21 junio 2006

¡Vale!: “Cataluña is not Spain”. ¿Y después qué?


¿De qué le sirve a un hombre obtener la independencia de su tierra si a cambio pierde la suya?

Pues si. Si alguien no lo remedía, por ejemplo el Tribunal Constitucional, en el supuesto de que el Partido Popular, u otra entidad, estén por la labor de presentar un recurso a tal instancia, se ha iniciado el desgarramiento de España. La aprobación del nuevo texto, una nueva Constitución disfrazada de Estatuto Catalán, por una pírrica mayoría/minoritaria - 35% del censo electoral - ha dado el pistoletazo de salida que, sin duda alguna, la totalidad de los nacionalismos irracionales tratarán de aprovechar en estampida.
Dejando al margen, si finalmente es aplicado, las consecuencias políticas y sociales, a mi entender sumamente negativas, que la aprobación del nuevo estatuto va a provocar en Cataluña, y por extensión a España, en todos los ordenes de nuestra cotidiana vida, he tratado de acercarme a algunos de los más exacerbados defensores, evidentemente votantes del impresentable texto ¿legal?, para conocer de primera mano cómo se sentían después de su aprobación.
He de confesar que durante años he realizado un ejercicio de diálogo permanente con estos defensores de una nacionalidad inventada a golpe de imaginación y fantasía y, siempre, de grandes mentiras. Algunos de ellos, hasta ahora, buenos amigos. Otros, no tanto. Incapaces de concretar en qué fundamentaban sus constantes reivindicaciones, de manera especial el derecho de independencia, todos ellos exponían un sinfín de injustificadas vaguedades que, peligrosamente y a falta de otros argumentos, venían a converger en la “matriz”, en la raíz catalana. En más de una ocasión me he visto obligado a recordarles que cuando anteponemos la “madre” a la razón estamos acercándonos peligrosamente al fascismo.
Entre otros tantos falaces argumentos, a falta de conocer bien su propia historia, he escuchado hasta el hartazgo la falsa cantinela de que mientras Cataluña trabaja para todos los demás, estos duermen plácidamente la siesta. Por lo que los catalanes, naturalmente, tenían todo el derecho del mundo a sentirse perjudicados. Incluso, estafados.
Lo cierto es que, en su fuero interno, y pese a la “encomiable” labor realizada por el sibilino nacionalismo durante los últimos treinta años, todos reconocían no tener la más mínima esperanza de que, jamás, las circunstancias pudieran derivar en una situación tan cercana a sus postulados. Era, y algunos han tenido la valentía de admitirlo, un “bonito” ejercicio de política-ficción.
Lamentablemente, gracias a un traidor irresponsable en el Gobierno de España, la traición a su juramento de defender la Constitución como Presidente es incontestable, lo que parecía, al decir de los interesados, política-ficción se ha convertido, igualmente, en una incontestable realidad.
Varios acontecimientos de todo lo sucedido en estos días me han dejado un desagradable sabor en lo más profundo. Pero dos destacan de manera excepcional. El primero y más terrible es que, al amparo de la nueva situación, algunos de mis polémicos interlocutores durante años, han tratado de justificar la falta de libertad que se ha vivido, y se vive permanentemente, en ese “nuevo país” y, descorazonadoramente, las agresiones recibidas por miembros de otras formaciones políticas, cuando intentaban exponer sus tesis. Por esa razón me refería más arriba a lo “buenos amigos, hasta ahora”. En eso, lamentablemente, sí debo afirmar que se han producido cambios importantes.
El segundo de los hechos es, por el contrario, una tremenda ironía. Nada parece haber cambiado en la mentalidad de quienes hace mucho tiempo vienen tratando de justificar reivindicaciones independentistas. Ahora, a la luz de la nueva situación, continúan, igualmente, siendo incapaces de exponer las “grandes ventajas” que le reportará a su vida cotidiana, como ciudadano de a pie – otra cosa será para la clase política dominante – la aprobación de un Estatuto/Constitución, terriblemente intervencionista en la vida del ciudadano, intencionado prolegómeno de una independencia que se presenta difícilmente evitable.
Aún así, dada la forma en que ha sido realizado el trámite para la aprobación del Estatuto de Cataluña, repleto de irregularidades y de ilegalidades inconstitucionales, y probablemente jurídicas, tengo la esperanza de que la situación pueda ser reversible.
Pese a todo, con ratificación del “infumable texto”, o con el rechazo del mismo por el Tribunal Constitucional, seguiré considerando la nula consistencia de sus argumentaciones y la falta de sentido común a quienes, como ciudadanos “independentistas catalanes” de a pie, vienen apoyando tales postulados. Ninguno a sabido, jamás, decirme, salvo vaguedades, en que le beneficiará cambio tan importante en sus vidas. Por eso, continuaré haciéndoles la misma pregunta que, durante años, ninguno ha sabido responderme con claridad: ¿Independencia? ¡Vale! ¿Y después qué?
¿De qué le sirve a un hombre reclamar la independencia de su tierra si a cambio pierde la suya?

Felipe Cantos, escritor.

No hay comentarios: