24 marzo 2010

¿Por que lo toleramos?


La tolerancia es la virtud del débil. Donatien Alphonse François, Marques de Sade.

El nivel de la casta política en general y de la española en particular ha alcanzado tal grado de denigración que no cabe otra alternativa que preguntarse por qué toleramos semejante situación.
Es muy difícil entender por qué una sociedad que presume de haber alcanzado la madurez democrática, permite a quienes deberían sentirse, cuanto menos, honrados de haber sido elegidos como representantes de esta, lejos de servirla, servirse de ella.
¿Por qué toleramos que quienes tienen el sacrosanto deber de administrar serenamente el poder que se les otorga, poniendo orden y concierto en la sociedad que les ha elegido, sean los primeros en incumplir las reglas de juego?
¿Por qué toleramos que apenas alcanzan el poder lo primero que hacen es cubrirse de privilegios y prebendas en cantidades y volúmenes que jamás obtendrían desarrollando un trabajo honrado?
¿Por qué no reaccionamos frente a la grotesca manera de protegerse, incluso ante la administración de justicia, preparando leyes que les hacen, prácticamente, intocables – incluido el personaje que representa las más altas instancias – valiéndose de artimañas y subterfugios como, entre otros, los famosos suplicatorios o, verbigracia, apelando a una intangible responsabilidad política que a nada conduce finalmente; en vez de, como cualquier ciudadano, respondan clara y directamente ante los tribunales por sus, entre otras, descaradas malversaciones, despreciables tráficos de influencias, múltiples estafas y un sin fin de variados delitos recogidos plenamente en el código penal?
En cuantas ocasiones, politiquillos de tres al cuarto, impresentables personajes de la política, en algunos casos de dudosa reputación, sino claramente delincuentes, cuyo escaso nivel intelectual ha sido obtenido exclusivamente a través de sus cargos políticos, nos obligan, apoyándose en sus “gorilas”, a cederles el sitio en cualquier situación normal, como pueda ser un ascensor, en el trafico, en un espectáculo y otros lugares similares.
¿Por qué hemos de tolerar que quienes son elegidos para servir a la comunidad, y les pagamos por ello, lejos de cumplir con su obligación de una manera sencilla y cordial, pretenden que se les rinda pleitesía, obligándonos a apartarnos como apestados en cuando aparecen?
No es difícil encontrarse en las instituciones nacionales, o supranacionales, a individuos como el mismísimo Alfredo P. Rubalcaba - y otros de igual o peor calaña - cuyo pobre y mediocre aspecto provocaría sino la desconfianza cuanto menos la hilaridad, arrollando a su paso, junto con sus matones oficiales, a cuanto ciudadano se cruza en su camino, incluso condicionando y bloqueando la subida o bajada de un ascensor, hasta que el "señor" se encuentre en el lugar al que se dirige.
¿Por qué cuando gastan, despilfarran, dilapidan el dinero del contribuyente, del que gran parte va a sus bolsillos de manera directa, jamás tienen responsabilidad alguna, ni civil ni penal, como sería el caso de cualquier administrador del mas pequeño ente empresarial, o familiar?
¿Por qué les toleramos utilizar nuestros impuestos para favorecer a aquellas minorías que les permitirán de una forma desvergonzada mantenerse en el poder todo el tiempo posible, realizando componendas y operaciones que, en demasiadas ocasiones, rayan en el lícito penal?
¿Por qué cuando hablan de situaciones críticas, o de realizar cualquier reforma fiscal o administrativa, incluso aceptando que pueda ser necesaria – como planes de empleo, desempleo, jubilaciones y otros - siempre acaban afectando estas de una manera negativa al ciudadano común, y jamás a ellos mismos; además de, con el descaro más absoluto, burlarse del ciudadano aumentándose las cuotas, que pagamos nosotros, y acortando los plazos para recibir los beneficios, en una clara ventaja, mínima, de diez a uno sobre el contribuyente?
¿Por qué toleramos, una y otra vez, que de manera tan grosera se nos tome el pelo con historias “para no dormir” como la capa de ozono, el calentamiento global y otras demostradas sandeces, incluida las histéricas sobre la salud, como la última “hazaña” de la gripe A, si todas y cada una de ellas van encaminadas a la obtención de pingues beneficios?
¿Por qué toleramos que nos manipulen de manera tan descarada, creando “instituciones” políticas, que lejos de cumplir un fin social se convierten en máquinas de obtener votos, sin que el ciudadano tenga siquiera la mínima posibilidad de acercamiento ni control, salvo que se declare incondicional de la “secta”?
¿Por qué toleramos que gentes con una formación tan deficiente que a duras penas lograría ser ordenanza en cualquier entidad de cierto nivel, e incapaz de poner orden en sus propias vidas y familias - Zapatero y las góticas - se conviertan de facto en dirigentes y administradores de nuestra vidas y haciendas?
¿Por qué toleramos que frente a las evidencias palpables de grandes patrimonios de decenas de millones de euros, se permitan el lujo de realizar declaraciones públicas, o frente a Hacienda, de unos cuantos cientos o miles de euros?
¿Por qué toleramos, pese a las claras demostraciones de una gestión catastrófica y perversa, sino delictiva, que determinados impresentables continúen en el poder, por el “simple hecho” de haber sido equivocadamente elegidos en su momento.
¿Qué clase de adormidera nos han suministrado, o nos están suministrando que lo que sería imposible de entender en el entorno de una sociedad de personas apolíticas, escandalizando al más indolente de los pasotas, sea visto como algo normal cuando se trata de esta casta, de estos sujetos aferrados al poder de manera tan visceral?
No hay duda alguna que entre las dictaduras por golpes de estados y las que se producen por la “dictadura del voto” hay, en principio, enorme diferencia teóricas, innecesarias de explicar. Pero cuando esta última – la del voto - se convierte un problema enquistado, en el que el ciudadano no tiene posibilidad alguna de defensa, estas llegan a asemejarse de tal manera que resulta difícil de diferenciarlas.
Al fin y a la postre, todas y cada una de ellas tienen sus adeptos y sus detractores. No son menos ni mejores los incondicionales obligados, los beneficiados por un régimen de paniaguados y pesebreros, como el creado por el “régimen” de Zapatero; que los que en cada momento de la historia sostienen, apoyan y jalean regímenes dictatoriales como, por ejemplo, los Castro en Cuba, los Chaves en Venezuela, y otros más de tristes recuerdos.
Puede, en el caso de la “dictadura del voto”, que los políticos afectados precisen más temprano que tarde un juez o, incluso, un confesor. Pero nosotros, los votantes, sin duda que preciamos con toda urgencia un psiquiatra. De otro modo no se entiende nuestro comportamiento.
En cualquiera de los casos, la pregunta final y repetitiva hasta la saciedad es ¿por qué lo toleramos?

Felipe Cantos, escritor.


12 marzo 2010

El clan de la ceja y sus “intelectuales de pacotilla”.


La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad… Ramón María del Valle-Inclán.

¿Por qué aceptamos e, incluso, consideramos como intelectuales a quienes abierta, constante y conscientemente infringen las más elementales normas de decencia intelectual?
Las declaraciones sobre la muerte del disidente cubano Orlando Zapata, realizadas por el actor a tiempo parcial y payaso el resto, Willy Toledo, avaladas - ¡faltaría más! - por el clan de la ceja que capitanea con indiscutible estilo fashion el sempiterno muso de la progresía, “Miguelito” Bosé, y de las que con facilidad podría desprenderse que ha sido merecida, ponen al descubierto la calaña de este sujeto y el de la secta que lo cobija.
En multitud de ocasiones me he preguntado dónde está la gracia de personajes como estos cuando de actuar se trata. Ahora, en la interpretación de su mejor personaje - él mismo – descubrimos que tiene aun menos gracia que la que dudamos en concederle en sus trabajos como presumible actor.
Cuestionarse simplemente la autenticidad de las razones que han llevado a la muerte a Orlando Zapata es de una miseria tan grande que ni él mismo – Willy Toledo - sería capaz de expresar en iguales términos, si se hubiera tratado de un asesino múltiple, convicto y confeso, encerrado en el corredor de la muerte de cualquier cárcel.
Su incomprensible sectarismo, de una falta de rigor inadmisible y despreciable, lo colocan, por méritos propios, junto con su secta, en un lugar privilegiado del ranking de las infamias.
Hace algún tiempo, en esta misma sección publicaba otro artículo en el que me preguntaba como era posible que compositores y cantantes con la sensibilidad a flor de piel – a la que indudablemente hemos de concederle grandes dosis de inteligencia - como por ejemplo, Víctor Manuel o el mismísimo Joan Manuel Serrat, capaces de crear composiciones como las suyas, podían dejarse enmarcar junto a gente tan zafia como el tal Willy, o de una pretendida originalidad a todas luces incomprensible como la del ínclito Miguel Bosé.
Aun sin respuesta, pero en la certeza de que, en el caso de estos sujetos, el alma y su alter ego, el corazón, no entiende de razones del hígado, y de manera especial del bolsillo, hoy me ratifico en mi pregunta. No hay ideología ni inteligencia, salvo por razones crematísticas, que justifique las aberraciones que estos individuos defienden.
Por ello, convencido de que de poco o nada serviría insistirles en lo lamentable de su error, no cabe más que felicitarles.
Felicidades Willy, “Miguelito” y compañia. No cabe duda que a fuerza de autoconvenceros, sabe Dios por qué obscenos intereses - o sí -, sin documentación ni argumentación que lo justifique, es posible mantenerse en la más miserable y falsa de las posiciones.
La pena y con toda seguridad la pregunta que cualquier persona en su sano juicio se hace, o debería hacerse, es por qué ante personajes de esta calaña aún existen seguidores, en su jerga “fans”, que los apoyan y siguen, sin importarles lo que todos y cada uno de ellos representan en la sociedad como “personas”.
Puedo entender que sus cerebros no den para más. Pero, ¿sus estómagos tampoco?

Felipe Cantos, escritor.

05 marzo 2010

Pasen y vean, señores… pasen y vean.



No existe nada que impida más ver la realidad y ciegue más la mente - y la vista - que un sectarismo fanático.

Bajo la impresionante carpa que da cobijo a las tres pistas, el espectáculo comienza con la más clásica de las ceremonias. El vendedor de ilusiones, incansable charlatán, se esfuerza por hacer llegar su voz a la multitud en un intento de recuperar su atención.
Tres fuertes haces de luces provenientes, naturalmente, de la parte superior izquierda, caen sobre el personaje dándole un aspecto casi sobrenatural y resaltando de manera extraordinaria el fuerte color, cómo no, rojo, emanado del aparatoso sombrero de copa que cubre su cabeza. El tronco y sus piernas, hasta la parte inferior de sus muslos, son cubiertos por una casaca tres cuartos, también, cómo no, de un llamativo color rojo. Su deformada figura, que recuerda a un alto y desgarbado Nosferatu a punto de introducirse a la puesta de sol en el ataúd, queda nítidamente definida por unas espectaculares botas de campaña en las que se pierde un negro y bien planchado pantalón bombacho.
El sujeto en cuestión no desentonaría del resto de estrafalarios personajes – piernas-largas, payasos, cabezudos y similares - que como sombras pululan por las pistas, completando la imagen ferial. Pero un detalle en él, llama la atención de los espectadores: las aparatosas cejas que en un inconfundible y exagerado acento circunflejo adornan y protegen de la luz dos ojos de un muertecino color azul.
Pasen y vean, pasen y vean, insiste una y otra vez, quizá consciente del escaso interés que parece ya despertar en el respetable.
Atrapados por la insistencia del encorvado personaje y seducidos por la curiosidad, aquella que mató al gato, algunos deciden finalmente traspasar las lindes de la enigmática puerta, no sin antes pagar un alto peaje por ello. "Espero que merezca la pena", se escucha decir. "No le quepa la menor duda, caballero", les espeta la engolada voz el ínclito charlatán, escondiendo una sibilina, casi siniestra, sonrisa.
Tras caminar unos segundos en la más profunda oscuridad, los atrevidos curiosos desembocan en el interior de una tienda instalada en la primera de las pistas de la gigantesca carpa, en cuya parte superior del marco de la puerta puede leerse "Sala de los honores".
En un momento de indecisión, sienten sobre sus espaldas la presión de una huesuda mano que les introduce definitivamente en el interior de la tienda. Es el vendedor de ilusiones, el charlatán – rojo - ambulante, con su inconfundible sombrero y su impecable casaca. "Esto que ustedes verán, lo he logrado yo solito. Sin apenas ayuda de nadie". "Bueno, si he de ser sincero, continúa, más bien con la apatía, el desinterés y la indolencia de gran parte de los espectadores y la mayoría de mis colegas. "Pero, bueno, casi mejor, pretendió sentenciar. Ya conocen aquello de que si no colaboran, cuanto menos que no estorben".
Incapaces de reaccionar, los atrevidos curiosos no dan crédito a la imagen que ante sus ojos se ofrece. Sobre un sofá de los conocidos como venecianos, dos figuras fácilmente identificables con Almodóvar y Mac'Namara, se afanan en demostrar las numerosas cualidades que les adornan, como dominadores del "arte de la sodomía". A su alrededor, jaleándoles, un Zerolo cualquiera capitanea una turba de enfervorecidos fans del arte de los Dionisios que, como ejército en las fiestas de moros y cristianos, desfilan en círculo alrededor de sus ídolos, profiriendo gritos entusiastas, cuales "locas" descarriadas, en la celebración del mejor día del orgullo gay, y lésbico, naturalmente.
No bien finalizada la salida del último de los curiosos del impresentable antro, cuando se deja oír una enojada voz que pretende dejar las cosas claras. "Coño, por qué demonios no le cambian el nombre y en vez de honores le llaman horrores, a la jodía sala".
Unos metros mas allá del repugnante espectáculo, en la segunda pista, la central, un numeroso grupo de, lo que parecen, machos cabríos, de retorcidos y puntiagudos cuernos, elevados sobre una construcción a medio finalizar, que vagamente recuerda a la bíblica torre de Babel, se afanan en ponerse de acuerdo expresándose en diversas lenguas que poco o nada tienen en común. En un determinado momento, en que parece que la tensión se eleva, uno de los machos cabríos parece enojarse seriamente. "Joder, a ver si nos dejamos de capulladas y hablamos en cristiano, que aquí no hay Dios que se entienda, carajo".
Los desconcertados curiosos pueden escuchar a sus espaldas la engolada voz del rojo charlatán sacamuelas tratando de instar al grupo discordante a poner paz. "Tiene razón, Montillón. Bien está lo que está bien… para el personal, claro". Su sibilina sonrisa no tiene desperdicios. "Pero, hombre, aquí, y entre nosotros…". Con un aparente gesto de picardía dibujado en su amanerada boca, invita a los estupefactos visitantes a continuar con la visita.
Desplazado el grupo hasta la tercera y última de las pistas, encuentran en ella dos tiendas de características similares a las anteriores, pero de menor tamaño. Dada la dificultad para acoger en una sola a los visitantes, estos son divididos en dos grupos de modo que cada uno de ellos pueda alternar la visita. El primero se introduce en la carpa situada a la izquierda del centro de la pista. Sobre su puerta puede leerse en caracteres árabes, Alianza de Civilizaciones. "Esto promete", se escucha murmurar. “¿Por qué?", se interesa una segunda voz. "Supongo", interviene una tercera, obligando a detenerse por un momento al grupo para volver la mirada "que es por lo que pone sobre la puerta de la otra pequeña carpa": los intereses de las minorías mayoritarias.
Apenas pasados unos minutos cuando del interior de las dos carpas se escuchan sonidos tan contradictorios que provocan el desconcierto en ambos grupos. Del primero de ellos, el de la izquierda, las palabras, desagradables por demás, logran alcanzar en algunos momentos el calificativo de blasfemias. Del segundo, las risas y risotadas que se escuchan son tan aparatosas que podría decirse, sin temor a equivocarse, que alguien, en su interior, ha perdido el juicio.
Finalmente ambos grupos vuelven a coincidir en el pequeño espacio central que separa las carpas. Estos no pueden evitar interrogarse con la mirada. "Chicos" acaba por decir uno de los integrantes del grupo de la izquierda, con evidente signos de contrariedad: "Estos es indignante. Pues no pretende que comprendamos las bondades de eso que llama Alianza de Civilizaciones, mientras ultrajan todos nuestros principios y signos de nuestra civilización. Hasta había un tío parecido al presentador ese cheposo, si, hombre, el vestido de rojo, que se dedica a descolgar crucifijos y morderlos".
Uno de los curiosos que procedía de la segunda de las carpas, la de la derecha, apenas conteniendo la risa, acabó por decir: "Pues lamento lo escuchado. Pero no te preocupes, en cuanto te introduzcas en la otra carpa te aseguro que tu risa superará sin duda a tu mal humor".
Aun sin comprender bien el mensaje recibido y con serias dudas de que pueda haber algo que convierta su claro malestar en una simple sonrisa, el malhumorado visitante se introduce en la segunda de las carpas, seguido de sus habituales acompañantes. En los escasos treinta segundos en que sus ojos han podido captar algunas de las imágenes que se exhiben en el interior y leer algunos de los textos que ilustran estas, parte de los curiosos visitantes comienzan a exhibir abiertas sonrisas que acaban por convertirse en sonoras carcajadas que, como sucediera antes, traspasan las lindes del interior de la carpa. Otros no saben bien si unirse al coro de risas, o llorar.
Sobre pequeños altillos de madera, a modo de escenarios, se exhiben sin pudor algunos "personajes" que a la sombra del ínclito presentador de rojo, a quien en algún momento alguien llamó zp, se afanan en dar vida y carácter a la futura generación de seres alienados. Entre otros, y como modelos destacados, pueden identificarse sin dificultad a Rodolfo Chiquilicuatre y su banda de “elegantes damas”; El Koala con su Corrá “pa pá”; la mini-ministra Aido con su ministerio del aborto y del clítoris. En lugar preferente los más conocidos representantes del sindicato de la ceja muestran con orgullo su eterna pancarta en la que puede leerse: "zp, hermano, te damos la mano… con talón, claro".
A la salida de la carpa, rematando la pequeña muestra exhibida en su interior, un grupo de esperpénticos personajes, difíciles de ser ubicados en ningún lugar de la jungla urbana conocida, se desgañitan interpretando una canción que, salvo uno, el más joven de los visitantes, nadie es capaz de reconocer. “Son las legiones de progres, la guardia pretoriana de ese charlatán de presentador, conocido como zp”, comenta. “Les llaman la generación nini (ni estudio, ni trabajo), cantando su principal y único éxito. Vamos, su himno, Dame pan y llámame tonto”.
Los últimos visitantes que, desolados, abandonan la gigantesca carpa que cobija, entre otros, los tres penosos espectáculos exhibidos, no pueden evitar un escalofrío ante la muestra de repugnante vulgaridad e indecencia que domina todo el interior.
En la puerta, un personaje disfrazado de juez – o no - semejante al juez Garzón, distribuye sentencias que pueden ser adaptadas al gusto del consumidor. A su lado, con su rutinario cántico, el charlatán rojo continúa vendiendo su burda mercancía: pasen y vean señores,… pasen y vean.
Uno de los visitantes, curioso por demás, no puede evitar el preguntar. Oiga, ¿zp, no? Bien, zp, ¿cómo se llama este circo?
El ínclito personaje inicia su respuesta con una desagradable sonrisa, difícil de definir, Creo que se llamaba España. Pero ahora, sentencia, definiendo su sonrisa en un gesto burlonamente macabro, no sabría decirle. Dependerá de quién y para que lo pregunte.

Felipe Cantos, escritor.

01 enero 2010

OBRAS PUBLICADAS POR EL AUTOR


El diccionario mágico. (Novela de 200 páginas. Publicado en 2007).
Es una obra dirigida a un lector juvenil, bien redactada que da protagonismo a un libro con características sobrenaturales, que transforma por completo la vida del protagonista, Sascha, que lo encuentra por casualidad y se siente atraído hacia él, a pesar de su aversión por la letra impresa. Pasar las páginas sin tocarlas, viajar a cualquier lugar y disfrutar de aventuras extraordinarias, etc., pero siempre minimizando el riesgo para evitar que sus padres tomen conciencia de lo que está sucediendo.
El primer viaje lo hace en solitario, tomando las palabras necesarias de una ubicación exacta del maravilloso diccionario. Pero tal empresa exige numerosos requisitos de imprevisibles consecuencias, normas que implican cambios relacionados con el lugar de origen y el de llegada, factores que pueden alterar el rumbo de la historia, etc. El primer intento resultó ser un sonoro fracaso… O no, porque, de repente, el sillón sobre el que está sentado nuestro protagonista, se dirige con amabilidad a él, ofreciéndose como medio de transporte allá donde Sascha quiera ir.
Además de un libro juvenil, Diccionario mágico es una novela de aventuras, de sorpresas, un recorrido minucioso por parajes con los que sólo soñamos, un retrato del valor y la adversidad. Pero todo tiene un precio, porque este libro esconde muchos más misterios de los que el lector puede entrever a priori.
Felipe Cantos consigue imprimir un ritmo adecuado a la trama que engancha desde el principio. Con una imaginación sorprendente, nos arranca de nuestro sillón con la misma facilidad que Michael Ende en su vanagloriada Historia Interminable, libro con rasgos similares a éste, aunque mejor resuelto. Es, por lo tanto, un libro dirigido a un público que degusta estos manjares donde magia, poderes mágicos, sorpresa, malos y buenos, etc., forman los ingredientes de un suculento almuerzo de letras.


Marionetas de Dios. (Novela de 400 páginas)

La dinastía Báthory, legendaria familia enraizada en los Carpatos, controla las tierras de la Rumania más conocida en el siglo XIII – Valaquia, Moldavia y Transilvania – rigiendo los destinos de sus habitantes con una sanguinaria tiranía. El culto al diablo, con ritos sangrientos, domina todas las esferas del poder, encabezado por Erzsébet Báthory – la Condesa Sangrienta – y aceptado por la práctica totalidad del resto de los integrantes de la cruel familia, a excepción de su sobrino Alessandro Báthory.Vlad Tepes, insigne guerrero e inigualable estadista, quien siglos después inspiraría, injustamente, el personaje central de la novela de Bram Stoker, Drácula, liberará a Alessandro Báthory, treinta años después, del cautiverio al que fuera sometido en el castillo de Bran (Transilvania) por la perversa Erzsébet Báthory, dando lugar al nacimiento de una nueva dinastía Báthory/Batori que recorrerá los momentos y entroncará con los personajes más significativos de la historia de Europa hasta nuestros días. Los descendientes de Alessandro Báthory, siglos después, ayudados por los poderes ocultos que controlan los hilos que mueven el mundo, conseguirán, apoyados en unas justas reclamaciones de derechos dinásticos, colocar a la Unión Europea en estado de dinamitación, y al resto de las principales potencias en situación de guerra latente, la III.Sólo la existencia de un simple documento en poder de un discreto profesor de historia, Raúl Cifuentes, protagonista involuntario, podrá detener la terrible situación que se cierne sobre el futuro de la Unión Europea, y del mundo.A través de este relato apócrifo de la historia de una dinastía europea, aunque influyente poco conocida, y apoyado en hechos y personajes reales, el autor nos adentra en los entresijos de un mundo que, trabajando desde la clandestinidad que permiten las sombras, pone al descubierto el constante peligro al que los “Juan Nadie”, o “Raúl Cifuentes”, es decir la casi totalidad de la humanidad, estamos sometidos por los “dioses” que mueven los hilos del mundo.


Esa difícil convivencia. (Novela de 208 páginas. Publicado en 2003).
Divertida parodia de las nuevas situaciones creadas a raíz del acordado cambio de rol en el seno familiar. En clave de humor, ternura e ironía el relato recoge las peripecias de Ernesto y Sophie, sólido matrimonio de clase media alta al más tradicional estilo. Él, empresario de reconocido éxito y, ella, licenciada universitaria, en dique seco, y “brillante” ama de casa, cansados de escucharse los mutuos reproches sobre las bondades de los recíprocos papeles que les ha tocado interpretar en la sociedad en la que se hallan inmersos, deciden aceptar el reto de cambiarlos.


Mar de brumas. /Más allá de la eterna paz. (Novela de 366 páginas. Publicada en 2001).

El noble anciano, más conocido como “el anciano monarca”, ha alcanzado un merecido reconocimiento como intelectual. Camino de su centenario tratará de encontrar la inspiración para la que él considera su última novela. En un vano intento de recordar su pasado, pasará revista a todo lo que ha sido su vida durante casi un siglo. Su intención es alejarse de la realización de un texto autobiográfico. Sin embargo, el “anciano monarca” no podrá evitar verse arrastrado de lleno en un extraño relato en el que se convertirá en el personaje central del mismo. Desde el primer instante en el que inicia el recorrido por las diversas etapas de su pasado, descubrirá horrorizado como este se ha convertido en una terrible nebulosa en donde se confunden la realidad y la ficción, con perturbadora facilidad.Las dificultades a las que debe enfrentarse para poder separar las distintas versiones que en la vida de todo ser humano se desarrollan a lo largo de su existencia – lo que realmente somos y lo que nos hubiera gustado ser – se convierten en un muro infranqueable para él. La confusión en la mente del “anciano monarca”es tal que no logrará separar la realidad de la ficción. Esta última, ayudada por sus deseos y sueños más arraigados en su ser se hará fuerte en su memoria, provocando con ella la aparición y el enfrentamiento de dos personajes contradictorios en sus nacimientos, pero convergentes y semejantes hasta ser confundidos físicamente.El literario relato, esta aderezado con interesantes apuntes de la historia más siniestra y misteriosa de nuestra vieja Europa y de retazos de evocadores y poéticos momentos, desarrollados en diferentes puntos del viejo continente – España, Rumanía, Italia, Rusia y Bélgica- . Con toda seguridad las situaciones en las que nos hemos encontrado muchos de nosotros, en ocasiones sin ser plenamente conscientes de ello, no se diferenciarán demasiado de las que se describen en el presente relato.


Con la venia, señoría. (Novela de 592 páginas. Publicada en 1998).

“Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno”. Esta frase, de Jorge Luis Borges, se convierte en el santo y seña de Fermín Santos, protagonista sobre el que gira esta historia, escrita sobre la base de hechos y personajes reales. El autor se adentra en la difícil tarea de encontrar respuestas a las razones que impulsan al protagonista a comportarse de manera dispar y, en ocasiones, distante de sus propias convicciones. Los eternos valores morales sobre la vida y la muerte, directamente enfrentados con valores tan materiales como la propiedad privada y las finanzas bancarias son consolidados mediante la representación del bien y del mal y encarnados, según su juego, en todos y cada uno de los personajes que deambulan, con mayor o menor fortuna, a lo largo de la novela y centrados de manera singular en dos de ellos: Yasmina y Kuya.Tres son los elementos principales que el autor maneja como base de la narración: El Amor, como indiscutible sentimiento capaz de conseguir mover y conmover al ser humano y que este realice lo que por otras motivaciones jamás sería capaz. La justicia, virtud de escaso relieve y concepto desgraciadamente abstracto y que tan fácilmente es hoy desplazado y sustituido por otros valores de intereses, aunque injustos, más deseados por el hombre. La venganza, indiscutible sensación de satisfacción, como compensación de una injusticia mal reparada. Los tres son la piedra angular que dan vida a la presente obra en la que, con toda seguridad, el lector se verá en más de una ocasión claramente reflejado.


La inJusticia en España. (Ensayo de 192 páginas. Publicado en 1996).

Se trata de un análisis pragmático, práctico y racional -no jurídico ni técnico - de la traumática situación en la que se encuentra la Administración de la Justicia Española.Esta obra, distanciándose de los espectaculares asuntos judiciales que llamaron, o llaman la atención en cada momento – Banesto; Gal; Filesa; Kio; Gescartera y otros similares – aunque importantes, escasos, racionaliza y sintetiza los graves problemas que aquejan a la Administración de Justicia en España, y perjudican de manera tan ostensible a la totalidad de los españoles, en cuatro grandes defectos: Lenta, cara, ineficaz e irresponsable. Con ella, no se pretende enseñar leyes a nadie. Pero sí ser una contundente denuncia de la caótica situación en que se encuentra; de las razones que los inspiran y de los verdaderos culpables – sus señorías: los magistrados y los jueces – que las generan y las fomentan, sin que ello, necesariamente, signifique mala fe, o prevaricación, sino, el desconocimiento más absoluto e, incluso, la estupidez. Hoy, lamentablemente en los grandes asuntos que nos afectan a todos, hay que tener muy en cuenta, incluso, la inclinación política de estos profesionales. Un juez puede arruinar de por vida a una empresa, a una familia, o a un particular con sus errores, intencionados o no, siendo su riesgo, a lo más, una llamada de atención, una anecdótica sanción y, tal vez, un tirón de oreja.

05 noviembre 2009

Las nefastas decisiones de un loco iluminado.


Quien conoce a los otros es sabio. Quien se conoce a si mismo es iluminado. Lao Tse.

En más de una ocasión he lamentado en mi vida, evacuando toda la bilis que las más bajas pasiones provocan, no poder desahogarme en procaces insultos contra aquel/aquellos merecedores de tal trato. Lamentablemente, no siempre es posible traspasar las líneas rojas marcadas por las más elementales normas de educación.
Pero, como diría un gallego: ¡Qué carallo! ¿Acaso el sujeto en cuestión, conocido popularmente como zp - más parece el apodo de un loco superhéroe de comic underground – no lleva más de cinco años tocándonos… las narices?
¿Acaso, este sujeto, carente del más mínimo bagaje cultural e indigente intelectual donde los haya, no ha traspasado sin el menor pudor y como único objetivo el aferrarse a ese poder al que, desafortunadamente, llegó en circunstancias nunca bien aclaradas? En su trayectoria como presidente del gobierno de España ha transgredido todos los límites existentes en el más elemental decálogo del buen gobernante: viola la Constitución; se pone la Justicia por montera; se burla de la Economía; negocia con terroristas; manipula la Historia; compadrea con dictadores populistas de toda calaña; se asocia con el siempre peligroso e inconformista nacionalismo; ataca los pilares de una cultura bilenaria, que si bien, como todas , no es perfecta, es en la que se hunden profundamente nuestras raíces; da pábulo a la normalización desnortada de costumbres y tendencias “sociales” cuyas prácticas deberían ser seriamente analizadas por la perniciosidad que comportan. Y, así, conformaríamos una interminable lista de despropósitos cometidos por este sujeto, desde que llegara al poder.
Su encarnizada actual batalla contra la verdad – santo y seña de su verdadera personalidad – tratando de negar, sino de desvirtuar, una crisis que en pocos meses ha arrasado la economía española, arrastrándola a cotas de drama nacional, lo convierte de facto en el personaje más deplorable que se pueda recordar en nuestra reciente historia de España: déficit público creciendo de manera imparable; desempleo aumentando hasta cotas del 25%, que ni el mismísimo Felipe González, en sus “mejores” momentos hubiera sido capaz de superar; balanza comercial desnivelada dramáticamente; producción industrial, producto interior bruto y renta “per cápita” en franca y alarmante recesión. En fin, de continuar con la relación de males aportados por el inefable zp, precisaríamos de mucho más espacio del que esta columna puede albergar.
Lo único que recomienda este escritor, convertido en improvisado columnista económico, por mor de la insostenible situación en todos los frentes de la sociedad española, es rezar para que no se cumplan los más negros pronósticos sobre nuestro país.
Pueden que resulte difícil de creer, pero existen serios riesgos de que España se vea obligada a abandonar la disciplina del Euro; lo que significaría el fulminante empeoramiento de esta, ya de por si, dramática situación. Como principio, baste señalar el calificado de “lastre” con el que, en la más altas instancia de las Instituciones Europeas, se identifica actualmente a España.
Y el problema, harto comprensible en circunstancias normales, no sería el que España, como cualquiera de las naciones pertenecientes a la Unión Europea, se encontrara en dificultades, como consecuencia de la grave crisis por la que, en general, atraviesa el resto de naciones. Es, y sería, por la declarada obstinación de un irresponsable iluminado que no tiene pudor alguno en mantenerse en “el error”, sin otro objetivo que el de perpetuarse en el poder el máximo tiempo posible.
Al inicio de este artículo les decía lo difícil que resultaba controlarse para no entrar de lleno en el terreno de las descalificaciones, sino del exabrupto y del insulto más soez. Incluso contra quienes se dejaron embaucar ¡en dos ocasiones! por este impresentable personaje de opereta macabra.
Al final, hemos de recurrir a nuestro ancestral sentido del humor, tan enquistado en el pueblo llano. De manera que aunque a los que no participamos en la elección de este sujeto para representarnos nos pueda escocer como a los demás, sólo recordarles, a quienes ¡por dos ocasiones! se dejaron engañar por él y hoy, enfangados hasta el cuello se lamentan de su suerte, que se apliquen aquellos dos adagios populares que dicen: “ajo y agua” pues “sarna con gusto no pica”.
No deseo acabar este artículo sin plantearles seriamente lo siguiente. Si un hombre es enjuiciado y sometido a cárcel por cometer un delito, en ocasiones de pequeñas proporciones o, simplemente, por dejar de pagar su hipoteca o deudas personales, debidas a su mala situación económica, incluso, como en este caso, provocadas por un tercero, ¿por qué demonios un sujeto como el aquí analizado puede salir indemne e impoluto después de haber provocado una catástrofe de dimensiones incalculables?
Lo siento, pero a mi no me sirve aquello del pago con la responsabilidad política de costumbre ¿Por qué no existe un sistema justo que permita procesar a quien, bajo su propia responsabilidad, procede de semejante manera?

Felipe Cantos, escritor.

01 octubre 2009

Por el amor de Dios, ¡era evidente!


Preocúpate de quien beba, pero, también, como decía Baudelaire, “desconfía de quien no beba, algo tiene que ocultar”.

Probablemente esta frase es una de las más grandes verdades que se puedan conocer. Cuando alguien no se siente seguro de sí mismo, o de su entorno más cercano, evitará dar facilidades y, amparándose en el silencio, tratará de ocultarlo apelando, si es necesario, al sacrosanto derecho a la intimidad. Dirá, como es natural, que está protegiendo a los suyos y su entorno.
Pero no siempre es así. La mayor parte de las ocasiones estará tratando de protegerse a sí mismo. Lo cual, en principio, es más que razonable.
Sin embargo, en el caso del señor Rodríguez Zapatero, en relación con la tan traída intimidad de “sus pequeñas”, durante años defendida a ultranza por este personaje y puesta al descubierto por las malhadadas fotografías de las jóvenes, recientemente publicadas en situación de primas hermanas de Nosferatu, nos descubre la verdad. Esa verdad que sólo la ingestión de cualquier elemento, físico o emocional, suele poner al descubierto las vergüenzas de quien pretende ocultar sus secretos más íntimos.
No tengo duda alguna, o lo que es igual, evidencia – como podría ser en el caso del alcalde de Madrid, Ruiz Gallardón – de que “nuestro querido” presidente haya sido pillado in fraganti ingiriendo producto alguno que, momentáneamente, le haya privado de la suficiente razón como para cometer errores de ese calibre.
De manera que sólo desde el lado emocional es posible comprender su grave error: su desmesurado afán de protagonismo y su enorme ambición sin cerebro, ingeridos simultáneamente en grandes dosis de endiosamiento, han conseguido, como el mejor de los vinos, que nos mostrara su verdadera personalidad, a través de sus hijas.
No seré yo quién critique el deplorable aspecto de las criaturas: sobre gustos no hay nada escrito. Aunque, eso sí, jamás permitiría, conscientemente, que ninguno de mis diez hijos me acompañara vestido de tal guisa. Asunto diferente, es la crítica que “nuestro presidente” pueda merecer.
Sabido es la “simpatía” que profeso al personaje desde que este accediera al poder en circunstancias nunca bien aclaradas. Durante años, en mis artículos y textos, he tratado de ahondar en la personalidad de este dañino sujeto. Reconozco que, hasta hoy, todas las reflexiones eran equivocadas. Sus constantes y en demasiadas ocasiones insensatas piruetas en la acción de gobierno han sido y son inconcebibles. De manera que, con suma facilidad, he pasado de considerarlo un tipo extremadamente inteligente, hasta compararlo con un cretino integral, y viceversa.
Pero ahora queda claro. Es evidente que este personaje de opereta barata es simple y llanamente un “don nadie”. Un tipo al que una incomprensible y fatídica confluencia de los astros lo situó ostentando un poder al que ni en sus mejores sueños imaginó llegar. Un personaje radical que igual se alucina con una alianza de civilizaciones indefectiblemente antagónicas, como pretende, literalmente, tomarles el pelo a terroristas de “toda la vida”, o es capaz, representando a una nación, de odiar o “enamorarse”, indistintamente, de un país, de una bandera y de un presidente – Estados Unidos - por el simple color de la ideología política de sus dirigentes. ¡Todo un estadista!
Lo que hemos visto y leído sobre las dos pequeñas, denota una ausencia de la más elemental educación. Tal vez sea eso lo que, a través de todas sus aberraciones como gobernante, “nuestro maestro y líder” haya pretendido convertir a todas las familias españolas. Pero dudo mucho, a la vista de la foto de familia, que pueda haber cundido el ejemplo.
De manera que este “insigne” personaje, producto de una casualidad -así prefiero creerlo- e incapaz, a nivel familiar, de darle a sus criaturas de 13 y 16 años la más elemental formación, ni el consejo más razonable para que puedan saber lo que significa el “don de la oportunidad”, lleva cerca de seis años intentando ser la luz, el faro que guíe los destinos de un país de 50.000.000 de personas.
Con personajes así al frente del poder sólo cabe recordar lo que decía mi sabia abuela: ¡que Dios nos pille confesaos!

Felipe Cantos, escritor.

23 septiembre 2009

Lejos de ofenderse, alguien debería explicarse.


Ninguna moral puede fundarse sobre la autoridad, ni siquiera aunque la autoridad fuera divina. Alfred Julios Ayer.

Escucho estos días un sinfín de epítetos dirigidos a nuestros más conocidos - que no significados – personajes de la vida política española.
Los he podido coleccionar de todas clases y niveles. Desde los sencillos y simples parásitos, o trepadores, pasando por los clásicos sinvergüenzas, o golfos, al que casi todos, de manera especial nuestra clase política, están tan habituados que a penas les afecta, hasta alcanzar los groseros y desafortunados, aunque probablemente bien merecidos, cabrones o gilipollas.
Lo cierto es que cualquiera de ellos, dirigido con razón, debería hacer meditar seriamente a nuestra clase dirigente, y que esta se auto impusiera la cuarentena de sus “valores morales y éticos más sólidos”. Si es que los tuviera, claro.
En el centro de la diana a la que iban dirigidos semejantes regalos auditivos, no se encontraban profesionales del delito, ni siquiera los, casi, románticos delincuentes habituales que viven de los pequeños delitos y de las pillerías, más conocidos como “pícaros”.
En ella, se dirigían los dardos contra “su serenísima majestad” Juan Carlos, Rey de España, y su no menos “serenísimo” primer ministro, Rodríguez Zapatero.
Después de calibrar, también serenamente, las consecuencias de solidarizarme con quienes así habían reaccionado, llegué a la conclusión de que lo mejor, como decía mi sabia madre, era aquello de “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”.
Soy plenamente consciente de que los pecados que se les atribuyen a ambos, con relación a su comportamiento y actitud, convertidos en sólida colaboración con cuantos “líderes populistas”, o dictadores de tercera categoría, pero siempre despreciables, nos visitan, - Evo Morales y Hugo Chaves son dos claros ejemplos - son muy graves, y que con “curas filosóficas o literarias” no vamos a impedir que, finalmente, obtengan los objetivos perseguidos.
Pero también sé que cuando alguien alcanza el nivel de cinismo que estos personajes - y otros muchos como ellos – muestran, de poco sirven los insultos, por superficiales o profundos que pretendemos que sean.
Su “majestad”, a la sazón “héroe” obligadamente querido por mor de episodios nacionales nunca bien aclarados, va desvaneciendo su figura, como aquellos personajes de la simpática película de Spilberg, Regreso al futuro, en la que a punto estuvieron de no haber existido jamás. A menos que, como en el film, en el último suspiro se produzca un acontecimiento, un gesto que anule la mutación del pasado, afectando seria y positivamente al futuro.
En cuanto a este personaje, apodado zp, más semejante a las siete plagas que el dios de los judíos envió a Egipto, que a un convencional y razonable dirigente político, poco cabe esperar de su regeneración. Como aquellas, este acabará dejando como un solar lo que hasta su llegada era una nación en evidente y continuado progreso.
Sólo nos cabe la esperanza de que Rodríguez Zapatero no tenga tiempo de concluir el ciclo completo de las plagas enunciadas en la Biblia. Aunque bien es cierto que sin necesidad de llegar a la dramática situación de acabar con nuestros primogénitos, el “excelso” personaje ya ha conseguido el incontestable mérito de condenarles a sobrevivir en busca de empleo durante décadas.

Felipe Cantos, escritor.

21 septiembre 2009

Reflexiones sobre los dóciles lectores de El País.




Somos libres cuando nuestros actos emanan de nuestra entera personalidad (…) Henri Bergson.

Décadas llevo intentando hacer ver a los incondicionales lectores de ese periódico – nos ahorraremos lo de panfleto de lujo - el indiscutible sesgo político, inefablemente hacia una izquierda extraordinariamente rentable, que anida – ¿o anidaba? – en cada una de las páginas, artículos y columnas que en el aparecían, condicionando cualquier posibilidad de imparcialidad.
Jamás en sus páginas, especialmente en las de opinión, ha sido posible, para un lector independiente, encontrar texto alguno que le permitiera obtener una opinión no condicionada por los intereses del poder y, por extensión, del propio grupo Prisa.
Pero héteme aquí - sorpresa donde las haya - que lo que parecía indisoluble, por la gracia de intereses harto inconfesables, pero conocidos por todos, se está rompiendo en mil pedazos. Los convergentes intereses de la maquinaria socialista con el grupo de comunicación creado por el fallecido Jesús de Polanco parecen haber llegado, por el momento, a su fin.
No seré yo el que oculte la enorme satisfacción que el hecho en si me produciría. Han sido demasiados años dando las noticias masticadas, casi regurgidas, de manera que un gran número de indolentes españoles, excesivo para mi gusto, abandonaran la buena costumbre de pensar por si mismo y decidieran que la verdad y lo correcto, de casi todo, se encontraba en su “Biblia” de papel prensa: El País.
Dudo mucho que ninguno de estos dóciles lectores se cuestione el cambio copernicano producido en lo más profundo del periódico de toda su vida. La adormidera se encuentra enquistada en sus cerebros.
Pero, aunque no sea más que para despertar su curiosidad, yo les preguntaría si son capaces de explicar el cambio en la línea editorial del diario - durante décadas conocido como “gubernamental” - disparando a todo lo que se mueve desde la Moncloa y, naturalmente, del resto de medios de comunicación que el grupo controla: en radio, La Ser; y en televisión, La cuatro y Canal Plus. Es tan descarado que ofende a la inteligencia.
La llamada “guerra del fútbol”, junto con la creación de un nuevo grupo mediático capitaneado por un “tal” Jaume Roures, claramente apoyado por Rodríguez Zapatero, ha sido la clave de la ruptura de una diabólica alianza que, para qué engañarnos, ha hecho tanto daño a la democracia española.
Desgraciadamente, poco bueno podemos esperar de esa nueva alianza socialista-empresarial, nacida al amparo del ínclito Rodríguez Zapatero. No creo que el nuevo “genio” de los medios de comunicación españoles, el “tal Roures”, pretenda ser muy distinto de lo que en su día lo fuera Jesús de Polanco, a la sombra del poder.
Dicen que la cara es el espejo del alma. De manera que lo que si me provoca serias dudas, viendo la imagen del “señor Roures”, es si realmente es posible que este hombre sea el cerebro de este nuevo grupo nacido, igual que el anterior, para ser la mediática correa transmisora del poder establecido.
No quisiera entrar en el terreno de las descalificaciones personales, o de la ofensa. Pero, para mí, esa cara refleja serios síntomas de una estupidez supina, muy alejada de la que se le supone a un sólido magnate - sinvergüenza o no - de los medios de comunicación. ¿Están ustedes seguros de que no hay un verdadero cerebro de toda esta operación, en la sombra? Tendría gracia que, más temprano que tarde, aparecieran ramificaciones del grupo Prisa en las entrañas de Mediapro, el grupo creado por el “tal Roures”.

Felipe Cantos, escritor.

05 junio 2009

La estéril discusión sobre la existencia de Dios.


Yo veo a Dios en cada ser humano. Madre Teresa de Calcuta.
En ocasiones tengo la sensación de que la especie humana, pese a Internet y el ipod en sus versiones más modernas, es incapaz de avanzar un ápice en su desarrollo intelectual.
Pareciera que toda la ciencia que es capaz de almacenar en sus neuronas no sirviera más que para alcanzar pragmáticos proyectos que puedan dar a su vida una única forma material, alejándose de manera inconsciente de todo aquello que, inmerso en el mundo de los sentimientos, le aporta valores, no tangibles, que condicionan su vida y por ende su feliz o desgraciada existencia. ¿Habremos de llegar a la conclusión de que no es capaz de entender la más elemental de las reglas, necesaria para su desarrollo natural?
Entre las muchas razones que provocan mi desconcierto por el anormal comportamiento de mis semejantes, hay una, más cercana a lo etéreo que a lo terrenal, que en más de una ocasión me han obligado a ocultar mi decepción tras de una no siempre bien ponderada e irónica sonrisa: es la eterna, yo diría además de estéril, polémica sobre la existencia de “Dios”. Eterna polémica probablemente encomiable y bien intencionada por parte de unos; aunque no tanto de otros, en pro de unos intereses definitivamente bastardos.
Como en toda polémica que se precie, con toda seguridad la razón se encuentra dividida. De manera que si las partes prestaran mayor atención a los puntos de encuentro que a los de desencuentro, descubrirían que, por diferentes caminos, llegarían a la misma conclusión.
En cuantas ocasiones se ha dado la oportunidad de manifestarme, he mostrado mi opinión favorable a la existencia de “Dios”. Y no porque sea un ferviente creyente y un practicante devoto de la religión, en este caso, católica. Sino porque, desde que naciera, he tenido la oportunidad de entenderla y asumirla como parte de mis raíces culturales, y no como elemento imprescindible en mi desarrollo intelectual y personal.
Independientemente del comportamiento de sus dirigentes, creo en el mensaje de cualquier iglesia, tanto en cuanto esta se cimente sobre principios de justicia e igualdad. Si los principios que maneja son tangibles y los hechos de su mensaje confirman lo positivo de su doctrina, caso de la que yo me permito juzgar, la católica, tanto mejor. Pero, igualmente, rechazo plenamente cualquier razonamiento en el que vaya implícito el mensaje de un “dios” venido del más allá, o hallado en cualquier lugar del universo.
Por ello, puedo entender a los laicos, agnósticos, descreídos, ateos y cuantos detractores deseen sumarse a esta inútil polémica, sobre la existencia, o no, del “Dios” que cada uno se ha dado. Pero negar de manera categórica que “este” exista es, cuanto menos, un despropósito intelectual.
Cuestión aparte es la forma en la que, en este caso nuestra Iglesia, se ha planteado su iniciación y su existencia. Hacerlo a través de un cuento de niños pudo ser en sus inicios razonable, pero dado los tiempos que corren y el materialismo imperante, aderezado por un relativismo atroz, no parece, desde la óptica intelectual, la forma más razonable de convencer a los que, generalmente, tienen pocas ganas de reflexionar sobre cualquier asunto que les desvíe de sus intereses más cercanos.
Es cierto que el relato de la existencia de nuestra religión, y por ende de “Dios”, a través de las Sagradas Escrituras puede ser fácilmente cuestionado. Pasajes que no pasarían de ser parte de un relato entretenido en cualquier libro, a veces infantil, son tratados en ellas como resultados de una divinidad.
Pero tratar de aprovechar la simpleza de una explicación, realizada para hacer más inteligible complejos temas, jamás justificaría la negación del todo.
Estoy de acuerdo en que el “Dios” que desde pequeños nos contaron no existe. No es más que la imagen que se nos ha materializado para hacérnoslo más cercano, más nuestro. Pero es evidente que “Dios” existe, en cualquiera de las formas o nombres que se le hayan querido, o quieran dar. En nuestro fuero interno jamás seremos capaces de negar que sobre todos nosotros existen fuerzas superiores que controlan el universo en pleno y, por extensión, el nuestro concreto.
Su fuerza, la del “Dios/Universo”, esta más allá de la negativa, casi pueril, de su existencia, basada en la desmitificación de personajes y relatos religiosos. Es más que razonable que la idea de un “dios” concebido desde la perspectiva humana, como soporte de cualquier religión, sea fácilmente rebatible. Cuestionarse los milagros de Jesús, la virginidad de María, el “misterio” del Espíritu Santo y tantos otros, puede estar bien desde la perspectiva del raciocinio más ortodoxo.
Pero en modo alguno justifica la negación de “Dios”. Porque, llamémosle como le llamemos y le demos el origen que le demos, Dios es exactamente el universo en pleno, con todos y cada uno de nosotros, vivos o muertos, en su interior, formando un todo.
Me es indiferente si deseamos atribuir estas fuerzas a un ser supremo – no es ese mi caso - que todo lo controla y al que, según las diferentes culturas, le hemos puestos variados nombres; que dejarnos convencer por los efectos de la dinámica de un universo en plena y constante búsqueda de su inevitable equilibrio. Teoría de la que, como puede desprenderse de este escrito, estoy más cerca. Cuestión aparte será el nombre que deseemos poner a ese “fenómeno”. Si es que deseamos hacerlo.
Si, además, como pretende insinuar cierta campaña recientemente lanzada en los autobuses de algunas de nuestras más importantes ciudades, que de la existencia de Dios depende que lo pases mejor o peor, no cabe duda que los inspiradores de la misma han perdido el horizonte, por no decir el juicio.
Se puede ser un ingenuo, aceptando de entrada la posibilidad de que a tu muerte, según haya sido tu comportamiento, gozarás la vida eterna, o sufrirás para siempre en las calderas de Pedro Botero.
Pero probablemente será aún más necio quien, considerándose un libre e inteligente pensador, tratara de rebatir la existencia de Dios apoyado en esas y otras premisas similares; olvidando que no se trata más que de alegorías, ejemplos que pretenden ilustrar la presunta realidad de una “existencia” más allá de nuestra vida conocida.
Aceptemos definitivamente que “Dios”, o lo que de “Él” pueda deducirse de los mensajes recibidos a través de las diversas religiones, vive y muere cada día en función de los cotidianos actos del hombre frente a sus semejantes. Ello, prescindiendo de la intervención de fanáticos e inductores religiosos o, por el contrario, de los más férreos ateos; tratando, cada uno en su caso, de asegurarnos o rebatirnos su existencia.
Felipe Cantos, escritor.

04 junio 2009

Raíces políticas.



Yo no sé si soy un estadista. Lo que es cierto es que, de la política, lo que me interesa es mandar. Manuel Azaña.

Hará ahora más de treinta y cinco años, aún impregnado de las inútiles ideologías que, por lo general, mueven las conciencias de los más jóvenes, tuve la oportunidad de mantener coloquiales reuniones con grupos de los que años después se desprenderían algunos de los “líderes” de las diversas tendencias de la política española.
Hoy, algunos ya depuestos o fenecidos, políticamente. Otros, como es ley natural, pasaron, a través de la muerte, a mejor vida, espero. Un tercer grupo, este incombustible, sorprendentemente aún en activo.
Pero, eso sí, todos ellos, los que se fueron, los que quedaron en dique seco, y de los que, por el momento, desconocemos su fecha de caducidad, estaban dispuestos a “salvar” el mundo, desde sus divergentes perspectivas.
Aquellas reuniones, amenas por de más, terminaban derivando en una viva polémica versada en la interpretación, casi filosófica, del cómo, cuándo y, principalmente, el por qué de las vocaciones políticas.
La mayoría de aquellos futuros “personajes” sostenían que eran sus principios morales los que habían conseguido motivarles para adoptar la política como eje de sus vidas. Como era esperar, los más jóvenes se atrevían a afirmar que se trataba de una, casi, altruista entrega en defensa de los intereses de sus conciudadanos. El resto, de mayor edad, se mantenía en un escrupuloso silencio de complicidad, sin saber bien si con sus jóvenes colegas, o conmigo, abiertamente desinteresado por la práctica de la política.
La tesis, el argumento principal que con toda crudeza yo les planteaba era el que, salvo excepciones, no se bien si honrosas o no, la gran mayoría de ellos no se encontraban en el ejercicio de la política en función de sus sólidos ideales, o principios; sino, en el lugar en el que les había sido posible situarse para el mejor medrar. O, lo que es peor, en el lugar en el que les había sido permitido entrar la mal llamada “competencia”.
Les repetía que, todos ellos, sin excepción, se habían acercado a la política en busca de prosperar lo más rápidamente posible. En cualquier caso, de lo que no había ninguna duda, al menos para mí, era - y es - el irrefutable hecho de que todos y cada uno de ellos había llegado hasta allí, ocupando el amplio abanico de casi todas las alternativas políticas, en eras de un cúmulo de razones ajenas a sus tan cacareadas “vocaciones”.
Como era de esperar, las respuestas, en algunos casos excesivamente apasionadas, trataron de rebatir mi tesis, sin conseguirlo. Sin embargo, bastaba un mero repaso de la vida “y obra” de cada uno de ellos para descubrir que los lugares que ocupaban no eran, ni más ni menos, que el fiel reflejo de lo que emanaba de sus iniciales e inerciales cunas, y en función de la defensa de unas teorías político-sociales encarnadas en ellos a sangre y fuego.
Finalmente, no fue difícil hacerles comprender, a la mayoría, que partiendo de determinados lugares, defenderás determinadas ideas. Evidentemente, hubo quien continuó manteniendo que nada impedía a una persona, según ellos con una determinada sensibilidad política y social, optar por otras alternativas alejadas de lo que yo denominaba “su cuna”.
Aparentemente, parecía no quedar otra opción que la de aceptar la posibilidad de que cupiera esa otra alternativa. Pero lejos de contribuir a desvirtuar mi posición, vino a fortalecerla, ya que estos últimos, sin duda, son los peores de la desprestigiada comunidad política.
Son individuos carentes del menor escrúpulo. Capaces de defender unos principios, y los contrarios; sin provocarles el menor sonrojo. Son, por lo general, un subproducto nacido al amparo del ejercicio de la política como alternativa profesional, ajena a los principios que deberían inspirarla.
Muchos de ellos, provenientes de formaciones políticas que se vieron abocadas a transformarse, sino a desaparecer, lo que provocó que buscaran refugio en cualquier otra formación que les diera amparo, con tal de continuar viviendo del erario público, sin detenerse en la imagen que pudieran ofrecer.
En ocasiones, como las que estamos viviendo en estos últimos años, en España de manera notoria, sin necesidad de cambiar de partido, o las siglas que daban, según estos sujetos, cobijo a sus ideales. Fue suficiente con cambiar esos ideales, esos principios por los que más convengan a sus intereses personales en ese momento, renunciado con toda facilidad y sin pestañear a los que años, meses, semanas, días, horas, o momentos antes eran el sustento ideológico de sus conciencias.
Son numerosos los que han ido recorriendo el amplio espectro de las ideologías, pasando con suma facilidad de la recalcitrante derecha hasta la extrema izquierda, y viceversa. Seres capaces de mutarse cuando y cuanto sea necesario para poder adaptarse al nuevo “agujero”, según las necesidades del momento.
Sin embargo, lo peor no es la existencia, numerosa, de estos despreciables sujetos, sino la facilidad con la que consiguen que se les acepte políticamente. Probablemente, dada su capacidad de adaptación, su utilidad suele ser de gran provecho, en su momento, para el/los líderes políticos de turno. Ello, en el supuesto de que cualquiera de estos “lideres” no provenga de la misma selecta camada político-social; que de todo hay en la viña del “señor”.

Felipe Cantos, escritor.

23 enero 2009

La miseria de una ideología decadente.


“La miseria del pueblo español, la gran miseria moral está en su chabacana sensibilidad…” Ramón María del Valle Inclán.

Hace algunas semanas pude escuchar a un dirigente de la izquierda madrileña decir lo siguiente: “¿Por qué hay tanto tonto de los cojones que todavía vota a la derecha?”. Poco cabe decir del impresentable: él sólo se descalificó. Sin embargo, créanme, aún estoy intentando reponerme de la impresión.
Y no porque a estas alturas uno pueda sorprenderse aún de algo, en lo que se refiere a la política y los sicarios que la practican. Son de sobra conocidas las formas burdas y soeces de quienes en los últimos tiempos, buscando un agujero en el que medrar, se han dedicado y se dedican a la práctica de tal actividad. Es, sencillamente, por la escasa reacción de a quienes iba dirigido el insulto.
He de confesar que, dada la enorme miseria y putrefacción en la que se mueve el mundo de la política, salvo contadas ocasiones, he preferido pasar de cualquier tipo de manifestación, a favor o en contra, de cuanto pudiera pretender contarme un partido político. De manera especial así lo manifesté días antes de las elecciones generales del 9 de marzo, en mi artículo “Las próximas elecciones en España: entre lo esperpéntico y lo siniestro”, publicado el 17 de enero de este mismo año. En síntesis, me siento al margen, escasamente aludido por el despreciable exabrupto del “muy listo” Pedro Castro, a la sazón, Presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias.
Y ello, pese a que, adivinando la ruina que se avecinaba en todos los terrenos de la vida española – social, financiera, laboral y demás –, lamentablemente hoy confirmada, sugerí, sin demasiado entusiasmo, votar a la alternativa representada por el PP del señor Rajoy.
Pero de lo que no he podido abstraerme es de sentirme ofendido, y aún más preocupado, como ciudadano del mundo libre, ante las formas en que, en las últimas décadas, ha derivado la actividad de la “política”. De manera especial la española.
Apoyados, no sé bien en que derechos adquiridos como “políticos de izquierdas” la casta, que no la clase, que sustenta esa falsa y trasnochada ideología del “todos iguales… de mal”, se permiten cometer los más execrables actos y las más despreciables declaraciones para conseguir, ellos sí, mantener un estatus social que jamás podría haber obtenido de ejercer cualquier actividad profesional, mínimamente honrada, al margen de la política.
Así, alejándonos del caso del “señor” Pedro Castro, que no pasa de ser una lamentable anécdota, nos encontramos, principalmente desde las mal llamadas “filas de la izquierda”, a “personajes” que teniendo responsabilidades de gobierno nos muestran cada día la cara más deprimente de su indigencia intelectual y, seguramente, miseria moral.
Las recientes declaraciones de quien fuera portavoz del Gobierno Socialista la pasada legislatura, Fernando Moraleda, hoy “simple” diputado del Psoe, tampoco tienen desperdicio o, si lo prefieren, son justamente eso, bazofia para alimentar a los cerdos.
El personaje en cuestión, tras de un rifirrafe con un diputado de la oposición, en un contencioso que no viene al caso extendernos aquí, sobre la conveniencia de tener más de dos hijos - impropio de seres civilizados según la ortodoxia de la izquierda más radical - a través de un férreo control de la natalidad, eso que los “modelnos progres” han dado en llamar eufemísticamente “planificación familiar”, se permitió acabar la polémica como en la izquierda es habitual cada vez que esta alcanza el poder: “Pues si quieres tener más de dos hijos, - y ello te provoca mayores costos en tu estructura familiar - te jodes”.
Entrañable, francamente entrañable en quien ha ostentado diversos cargos institucionales, sin que, salvo su afiliación a partidos políticos y centrales sindicales, jamás ha mostrado mérito alguno. Baste recordar el espantoso ridículo como Secretario General de Agricultura ante la Unión Europea. No se recuerda mayor fracaso en los resultados obtenidos en unas negociaciones.
Lamentablemente no es el único caso que se nos ofrece. Si decidimos ampliar el abanico, la lista sería interminable. De manera que para no provocar una úlcera en el ya castigado estómago de los ciudadanos, o agravar su irremediable depresión me limitaré a recordar algunos ejemplos: Magdalena Álvarez, la sola mención de su nombre nos evoca la personificación de la incompetencia con ademanes de “chuleta” andaluza; el señor Moratinos, más conocido con el sobrenombre de “desatinos”, vaya usted a saber por qué, ¿tal vez por sus aciertos en nuestra política exterior?; Rubalcaba y sus adláteres Cándido y Bermejo, maestros – da risa – en convertir lo blanco negro y tratar de hacernos comulgar con ruedas de molino y, dejando en el camino infinidad de otros nombres, cerraremos la lista de momento, con esa “adormidera” experta, dicen, en economía llamada Solbes. Pedro para más señas.
Todos ellos, capitaneados por esa lumbrera llamada Rodríguez Zapatero. Experto en casi nada e inútil en, prácticamente, todo. Repásese, además de sus constantes mentiras, sus declaraciones en todos los campos posibles: economía, política social, inmigración, terrorismo, seguridad, etc.
Pero siendo grave en si misma la situación, aún es peor observar a una sociedad que parece anestesiada ante estos hechos y cuanto sucede a su alrededor, y continúa sin dar muestras de reacción alguna. ¿Puede alguien entender lo que está sucediendo en España para que el común de los españoles haya perdido el sentido común y continúe votando a personajes de este nivel?
Esto sólo puede entenderse bajo la óptica de quienes desarrollando sus más bajos instintos, la izquierda representada actualmente por el psoe es un buen ejemplo, dirige, conscientemente y sin escrúpulo alguno, sus cínicos mensajes a un numeroso grupo de ciudadanos carentes de formación cultural y del más mínimo nivel intelectual, lo que les permite obtener el poder al precio que sea.
De manera que hemos de ser nosotros, todos aquellos que sin interés en significación política alguna que nos inspire, ni nos guíe – tanto nos da galgos o podencos, al fin y al cabo todos perros – quienes nos podamos permitir el lujo de preguntarnos con toda razón aquello de “Pero, ¿cómo es posible que todavía queden en España descerebrados que voten al Psoe?
En cuanto a lo que se refiere al pp, ese partido – nunca mejor dicho lo de “partido” – que pretende y promueve un radical cambio en su estrategia de oposición, decirle que si su cacareada nueva imagen consiste en cambiar las vestimentas convencionales por tules, gasas y vaporosas sedas que permitan ver con mayor detalle sus interioridades – fotos de Soraya Sáez de Santamaría - a fe que lo ha conseguido.
Y es que cuando se ha tolerado, no logro entender por qué, que el poder lo alcancen gente sin escrúpulos, indigentes intelectuales, pervertidos e indocumentados, es comprensible lo que está sucediendo.
Más, es evidente que no podemos culpar a nadie, es fruto de nuestra irresponsable desidia.

Felipe Cantos, escritor

Dime con quien andas y…


Al hombre (pueblo) inculto, fuera de la primera novedad, nada le aprovecha. Francisco Giner de los Ríos.

Que difícil resulta en ocasiones contenerse para no traspasar los límites de la cortesía más elemental. Imagino que ustedes, como yo, más de una vez se habrán encontrado con situaciones merecedoras de la denuncia más abierta, sino del desprecio más absoluto, ante la flagrante evidencia de una situación intelectualmente insostenible.
Intentando dejar al margen, por un momento, lo que de peligroso pueda suponer la gobernabilidad de una nación en manos de un inculto charlatán y poco formado “personaje” – hoy podemos presumir de tener en España uno de los máximos exponentes de esta nueva generación de “lideres” -, aún resultará más deprimente, desde la más simple reflexión, las consecuencias piramidales emanadas de este.
El personaje en cuestión, conocedor de sus limitaciones, procurará rodearse de sujetos - y “sujetas”, según la “académica” Bibiana Aido - que, lejos de hacerle la menor sombra, engrandezcan de algún modo su ya, de por si, limitada personalidad.
No siendo la citada Bibiana la única del gabinete gubernamental, lamentablemente, merecedora del pleno reconocimiento por sus innumerables e incomprensibles declaraciones, todas ellas desafectas de una mínima formación académica e intelectual, justo es que, desaparecida la “entrañable Maleny”, le otorguemos por derecho propio el primer puesto en el cuadro de honor.
Y es que cuando se deja en manos de incultos, degenerados e indigentes intelectuales los destinos de una nación, esta, ya de por si deprimentemente embrutecida, al ser la responsable del ascenso al poder de semejantes personajes, sin duda alguna alcanzará un nivel de degradación que difícilmente será recuperable en décadas.

Felipe Cantos, escritor.

22 enero 2009

¡Están locos estos… nacionalistas!


Hace algunos años, para regocijo de peques y no tan peques, se acuñó esta simpática frase: “están locos estos romanos”.
La frase, puesta en boca de Astérix, entrañable personaje del comic francés, en el que, junto con su inseparable Astérix, vapuleaban hasta el hartazgo a las legiones romanas, consiguiendo que estas huyeran como alma que lleva el diablo, resultaba, además de divertida, sumamente razonable. No era de recibo que tras ser golpeados por dos galos de incomprensible e ilimitada fuerza, estas volvieran una y otra vez a la carga, con el único objetivo de seguir recibiendo “leña”, por mucho que se empeñara “el Cesar” de turno.
Hoy, veinte siglos después, la historia, y esta en la vida real, se repite en un pueblo, el catalán, que falto de iniciativas e indolente hasta el vómito, permite a sus “lideres” degradar las posibilidades de su futuro más inmediato, destrozando a largo plazo el de sus hijos.
Si no fuera porque el resto de españoles lo estamos viviendo en primera persona, resultaría difícil de creer que pueda existir individuo, comunidad, pueblo o nación alguna cuyo grado de insensatez pueda alcanzar tales niveles.
Aunque resultara difícil, podría entenderse la obsesión, en ocasiones paranoica, de una minoría por defender o salvar cualquier derecho o vestigio cultural, para añadirlo a los que ya posee y tratar de conservarlo. Sería justificable, incluso, aunque se tratara de la más simple de las leyendas que formara parte de ese acervo cultural.
Pero “tirar por la borda” una lengua como el castellano, convertido por mor de su propia inercia histórica en la lengua de más 450.000.000 de personas; privando a las futuras generaciones de una herramienta de trabajo irreemplazable, resulta, cuanto menos, incomprensible y, en cualquier caso, estúpido.
Ahora más que nunca se hace realidad aquello que tanto repetían nuestras abuelas ante un despropósito similar: “¿Qué sabe un burro lo que es un caramelo?”.

Felipe Cantos, escritor.

25 noviembre 2008

La muerte de Dios.



Y por encima aún quedaba Dios. Miguel Delibes.

Es evidente que el actual inquilino del Planeta Azul recibe una implacable presión de todo cuanto se significa en su inevitable existencia en él.
Esta presión viene ejercida de manera especial por los “mercaderes de valores”, encarnados en esos medios de comunicación incapaces de alejarse jamás de “su verdad”.
El laicismo impuesto desde las más altas esferas del poder, en ocasiones conocido y, casi siempre, oculto en las sombras de la intriga y la manipulación, pero siempre a lomos de un peligroso relativismo, ha conseguido, horadando en el interior del ser humano, minar seriamente sus valores. Especialmente en las jóvenes generaciones.
Aquellos que carentes de valores eternos y creencias solidificadas durante siglos por sus antepasados, hoy son pasto de cualquier burdo vendedor de “ungüentos maravillosos” para todas las dolencias del ser humanos, a excepción de la estupidez.
Soy consciente que para quien cree y se apoya en una corriente de nihilismo positivo, como es mi caso, es difícil de conjugar una inexistente fe en algo divino, con los valores que, generalmente emanados de esa fe, consiguiendo hacer al ser humano algo más soportable para sus semejantes.
Desde que fui capaz de reflexionar, siempre he considerado la existencia de “Dios” como algo vital para el hombre pero, a la vez, puntual en la existencia de este. Naturalmente, me refiero a ese hombre común que vive la religiosidad de manera reposada, sin estridencias. No aquel que la vive de manera profunda e, incluso, rayando en el fanatismo.
Cuando escribí sobre “la inevitable necesidad de Dios en el devenir del ser humano” pretendí subrayar como el hombre, sólido creyente, o no, requería de su presencia, fuera esta desde la óptica de la ciencia más racional, desde la religiosidad más discrecional o, lamentablemente, desde un fundamentalismo destructivo.
Hoy, tiempo después, pese a mi pragmatismo y lejos de la negación del todo, me ratifico en lo escrito, tratando de aclarar lo que para mí supone la idea de “Dios” en la vida de todos nosotros.
Ahora, más que nunca, los planteamientos de Nietzsche cobran un indiscutible valor frente a los ateos que niegan la existencia de Dios. Nietzsche, al proclamar la muerte de Dios, nos lleva directamente a la conclusión de que Dios estaba vivo y el hombre contemporáneo ha sido su asesino.
El sentido común nos hace interpretar las palabras de Nietzsche, evidentemente, en sentido metafórico. De manera que cuando se nos dice asesinado, matado, debemos asumirlo desde el punto de vista espiritual: Dios ha muerto, o lo hemos matado en el mismo instante en que hemos dejado de creer en Él.
Lo que en principio podría resumirse como el final de una creencia religiosa, en pro de un laicismo bienpensante, eso que algunos han dado en llamar el “buenismo”. Pero, la realidad es mucho más cruel.
Si bien hemos de reconocer innumerables errores en la “aplicación” de cualquier religión, de manera especial la cristiana; también, sería justo reconocer que esta se encuentra repleta de valores éticos y morales, que han permitido al ser humano hacer más transitable su paso por este mundo.
Con la muerte o el asesinato de Dios los hombres han asentado un duro golpe a todo el sistema de valores que sostiene la estructura de la cultura occidental/cristiana, dando paso a la máxima expresión del nihilismo negativo. Un nihilismo sin el cual no sería posible la transmutación de los valores, más conocida como la transvaloración.
Sólo así, partiendo de esta situación, es posible entender el comportamiento de “lideres” de toda clase y calaña, de escaso calado social e intelectual, pero no así de una angustiosa presencia.
La carencia de valores que coarten cualquier iniciativa nada recomendable, a lomos del más radical laicismo, nos permite comprender fácilmente la deriva que en el último medio siglo ha llevado a la más lamentable de las degeneraciones a los grandes poderes de los estados y sus instituciones.
Hoy es difícil encontrar, en este Planeta Azul, algún lugar a salvo de la codicia y la putrefacción de quienes han tomado como bandera los “valores” del relativismo, alejándose de cualquier valor, ético o moral, que pueda inquietarles.
Del mismo modo que ocurriera con anteriores civilizaciones, sin esos grandes valores que durante siglos han sido la columna vertebral de la civilización occidental, las posibilidades de sobrevivir son limitadas.
Y no porque desde el exterior se intente, que se intenta, aniquilar la civilización - la cristiana - que más equilibrio y progreso ha aportado al desarrollo del hombre sobre la tierra, como es el caso de nuestro principal antagonista y, pese a lo que se diga, enemigo, el Islam. Baste repasar someramente los datos de que se disponen y las actuaciones de sus líderes, actuales o pasados, para ratificar tal afirmación. Sino porque desde el propio interior se está minando los cimientos que, sin duda, terminarán por hacer caer el edifico completo.
Sólo desde el prisma de un egocentrismo brutal, desprovisto de cualquier valor moral o ético, puede resultar comprensible que el ser humano, apostando por valores con fecha de caducidad, ponga en riesgo su propio bienestar y el futuro de generaciones venideras.
Sé que resulta inútil, casi pueril, apelar a las conciencias de quienes así actúan. Su mal está extremadamente enquistado. Es muy probable que frente a este escrito su irónica sonrisa se ensanche hasta límites insospechados.
Pero no importa. Sólido creyente, o no, como es mi caso, el daño que estos miserables pueden hacer a quienes sostenemos nuestro espíritu sobre valores humanistas, es mínimo.
Al final, terminaremos combatiendo el mal de su enfermedad con sus mismas armas. Como aquellos que manifiestan con angustia que antes de ser ignorados prefieren ser odiados; estos despreciables personajes, que emponzoñan la historia del hombre, ni tan siquiera son dignos del “relativo” desprecio que sus insignificantes figuras nos provocan.
De manera que debemos confiar en que, aún en las peores circunstancias, la figura del hombre “limpio” termine por resaltar sobre estos personajes y sus obscenos comportamientos.

Felipe Cantos, escritor.

15 noviembre 2008

Tres destellos de una España en permanente descomposición.


Todos los pecados tienen su origen en el complejo de inferioridad, que otras veces se llama ambición. Cesare Pavese.

Primer destello: Un cuento más de “princesa encantada”…de haberse conocido.

Vaya por delante mi neutro respeto y un nulo interés por la Institución Monárquica, que raya en la indiferencia. Pero he de reconocer que me encuentro gratamente sorprendido por el aspecto que, poco a poco, va tomando la figura y, de manera específica, el rostro de la “princesa” Letizia.
Es evidente que la adoptada princesa no se encontraba cómoda con su anterior aspecto, lo que me obliga a preguntarme si el Príncipe Felipe tampoco lo estaba. De ser así, algo no ha funcionado bien en una relación que parecía creada por las plumas de los hermanos Grimm, de Charles Perrault, o del mismísimo Andersen. Pero, como viene a cuento en los cuentos, eso es harina de otro costal.
Lo que verdaderamente deseaba transmitirles es que la transformación de la “princesa” Letizia está consiguiendo hacérnosla irreconocible. Hay que realizar un gran esfuerzo para reconocerla en las imágenes que en la actualidad se publican de ella. Por favor, tomen fotos anteriores, obtenidas de cualquier viejo telediario, y colóquenlas junto a las que en la actualidad encontraremos en cualquier medio de comunicación. ¡Asombroso! ¿Verdad? Se asemejan como un huevo a una castaña. O al menos es lo que a mi me parece.
Lo cierto es que, por lo general y salvo honrosas excepciones, jamás le presto atención a ese mundo que recogen con profusión las revistas del corazón, popularmente conocidas como del hígado.
Pero en este caso nuestra “bella princesa” ha conseguido llamar mi atención hasta preocuparme seriamente por su salud. Si se molestan en analizarlo mínimamente verán que su evolución es muy similar a la que viviéramos años atrás con el inigualable “rey del pop”, Michael Jackson.
Confío en que, como aquel, no acabe por perder la nariz o, quién sabe, una oreja. Sería una pena que tras del enorme esfuerzo por conseguir tan privilegiada posición, acabara incapacitada para escuchar las clásicas intrigas de la corte, o no poder oler lo que se cocina en palacio.

Segundo destello: Esa “cosa” llamada Justicia.

Observo como en los últimos meses va aumentando la cólera del ciudadano contra la Administración de Justicia Española, y me pregunto ¿por qué ahora?
¿Qué está sucediendo en nuestra Administración de Justicia que no haya sucedido durante décadas? ¿Tal vez la politización? Desde cualquier perspectiva: eficacia, modos, métodos de trabajo y comprensión de sus protagonistas, es y ha sido un desastre.
Todos sabemos que sus “señorías” siempre han sido seres de otra galaxia, señalados, según ellos, por el dedo divino de no se sabe bien qué “dios”.
Pero la cosa viene de lejos. Ya en 1995 me vi en la necesidad de escribir un libro sobre la comatosa situación de esta Administración de Justicia titulado “La inJusticia en España”.
Difícil de resumir cuanto en el libro se dice, pero si constatar los cuatro grandes males, o defectos de nuestra imprescindible institución: lenta, cara, ineficaz e irresponsable.
Inútil extenderse en lo de “lenta”. Dudo que haya alguien que no lo haya sufrido en sus propias carnes. En cuanto a lo de “cara”, traten de llevar a buen puerto cualquier pleito limitado de recursos, y después me cuentan. Si nos referimos a lo de “ineficaz”, no conozco a nadie que después de una larga espera pueda decir algo positivo de la sentencia. Si es que ha sido capaz de entenderla en el farragoso lenguaje de los jueces. Y sobre lo de “irresponsable”. ¿Conocen algún juez que, previa emisión de una sentencia equivocada, rectificada por instancias superiores, haya sido sancionado, haciéndole responsable de los daños causados a las partes? Y todo ello, contrastando con el enorme y peligroso poder que emana de su cargo.
Un juez puede tomar decisiones equivocadas que afecten de manera negativa la vida y hacienda de las personas sin que ello conlleve, pese al error, responsabilidad alguna para él.
Si para colmo nos tropezamos en el camino con sujetos como el juez Garzón, la situación, además de dramática, se convierte en un esperpento.

Tercer destello: ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

Estos días me encuentro inmerso en plena lectura de la que, creo, es la última novela publicada por el escritor mejicano y premio Cervantes, Carlos Fuentes. Relato de sorprendente y original inicio; a ratos delicioso, cuando de realismo, en el que te reconoces, se trata; a ratos complejo, cuando se imponen las reflexiones íntimas de sus protagonistas; a ratos desconcertante en extremo cuando el relato es controlado, desde otro mundo, por un alma en suspensión. Pero siempre sugerente y atractivo, como, por lo general, corresponde a la prosa de mi colega Carlos Fuentes.
Excuso decirles los placenteros momentos que la obra me está ofreciendo. Pero, en honor a la verdad, debo confesarles que la razón que me ha invitado a hablarles del libro es un corto párrafo en el que, con la maestría del buen escritor, Carlos Fuentes resume la que, presumo, es su opinión sobre la clase política. Como es de suponer, nada edificante para esta.
En numerosas ocasiones he definido con toda claridad lo que pienso de esta casta, en la que, sin duda, de tarde en tarde aparece alguno “bueno” que, naturalmente, acabará devorado por la camada, o transmutado en un converso.
Por ello me sorprende que cuantas personas, como el propio Carlos Fuentes, plasma en el relato - los personajes, Jericó y Josué, reconociendo su escaso talento para cualquier actividad deciden dedicarse a la política como última y mejor opción para prosperar (¿o será medrar?) - levanten en más ocasiones su autorizada voz para denunciar a estos personajes que, siendo en su mayoría indigentes intelectuales, se convierten, por mor de un voto raramente reflexionado, en dirigentes de nuestras vidas.
Bien es cierto que, por otro lado, resulta complicado encontrar una solución al problema. ¿Será este realmente el castigo del que nos habla la Biblia?

Felipe Cantos, escritor.

08 noviembre 2008

El “dios” de las matemáticas vs las matemáticas de Dios.


La existencia de Dios debe tenerse en mi espíritu por tan cierta como las verdades de las matemáticas que no contemplan otra cosa que números y figuras. René Descarte.

Hace algunos tiempo tuve la oportunidad de leer una información en la que se nos contaba que el sacerdote Michael Séller, profesor en la Universidad de Cracovia, le había sido concedido el más importante premio académico del mundo - 1.069.000,- euros, por un trabajo científico en el que demostraba “matemáticamente” la existencia de Dios.
Al parecer, el insigne profesor, utilizando las matemáticas, materia que junto con la metafísica domina a la perfección, era - y es – capaz de explicar cualquier razonable incógnita, por incomprensible o extraordinaria que esta pudiera parecer, utilizando el cálculo matemático.
No seré yo quien cuestione tales cualidades y aún menos lo que con ellas pudiera ser capaz de hacer el sacerdote teólogo. Entre otras muchas razones, porque he de confesar mi absoluto desconocimiento de materia tan compleja como las matemáticas exactas.
Lo más cerca que estuve de la “perfección” en esta materia fue cuando, con enormes dificultades, tuve que asimilar conceptos tan extraños, para un hombre de letras, como son los logaritmos y las tablas trigonométricas. Cuestión aparte es la más fácil comprensión, por absurdo que pueda parecer, de los conceptos que entrañan la Teología y la Filosofía.
Sabido es que las ciencias, a través de números, formulas y análogos, han de aprenderse a base de trabajo, y largas horas de estudio. Aquello que nuestros abuelos llamaban “el clavarse de codos”. No hay otra posibilidad.
No sucede así con aquellas otras ciencias que pertenecen al ámbito del mundo interior de todo ser humano. Bien es cierto que en la profundización de tales ciencias se requiere una reflexión que precisa de un tiempo que, por lo general, no estamos dispuestos a emplear o, sencillamente, no disponemos. Pero, sin duda alguna, con su metódico estudio, como sucede con cualquiera de las otras ciencias, se puede alcanzar cotas muy estimables de su dominio.
Pero no es menos cierto que su conocimiento, e incluso su dominio, no depende tanto de la cantidad de libros que puedas “engullir” durante su estudio, en textos que recojan el pensamiento de otros seres humanos. Dependerá, más bien, de la sabiduría interior que liderada por el sentido común anida en cada uno de nosotros.
Por eso, a mi entender, ha de resultar sumamente complejo que un concepto tan metafísico como la existencia de Dios se pueda resumir en un bloque de pragmáticas formulas matemáticas.
Si partimos de la base que la existencia de Dios/dioses y, por añadidura, su plasmación, se debe más a la necesidad del ser humano de crear iconos que justifiquen sus dudas y temores existenciales, llegaremos a la conclusión de que antes de que las matemáticas dominaran el universo de los hombres, estos, colocando cualquier objeto fetichista, incluso una simple piedra con ciertos matices de originalidad, se entregaban a su adoración para dirigir sus plegarias, hacer sus peticiones o, simplemente, realizar sus agradecimientos.
No debería olvidar el padre Michael Séller que si bien las culturas actualmente dominantes han conseguido imponer sus religiones, desterrando todas aquellas otras que, como soporte anímico/espiritual, profesaban, o profesan otras civilizaciones, estas fueron capaces de promocionar, con indiscutible éxito, más de un dios.
Dios me libre de cuestionar la capacidad matemática del insigne personaje. Pero tengo serias dudas, como las de – creo - San Agustín, cuando, en la playa, encontró al niño intentando introducir el agua del mar en un pequeño agujero. Me resulta francamente difícil aceptar que las infinitas maneras de interpretar la existencia de Dios puedan resumirse en formulas matemáticas.
Bien es cierto, y no me cansaré de repetirlo a cuantos tienen a bien escucharlo, o escribirlo en cuantas ocasiones se me han presentado, que las matemáticas impregnan plenamente la vida del ser humano y, por extensión, al universo completo. No hay una sola cosa en él que no esté regida por las leyes matemáticas.
De lo que puede deducirse, sin necesidad de convertir a Dios en una formula matemática, que el universo en sí mismo es la personificación de Dios: ¡Él es Dios! Tal vez, por ello, se pueda alcanzar la idea, incluso confundirla, de que lo uno conlleva a lo otro, y viceversa.
El insigne profesor, apoyado en su tesis, se hace una pregunta en la que, al parecer, trata de sintetizarla: ¿Por qué existe algo en vez de no existir la nada?
Para mí, la respuesta es razonablemente sencilla. Porque la nada absoluta, como tal, no existe ya que, en si misma, es algo. Si no fuera así, ni tan siquiera las reflexiones sobre su existencia o inexistencia, incluidas las del profesor Michael Séller, tendrían cabida en ella.
De ahí que podamos entender que el concepto de la perfección nos lleve directamente a la nada. Porque, de existir esta, eso sería la nada: la perfección. Y, tal vez, por extensión, Dios.
Soy cristiano - por afiliación administrativa – no practicante. Pero convencido de que lejos del fanatismo que cualquier religión pueda infundir, considero imprescindible, vital, la asunción de esta filiación como un hecho irrenunciable, enraizado en lo más profundo de la cultura a la que pertenezco.
Ello me permite exponer, sin renunciar a mis raíces pero marginando el aspecto fanático que toda religión conlleva, que Dios, desde la perspectiva científica, es un todo global y, a la vez, algo intangible. Es la plenitud y la nada. En ese caso es posible que las matemáticas tengan algo, o mucho que decir.
Pero ese Dios, esos dioses que durante toda su vida buscan, necesitan, reclaman y adoran los seres humanos, se encuentran en lo más profundo de las creencias, de la religiosidad, de la sensibilidad de sus sentimientos y de la interpretación que de sus propias sensaciones obtenga, sin que en ello exista la más pequeña posibilidad de cuantificarlo numéricamente.

Felipe Cantos, escritor.