeroso sector de la ciudadanía española.
Es lo mismo que hablemos de capitalismo, de religión, de sociedad, de bienestar, de comunicación, o cualquier otro tema. Todos ellos son expuestos, no para su reflexión, sino, como decía antes, dirigido directamente contra quienes no están en la misma línea de pensamiento. Incluso con ataques directos a determinadas personas conocidas por su clara oposición al gobierno del “señor” Zapatero.
Resultaría cómico, sino fuera por su gravedad, que terminaran “inmortalizando” en libros de texto a quienes son más que odiados por el régimen actual.
De manera que a la vista de cómo se van desarrollando los acontecimientos uno comienza a estar verdaderamente preocupado. Especialmente si tenemos en cuenta las fuentes ideológicas de las que el “señor” Zapatero ha bebido y, lamentablemente, continúa bebiendo. Las influencias de sus amistades, algunas peligrosas, como el venezolano Chávez, el “jovencísimo” Castro, o el estrábico Kirchner; y otras no menos peligrosas además de bobaliconas como “el” Evo Morales, nos hacen desconfiar seriamente de sus intenciones.
La nueva asignatura, “Educación para la Ciudadanía”, además de un repugnante panfleto, contra todo aquello que no es de su “cuerda”, bien podría ser el inicio del camino tomado por el dictador Hugo Chávez, quien en una decisión sin precedentes, ni tan siquiera en los regímenes dictatoriales más execrables, está tratando de imponer unas leyes en su país que le permitan disponer a su antojo de la juventud e, incluso, de los niños venezolanos.
En la redacción del artículo 3 de la nueva “Ley de Educación” – curiosa coincidencia con “nuestra” Educación para la Ciudadanía – viene a decir lo siguiente: “A partir de la vigencia de la presente ley, la patria potestad de las personas menores de veinte años de edad será ejercida por el Estado, a través de las personas u organizaciones en las que este delegue facultades”.
Por si esto no fuera terrorífico, el artículo 4 de esta misma ley viene a decir lo siguiente: “Todo menor de edad permanecerá al cuidado de sus padres hasta tanto cumpla la edad de tres años, pasados los cuales deberá ser confiado para su educación física y mental, así como para Capacidad Cívica a la Organización de Círculos Infantiles, organismo que por esta ley queda facultado para disponer la guardia y cuidado de la persona y el ejercicio de patria potestad de los menores”. Y continúa. “La organización de Círculos Infantiles dictará las predicciones necesarias para que todo menor de edad, comprendido entre los tres y los diez años, permanezca en el Estado donde residen los padres, procurando que sea tenido en el domicilio de los mismos al menos dos días al mes, para que no pierdan contacto con el núcleo familiar. Pasados los diez años todo menor podrá ser asignado, para su instrucción, cultura y capacitación cívica, al lugar que más apropiado sea para ellos, tomando en cuenta los más altos intereses de la nación. Al Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Creación corresponderá hacer todas las previsiones encaminadas al mejor desarrollo físico y deportivo de los menores de edad tutelados por la Organización de Círculos Infantiles”.
No, no crean que lo que han leído es una invención de este autor. Ni tan siquiera un borrador de lo que pudiera ser un inconcebible proyecto. Las actas han sido ya presentadas en la Asamblea Nacional del Congreso Venezolano para su votación y aprobación.
Comprenderán ahora las razones de mi inquietud. Ante los desatinos pergeñados por el ínclito señor Presidente del - ahora si, de cara a las elecciones - Estado Español, entre otros, negociar con terroristas; descuartizar España en una innoble cesión ante los nacionalistas más radicales, y otras “perlas similares”, nuestra desconfianza es, más que razonable, obligada.
Si, además, tenemos en cuenta las “entrañables relaciones” que mantienen, de manera personal, ambos mandatarios, de España y Venezuela, llegarán a la conclusión de que, con el señor Zapatero todo es posible.
En cuanto a Ramoncito Akal, con quien inicié mis andaduras editoriales hace más de treinta y cinco años, sólo decirle que ahora comprendo como es posible salvar e incluso progresar, desde la perspectiva económica, una actividad cultural – específicamente la edición - a la que en condiciones “normales” de mercado les está, casi, vetado obtener beneficios. A la sombra del poder, aunque se pierda la dignidad, todo es posible. Tal vez debería aplicarse la máxima de Otto von Bismark: La libertad es un lujo que no todos pueden permitirse.
No dejaré pasar la oportunidad de desmentir a cuantos voceros gubernamentales insisten, una y otra vez, en vendernos las bondades de la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía.
En contra de lo que algunos sostienen, para avalar sus afirmaciones, es rigurosamente falso que en los colegios de otros países europeos se imparta materia alguna semejante.
Conozco de primera mano las Escuelas Europeas, buque insignia de los colegios en Europa por su directa vinculación con las Instituciones Europeas, y puedo asegurarles que jamás se ha impartido, ni se imparte en ellas asignatura alguna que pudiera asemejarse, ni por casualidad, al retorcido bodrio que han parido los socialistas españoles.

Felipe Cantos, escritor.

13 septiembre 2007

El Hiyab – pañuelo - musulmán: ¿la nueva seña identitaria del radicalismo islámico?


Los fanatismos que más debemos temer son aquellos que pueden confundirse con la tolerancia. Fernando Arrabal.

Vaya por delante mi más absoluto respeto por cuantas formas - siempre decorosas, se entiende – decide poner sobre su desnudo cuerpo cualquier ser humano. No es posible, ni de recibo, condicionar los gustos e, incluso, las costumbres de nadie por razones tan ingenuas como el hecho de que pueda incomodarnos su simple contemplación. Especialmente si esa negativa actitud nos viene dada por un cúmulo de prejuicios siempre mal aprendidos.
De un tiempo a esta parte he visto crecer la polémica, hasta desbordarse, sobre el uso, en imparable aumento, del velo o pañuelo islámico, más conocido como “Hiyab”.
Si no fuera por la gravedad que parece entrañar las mil y una interpretaciones que de tal uso se desprende, tanto para quienes lo usan, como para quienes lo critican, la situación no pasaría de ser parte de una cómica escena costumbrista de los Hermanos Quintero o, si me apuran, de una escena al uso de cualquier novela de Jardiel Poncela.
Pero, desgraciadamente no es así. Tan, en principio, simple prenda, esta comenzando a convertirse “de facto” en un arma arrojadiza de consecuencias imprevisibles. Bajo su tacto, en algunos casos de suave seda y diseño vanguardista y personalizado, se han comenzado a cobijar radicales actitudes en defensa de reivindicaciones no siempre bien entendidas, ni justificadas.
Durante mucho tiempo la costumbre de cubrirse la cabeza, a veces con un simple pañuelo de mano, fue, sin más, un obligado gesto de respeto a determinados momentos de significado religioso. Esta acción, realizada mayoritariamente por la mujer, también tuvo su expresión en el hombre. Y puedo asegurar que salvo en aquellos casos de una excesiva religiosidad, la mayor parte de los que así lo hacían, obligados por las circunstancias, estaban esperando el momento más oportuno para librarse de tan “incómoda” prenda.
Es importante hacernos la siguiente reflexión. De las tres religiones monoteístas salvo en la arraigada costumbre judía, donde la pequeña “kipá” ha llegado, en el hombre, a convertirse casi en una obligada prenda de vestir a diario y en cualquier momento, combinándose en ocasiones con un elegante traje de Armani, el velo católico, o el Hiyab musulmán habían llegado a desaparecer de manera casi absoluta; salvo en poblaciones rurales, o en las poblaciones musulmanas donde la evolución hacia cualquier manifestación prooccidental ha sido abortada por sus radicales dirigentes.
De manera que parece evidente y hasta comprensible, al menos en lo que conocemos como Occidente, que el resurgimiento de la tan traída prenda - el Hiyab - se debe más a un posicionamiento étnico y social - yo me atrevería a decir que también político – que religioso. Es una clara reivindicación de unas señas identitarias, aparentemente perdidas. Tal vez porque, pese a no ser conscientes las generaciones anteriores del riesgo o, incluso, del deseo de perder su identidad, tampoco nunca tomaron la verdadera decisión de fundirlas con el nuevo medio al que por determinadas circunstancias se vieron abocados a llegar.
Sin embargo no dejaré de manifestar mi contrariedad y mi más rotunda oposición al uso que de la prenda se está comenzando a hacer por parte de la juventud musulmana afincada en Occidente. Es sumamente difícil creer que bajo la “protección” del Hiyab se recuperen y vuelvan a surgir ancestrales creencias religiosas largamente perdidas. La fe no se encuentra ni en un pañuelo, ni bajo un pañuelo.
Dejando a un lado cuestiones estéticas, que el pañuelo generalmente perjudica, por lo que sorprende y hace poco creíble la enconada defensa de su uso por las adolescentes musulmanas – mujeres al fin y al cabo - , más bien parece, como decía antes, una manera de encontrar la salida a una falta de identidad: “Para mí, el Hiyab es un regalo de Allah. Me da la oportunidad de acercarme a Allah y también me permite identificarme y ser reconocida como musulmana”; “Ellas son representantes del Islam y de los musulmanes. A cualquier lado que van, tanto musulmanes como no musulmanes las reconocen como seguidoras del Islam”; “En esta vida, no podría pensar en algo mejor que ser musulmana, y el Hiyab es un signo que me lo recuerda permanentemente”; “Saber que Allah me encuentra bella – con el Hiyab - es lo que me hace sentir bien”.
Estas son algunas frases, extraídas de un periódico musulmán, publicado en Occidente, pronunciadas, dicen, por varias adolescentes musulmanas, residentes igualmente en Occidente, en segundas y terceras generaciones,. Aunque cuesta trabajo creerlo, pues más bien parecen frases estereotipadas sacadas de monjas, o religiosas ancladas en siglos pasados, bien pudiera ser que en ellas anide de manera encubierta ese fanatismo religioso que tanto nos preocupa.
Se nos dice, no sin cierta sorpresa por nuestra parte, que “era de esperar que la generación de sus hijas, las jóvenes de hoy, frente a la fascinación de sus padres por la cultura occidental y el desprecio marcado de Occidente hacia el Islam, decidan emprender una búsqueda para conocer su religión y al mismo tiempo su identidad que, por las relaciones e influencias, no formaba parte ni de Oriente ni de Occidente”.
Pero cuesta trabajo aceptar semejante argumentación. Si tenemos en cuenta que, por lo general, los estratos sociales de estas generaciones de nuevos y “fervientes” islamistas, salvo excepcionales casos, proceden de los niveles más bajos de la sociedad, tanto en lo económico, como en lo intelectual y académico, llegaremos a la conclusión que lejos de ser oposición directa a sus padres, se nutren básicamente de ellos.
Además, resulta sorprendente que pese a la “fascinación occidental” que dicen haber abducido a los padres, uno aún pueda contemplar con horror, por ejemplo, como ante los efectos de una desgracia o una catástrofe las manifestaciones de dolor de “esa vieja generación” musulmana se conviertan en un concierto de estridentes gritos, acompañados de un deprimente espectáculo de autolesiones a base de golpetazos y fuertes palmadas, más cercano a ancestrales costumbres no superadas que la “odiosa” modernidad impuesta por Occidente.
Resulta difícil aceptar que después de decenas de años e imbuidos de pleno en sociedades abiertamente plurales, pueda haberles surgido de lo más profundo de su ser ancestrales deseos identitarios. Incluso superando a los de sus generaciones anteriores. Es un fenómeno social de difícil comprensión y más compleja explicación.
Yo no tengo duda alguna de que esas jóvenes, que han adoptado de manera beligerante el uso de el Hiyab, teóricamente occidentalizadas y que comienzan a ser legión, han buscado en el uso de la prenda más que una identidad la identificación con una personalidad perdida o, tal vez, nunca ostentada.
Más bien parece que a falta de otras posibilidades trataran de hacerse visibles en esta compleja e insolidaria sociedad, reafirmando su personalidad con elementos externos de dudoso acierto. Ya saben, aquello de: “que hablen de mí aunque sea mal”.
Lo preocupante es la lectura que hacen los radicales islamistas del uso del Hiyab. Parecen querer hacer confluir en él todas las milenarias reivindicaciones, nunca suficientemente bien justificadas, de Oriente a Occidente.
Lo cierto es que han conseguido convertir lo que era una simpática y agradable prenda en una bandera reivindicativa. Hasta la simpática doña Rogelia lo lleva y nunca fue sospechosa de islamismo radical alguno. El peligro no esta en el pañuelo – Hiyab - sino en las ideas e intenciones que bajo él puedan cobijarse.

Felipe Cantos, escritor.






16 junio 2007

La inspiración detrás de los cristales.



La inspiración es la hipótesis que reduce al autor al papel del observador. Paúl Valery.

Como casi todas las tardes de estos últimos años, desde que me instalara definitivamente en Bruselas, me encuentro en mi estudio, situado en la cuarta planta de la casa. Hoy parece un día para malos presagios.
Si bien este amaneciera soleado, en escasos minutos se ha tornado de un gris tan pesado que consigue agobiarme. Es la misma “panza de burro” que en ocasiones impide al sol de las islas Canarias extender su luz y ejercer de astro rey.
La pertinaz lluvia golpea con fuerza los cristales, casi con rabia. Como si se tratara de alguien que deseando entrar no se le permitiera. No me atrevo a mantener la mirada hacia el exterior. El agua de la lluvia, al deslizarse sobre los castigados cristales, dibuja sobre ellos horribles caras que incitadas por los constantes relámpagos consiguen intimidarme.
Debo confesarles que el estado de ánimo que anida en mí, nada optimista, seguramente tiene mucho que ver con el hecho de llevar algún tiempo sin ser capaz de crear ningún texto, ninguna página que pudiera resistir el más elemental análisis literario.
He intentado alejarme de la vida cotidiana, refugiarme en mi trabajo. Pero no es posible. El ritmo que me he (ha sido) impuesto no lo permite. He realizado grandes esfuerzos en franca lucha conmigo mismo, intentando sobreponerme. Me he dicho de todo. He recorrido las interioridades de mi ordenador en busca de cualquier texto, de cualquier palabra que me iluminara. Con mi memoria he repasado todo en mi interior, y con mi vista, el exterior que me rodea. Pero ni aún así: ha sido inútil.
Tengo la sensación de que algo ha huido de mí, para refugiarse en cualquier lugar de esta enorme casona. Lo sé. Sé perfectamente que no ha salido de ella. Que se encuentra jugando conmigo, evitando cualquier contacto que le obligue a entrar de nuevo en mí.
Yo no he creído jamás en eso que, desde la noche de los tiempos, los artistas dieron en llamar “la inspiración”. Siempre he mantenido que si existiera tal “dama”, lo más probable es que su aportación a cualquier apreciable texto, o acto de creación, no sobrepasaría el cinco por ciento en el conjunto total de la obra realizada. Que no es más que ese reflejo momentáneo, esa luz que se enciende por unos instantes ante nosotros, o en nuestro interior, provocada por una circunstancial imagen, o un momentáneo recuerdo. Incluso, si no tomas nota inmediata, difícilmente volverá a repetirse. De manera que, me guste o no, el otro noventa y cinco por ciento he de aportarlo yo. Pero, ¿cómo?
Decido sentarme frente al ordenador tratando de exprimir mi cerebro. Probablemente, él, el ordenador, sea en gran medida el responsable de la huida del escurridizo “duende de la creación”. Hasta hace algunos meses, siempre había utilizado la pluma como instrumento esencial para escribir mis textos. Jamás había permitido que lapicero o bolígrafo alguno profanara mi santuario, a la hora de plasmar, con mayor o menor fortuna, mis textos. El tacto entre los dedos y la cadencia de su recorrido sobre el papel, conjuntamente con el susurrante sonido al deslizarse sobre él, se habían convertido en los “duendes” de mi creación literaria que hacían innecesaria cualquier otra colaboración externa.
Pero ahora, ese instrumento ha conseguido hacerme la vida “tan fácil” que no puedo desprenderme de su diabólico efecto y vago por mi estudio en busca de los mágicos elementos que me han permitido, durante más de veinte años, atrapar entre el papel y la sangrante pluma el cuerpo intangible de mis personajes.
He de hacerme eco de las palabras, más que sonidos, que provocan mis pasos al desplazarme sobre el centenario suelo de madera de la casona. Algunos son como mis propios lamentos, en una insólita solidaridad por tranquilizar mi conciencia. Otros, algo más suaves, evocadores de tiempos anteriores. Los hay que me incitan a pensar las historias que podría contar y que no soy capaz de hilvanar. Los demás, los más numerosos, son simplemente ruidos estridentes que consiguen descentrarme y alejarme de mi objetivo.
Me empeño en culparme de haber prestado demasiada atención a acontecimientos coyunturales, esencialmente políticos, ajenos a mi vocación de escritor y alejados por demás de mis intereses intelectuales.
Aún así, aprovecho el frágil momento para lamerme mis propias heridas y, autoexculpándome, me concedo las necesarias indulgencias, como no podría ser de otra manera. Si bien puede ser fácil encontrar puntos de referencia para desarrollar una obra, no será tan fácil conseguir que esta tome forma.
El mundo literario puede ser, en la mente del autor, como una tela de araña. Te atrapara y apoyado sobre ella podrás sentir que los caminos, como los hilos de la tela, son numerosos, pero difícil de decidir por cual irse, para escapar de la trampa.
En mi paseo sin destino he llegado hasta el cuarto de baño. Allí, sentado frente a la pared recubierta por atractivos azulejos de un suave tono sepia, consigo recuperar parte de la tranquilidad perdida.
Durante un largo rato he permanecido observando las imágenes que forman los caprichosos trazos que en el proceso de cocción han dado vida los diversos colores. De nuevo descubro que, con algo de imaginación, entre otras múltiples figuras, vuelvo a ver caras sobre el muro de cerámica. Creo reconocerlas. Parecen como si las mismas que minutos antes dibujara la lluvia sobre los cristales hubieran logrado conseguir, en el baño, su malogrado objetivo de alcanzar el interior de mi estudio. Ahora parecen más calmadas en su desesperación.
Decido no lamentarme más y ponerme manos a la obra. Varias son las alternativas, pero todas sin excepción dependerán de que esas caras que ahora se encuentran sobre el muro de cerámica y antes golpearan con desesperación la ventana de mi estudio, consigan por fin introducirse en mi cerebro para dar forma y vida a los personajes que se convertirán en protagonistas de algún futuro relato.
No sé si lo conseguiré. Pero de lo que no tengo duda es de la locura que parece estar dominando todo mi universo creativo. Por lo pronto, seguiré vigilante, a la espera de que las desconcertantes caras tomen la iniciativa.
Ya se enterarán si se produce el milagro de convertir gotas de lluvia en personajes reconocibles.

Felipe Cantos, escritor.