15 septiembre 2006

La insultante estafa de los seguros del automóvil.



No hay otro infierno peor para el hombre que la necedad o la ruindad de sus semejantes. Marques de Sade.

Tengo para mí la sensación de que al albur de cuanto, desgraciadamente, está sucediendo en esta sufrida España, desviando la cotidiana atención de los problemas que deberían preocupar al ciudadano de a pie, algunos sectores de nuestra sociedad, especialmente los económicos, están obteniendo pingues beneficios.
Sin olvidar sectores como el inmobiliario, el energético, o la banca, por citar algunos, llevo un tiempo reflexionando sobre la impuesta necesidad de los seguros del automóvil. Y a fe que, por más que lo intento, no logro saber para qué carajo precisamos los sufridos automovilistas semejante seguro. O cuanto menos del modo en que está concebido actualmente.
Bien es cierto que como empresario, ya retirado, tengo un gran respeto por cualquier iniciativa empresarial y, ni que decir tiene, que acepto de pleno que su objetivo sea, por encima de cualquier otro, la obtención de beneficios al final de cada ejercicio mercantil.
Ahora bien, de eso a pretender que los sufridos clientes de cualquier compañía de seguros nos convirtamos en altruistas donantes, a fondo perdido, de una importante cantidad de euros de nuestro presupuesto anual, como si se tratase de colaborar con cualquier ong al uso, media un abismo.
Desde que las compañías de seguros se “inventaron” la aplicación de eso que ellos llaman eufemísticamente bonus, y que yo calificaría de “termómetro de rentabilidad”, nos encontramos con la paradoja, como en las enfermedades incurables, que si tu temperatura de riesgo sube más de lo que les interesa a estas, lo mejor es dejar al enfermo a su suerte.
No será preciso que entre los “bonus malus y los bonus buenus” – ignoro si así se llaman – se produzca una gran descompensación a favor de los primeros, o incluso igualados. Bastará con que en la correlación de fuerzas esté ligeramente a favor de los “malus” para que la compañía aseguradora de turno reconsidere el análisis de su póliza y se planteé, sin más, rescindirla.
En otras palabras. Aunque el importe por usted pagado por el seguro contratado supere a los posibles cargos ocasionados por los razonables accidentes, usted dejará de tener interés para la compañía en cuestión. El índice de riesgo es, dicen, demasiado alto.
Y es que se trata, como decía al principio, de que usted pague, sin más y a fondo perdido, una cantidad, no para prever las posibles consecuencias de un accidente, sino para alimentar la insaciable voracidad de su compañía de seguros.
Por esa razón se entiende que cada vez son más las compañías que en sus reclamos publicitarios ofrecen descuentos descomunales, de hasta el 60%, a “buenos conductores” – que jamás tengan un accidente - merecedores de el máximo posible de “bonus buenus”, desechando a aquellos conductores que, no necesariamente, sean el colmo de la torpeza, pero que en su devenir constante suelen tener pequeños accidentes y roces, o simplemente mala suerte.
Y yo me pregunto, para qué sirve un seguro a todo riesgo que pagado religiosamente cada año sólo pretende colocarte en el cuadro de honor de “los buenos conductores”; pero evita tener que cubrir los posibles accidentes que tu automóvil pueda tener y que, en base a los “bonus malus” prescindirá de ti con toda urgencia en el momento que estos sobrepasen la línea roja.
Yo, dejando por un momento la modestia a un lado, soy un razonable buen conductor y creo que a lo largo de mi vida, como tal, habré dado, a lo sumo, tres partes de pequeñas cosas, generalmente encontradas después de depositar el coche en un parking. De manera que, y perdonen la franqueza, para qué coño quiero yo un seguro a todo riesgo, o a terceros con franquicia, de mi automóvil que sólo, salvo serios imprevistos, me reportara, por ser como soy, la acumulación de un maravilloso número de “bonus buenus”. Imagino que como en mi caso se encontrarán millones de conductores.
Bien es cierto que existe otro tipo de conductor, tal vez con peor suerte que el que escribe, que suele tener pequeños y no tan pequeños accidentes de forma frecuente. Pero no se alarme querido lector. Para eso, nuestras ínclitas compañías de seguros han encontrado hace tiempo, además del “bonus malus”, otra alternativa: la famosa franquicia. De manera que si tiene usted la “suerte” de pertenecer al club de los franquiciados sabrá que todo desperfecto que sufra su coche hasta una determinada cantidad, además de haber pagado religiosamente a su compañía su seguro, que no sé para qué demonios sirve, deberá ser pagada igualmente por usted.
Y es que la síntesis es bien sencilla: o es usted un inigualable conductor, repleto de “bonus buenus”, que nunca tiene problemas con su automóvil, en cuyo caso usted dejará año tras año, repito, a fondo perdido un buen puñado de euros en las arcas de su compañía de seguros o, si no tiene usted tanta suerte, pese a haber pagado igualmente una importante cantidad a su seguro, correrá con los gastos de cuantos pequeños o medianos accidentes puedan sucederle.
Sólo en el caso de sobrepasar los límites de esa franquicia impuesta, que puede suponer un accidente de magnitud extrema, incluso con resultado de muerte, será la compañía la que - por fin sabremos para qué sirve lo que pagamos - se hará cargo de las cantidades devengadas.
No conozco las cifras de las compañías de seguros en ese apartado, aunque sus beneficios crecen y crecen anualmente, pero, en esa situación tan excepcional, no tendría ningún inconveniente en reintegrarme a la dinámica empresarial y crear una cuanto antes.

Felipe Cantos, escritor.




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