14 noviembre 2013

La perversión de don Tancredo Rajoy.


El miserable no tiene otra medicina que la esperanza. Shakespeare.

Hace tiempo que descubrir que una de las formas de abstraerme de este maldito mundo, manejado por indeseables en lo moral y ético, e indigentes en lo intelectual, era la de acercarme con mayor o menor acierto al mundo de las artes en cualesquiera de sus vertientes. En mi caso, en la búsqueda, no siempre lograda, de las musas que me ayudaran a escribir.
Y si bien es cierto que esta necesidad, alejada de cualquier otra más perentoria, debería estar motivada por el simple placer de depositar evocadoras líneas sobre el papel en blanco, en busca de la inspiración que la mínima vocación demanda; la pertinaz realidad de una España en permanente descomposición no me ha permitido alejar mi mirada de ella.
No se trata tanto de hacer críticas, más o menos duras  e intencionadamente constructivas, sobre la cruda realidad que en estos momentos se ensaña con mi país.
Los que durante decenas de años habíamos vivido una España difícil,  pero ilusionante con el futuro que se nos presentaba, hemos de confesar que esta ilusión y esta esperanza están prácticamente agonizantes, acabadas. No tanto por lo que se ha hecho mal, que es mucho e imperdonable,  sino por lo que no se ha hecho, o no se está haciendo.
La gran oportunidad que con enorme generosidad, grandeza y presunta inteligencia el pueblo español depositó en las manos del actual presidente de gobierno español, Mariano Rajoy, otorgándole una mayoría en las urnas como ningún otro presidente obtuviera, ha sido malograda por este sujeto de manera lamentable y, seguramente, irreversible.
Este hombre, quedando muy por debajo del carisma y la talla del  estadista que se le suponía, sumándose a las tesis del “bobo solemne de Rodríguez Zapatero”, como el mismo lo calificó en su momento, ha terminado por destrozar lo poco que aquel había dejado en pie del prestigio y del orgullo de España.
Bien es cierto que la grave crisis económica y financiera que ha sacudido al mundo de manera inmisericorde ha complicado las posibilidades de dar cauces a muchas de las justas reivindicaciones de los ciudadanos de este país, así como de otros tantos. Hecho, por otro lado, que la historia nos demuestra cíclicamente que, sin duda alguna, acabará resolviéndose sí, o sí.
Ello, sin olvidar que el sacrificio, principalmente, ha sido y está siendo de todos los españoles sin distinción de clases sociales, a excepción de la casta política que, mire usted por donde, don Tancredo, no ha recibido la mínima colaboración de usted ni de sus gentes que, muy al contrario, han tardado muy poco en subirse los sueldos y mantenerse las prebendas. ¿Acaso cree el señor Rajoy que todo se le perdonará por haber logrado, que está por ver que así sea, hacer que una cuantas sumas y restas quedaran correctas, con mayor o menor acierto? No, don Tancredo, no todo se resume en conseguir que las cuentas cuadren.
Hay asunto de profundísimo calado en los que el personaje en cuestión, Mariano Rajoy, conocido popularmente como “don Tancredo” no dependían de primas de riesgo, coeficientes de caja, cotizaciones en bolsa, exportaciones, o cifras de paro y similares.
Dejar que las instituciones del estado se hayan pervertido hasta la náusea no se resuelve con acudir todos los días a las subastas de bonos del estado con la intención de colocarlos al mejor postor, al mejor interés y en las mejores condiciones.
La abducción, por no calificarlo de absorción, del poder judicial y el legislativo por el ejecutivo, ha convertido a España en un “bulto sospechoso” de imprevisibles acciones.  
Así nos encontramos que cuanto se prometió en las elecciones ha sido traicionado manera plena e infame. También, que donde se juró una Constitución para defenderla y respetarla, bajo la verdadera realidad de los hechos, ésta está siendo vilipendiada hasta el escarnio, quedando como un viejo libro para el Almacén de los Libros Olvidados de Ruiz Zafón. 
La lista de agravios e incumplimientos por parte de Mariano Rajoy a la Carta Magna sería interminable. Baste resaltar algunos para darnos cuenta de la categoría política, e incluso humana, del “estadista” Rajoy.
Permitir la desaparición de toda autoridad del estado sólidamente representada en el territorio nacional, a favor de los sentimientos nacionalistas más exacerbados, incluso alimentándolos económicamente, sólo cabe calificarlos de incomprensible desatino perverso. De manera especial y directa en Cataluña, y de manera sibilina en Euskadi.
Las acciones y negociaciones realizadas por las cloacas del estado, en relación con el terrorismo, así como la liberación de terroristas y asesinos múltiples, enmarcada en una amnistía descaradamente encubierta por retorcidos legalismos, en los que quedan retratados de manera despreciable todas y cada una de las Instituciones del Estado, incluida la Monarquía, cuanto menos caben calificarlas de infame y vergonzosas.
La falta de persecución de una corrupción sistémica e  institucionalizada, tanto en lo social como en lo económico, profundamente enraizada en los partidos políticos - con el PP y el PSOE a la cabeza – seguida sino sobrepasada por sindicatos e Instituciones del Estado, han convertido al personaje en responsable directo, por acción u omisión, de la dificilísima situación en la que se encuentra España.        
Y todo ello para  perseverarse en el cargo, aferrándose a un pasajero poder todo el tiempo que sea posible. No cabe mayor miseria intelectual.
Con toda seguridad, don Tancredo, el tiempo acabará por colocarle en el lugar que le corresponda por derecho, en el devenir de la historia. Pero puedo asegurarle que en el pensamiento de los ciudadanos y en su propia autoestima este lugar se encontrará enquistado en lo más profundo de las cloacas de su propia conciencia.
Felipe Cantos, escritor.
 

14 junio 2013

Bendita jueza Alaya

 
 
 
 
 
El más grande fruto de la justicia es la serenidad del alma. Epicuro.
 
Llevo mucho tiempo sin poner negro sobre blanco. Razones tan personales como ineludibles me habían retirado temporalmente del mundo del escribidor.
Y digo bien, escribidor. Ya que aún estoy pendiente de que, después de tanto tiempo sin escribir, las musas regresen y retomen su obligación de inspirar, cuanto menos, los dos primeros renglones de textos, digamos,  más creativos.
Mientras tanto me conformaré, y bien que vale la pena, con ejercer de escribidor y tratar de denunciar las atrocidades que se están sucediendo permanentemente en mi pobre país, antes llamado España. 
Bien sabe el Divino que igualmente de lo inevitable de mi retirada temporal, sólo temporal, ha sido mi permanente deseo de regresar cuanto antes a mi faceta de analítico denunciante.  
Aunque mi residencia habitual se encuentra en Bruselas, que tampoco es pecata minuta a efectos de críticas por hacer, no es menos cierto que el mal olor, la pestilencia que nos llega desde mi desvencijada piel de toro es de tal magnitud que resulta insoportable.
Ni tan siquiera es posible eludirla con la utilización de la indolencia y el pasotismo que impera como una moda impuesta por el marianismo más despreciable; aderezado por el “buenismo”, más bien imbecilidad supina, heredado del nunca suficientemente odiado Zapatero.  
Y si bien es cierto que las palabras que uno esgrima puedan parecerles a algunos exageradas, seguramente cambiara inmediatamente de opinión si le recordamos, entre otras, la conocida y nunca bien entendida “trama de los ERES andaluces” o, el caso Bárcenas, sin dejar a nuestro paso los malolientes casos de la familia Pujol, el del Palau de la música catalana, o Bankia y sus preferentes. 
Resulta repugnante hasta la arcada verse, aún en la lejanía, inmerso, como mero espectador claramente perjudicado, por el simple hecho de ser español, con esa asquerosa casta política, con esas ratas que se han adueñado de la voluntad, del dinero y, por ende, de la libertad de los españoles.
En esa perversa pirámide creada por estos delincuentes, que tan siquiera  precisan de guante blanco, se han corrompido todos los cimientos de la sociedad española. En una sola alternativa y sin posibilidad de elegir en listas abiertas a aquellos en quien realmente desearíamos depositar nuestra confianza, nos vemos obligados a elegir cada cuatro años, bajo la presunta honradez de un personaje que la encabeza, una innumerable sarta de indocumentados y paniaguados, carentes, por lo general, de la más mínima formación intelectual y/o cultural. 
Estos, convertidos por mor de los votos en el poder legislativo, elegirán, para mayor gloria de sus intereses bastardos, al poder ejecutivo, para llevar a cabo sus felonías, y al poder judicial, para cubrirse de manera obscena las espaldas.
Sé, perfectamente, que las generalizaciones son injustas por demás. Pero es tal el incontable número de mangantes políticos, o viceversa, y las mareantes cifras que se pueden barajar en todas y cada una de las felonías por estos cometidas, que sólo cabría la posibilidad de salvar a aquellos que avergonzados de tanto mangante suelto, colega suyo, abandonaran las filas de los partidos y se desvincularan de esa casta, si es posible dejando un claro testimonio de denuncia.
De otro modo, y a tenor de la magnitud alcanzada por los delitos cometidos, lo dicho, la denuncia de toda una casta, si es que ofensiva se percibe, de ningún modo es injusta, ni gratuita.
Por ello, reitero mi admiración por la valiente labor realizada por la Jueza Alaya, ejemplo  claro y cabeza visible de ese grupo de jueces, desgraciadamente demasiado pequeño, comprometidos con la verdad y con la justicia. Que sepa que el aliento de todos los que confiamos en la justicia está junto a ella.
Felipe Cantos, escritor. 
    

17 octubre 2011

De locos, realmente de locos.


Triste paradoja aquella en la que el hombre loco hace muchos locos; en tanto que un hombre sabio apenas si consigue encontrar un igual.

Debo confesarles que hoy no tenía deseo alguno de profundizar, filosofando, en reflexiones que me obligaran a introducirme de lleno en asunto de comprometido significado.
A la vista del actual panorama mundial, de lo único que me quedaban ganas era de borrarme inmediatamente, como ciudadano de este mundo. Cuanto menos para los próximos cinco siglos.
Pero, no hay manera. La espiral de locura que parece haberse adueñado de la población mundial en pleno, oriente y occidente, por acción o por omisión, tiene todo el aspecto, no sólo de no tener fin, sino de irse ampliando inexorablemente.
Uno, en su humildad, puede entender que determinadas ciencias, determinados sectores que han ido imponiéndose en las últimas décadas como, por ejemplo, puedan ser las ingenierías financieras, las variables importantes en las ciencias sociales o, en otros casos más reseñables, los importantísimos avances en campos como la aeronáutica, la navegación, la informática, la robótica, la medicina o la nanotecnología, hayan podido coger con el pie cambiado al vulgar de los mortales. A mí, el primero.
Incluso, es harto comprensible que ese hombre de a pie tan siquiera se detenga lo más mínimo a reflexionar sobre la incuestionable importancia que para todos nosotros pueda tener el que se ponga en entredicho, en cuarentena, la Teoría de la Relatividad, como recientemente ha sucedido. También en eso podemos encontrarnos.
Doy por hecho que con poder sacar adelante a los hijos, quienes los tengamos, y poder llegar a fin de mes sin que las deudas no te ahoguen, es decir casi todos, es más que suficiente.
Ahora bien, que parte de estas mismas poblaciones, se encuentren en el lugar que se encuentren del globo terráqueo, no tengan interés alguno en nada de todo aquello que va encaminado a mejorar sustancialmente su propio futuro y el de las generaciones venideras; y por el contrario se pasen todo el tiempo tratando de buscarles tres pies al gato, removiendo las entrañas de la historia en busca de cualquier asunto que pueda crear malestar, para tocarle los mismísimos al vecino, no sé si dice mucho de la maldad y ambiciones de estas gentes - mi opinión es que sí - pero de lo que no hay duda es que dice muy poco de su inteligencia.
Son tantos y tan variados los conflictos perversamente innecesarios en los que los dirigentes políticos, elegidos o no por el pueblo, nos implican, en la mayoría de las ocasiones creando grandes y graves problemas donde no los había, que el único deseo es pedir que paren este mundo para bajarse de él.
Basta con repasar algunos de los muchos ejemplos, nacidos o resucitados en el escaso último medio siglo, para darse cuenta de lo absurdo y gratuito de esta situación. Desde los deseos de un loco iluminado – el fenecido, políticamente, ZP – reinventando la historia y levantando tumbas, para obtener como resultado el enfrentamiento de las dos Españas, pasando por los enquistados contenciosos mantenidos durante siglos entre valones y flamencos en Bélgica; las aberrantes y canallas políticas aplicada en Venezuela, por Chaves, y en Cuba por el dúo Castro. EL uno, ahora, jugando a mártir, los otros a martirizadores; las insensateces realizadas en España por los nacionalistas al albur de una fantasía desbordante, inventando naciones que jamás existieron; los musulmanes en su permanente reivindicación de Al Ándalus, olvidando que si bien es cierto que estuvieron ocho siglos, no es menos cierto que antes lo estuvieron otros pueblos distintos del suyo, hasta llegar a los exhibidos amores entre las “democracias” occidentales con los más sanguinarios y corruptos sátrapas de cualquier etnia y religión para, escasos meses, semanas y en ocasiones horas después despreciarlos, perseguirlos y atacarlos con saña.
Ahora leo en la prensa de estos últimos días, les confieso que ya no cabe la sorpresa, que la comunidad islámica en Suiza ha decidido reclamar a “su gobierno” que elimine la cruz de la bandera helvética.
Si no fuera por la gravedad que cualquier reivindicación islamista conlleva, y la papanatería que los dirigentes occidentales transmiten, sería como para romperse en dos de la risa.
Dejando al margen la verdadera historia de la “molesta” cruz de la bandera de Suiza, y de la inequívoca vocación laicista de este país desde hace más de cinco siglos, resulta chocante la petición de estos “hijos del Islam”, a quienes se les suponía plenamente integrados - segundas y terceras generaciones - en la comunidad suiza. ¿Qué sucede con su incombustible media luna? ¿Esa no define matiz religioso alguno?
Y es que el mundo en pleno ha perdido la brújula, y de manera especial lo que conocemos como occidente, que no acaba de entender que las cosas no son como se desean. La realidad se impone y se impondrá siempre al deseo.
Si malo es que esta locura contagiosa no parezca tener fin, peor aún es creer, bajo la capa del buenismo imperante en occidente, que la integración de los pueblos musulmanes, provengan de donde provengan, es realmente un objetivo posible.
Siquiera la tonta idea del visionario ZP - Alianza de Civilizaciones - en su corta existencia y menor consistencia, ha logrado acercar lo más mínimo ambas civilizaciones. Más bien todo lo contrario. Ha puesto de manifiesto las grandes e insalvables diferencias existentes entre ambas.
Pierdan toda esperanza. No es que se trate de dos religiones, de dos culturas completamente diferentes. Se trata de dos visiones del mundo. De dos filosofías completamente antagónicas que utiliza el hombre para conocer a los demás y, aún más importantes, para conocerse a sí mismo. Aunque, desgraciadamente no siempre lo consigan.
Felipe Cantos, escritor.

20 septiembre 2011

Sencillo homenaje a un “dios de las pequeñas cosas”.


“…y más que un hombre al uso que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Antonio Machado.

Sabía que aquella carta que estaba a punto de concluir jamás llegaría a su destinatario.
Horas antes, como un zarpazo, me habían comunicado la delicada situación de la salud de mi hermano. Padecía un tumor maligno en el hígado. No tenía fecha fija de caducidad. Pero era evidente el escaso crédito de vida que la muerte le había otorgado.
Tonto, hermano, te dices al recordar con qué pasión él defendió toda su vida, aconsejando a cuantos le quisieron escuchar, que hábitos malignos suelen acabar con la salud de cualquiera. Pobre, porque jamás hizo mérito alguno para merecer semejante situación, ni muerte.
Tonto de ti, hermano. Siempre te cuidaste de no caer jamás en tentación alguna que no excediera la sobredosis de algún helado. Principalmente si este era un combinado de nata y fresa.
El alcohol jamás fue parte de tu cuidada dieta. Ni siquiera en la más alegre de las fiestas. Si acaso un corto, cortísimo de cerveza, mezclado sabiamente, eso sí, con una buena porción de La Casera.
El tabaco, vade retro Satanás. Prohibido en tu entorno más cercano que, en tu caso, nunca debería ser inferior a los 1000 kilómetros.
De mujeres, ¿qué decir?, lo justito, nada más. Desde tu juventud, disfrutando de una belleza masculina sin par, que arrastraba tras de ti más de una pasión oculta, e insinuaciones y deseos no tan ocultos, acabaste por conformarte y, presumiblemente, ser feliz, cuando conseguiste quedarte con la buena de la película. Eso sí, el “pedigrí” de la dama debiera proceder de una camada tan selecta como la del inigualable grupo formado por las siete novias de los siete hermanos, de la inolvidable película que tanto adorabas.
Mientras que otros maldecían y se quejaban constantemente, tú preferiste aceptar la dolorosa situación de mediocridad impuesta a fuego por las circunstancias en la que la vida te había colocado.
Y ahora, con la misma discreción con la que llegaste al mundo, con la misma que viviste tus más de ochenta años, decidiste poner rumbo hacia ese otro lugar del que tanto se especula, pero tan poco sabemos.
Te basto con decir que “ellos” los que se fueron antes, te llaman y que en tu marcha, sólo pretendiste dar la misma mínima molestia que diste durante toda tu vida.
Ni siquiera al presunto “dios” que por cultura te correspondió se te ocurrió molestar. Para qué, te dijiste. Si durante ochenta años nada hizo por mí, dudo mucho que, ahora, a mi marcha, tenga deseo alguno de hacerlo.
Trataste, y lograste, como Machado, dejar las cosas honestamente claras:

“Y al cabo nada os debo; me debéis cuanto escribo.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago,
el traje que me cubre y la mansión que habito
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontrareis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.”

Felipe Cantos, escritor.

10 agosto 2011

Dios los crió y nosotros los juntamos.


La mayoría de los humanos anda hoy día en busca de directores de inconsciencias. Denis de Rougemont.

Si nunca tuve a bien hacer el más leve comentario sobre el presidente de los Estados Unidos pese a que, desde sus inicios, supo provocarme la misma desconfianza que el ínclito Zapatero, fue porque mientras que la imbecilidad supina de este último resultó extremadamente fácil de detectar, desde el primer momento en que abrió la boca para iniciar la sarta de sandeces que, aún hoy, siete años después, no ha dejado de decir o hacer; el primero supo, con su pulcro estilo, del que ZP carece, darnos una imagen claramente distinta y desconcertante.
Sin embargo, sus decisiones han contenido las mismas incoherencias que las de su homónimo español y, por ende, las consecuencias a lo largo de su mandato, que, caso verdaderamente insólito, tiene todo el aspecto de no durar más que una legislatura, como Presidente de los Estados Unidos, han sido catastróficas.
Es tal el desprestigio de las castas políticas que, ambos, aupados al poder, más que por su presunta valía como personajes históricos, capaces de aportar soluciones para arreglar los innumerables problemas, tanto internos como externos, de sus respectivos países, lo fueron en circunstancias nada lógicas y como sucedáneos de un producto que no termina de llegar.
Pero la realidad, más temprano que tarde, acaba por imponerse inexorablemente. Y hoy, los dos, andan perdidos por las galaxias de aquella inmensa conjunción astral que nos anunciara la inefable Leire Pajín.
De sus frases terminales se desprenden la alucinada visión de estos dos iluminados, negados a admitir una realidad que les desborda.
El uno, ZP, rehusando aceptar, desde los inicios, una crisis financiera que ha terminado por devorarlo y devorarnos. Tiempos aquellos en que el ínclito repetía, mientras la corrosión se adueñaba de todo, “Estamos en la “Champion League”, “Somos el corazón de Europa”.
El otro, no muy diferente del primero – se le conoce popularmente en España como el Zapatero mulato - gastando lo que no tiene y repitiendo hasta la saciedad que, “esto es Estados Unidos y no importa lo que ocurra”. Claro que con avales de amigos como el Gobierno Español, que en boca de su Vicepresidenta, Elena Salgado, no tiene empacho alguno en decir que “las medidas que tomen los Estados Unidos estarán bien, sean las que sean”, no precisas enemigos.
Y ahí tenemos, tal cual, a los dos. Dicen que hablando al teléfono más de 20 minutos, para resolver los problemas del mundo. Y uno, que no deja de ser un ingenuo, se pregunta de qué demonios han podido o pueden hablar, antes durante y después, a tenor del inexistente inglés de ZP y, me consta, el nulo español de Obama.
Yo, por si acaso, prefiero encomendarme a los santos, con aquella plegaria que dice: “Virgencita, virgencita que me quede como estoy”.

Felipe Cantos, escritor.

02 julio 2011

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay Dios!


Hace algunos años que conozco al escritor Fleischhauer, mi buen amigo Wolfram. Siempre lo he tenido por un tipo interesante, alguien que, pese a intentar pasar desapercibido y mostrar lo contrario, hace mucho tiempo que superó con notable la calificación de inteligente.
De su ordenador - bien que me gustaría decir pluma - han salido extraordinarios textos que convertidos en novelas pululan y adornan, como tantos otros, las librerías. En este caso, las alemanas.
Y digo bien adornan, porque pese a su empeño de convertirse “simplemente” en un escritor de tirón, esos que se denominan de bestseller - deseo expresado con gran énfasis por él mismo - no consigue su objetivo.
Él, en su infinita sinceridad, trata de mostrar al mundo, y de manera especial a si mismo, que hay caminos en los que hagas lo que hagas se puede llegar al gran público y, evidentemente, convertir tu trabajo en interesantes dividendos financieros. En su caso con las letras, calidad o no comprendida, y desde las ópticas más ortodoxas, hasta la simplez más ofensiva.
Y aun teniendo en cuenta que en su caso sería lo mismo si se tratara de cualquier otra manifestación artística, o creativa, no deja de ser un craso error de principio, ya que con la cultura, salvo los que no la crean y sólo la manipulan, no es posible hacer negocio.
Sé perfectamente que en su fuero interno su deseo va mucho más allá de lo que él mismo expresa. Y como a todos los que por vocación dedicamos gran parte de nuestra vida a plasmar las más íntimas sensaciones en cualquier material que cae en nuestras manos, lo que realmente pretendemos es unificar ambas cosas: crear emociones que motiven e inspiren a los demás a través de la comunicación, y que ese efecto pueda alcanzar al mayor número posible de personas.
Y tanto es así que, hace escasos días, celebrando Wolfram su cincuenta aniversario, en el que demostró llevar tan “pesada” carga como un auténtico titán, tuvimos la enorme fortuna de descubrir en él ese otro yo que todos llevamos dentro y que, por lo general, contradice cuanto decimos y hacemos durante gran parte de nuestra existencia.
Abrazado a su guitarra casi hasta asfixiarla, de la que, por cierto, yo ignoraba su existencia, nos cantó algunas composiciones propias, mostrando a todos los presentes la grandeza de lo que, en ocasiones, sin ser conscientes, somos capaces de hacer cuando dejamos que nuestro verdadero, u otro yo, salga a la luz.
Aquello fue la constatación negativa de su propia teoría. Con el ánimo de entretener y sin proponérselo, había conseguido el objetivo de llegar a los demás con enorme facilidad, despertando, primero la atención, después el interés y por último la admiración de todos los allí presentes. Y, sin duda, si se hubiera dado el caso, de algunos miles más.
Horas después, una vez que todos los invitados a la fiesta se habían marchado, tuve la oportunidad de recordarle que, sorpresas te da la vida y en este caso con una guitarra en la mano, somos lo que somos y estamos donde estamos, incluso, aunque no lo parezca, en contra de nuestra propia voluntad.
Puede que nos creamos dueños de nuestro destino e, inútilmente, pensamos que al levantarnos cada mañana vamos a hacer aquello que nos hemos propuesto y puede que conseguir, o no, los objetivos fijados.
Pero nada más lejos de la realidad. Lo aceptemos o no, estamos atados a un destino que inexorablemente nos conducirá por un camino que sólo será el nuestro.
De nada servirá lo que sean, o dejen de ser los demás. Por cierto, buen momento para reflexionar sobre las odiosas comparaciones o, aún peor, sobre la maldita envidia que tanto afecta al ser humano.
Por fortuna, ninguno de nosotros tiene la menor idea de cuál es ese camino y, por lo tanto, seguiremos caminando como si controláramos todo cuanto nos rodea. O casi.

Felipe Cantos, escritor.

16 mayo 2011

Democracia ¡sí! Chulos ¡no!


La democracia significa poder ser esclavo de cualquiera. Karl Kraus.

Mucho ha llovido desde que los griegos atenienses instituyeran la democracia como la forma ideal de participación de los ciudadanos en la gobernabilidad de sus pueblos.
Desde aquellos afortunados días, la perversión de esta palabra, así como la prostitución de su aplicación han alcanzado niveles insospechados.
A todos nuestros políticos, venga o no a cuento, se les llena la boca con su utilización. En el aspecto económico, en una ecuación directamente proporcional y exponencialmente aumentada al mismo ritmo con el que llenan sus bolsillos. En los restantes aspectos - social, político, jurídico etc. – hay una alarmante divergencia entre el espíritu que la forjó y la verdadera realidad que hoy se produce.
Salvo que dispongas de una gran fortuna y estés dispuesto a perderla, dedicándola a la causa, es materialmente imposible oponerse a estas maquinarias, los partidos políticos, creadas con el único objetivo de fabricar votos para sus siglas. Ello, en el caso de que se te permita introducirte en la terrible tela de araña tejida para impedir el paso a cualquier intruso, o advenedizo.
Lo que para los griegos, y por extensión para posteriores civilizaciones, fue el inicio de una liberación de pensamiento y acción, así como la única alternativa posible para oponerse a los eternos poderosos déspotas, hoy, por mor de las estructuras creadas por estos entes y la adulterada utilización que del concepto democracia se hace, para el ciudadano común apenas significa poco más que un acto meramente simbólico, ejercido cada varios años.
La repercusión de las iniciativas de estos a través del voto es, simple y llanamente, inexistente. Ni tan siquiera en el caso de que hubiera votado en función de una identificación plena con el programa de turno.
Los partidos, una vez acabado el recuento, si no antes, habrán llegado a acuerdos y realizado mil cambalaches que desvirtuarán de pleno la esencia de sus programas. En la mayoría de las ocasiones llegará a tratarse de auténticas estafas. Si la historia terminara ahí, aún podríamos, como decían nuestras abuelas, que eran muy sabias "darnos con un canto en los dientes".
Desgraciadamente, todos, absolutamente todos sin excepción se embarrarán en el más inmundo de los pasteleos, sabedores que nada, ni nadie será capaz de hacerles frente, repitiendo hasta la saciedad el estribillo de su canción "No hay mejor opción, frente a cualquier otra alternativa, que la democracia".
Puede que en su esencia así sea. Pero nada más lejos de la realidad que la manera en que manejan y administran en la actualidad "nuestra democracia" las castas políticas. Siempre, sin excepción, en beneficio propio.
Estos, como si se tratara de un burdel hábilmente decorado, colocarán en las esquinas adecuadas a las gentes de su cuerda, jueces, empresarios, simpatizantes y demás sujetos para, además de beneficiarles, pervertir con sus actos, del modo más descarado, la vida del ciudadano medio.
Actos que en el lengua más coloquial, más cercano al sufrido hombre de la calle, no puede por menos que recordarle lo que significan los términos "chuleo" o "chulear".
Pocas actividades hay en la vida que se asemejen más a la que, a diario, realizan con/contra nosotros esta casta de desvergonzados, llamados políticos: trabajamos para ellos, nos maltratan de palabra u obra, obtienen de nuestro trabajo pingues beneficios y, para colmo, nos ningunean, ignorando o burlándose de las razones por las que, en su momento, nos pusimos de su parte. Ni tan siquiera nos queda el consuelo de una rápida rectificación, cuando descubrimos que nos hemos equivocado, o nos han engañado.
Y se equivocan de pleno quienes consideren que siempre serán preferibles aquellos miserables elegidos a través del voto, que aquel déspota dictador que se hace con el poder por medio de la violencia. Si acaso, este último, deberá ser más temido por haber llegado al poder utilizando la fuerza. Pero también siempre nos quedará un punto de dignidad en el que apoyarnos, al habernos sido impuesto por la fuerza.
Pese a todo, para mí, ambos son igual de despreciables; si no más el primero por haberlo conseguido mediante el engaño, la mentira y el abuso de confianza a sus conciudadanos.
En cualquier caso, desengañémonos, la diferencia entre el uno, con el uso de las armas y, el otro, con la perversa aplicación de sus leyes, es prácticamente inexistente.

Felipe Cantos, escritor.

10 mayo 2011

Nothing is Impossible/Nada es Imposible.


Hay que creer en la justicia, Germana, porque si no sería todo más triste aún. W. Fernández Flórez.

¡Nothing is Impossible! Nunca tres palabras fueron tan acertadas para un mensaje comercial y simultáneamente sirven para un fin tan miserable.
La validación de las listas de la coalición etarras, Bildu, ha venido a confirmar cualquier hipótesis sobre las posibilidades del ser humano para superar, sin avergonzarse, las situaciones más esperpénticas.
Del mismo modo, por si no estuviera suficientemente claro la despreciable inclinación de los "justicieros", que no juristas, de las distintas estancias de nuestra administración, hacia tendencias partidistas ajenas al buen hacer de administrar esta, ha quedado meridianamente clara la duda de que no necesariamente, tras de la toga de un juez, de la mesa de un tribunal, o de la parafernalia de la que estos sujetos se rodean exista la mínima dignidad que su cargo y situación les obligan.
Bien es cierto que en cualesquiera de las actividades de la vida pública las, así llamadas, personalidades sociales - reyes, presidentes, políticos en general -, o autocalificados "padres" de la patria, de la constitución y similares, pueden generar confusión por sus desconcertantes y, en ocasiones, delictivas decisiones; en el caso de los responsables de la Administración de Justicia provoca, además, un terrible y desalentador estado de ánimo en la sociedad. Excuso decirles lo que esto significa en el contexto del mal llamado Tribunal Constitucional, hoy más conocido como Tribunal Prostitucional.
Nada es posible sin justicia. Todos los que poblamos este planeta, incluso los ladinos, que bajo la excusa del bien común cobijan de manera miserable sus propios intereses, saben perfectamente que el caos se instalará en el momento en que no seamos capaces de mantener un mínimo autocontrol y control sobre el comportamiento de todos y cada uno de nosotros.
Sería deseable que aquellos eternos valores que consiguieron durante milenios que el ser humano progresara, fueran suficientes para alcanzar, con sus razonables desencuentros, una buena convivencia. Por desgracia, esto ya no es posible. El autocontrol que antes nos imponíamos, en función de esos valores, ya no sirve, no funciona.
Los nuevos valores acuñados - insolidaridad, indolencia, relativismo, egoísmo y otros - por una sociedad cada vez más vacía de contenidos éticos y morales, son como los actos acuñados a cambio de sus almas por Dorian Gray, en su retrato, o Fausto, en su infinita sabiduría.
Sólo nos sirve aquello que podamos obtener de manera sumamente lucrativa y rápida. No importa el precio moral que debamos de pagar por ello. Incluso, aún mejor, el que obliguemos a pagar a los demás, sin detenernos en el daño que hacemos y pisoteando, de manera denigrante, nuestros propios principios.
Total, vienen a decir, para lo que vamos a estar en este mundo, más vale aprovecharlo.

Felipe Cantos, escritor.

13 abril 2011

La imposible eternidad vs la ingenuidad de un niño.


Los minutos que rechazamos en su momento, la eternidad no los devuelve. Friedrich von Schiller.

Hace días, a sus recién cumplidos cinco años, el pequeño Christian me preguntaba ¿por qué morimos, papa? "¿Por qué no te quedas para siempre en esa, tú edad?"
Evidentemente con su lenguaje infantil venía a plantear por qué no podemos quedarnos en una determinada edad en la que poder disfrutar de los nuestros, aportando a los más jóvenes nuestra experiencia y cariño. En síntesis: equilibrio. "No lo entiendo", me repetía sin terminar de aceptar del todo las respuestas que acerté a darle.
Y tiene razón, si dejamos que en su infantil razonamiento sólo intervenga el lado humano, por lo general tan alejado del científico. Su imposible deseo, que albergaba, y supongo que alberga, la encomiable ilusión de mantenerse vivo eternamente junto a las personas que ama, es sumamente difícil de explicar a un niño de tan corta edad. Asimismo, como acabé por sentenciarle, ni tan siquiera es deseable que tal cosa fuera posible.
Las leyes de la naturaleza, las reglas de juego del universo son implacables, siendo preciso que unos muramos para que otros puedan iniciar su ciclo. Precisamente de esas muertes depende la vida, y viceversa. Es innegable que si existiera la eternidad, el hecho de nacer carecería de sentido. Sería una contradicción en si misma: si somos eternos, no precisaríamos nacer.
Si, además, la posibilidad de la vida eterna fuera posible, tal y como la concebimos en este estadio, acabaría por hacérsenos insoportable. Baste plantearlo, simplemente desde la perspectiva del espacio físico. ¿Imaginan el que precisaríamos para albergar a cuantos, desde la noche de los tiempos, han puesto el pie en este planeta? Excuso decirles lo que supondría la problemática de la alimentación.
Sé perfectamente que no son respuestas para un pequeño de cinco años. Pero al fin y a la postre, la curiosidad de un niño no deja de incentivar, sino poner al descubierto, las inquietudes que a todos nos embargan desde que tenemos su misma edad.
De manera que sin ser derrotistas, y tratando de extraer de nosotros mismos el más elemental de los pragmatismo, no podemos olvidar ciertas premisas.
Sin duda, a partir de una determinada edad y momento, aunque la situación sea razonablemente buena, se produce una inevitable rutina. El razonable conocimiento de la mayoría de las cosas de nuestro entorno más familiar y querido, sumado a un hartazgo que ciertos comportamientos de nuestros semejantes nos provocan desde que naciéramos, nos hace llegar a la conclusión de que estamos en condiciones de dar por buena y suficiente nuestra estancia en este mundo.
No pongo en duda que existe una cierta clase de personas que deseando la vida eterna serían capaces de cualquier cosa para conseguirla. Incluso sobreviviendo a todos sus semejantes generacionales, queridos o no.
Pero, créanlo, ellos son los equivocados. Pues aún en la mejor de las situaciones deseables, resulta difícil hacerse a la idea de vivir eternamente aferrados a una agobiante rutina, por buena que esta sea.
¿Imaginan lo que supondría hacerlo sin los seres más queridos, viéndoles desaparecer de nuestro lado, uno tras de otro, hasta el infinito?
Estoy realmente convencido de que ese, y no otro, es el infierno del que tanto nos han hablado desde pequeños.

Felipe Cantos, escritor.

12 abril 2011

¿Cómo hemos llegado a esta situación?


En política, donde todo está permitido, salvo dejarse sorprender, hay que esperarlo todo. Charles Maurras.

Dicen los “expertos” que una buena noticia no es noticia. Y deben tener razón. Desde hace mucho tiempo es difícil de encontrar en los medios de comunicación una buena noticia. Probablemente las hay, pero no interesan.
Es por esta razón que raro es el día que no nos desayunamos con un grueso de noticias, a cual peor. De manera muy concreta en lo que afecta a España y a eso que hemos dado en llamar “la casta política”.
Es terrible tener que reconocer, por lo que de santa resignación supone, que pocas veces hemos “gozado” en este país de un nivel tan ínfimo en la que se conoce como la clase dirigente.
No me duelen prendas admitir mi desinterés por cualquier tendencia política. Esencialmente de aquellas que, enrocándose en si misma, pretenda desde el sectarismo, estar en posesión, incluso plena, de la verdad.
De manera que sin perder de vista a un Partido Popular, que se encuentra en una anodina situación difícil de comprender, a la espera de recoger los frutos difícilmente merecidos, salvo por su infinita paciencia en ver pasar el cadáver de su enemigo, hemos de reconocer que el legado que nos presenta el actual PSOE, pretendidamente gobernante, es como para echar a correr y no para hasta Cafarnaúm.
Presidido– pese a su reciente renuncia - por un personaje indigente intelectual donde los haya, sin bagaje alguno; rodeado de mediocridad hasta el vómito –"magdalenas", "pepiños", "aidas", "salgados", "chaves", "leires" y demás impresentables de igual, o peor condición -; asesorado por una banda de indocumentados mal intencionados que pretenden hacer bandera de un falso progresismo, en donde el valor más cotizado es su radical relativismo; explotado por una clase política corrupta, abanderada por un nacionalismo irracional; babeado por un sindicalismo vendido al pesebre oficial; aceptado por un empresariado en una permanente búsqueda del “sálvese quien pueda”; consentido por un poder judicial politizado hasta límites insostenibles.
Reconocerá conmigo en que sumergidos en semejante cenagal uno no deje de preguntarse constantemente ¿cómo hemos llegado a esta situación?

Felipe Cantos. Escritor.

07 marzo 2011

Javier Bardem and Company.

El mundo en una eterna contradicción, con el cinismo como bandera.

Si les digo la verdad, aun no sé bien por dónde comenzar. Son tantos y tan variados los sinvergüenzas que pueblan este deprimente planeta que la lista se me hace interminable.
Sé perfectamente que de poco servirán estas cuatro líneas denunciando, una vez más, las miserables conciencias de todos y cada uno de los que viviendo de una manera francamente envidiable, pretenden esconder sus vergüenzas cubriéndose con capas de militancias socialistas, o más allá.
Pero sería aún peor si dejáramos pasar la más pequeña de las posibilidades para denunciar la enorme hipocresía de quienes, comportándose como lo hacen, dañan de manera enorme e irreversible a la sociedad, además de hacernos pasar por tontos.
En alguna que otra ocasión, en la medida de mis posibilidades, no he dejado de denunciar casos como, por ejemplo, los de Bono – líder de U2 – exhibiéndose como defensor de las masas oprimidas, mientras llena sus arcas de manera directa, con actuaciones multitudinarias o, indirectamente, con subvenciones fraudulentas a través de sus ONGs; Víctor Manuel y la ínclita Ana Belén, o viceversa, amasando fortunas mientras no dejan de dar mítines a favor de los "desfavorecidos", o el exhibido y lucido gay para la tercera edad, nuestro "papito" particular, Miguelito Bosé.
La última, de esta camada de ventajistas despreciables, jauría en cuanto te descuidas, es la que, a cuenta del reciente nacimiento de su bebé, han protagonizado los impresentables Javier Bardem y su eterna musa erótica y hoy esposa, Penélope Cruz, alias "Jamón, jamón".
Estos dos farsantes, cuyas dotes para la interpretación han quedado patente dentro y fuera del escenario, dejando a un lado su habitual militancia de progres subvencionados y siempre en contra de los valores más arraigados de occidente y en apoyo de todo aquello que huela a izquierda trasnochada - Venezuela, Cuba, islamismo manipulado, etc., no han tenido mejor ocurrencia que ir a parir el pequeño a los tan odiados Estados Unidos.
Si de por si la sanidad en los Estados Unidos es cara, para colmo de desfachatez, los "felices padres" han elegido el hospital, probablemente, más caro de Los Ángeles: El Monte Sinaí. ¿Acaso hemos de llegar a la conclusión que la sanidad española no alcanza el suficiente nivel para los Bardem, faro y guía de la izquierda más progre?
Y un detalle a tener muy en cuenta. Frente a la conocida militancia antisemita y pro-palestina del "galán" Bardem, su queridísima esposa no ha tenido escrúpulo alguno en que este hospital, como puede deducirse por su nombre ¡sea judío!
La verdad es que no logro entender nada. Cómo decía mi madre que era muy sabia, no es posible estar en misa y repicando, o sorber y soplar, al mismo tiempo. Pero al parecer algunos lo consiguen en un verdadero alarde de malabarismo.
Pese a todo, lo que verdaderamente resulta un sarcasmo y, más aún, una burla consentida, es que sean los propios Estados Unidos los que permitan que estas situaciones se produzcan.
No es comprensible que puedas dar cobijo a quienes desde su más tierna infancia vienen pregonando las "maldades" de ese país en cuantos foros les ha sido posible, mientras alaban las bondades de cuantos enemigos y antagonistas se postulan con claridad.
De carcajada mal contenido resulta, además, que estos dos personajes – Bardem y Penélope – decidan tener al pequeño en suelo norteamericano para, con toda probabilidad, brindarse en el futuro la posibilidad de reclamar para él, y si procede para ellos, la nacionalidad norteamericana.

Felipe Cantos, escritor.

15 enero 2011

¿Estaremos a tiempo?

"El mundo está lleno de ciegos con los ojos abiertos." André Suarés.

"A los musulmanes que quieren vivir bajo la ley Islámica Sharia se les dijo el miércoles que se vayan de Australia." También, y cito textualmente, "son los emigrantes, no los australianos los que deben adaptarse. O lo toman o lo dejan. Estoy harto de que esta nación tenga que preocuparse si estamos ofendiendo a otras culturas, o a otros individuos."
Es evidente que las palabras pronunciadas en un pasado discurso por Kevin Rudd, Ministro de Asuntos Exteriores australiano, son duras. Pero no por ello dejan de ser, sin duda, aún más justas.
En los últimos meses la canciller de Alemania, Ángela Merkel, sin necesidad de utilizar en sus discursos tan duras palabras, está dejando entrever que la mala situación a la que puede verse abocada Europa en no demasiados años, en su relación con la emigración, principalmente proveniente de los países musulmanes, será difícil de resolver, a menos que se comiencen a poner las bases que hace tiempo deberían haberse establecido.
Es evidente que la canciller Merkel, como antes tantos otros políticos con sentido común, nunca han creído demasiado en el contradictorio "multiculturalismo" y, aún menos, en esa peregrina Alianza de Civilizaciones, avalada de manera necia, por el lamentable presidente español, apodado ZP.
Esto nos lleva inexorablemente a plantearnos cuáles son las alternativas que le quedan a Occidente para frenar esta sistemática invasión musulmana, que durante años se ha ido introduciendo en su tejido social, sin la menor intención de integración. Sí la de criticar y luchar contra la sociedad que los ha acogido, mientras aprovechan todo lo bueno que de ella pueden obtener, como son sus servicios sanitarios, sus programas de beneficencia o sus estructuras sociales. De ello es difícil esperar nada positivo, muy al contrario.
Sin embargo, lo que resulta verdaderamente sorprendente es que habiendo sido incapaces, país por país durante siglos, de finalizar un proceso de integración plena dentro de nuestra propia piel de occidentales, de manera especial lo que conocemos como la "vieja Europa", andemos, como adolescentes de juicio por formar, jugando al buenismo practicado frívola e irresponsablemente por esas castas de progresía barata que, al fin y a la postre, no pretende otra cosa que aprovecharse de cualquier alternativa que le permita a corto plazo obtener pingües beneficios. No debemos olvidar que instalados en el relativismo más indolente, para ellos el futuro empieza y termina en sí mismos.
No es casual que sean estas hordas las que apuestan de manera inequívoca por una sociedad unipersonal, carente de valores, incapaces de responder a retos como la defensa de nuestros valores y nuestra cultura.
De ellos son todos y cada uno de los proyectos que pretenden llevar a la mínima expresión el valor de la familia, con la defensa a ultranza de objetivos como el aborto libre, la eutanasia o el fomento y defensa sin paliativos de la homosexualidad que, siendo respetable en la mayoría de los casos, no deja de ser un importante hándicap para el desarrollo y la progresión de la familia tradicional. Es evidente que si no hay procreación, no cabe posibilidad alguna que nuestra sociedad, a medio y largo plazo, pueda subsistir como la conocemos.
Mientras tanto, nuestros "enemigos" naturales en la fe y la cultura no han bajado ni bajarán la guardia en ningún momento. Muy al contrario, como dice el proverbio "pueden esperar pacientes a ver pasar el cadáver de su enemigo". Y si acaso este tarda, no tendrán inconveniente alguno en dar un "empujoncito" para su llegada.
Por ello, no puedo estar más de acuerdo con las últimas palabras recogidas literalmente del discurso de Kevin Rudd: "Aceptamos sus creencias y sin preguntar por qué. Todo lo que le pedimos es que usted acepte las nuestras, y viva en armonía y disfrute en paz con nosotros."
Parece sencillo, y fácil de entender y agradecer. Pero nada más lejos de la realidad. Esperen un cierto tiempo, y verán.

Felipe Cantos, escritor.

13 enero 2011

La política, los políticos… y el Psoe.

"La corrupción es el más inequívoco signo de la libertad constitucional". Edward Gibbson.

La política lleva muchos años pudriéndose. Con toda seguridad, demasiados. Tantos como los ciudadanos de a pie lo hemos tolerado.
Los políticos, salvo escasísimas excepciones, están podridos hasta el tétano. Bien es verdad que no son los únicos culpables de la repugnante situación en la que se encuentra una actividad absolutamente imprescindible para una mínima convivencia. Los ciudadanos, yo el primero, con nuestra indolencia y relativismo hemos contribuido de manera extraordinaria a este deterioro.
Sin embargo, pese al insoportable hedor que emana de esa actividad, cuasi delictiva, y en ocasiones plenamente delictiva, durante siglos esta casta, en algunas ocasiones sorprendentemente maquiavélica o extremadamente burda en la mayoría, dado el infame bajo nivel de sus titulares, había mantenido un cierto rigor, digamos, un mínimo código de "honor".
Código que, a decir verdad, bien podría haber sido redactado por sociedades más cercanas al mundo de la delincuencia y las mafias. Pero aun así, si bien no con un cuidado exquisito, cuanto menos intentando disimular mínimamente su objetivo real: medrar sin escrúpulo alguno, sirviéndose de la sociedad a la que dicen querer servir.
Y a fe que lo han conseguido. No existe un solo partido en el amplio espectro español, ya sea de ámbito nacional, nacionalista, regional, periférico o mediopensionista que no haya obtenido los réditos suficientes para haberles compensado, con creces, la dedicación de su tiempo a tan encomiable actividad. Perdón, rectifico, rentable actividad.
Sin embargo, todos ellos, con una notable excepción, han pretendido dar una imagen de mínima decencia, evidentemente sin conseguirlo.
La excepción, Psoe, como cabría esperar de un partido que desde su fundación ha venido traicionando todos los principios básicos de la mínima convivencia, no podía dejar pasar la oportunidad de plasmar su impronta. Máxime, estando en el poder. En él ha conseguido resaltar todos "sus valores" de una manera ciertamente destacable.
La actividad de la política ejercida como en la actualidad lo hacen los políticos, deleznablemente mísera hasta la arcada, logra alcanzar en el Psoe, a través del ejercicio del poder, la categoría de obra maestra de lo despreciable.
En cualesquiera de las vertientes del ejercicio de la política: judicial, religiosa, económica, social, deportiva, sanitaria, o cualquier otra, el partido socialista, con esa "cosa" apodada ZP al frente, no sólo se ha superado a sí mismo con determinación, sino que ha traspasado todas y cada una de las líneas rojas impuestas, incluso con los amplísimos márgenes concedidos en eso que conocemos coloquialmente como "manga ancha".
¿Qué sucede con este demencial partido?
¿Qué clase de brebaje subliminal consigue suministrar a sus incondicionales, y no tan incondicionales, para que, haga lo que haga, siempre se lo perdonen?
¿Cómo puede explicarse que personajes tan estúpidamente anodinos - Pajín, Aído, Salgado y similares - o miserablemente perniciosos – Zapatero, Rubalcaba, Alonso, Blanco, y otros - puedan campear a sus anchas por el panorama nacional, decidiendo sobre la vida y hacienda del resto de sus conciudadanos?
La mayoría de ellos sin formación alguna y en algunos excepcionales casos con discreta formación, pero ninguna práctica profesional ajena a la política, han alcanzado tal nivel de perversión personal que viven instalados en la ocultación, la mentira y el engaño de la manera más natural. Poco les importa y aún menos les intimida nada, con tal de obtener lo que ambicionan.
A lo largo de estas últimas legislaturas socialistas, los protagonistas, responsables de una situación que se nos antoja harto difícil de resolver en no menos de una década, ni siquiera han tratado de disimular sus defectos.
Muy al contrario, sorprendentemente, parecen empecinados en destacar sus "cualidades y virtudes". Tanto en lo que hacen, como en lo que dicen y, de manera muy especial en cómo lo dicen.
Desde la negación más absoluta de una negociación con delincuentes – ETA – o de una crisis que nos devora trágicamente – Zapatero, Blanco, Salgado y compañía -; pasando por el descarado estado cuasi policial auspiciado por el prepotente Rubalcaba, con la inestimable colaboración de Caamaño y Conde-Pumpido en su vertiente jurídica y fiscal; hasta alcanzar la sinrazón de la incultura más popular con personajes del calado de Aído, Pajín, Chamosa, o M. Álvarez, entre otros. Sus superiores no han tenido escrúpulo alguno en que ellos y ellas hicieran el ridículo permanentemente.
Y mientras tanto el PP, que no son mucho mejores, relamiéndose por, creen ellos, una victoria indiscutible. ¿Acaso han olvidado tan fácilmente el 11M, 12M y 13M, con Rubalcaba, en el papel de Rasputín?

Felipe Cantos, escritor.

06 diciembre 2010

El virus cibernético Stuxnet, o la reencarnación de la Reina judía Esther.

La inteligencia es el patrimonio mejor repartido (…) René Descartes.

En estos tiempos que corren son escasas las ocasiones en que una noticia te permite esbozar una sonrisa de satisfacción. Excuso decir de alegría.
De manera que parece innecesario señalar que cuando pude leer, hace escasos días, los enormes avances que en materia de defensa, denominada cibernética, han conseguido desarrollar científicos israelíes, con la puesta en marcha de su programa Stuxnet, la satisfacción fue doble.
Al parecer, "el arma", un inteligente virus creado para introducirse en los sistemas informáticos iraníes, ha logrado, no sólo paralizar la mayor parte de los programas de enriquecimiento de uranio, sino que tiene la capacidad de controlar y manipular las instalaciones en las que se realizan. En síntesis, la maravilla Stuxnet logra dañar los sistemas computacionales, determinando en qué sistema se ha de infiltrar antes de decidir si ataca, o no. Pudiera, incluso, conseguir volver las armas del adversario contra sí mismo.
Podría decirles que una de las razones de mi alegría se sustenta en la simpatía que en mi despierta este pueblo, tan injustamente maltratado tantas veces.
Sin embargo, no sería del todo cierto si ocultara mi satisfacción por lo que significaría para todos nosotros. Especialmente para la clase militar. Esos hombres y mujeres que con más frecuencia de la deseable se ven obligados a exponer sus vidas, y a perderlas, en defensa de sus países y de sus principios que, por extensión, suelen coincidir con los nuestros.
Aunque pueda sonar a quimera, conseguir que en el futuro, las guerras, las hicieran quienes las hicieran, pudieran acabar resolviéndose sentados frente al teclado de un sofisticado ordenador, sobrepasa las máximas deseables por cualquier persona de bien.
Tampoco resulta tan insostenible considerar esa posibilidad. En otro plano de la realidad, en más de una ocasión, se ha conseguido salvar vidas, tocando los resortes humanos de que se disponían, sentados frente a la mesa de un frio despacho. Sé que no son los mismos resortes, pero fueron evidentes sus resultados.
Dejando a un lado la ironía, es francamente alentador saber que esa posibilidad existe y que, por fortuna, nos encontramos del lado de quienes las dispone. Por el contrario, si se tratara de elementos subversivos hartamente conocidos por su empeño en destruir lo que conocemos como la civilización occidental, con toda seguridad, y antes de lo que creemos, acabaríamos matándonos los unos a los otros con nuestras propias armas.
Por fortuna, la tecnología punta, al más alto y sofisticado nivel, se encuentra a este lado de la línea que determina, nos guste o no, la permanente confrontación entre dos mundos que entienden la vida de forma completamente opuesta.
Así que quienes se empeñen en continuar con las guerras cruentas, espero se vean en la necesidad de recurrir a las viejas armas de antaño, por lo general de recursos limitados y tan ineficaces como peligrosas para uno mismo.
De este modo, no resultará descabellado, más bien bastante coherente y desde luego deseable, pensar que en no demasiado tiempo las escasas bajas en combate acaben siéndolo por el exceso de cafeína, consecuencia de las interminables horas que los soldados pudieran pasar frente a las pantallas de sus ordenadores.

Felipe Cantos.
Escritor

03 diciembre 2010

Ahora sé por qué cantan los pájaros enjaulados.

Si la justicia no reina con un imperio absoluto, la libertad no es más que un nombre vano.

Hace más de treinta años llegó a mis manos la novela que escribiera Maya Angelou, activista destacada del movimiento feminista en Estados Unidos en los años cincuenta.
En su momento, la novela, cuyo título me he permitido “plagiar” fue literalmente devorada por mi instinto de lector. Aunque no logró marcar un hito en mi particular gusto literario. Sea como fuere, confío en que, cuanto menos, pueda haberse conservado un ejemplar en el Cementerio de los libros, de Ruiz Zafón.
El libro de Maya Angelou pretende recoger las experiencias de quienes viviendo presuntamente en libertad, se ven atados a sus circunstancias, de tal manera que les impiden ser verdaderamente libres.
No se trataba tanto del drama que supone el encierro tras los barrotes de unas inocentes aves, y que pese a ello aún canten, sino adónde puede conducirnos el ligero esbozo del horror que esconde la terrible falta de libertad del hombre común, en su diario devenir y, lo más terrible, la gran ignorancia que de ello, él mismo, muestra.
La dura realidad, pese a tener muy en cuenta las evidentes diferencias entre Oriente y Occidente, es que el hombre, a ambos lados de la línea, se encuentra igual de enjaulado frente a los miserables poderes que lo gobiernan.
Durante siglos, determinadas castas de comunes se han ido erigiendo en nuestros salvadores y autodenominándose de diversas maneras en cuantas lenguas nos son conocidas – políticos, religiosos, científicos, juristas y otros tantos no menos dañinos – irrumpieron sibilinamente en el devenir del resto de sus conciudadanos para, de manera miserable, transformar a la sociedad en aborregados seres, incapaces, por exceso o por defecto, de recuperar las riendas de su propias vidas.
Tal es la vileza de estos grupos, de poderosa y, prácticamente, indestructibles estructuras que resulta una quimera pretender denunciar y aún menos corregir los "aparatosos errores", generalmente intencionados, cometidos por ellos.
La lamentable realidad es que durante siglos, como una tela de araña, han ido extendiendo su maléfica influencia, hasta controlar la mayor parte de nuestra sociedad, presentándose, sibilinamente, como los salvadores; cuando la cruda realidad es que son los causantes de la mayoría de los problemas.
Nadie cuestiona que se precisen personas que nos representen, de acuerdo a los tres poderes que en su día enunciara Montesquieu – el legislativo, el ejecutivo y el judicial – de manera razonable, coherente y, especialmente, honrada.
Pero los hechos demuestran que nada más lejos de esa necesaria realidad. El bochornoso y repugnante espectáculo que diariamente nos vemos obligados a presenciar, ha conseguido traspasar los límites de las conciencias más tolerantes e, incluso, libertinas.
No es posible que quienes deberían ser modelo de comportamiento frente al resto de sus conciudadanos, se conviertan, por mor de su cargo, ya sea político, judicial, o de otro orden, en el centro de sus críticas y quejas. Eso sí, inútiles ambas.
Admitiendo que con toda seguridad el mal se encuentra enquistado en cualquier sociedad representativa de eso que hemos dado en llamar el occidente democrático, no puedo por menos que circunscribir de manera concreta mi análisis a España.
La razón es muy simple. Aunque llevo más de 20 año residiendo fuera de España y tengo una razonable idea de lo que sucede en los países de su entorno, y que a decir verdad no dista demasiado de lo aquí expresado, es en esta, de manera directa, en la que he obtenido las vivencias personales que me permiten poder expresarme como lo hago.
Las castas que en los últimos decenios han pasado a controlar nuestras vidas, convirtiéndonos en los “pájaros enjaulados” de Maya Angelou, campan a sus anchas sin que jurisdicción alguna ponga veto a sus desatinos.
De manera muy especial, dos de estas castas, la política, secundada indecentemente por la judicial, han logrado controlar de manera tal la conciencia del ciudadano común que, a duras penas, este es capaz de poder discernir con claridad entre un acto de generosidad y una barbarie, realizados por ellas.
Soy consciente de que la responsabilidad de tal situación es, en principio, del propio interesado. Pero no es menos cierto que todo, finalmente, se circunscribe a una cuestión de cultura.
La carencia de una mínima formación intelectual, es el material con el que las nefastas castas construyen los barrotes que consiguen encerrar a esas mayoría que, pese a denominarse silenciosa, canta tras ellos, como los pájaros de Maya Angelou.

Felipe Cantos, escritor.

17 junio 2010

Los hombres de verde.


Ahora, más que nunca, todos estamos obligados a ser el centro del equilibrio.

Hace unos días, viajando en compañía de Irina, una de mis pequeñas hijas, me vi atrapado en la conversación más controvertida con la que en los últimos tiempos me ha tocado bregar.
Mientras devorábamos cientos de kilómetros recorriendo las autopistas francesas, atravesando grandes extensiones de bosques verdes e impresionantes praderas de variados y atractivos colores, ella me exponía, imagino que fuertemente influenciada por las “lecciones” que con frecuencia recibe en su escuela, lo lamentable que estaba resultando para el propio hombre su desleal comportamiento con la naturaleza.
Sostenía, a sus poco más de 10 años, que en no demasiado tiempo el hombre acabará con esos escasos bosques y, como es natural, con los grandes beneficios que de ellos obtiene. Evidentemente, como reza la teoría oficial extendida a lo largo y ancho de este mundo, a cambio de tan desleal comportamiento, el hombre, provocará una terrible desertización que perjudicará de manera irreversible a las futuras generaciones.
Lo cierto es que, como les apuntaba al inicio de este pequeño texto, la conversación, interesante por demás, no resultaba nada cómoda, ya que si bien estaba, y estoy, de acuerdo en que el hombre está actuando de manera ciertamente irresponsable con el medio ambiente, provocando en él cambios que en nada le beneficiarán, no es menos cierto que una determinada clase política, de inclinación claramente de izquierdas, nos está tratando de vender su nueva ideología – la antigua fue muriendo hasta firmarse su defunción a partir de la caída del muro de Berlín – envuelta en un catastrofismo a todas luces tendencioso e interesadamente desproporcionado.
La pequeña Irina, en su razonablemente limitada información, se apoyaba en los tópicos hartamente conocidos, que se imparten actualmente en la práctica totalidad de las escuelas del mundo occidental, inmerso en la progresía.
Ciertamente que el hombre, en su evolución en busca del progreso – no confundir con la progresía – y el bienestar para el mayor numero posible de habitantes de este castigado planeta, ha transgredido importantes reglas de juego en su comportamiento con el medio ambiente. Pero lo que parecen olvidar los agoreros de “la causa”, los profesionales de la catástrofe y el caos - del que, por cierto, obtienen jugosos beneficios personales - es que, el hombre, con su acción, presuntamente denigratoria para el medio ambiente, ha contribuido a que millones de personas se hayan visto beneficiadas de manera evidente en su nivel de vida, en su salud, en su vivienda, en su alimentación y en una larga lista de otras necesidades racionalmente cubiertas.
Es incuestionable que hemos de tratar al medio ambiente de manera lo más delicada posible. Entre otras razones, porque nosotros mismos, como seres vivos, formamos parte de ese todo que conocemos como naturaleza. Sin embargo, los vendedores de catástrofes, los chamanes del mal, no deberían olvidar que desde que el hombre puso el pie sobre la tierra esta ha sabido adaptarse a él, del mismo modo que él lo ha hecho con/y en ella.
Los que tratan de convencernos, a los que aún reflexionamos mínimamente – de esa mayoría aborregada mejor no hablar – de que no hay otro camino que el de la inviolabilidad de cualquier fuente, o ente natural para no continuar con su “imparable deterioro”, deberían recordar que desde la noche de los tiempos, el hombre, pese a haber estado irrumpiendo de manera constante en la evolución natural del medio ambiente, la naturaleza ha sabido adaptarse y aceptar esas irrupciones.
Igualmente deberían tener muy en cuenta que no es la misma percepción la que podría tener el hombre sobre el estado de la naturaleza hace, digamos, cinco mil años, que el que viviera hace quinientos años, el que lo analizara desde la distancia de los cincuenta años o, no digamos ya, el que pudiera hacerlo desde la óptica de los últimos cinco años.
En cada uno de esos periodos o épocas, el hombre, de un modo u otro, ha manifestado sus temores sobre el deterioro del medio en que vivía. Pero, con toda seguridad, ese mismo hombre colocado en cada uno de los periodos citados no echaría de menos las grandes selvas del Paleolítico; los inacabados bosques del medioevo; o las razonables arboledas y parques cuidadosamente atendidos de estos últimos siglos.
No cabe duda alguna de que cuando extrapolamos una situación más allá de un tiempo prudencial, o a un entorno radicalmente opuesto, es nuestro deseo, o corta visión, la que provoca la alarma sobre una previsible situación que, a buen seguro, le parecerá una anécdota al personaje que realmente vivirá aquel momento.
No es la realidad tangible de ese previsible momento, sino, nuestra visión de hoy la que nos hace pensar en la catástrofe de mañana, olvidando que el hombre del mañana tendrá adquiridos unos hábitos, una visión de la situación paulatina y claramente adaptada al momento que le ha tocado vivir.
A poco que hagamos uso de nuestra memoria y reflexionemos, nadie se sorprende, ni se preocupa de no ver pasar cada mañana los rebaños que, conducidos por los trashumantes, antaño pasaban por la cañada frente a la que hoy se encuentra construida su vivienda.
Tampoco, cuando realiza una excursión, lamenta o echa de menos la ausencia de cientos de conejos, de liebres e, incluso, de variadas especies de animales más o menos salvajes, libres por las praderas.
Salvo a algunos obsesivos nostálgicos, raramente he escuchado lamentarse a nadie de la ausencia de vacas, caballos, bueyes y otras especies similares, en las cercanías de sus casas. Más bien, todo lo contrario. Excuso decirles si en estos ejemplos incluimos animales salvajes evidentemente peligrosos. Y ello, aún a riego de que nuestros niños deban verlos en pequeñas granjas, en ocasiones experimentales.
No podemos olvidar que la primera obligación natural e instintiva del ser humano es la de la supervivencia. De manera que si este no hubiera sido capaz de adaptar y adaptarse al medio, excuso decirles lo que ello hubiera supuesto para todos nosotros.
Debería ser innecesario señalar que si retrotrayéndonos a nuestro pasado más lejano el hombre hubiera escuchado y seguido las pautas marcadas, hoy, por nuestros “hombres de verde”, con toda seguridad ni ellos podrían en estos momentos machacarnos constantemente con sus mensajes catastrofistas, ni yo estar escribiendo estas líneas.
Puede que sea una pena, visto desde la perspectiva del hombre actual. Pero, no nos engañemos, para bien o para mal la evolución del hombre, y por ende la de la naturaleza en la que vive inmerso, son imparables. Y como se ha demostrado a lo largo de la historia, sólo cabe una posibilidad. Que en esa evolución se produzca la mayor y mejor adaptación, en una fusión menos traumática entre el hombre y la naturaleza. Sea esta del color y la forma que sea.
Nada importará si ambos, entre grandes extensiones de bosques, desiertos inacabables o estructuras de cemento, son capaces de convivir.
Sólo a ese hombre que en cada momento es capaz de comprender el medio natural en el que vive compete su análisis y su adaptación a él. El planteamiento, sorprendentemente siempre catastrofista, de cualquier otra alternativa, retrospectivamente conservadora o extremadamente futurista, serán ganas de perder el tiempo, del mismo modo que lo haríamos si nos dedicáramos a discutir sobre el sexo de los ángeles.

Felipe Cantos, escritor.

24 marzo 2010

¿Por que lo toleramos?


La tolerancia es la virtud del débil. Donatien Alphonse François, Marques de Sade.

El nivel de la casta política en general y de la española en particular ha alcanzado tal grado de denigración que no cabe otra alternativa que preguntarse por qué toleramos semejante situación.
Es muy difícil entender por qué una sociedad que presume de haber alcanzado la madurez democrática, permite a quienes deberían sentirse, cuanto menos, honrados de haber sido elegidos como representantes de esta, lejos de servirla, servirse de ella.
¿Por qué toleramos que quienes tienen el sacrosanto deber de administrar serenamente el poder que se les otorga, poniendo orden y concierto en la sociedad que les ha elegido, sean los primeros en incumplir las reglas de juego?
¿Por qué toleramos que apenas alcanzan el poder lo primero que hacen es cubrirse de privilegios y prebendas en cantidades y volúmenes que jamás obtendrían desarrollando un trabajo honrado?
¿Por qué no reaccionamos frente a la grotesca manera de protegerse, incluso ante la administración de justicia, preparando leyes que les hacen, prácticamente, intocables – incluido el personaje que representa las más altas instancias – valiéndose de artimañas y subterfugios como, entre otros, los famosos suplicatorios o, verbigracia, apelando a una intangible responsabilidad política que a nada conduce finalmente; en vez de, como cualquier ciudadano, respondan clara y directamente ante los tribunales por sus, entre otras, descaradas malversaciones, despreciables tráficos de influencias, múltiples estafas y un sin fin de variados delitos recogidos plenamente en el código penal?
En cuantas ocasiones, politiquillos de tres al cuarto, impresentables personajes de la política, en algunos casos de dudosa reputación, sino claramente delincuentes, cuyo escaso nivel intelectual ha sido obtenido exclusivamente a través de sus cargos políticos, nos obligan, apoyándose en sus “gorilas”, a cederles el sitio en cualquier situación normal, como pueda ser un ascensor, en el trafico, en un espectáculo y otros lugares similares.
¿Por qué hemos de tolerar que quienes son elegidos para servir a la comunidad, y les pagamos por ello, lejos de cumplir con su obligación de una manera sencilla y cordial, pretenden que se les rinda pleitesía, obligándonos a apartarnos como apestados en cuando aparecen?
No es difícil encontrarse en las instituciones nacionales, o supranacionales, a individuos como el mismísimo Alfredo P. Rubalcaba - y otros de igual o peor calaña - cuyo pobre y mediocre aspecto provocaría sino la desconfianza cuanto menos la hilaridad, arrollando a su paso, junto con sus matones oficiales, a cuanto ciudadano se cruza en su camino, incluso condicionando y bloqueando la subida o bajada de un ascensor, hasta que el "señor" se encuentre en el lugar al que se dirige.
¿Por qué cuando gastan, despilfarran, dilapidan el dinero del contribuyente, del que gran parte va a sus bolsillos de manera directa, jamás tienen responsabilidad alguna, ni civil ni penal, como sería el caso de cualquier administrador del mas pequeño ente empresarial, o familiar?
¿Por qué les toleramos utilizar nuestros impuestos para favorecer a aquellas minorías que les permitirán de una forma desvergonzada mantenerse en el poder todo el tiempo posible, realizando componendas y operaciones que, en demasiadas ocasiones, rayan en el lícito penal?
¿Por qué cuando hablan de situaciones críticas, o de realizar cualquier reforma fiscal o administrativa, incluso aceptando que pueda ser necesaria – como planes de empleo, desempleo, jubilaciones y otros - siempre acaban afectando estas de una manera negativa al ciudadano común, y jamás a ellos mismos; además de, con el descaro más absoluto, burlarse del ciudadano aumentándose las cuotas, que pagamos nosotros, y acortando los plazos para recibir los beneficios, en una clara ventaja, mínima, de diez a uno sobre el contribuyente?
¿Por qué toleramos, una y otra vez, que de manera tan grosera se nos tome el pelo con historias “para no dormir” como la capa de ozono, el calentamiento global y otras demostradas sandeces, incluida las histéricas sobre la salud, como la última “hazaña” de la gripe A, si todas y cada una de ellas van encaminadas a la obtención de pingues beneficios?
¿Por qué toleramos que nos manipulen de manera tan descarada, creando “instituciones” políticas, que lejos de cumplir un fin social se convierten en máquinas de obtener votos, sin que el ciudadano tenga siquiera la mínima posibilidad de acercamiento ni control, salvo que se declare incondicional de la “secta”?
¿Por qué toleramos que gentes con una formación tan deficiente que a duras penas lograría ser ordenanza en cualquier entidad de cierto nivel, e incapaz de poner orden en sus propias vidas y familias - Zapatero y las góticas - se conviertan de facto en dirigentes y administradores de nuestra vidas y haciendas?
¿Por qué toleramos que frente a las evidencias palpables de grandes patrimonios de decenas de millones de euros, se permitan el lujo de realizar declaraciones públicas, o frente a Hacienda, de unos cuantos cientos o miles de euros?
¿Por qué toleramos, pese a las claras demostraciones de una gestión catastrófica y perversa, sino delictiva, que determinados impresentables continúen en el poder, por el “simple hecho” de haber sido equivocadamente elegidos en su momento.
¿Qué clase de adormidera nos han suministrado, o nos están suministrando que lo que sería imposible de entender en el entorno de una sociedad de personas apolíticas, escandalizando al más indolente de los pasotas, sea visto como algo normal cuando se trata de esta casta, de estos sujetos aferrados al poder de manera tan visceral?
No hay duda alguna que entre las dictaduras por golpes de estados y las que se producen por la “dictadura del voto” hay, en principio, enorme diferencia teóricas, innecesarias de explicar. Pero cuando esta última – la del voto - se convierte un problema enquistado, en el que el ciudadano no tiene posibilidad alguna de defensa, estas llegan a asemejarse de tal manera que resulta difícil de diferenciarlas.
Al fin y a la postre, todas y cada una de ellas tienen sus adeptos y sus detractores. No son menos ni mejores los incondicionales obligados, los beneficiados por un régimen de paniaguados y pesebreros, como el creado por el “régimen” de Zapatero; que los que en cada momento de la historia sostienen, apoyan y jalean regímenes dictatoriales como, por ejemplo, los Castro en Cuba, los Chaves en Venezuela, y otros más de tristes recuerdos.
Puede, en el caso de la “dictadura del voto”, que los políticos afectados precisen más temprano que tarde un juez o, incluso, un confesor. Pero nosotros, los votantes, sin duda que preciamos con toda urgencia un psiquiatra. De otro modo no se entiende nuestro comportamiento.
En cualquiera de los casos, la pregunta final y repetitiva hasta la saciedad es ¿por qué lo toleramos?

Felipe Cantos, escritor.


12 marzo 2010

El clan de la ceja y sus “intelectuales de pacotilla”.


La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad… Ramón María del Valle-Inclán.

¿Por qué aceptamos e, incluso, consideramos como intelectuales a quienes abierta, constante y conscientemente infringen las más elementales normas de decencia intelectual?
Las declaraciones sobre la muerte del disidente cubano Orlando Zapata, realizadas por el actor a tiempo parcial y payaso el resto, Willy Toledo, avaladas - ¡faltaría más! - por el clan de la ceja que capitanea con indiscutible estilo fashion el sempiterno muso de la progresía, “Miguelito” Bosé, y de las que con facilidad podría desprenderse que ha sido merecida, ponen al descubierto la calaña de este sujeto y el de la secta que lo cobija.
En multitud de ocasiones me he preguntado dónde está la gracia de personajes como estos cuando de actuar se trata. Ahora, en la interpretación de su mejor personaje - él mismo – descubrimos que tiene aun menos gracia que la que dudamos en concederle en sus trabajos como presumible actor.
Cuestionarse simplemente la autenticidad de las razones que han llevado a la muerte a Orlando Zapata es de una miseria tan grande que ni él mismo – Willy Toledo - sería capaz de expresar en iguales términos, si se hubiera tratado de un asesino múltiple, convicto y confeso, encerrado en el corredor de la muerte de cualquier cárcel.
Su incomprensible sectarismo, de una falta de rigor inadmisible y despreciable, lo colocan, por méritos propios, junto con su secta, en un lugar privilegiado del ranking de las infamias.
Hace algún tiempo, en esta misma sección publicaba otro artículo en el que me preguntaba como era posible que compositores y cantantes con la sensibilidad a flor de piel – a la que indudablemente hemos de concederle grandes dosis de inteligencia - como por ejemplo, Víctor Manuel o el mismísimo Joan Manuel Serrat, capaces de crear composiciones como las suyas, podían dejarse enmarcar junto a gente tan zafia como el tal Willy, o de una pretendida originalidad a todas luces incomprensible como la del ínclito Miguel Bosé.
Aun sin respuesta, pero en la certeza de que, en el caso de estos sujetos, el alma y su alter ego, el corazón, no entiende de razones del hígado, y de manera especial del bolsillo, hoy me ratifico en mi pregunta. No hay ideología ni inteligencia, salvo por razones crematísticas, que justifique las aberraciones que estos individuos defienden.
Por ello, convencido de que de poco o nada serviría insistirles en lo lamentable de su error, no cabe más que felicitarles.
Felicidades Willy, “Miguelito” y compañia. No cabe duda que a fuerza de autoconvenceros, sabe Dios por qué obscenos intereses - o sí -, sin documentación ni argumentación que lo justifique, es posible mantenerse en la más miserable y falsa de las posiciones.
La pena y con toda seguridad la pregunta que cualquier persona en su sano juicio se hace, o debería hacerse, es por qué ante personajes de esta calaña aún existen seguidores, en su jerga “fans”, que los apoyan y siguen, sin importarles lo que todos y cada uno de ellos representan en la sociedad como “personas”.
Puedo entender que sus cerebros no den para más. Pero, ¿sus estómagos tampoco?

Felipe Cantos, escritor.

05 marzo 2010

Pasen y vean, señores… pasen y vean.



No existe nada que impida más ver la realidad y ciegue más la mente - y la vista - que un sectarismo fanático.

Bajo la impresionante carpa que da cobijo a las tres pistas, el espectáculo comienza con la más clásica de las ceremonias. El vendedor de ilusiones, incansable charlatán, se esfuerza por hacer llegar su voz a la multitud en un intento de recuperar su atención.
Tres fuertes haces de luces provenientes, naturalmente, de la parte superior izquierda, caen sobre el personaje dándole un aspecto casi sobrenatural y resaltando de manera extraordinaria el fuerte color, cómo no, rojo, emanado del aparatoso sombrero de copa que cubre su cabeza. El tronco y sus piernas, hasta la parte inferior de sus muslos, son cubiertos por una casaca tres cuartos, también, cómo no, de un llamativo color rojo. Su deformada figura, que recuerda a un alto y desgarbado Nosferatu a punto de introducirse a la puesta de sol en el ataúd, queda nítidamente definida por unas espectaculares botas de campaña en las que se pierde un negro y bien planchado pantalón bombacho.
El sujeto en cuestión no desentonaría del resto de estrafalarios personajes – piernas-largas, payasos, cabezudos y similares - que como sombras pululan por las pistas, completando la imagen ferial. Pero un detalle en él, llama la atención de los espectadores: las aparatosas cejas que en un inconfundible y exagerado acento circunflejo adornan y protegen de la luz dos ojos de un muertecino color azul.
Pasen y vean, pasen y vean, insiste una y otra vez, quizá consciente del escaso interés que parece ya despertar en el respetable.
Atrapados por la insistencia del encorvado personaje y seducidos por la curiosidad, aquella que mató al gato, algunos deciden finalmente traspasar las lindes de la enigmática puerta, no sin antes pagar un alto peaje por ello. "Espero que merezca la pena", se escucha decir. "No le quepa la menor duda, caballero", les espeta la engolada voz el ínclito charlatán, escondiendo una sibilina, casi siniestra, sonrisa.
Tras caminar unos segundos en la más profunda oscuridad, los atrevidos curiosos desembocan en el interior de una tienda instalada en la primera de las pistas de la gigantesca carpa, en cuya parte superior del marco de la puerta puede leerse "Sala de los honores".
En un momento de indecisión, sienten sobre sus espaldas la presión de una huesuda mano que les introduce definitivamente en el interior de la tienda. Es el vendedor de ilusiones, el charlatán – rojo - ambulante, con su inconfundible sombrero y su impecable casaca. "Esto que ustedes verán, lo he logrado yo solito. Sin apenas ayuda de nadie". "Bueno, si he de ser sincero, continúa, más bien con la apatía, el desinterés y la indolencia de gran parte de los espectadores y la mayoría de mis colegas. "Pero, bueno, casi mejor, pretendió sentenciar. Ya conocen aquello de que si no colaboran, cuanto menos que no estorben".
Incapaces de reaccionar, los atrevidos curiosos no dan crédito a la imagen que ante sus ojos se ofrece. Sobre un sofá de los conocidos como venecianos, dos figuras fácilmente identificables con Almodóvar y Mac'Namara, se afanan en demostrar las numerosas cualidades que les adornan, como dominadores del "arte de la sodomía". A su alrededor, jaleándoles, un Zerolo cualquiera capitanea una turba de enfervorecidos fans del arte de los Dionisios que, como ejército en las fiestas de moros y cristianos, desfilan en círculo alrededor de sus ídolos, profiriendo gritos entusiastas, cuales "locas" descarriadas, en la celebración del mejor día del orgullo gay, y lésbico, naturalmente.
No bien finalizada la salida del último de los curiosos del impresentable antro, cuando se deja oír una enojada voz que pretende dejar las cosas claras. "Coño, por qué demonios no le cambian el nombre y en vez de honores le llaman horrores, a la jodía sala".
Unos metros mas allá del repugnante espectáculo, en la segunda pista, la central, un numeroso grupo de, lo que parecen, machos cabríos, de retorcidos y puntiagudos cuernos, elevados sobre una construcción a medio finalizar, que vagamente recuerda a la bíblica torre de Babel, se afanan en ponerse de acuerdo expresándose en diversas lenguas que poco o nada tienen en común. En un determinado momento, en que parece que la tensión se eleva, uno de los machos cabríos parece enojarse seriamente. "Joder, a ver si nos dejamos de capulladas y hablamos en cristiano, que aquí no hay Dios que se entienda, carajo".
Los desconcertados curiosos pueden escuchar a sus espaldas la engolada voz del rojo charlatán sacamuelas tratando de instar al grupo discordante a poner paz. "Tiene razón, Montillón. Bien está lo que está bien… para el personal, claro". Su sibilina sonrisa no tiene desperdicios. "Pero, hombre, aquí, y entre nosotros…". Con un aparente gesto de picardía dibujado en su amanerada boca, invita a los estupefactos visitantes a continuar con la visita.
Desplazado el grupo hasta la tercera y última de las pistas, encuentran en ella dos tiendas de características similares a las anteriores, pero de menor tamaño. Dada la dificultad para acoger en una sola a los visitantes, estos son divididos en dos grupos de modo que cada uno de ellos pueda alternar la visita. El primero se introduce en la carpa situada a la izquierda del centro de la pista. Sobre su puerta puede leerse en caracteres árabes, Alianza de Civilizaciones. "Esto promete", se escucha murmurar. “¿Por qué?", se interesa una segunda voz. "Supongo", interviene una tercera, obligando a detenerse por un momento al grupo para volver la mirada "que es por lo que pone sobre la puerta de la otra pequeña carpa": los intereses de las minorías mayoritarias.
Apenas pasados unos minutos cuando del interior de las dos carpas se escuchan sonidos tan contradictorios que provocan el desconcierto en ambos grupos. Del primero de ellos, el de la izquierda, las palabras, desagradables por demás, logran alcanzar en algunos momentos el calificativo de blasfemias. Del segundo, las risas y risotadas que se escuchan son tan aparatosas que podría decirse, sin temor a equivocarse, que alguien, en su interior, ha perdido el juicio.
Finalmente ambos grupos vuelven a coincidir en el pequeño espacio central que separa las carpas. Estos no pueden evitar interrogarse con la mirada. "Chicos" acaba por decir uno de los integrantes del grupo de la izquierda, con evidente signos de contrariedad: "Estos es indignante. Pues no pretende que comprendamos las bondades de eso que llama Alianza de Civilizaciones, mientras ultrajan todos nuestros principios y signos de nuestra civilización. Hasta había un tío parecido al presentador ese cheposo, si, hombre, el vestido de rojo, que se dedica a descolgar crucifijos y morderlos".
Uno de los curiosos que procedía de la segunda de las carpas, la de la derecha, apenas conteniendo la risa, acabó por decir: "Pues lamento lo escuchado. Pero no te preocupes, en cuanto te introduzcas en la otra carpa te aseguro que tu risa superará sin duda a tu mal humor".
Aun sin comprender bien el mensaje recibido y con serias dudas de que pueda haber algo que convierta su claro malestar en una simple sonrisa, el malhumorado visitante se introduce en la segunda de las carpas, seguido de sus habituales acompañantes. En los escasos treinta segundos en que sus ojos han podido captar algunas de las imágenes que se exhiben en el interior y leer algunos de los textos que ilustran estas, parte de los curiosos visitantes comienzan a exhibir abiertas sonrisas que acaban por convertirse en sonoras carcajadas que, como sucediera antes, traspasan las lindes del interior de la carpa. Otros no saben bien si unirse al coro de risas, o llorar.
Sobre pequeños altillos de madera, a modo de escenarios, se exhiben sin pudor algunos "personajes" que a la sombra del ínclito presentador de rojo, a quien en algún momento alguien llamó zp, se afanan en dar vida y carácter a la futura generación de seres alienados. Entre otros, y como modelos destacados, pueden identificarse sin dificultad a Rodolfo Chiquilicuatre y su banda de “elegantes damas”; El Koala con su Corrá “pa pá”; la mini-ministra Aido con su ministerio del aborto y del clítoris. En lugar preferente los más conocidos representantes del sindicato de la ceja muestran con orgullo su eterna pancarta en la que puede leerse: "zp, hermano, te damos la mano… con talón, claro".
A la salida de la carpa, rematando la pequeña muestra exhibida en su interior, un grupo de esperpénticos personajes, difíciles de ser ubicados en ningún lugar de la jungla urbana conocida, se desgañitan interpretando una canción que, salvo uno, el más joven de los visitantes, nadie es capaz de reconocer. “Son las legiones de progres, la guardia pretoriana de ese charlatán de presentador, conocido como zp”, comenta. “Les llaman la generación nini (ni estudio, ni trabajo), cantando su principal y único éxito. Vamos, su himno, Dame pan y llámame tonto”.
Los últimos visitantes que, desolados, abandonan la gigantesca carpa que cobija, entre otros, los tres penosos espectáculos exhibidos, no pueden evitar un escalofrío ante la muestra de repugnante vulgaridad e indecencia que domina todo el interior.
En la puerta, un personaje disfrazado de juez – o no - semejante al juez Garzón, distribuye sentencias que pueden ser adaptadas al gusto del consumidor. A su lado, con su rutinario cántico, el charlatán rojo continúa vendiendo su burda mercancía: pasen y vean señores,… pasen y vean.
Uno de los visitantes, curioso por demás, no puede evitar el preguntar. Oiga, ¿zp, no? Bien, zp, ¿cómo se llama este circo?
El ínclito personaje inicia su respuesta con una desagradable sonrisa, difícil de definir, Creo que se llamaba España. Pero ahora, sentencia, definiendo su sonrisa en un gesto burlonamente macabro, no sabría decirle. Dependerá de quién y para que lo pregunte.

Felipe Cantos, escritor.