10 febrero 2007

El señuelo de “salvemos el planeta”: un negocio emergente.

Espero probar que la naturaleza posee los medios y las facultades que le son necesarias para producir por sí misma lo que admiramos en ella. Jean-Baptiste de Monet.

Desde mucho antes que consiguiera alcanzar el dudoso honor de tener eso que llamamos “uso de razón”, recuerdo que, junto con los de mi generación, fuimos educados en el respeto más absoluto al medio que nos rodeaba, allí donde fuera que tuviera la necesidad de habitar. De manera especial por eso que siempre hemos conocido como “la naturaleza”.
Y aunque difícil se nos hacía para aquellos que atrapados en un Madrid emergente vivíamos inmersos en una “naturaleza de hormigón”, siempre tratamos de cumplir con aquella máxima que permitía, esperanzadoramente, conservar pequeños espacios verdes, o en ocasiones grandes extensiones como El Retiro madrileño, o la inigualable Casa de Campo, para hacernos la vida un poco más agradable. En múltiples ocasiones, aquella obligación se convirtió en un lamentable, pero simple problema de educación cívica, sin necesidad de alcanzar la dramática repercusión que hoy le otorgamos.
Conservar esos grandes espacios, o escogidos y entrañables lugares, era algo que preocupaba de manera evidente al ciudadano medio que, aunque inmerso en sus diarios problemas, era consciente de la importancia de preservar una mínima calidad de vida natural.
Con el tiempo, esa estimulante sensación se fue convirtiendo en una obligación que está condicionando no sólo la vida del ciudadano de cualquier parte del mundo, sino su conciencia. Ya no basta con ser un buen y ejemplar vecino, hay que comprender que tras de aquella basura inoportuna, aquella botella fuera de su lugar, o aquel uso de un inadecuado spray, este está contribuyendo, dicen, a destruir la calidad del planeta que habitamos, destruyendo, entre otras, la capa de ozono que nos protege de infinidad de males estelares.
Por una pura aplicación del sentido común, no seré yo quien se aparte de los mejores postulados para defender lo mucho y bueno que la naturaleza, si la tratamos bien, es capaz de ofrecernos. Pero no por ello, tras de reflexionar razonablemente, dejaré de pensar que, seguramente, son demasiados los “hechiceros” que vienen previniéndonos de los terribles males que nos depara el futuro ecológico.
Desde la noche de los tiempos el hombre, consciente o inconscientemente, ha venido quebrantando las leyes que la naturaleza se impuso a sí misma. Bien es cierto que en función del momento y el lugar esa trasgresión ha tenido un efecto mayor o menor.
Es innegable que este es uno de los peores momentos que se puede recordar, y que determinadas acciones puntuales están perjudicando de manera notable a nuestro planeta. Baste como ejemplo la excesiva emisión de gases tóxicos, o la imparable deforestación de uno de los pulmones del planeta: el Amazonas.
Ahora bien, decir que nos encontramos en un irreversible momento por mor de los “errores” que el ser humano está cometiendo creo que, además de una gran falacia, se trata de un mensaje sumamente interesado.
Denunciar un evidente e importante problema de orden natural no autoriza a los grandes interesados a convertirlo en irremediable Apocalipsis. En su parcial e interesada causa, estos grandes agoreros parecen querer olvidar que la Madre Naturaleza ha sabido siempre volver a poner las cosas en su lugar o crear, por pura evolución, un nuevo estado de las cosas.
Y quizás en esto último se encuentren las claves que permitan, al ciudadano común, alcanzar la máxima compresión del problema: razonable preocupación por el medio en el que vive, sin duda alguna; innecesario y falaz alarmismo, jamás. A modo de ejemplo les adjunto una reciente noticia en la que se denuncia la manipulación que de este “problema” se viene haciendo:

La obsesión 'verde' de Medio Ambiente

El alarmismo ecológico se ha convertido en una herramienta clave de la política llevada a cabo por el Ministerio de Medio Ambiente con el objetivo de justificar sus decisiones y, de paso, incrementar así sus competencias y sus recursos presupuestarios –3.806 millones de euros en 2007, lo que supone un aumento cercano al 20% con respecto a 2004–. Una política medioambiental que, además, no ha estado exenta de conflictos.

Este ejemplo se circunscribe a un caso y un país concreto. Pero es extrapolable a cualquier otro lugar de la tierra. Son muchos y muy bien pagados los miles de hechiceros catastrofistas que viven de provocar el miedo en la población mundial. En ocasiones con mensajes tan contradictorios como que el deshielo de los polos conseguirá inundar gran parte de las poblaciones costeras del mundo, arrasándolas; hasta pronosticar que nos acercamos a una nueva era glacial. Ahora, lo que se “lleva” es el mensaje del afamado cambio climático.
Lo cierto, como antes les decía, es que la Madre Naturaleza, siempre, ha sabido responder a estos retos, creando, en su natural evolución, un nuevo estado de las cosas. Puede que no como las que conocíamos hasta este momento, pero siempre, finalmente, equilibradas. El planeta, desde su formación, junto con el universo en pleno, ha “sufrido” grandes cambios que, por razón de tiempo y espacio, considero inapropiado enunciar aquí.
Frente a lo que sostienen los interesados catastrofistas que pretenden vender su producto como dogma de fe, profetizando, por ejemplo, que en los próximos cien años la temperatura media en el planeta subirá entre dos y cuatro grados (¿), soy de la opinión de que no hay razones suficientes que justifiquen la excesiva alarma creada e, incluso, el pánico provocado en la población mundial. Sin embargo el negocio parece funcionar bien, observando, lamentablemente, el incesante crecimiento del número de profetas y brujos.
Aún en el supuesto de que estos pudieran tener “toda” la razón, deberían hacer el mismo uso de la prudencia que el que solicitan de los ciudadanos del planeta al emitir sus vaticinios. Claros ejemplos de continuos errores los tenemos por cientos. Sin ir más lejos los últimos pronósticos sobre el cambio climático, anunciándonos importantes variaciones en las estaciones del año, con las precipitaciones de unas y las casi carencias, o desapariciones de las otras.
Ni lo uno, ni lo otro ha sido cierto. Puede que no exactamente en las fechas a las que estamos acostumbrados. Pero, en términos generales, los inviernos han sido fríos, nevados, e incluso muy lloviosos – pese a los pronósticos en contra – así como los veranos, tal vez algo más largos, pero igualmente calurosos, o más.
La síntesis es muy simple. Sin duda hemos de preocuparnos de que nuestro comportamiento cívico, y, cómo no, industrial, no incida de manera negativa en el medio ambiente, cuidando que este, en su menor detalle, se deteriore lo mínimo o, si es posible, nada.
Para ello, entre otras medidas, deberían servir las recomendaciones, alejadas del catastrofismo habitual e interesado – suele ser un poderosa arma política utilizada por las izquierdas contra el capitalismo, la globalización, e iniciativas similares – propuestas para el Congreso sobre el Cambio Ambiental Global.
Estas propuestas nos animan a que, a la vista de esta nueva situación de progreso industrial y social, se desarrollen puentes entre las distintas disciplinas científicas, cuya sinergia nos permitan llegar a comprender de una manera integral el funcionamiento de los ecosistemas y de los impactos que el ser humano está provocando en ellos. Ambos procesos, pese al “pesimismo” mostrado por los gurus anunciadores del Apocalipsis, aún pendientes de una clara definición y de su desarrollo.
Sin duda alguna, hemos de asumir nuestra parte de culpa y responder de manera positiva ante lo que, le pese a quien le pese, todavía está muy lejos de haberse convertido en un problema de irreparable magnitud para el ser humano.
Y no olvidar que incluso pasando por momentos difíciles la, esta sí, inevitable evolución humana precisa de altibajos para llegar finalmente a consolidar su imparable desarrollo.
Nada es posible de conseguir sin correr determinados riesgos.

Felipe Cantos, escritor.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy totalmente de acuerdo, y me alegro de haber encontrado a alguien que discrepe de la moda actual.

Siempre ha sido atrevida la ignorancia, y ahora se demuestra sin tapujos por todo el mundo que alardea de ser "verde".

Respetuosos y protectores de nuestro medio, por supuesto, pero fans de videntes de medio pelo, para nada...

Un saludo, Felipe.

Anónimo dijo...

a mi me parece genial tus criticas, todo es negocio, pero si nos sirve de algo aunque sea un poco en mismo presente ya nos vale, buen blog

Anónimo dijo...

Estoy con todo lo expuesto y además añado que debeis visitar esta dirección donde realmente se demuestra que en mi pueblo cuidamos los temas medio-ambientales.
:http://www.youtube.com/watch?v=3de26Ch-hxA
HASTA PASCUA???
Besitos para todos
cortesol4H