25 mayo 2006

El respeto a la soberanía de un país en el seno de la UE vs. La balcanización de España.

La verdad, la ley, el derecho, la justicia dependerían de algunos cientos de traseros que se levantan contra millones que se quedan sentados.

Decía Bernard Groethuysen que “los hombres valen lo que valen sus derechos. Lo que hace de un hombre un hombre es al mismo tiempo lo que le dan sus derechos.”
Soy de los que consideran que, en función de esos derechos, el hombre debe hacer siempre un esfuerzo por entenderse con sus semejantes, incluso a riesgo de ceder parte de ellos, siempre que no pierda un ápice de su dignidad.
No estoy a favor de una defensa a ultranza de los postulados que uno pueda mantener, pese a que el defensor pueda considerarse en plena posesión de la verdad. No creo que nadie haya conseguido jamás tal grado de perfección. Por ello, nada me congratula más que poder entender con facilidad a aquellos que, en determinadas circunstancias, no consiguen que sus mensajes, si es que los tienen, me alcancen. Siempre realizo verdaderos esfuerzos por acercarme a sus razonamientos. Pero, en ocasiones, aún habiendo optado por alejarme de mis propios postulados, esto ha resultado imposible, además de frustrante.
Ello me ha llevado a una conclusión: un hombre puede llegar a ceder en sus postulados y aceptar perder parte de sus derechos a favor de los demás. Pero jamás perder el horizonte de su dignidad. Dignidad que debería estar impresa a fuego en lo más profundo de su cultura. Cuando eso suceda, es evidente que se habrán traspasado todas las líneas rojas y se encenderán todas las alarmas.
Los acontecimientos que se están produciendo en estos últimos meses en España, de manera muy especial en la nueva situación de Cataluña y, naturalmente, en la enquistada Euskadi, sobrepasan todos los límites establecidos. Sorprende que en un país, en el que en principio todo parecía encontrarse en orden, una minoría, muy minoritaria, de ambiciosos políticos, sorprendentemente dirigidos por el propio presidente de la nación quien, no lo olviden, para acceder al cargo juró – evidentemente en falso- defender la constitución, estén manipulando y cambiando a una adormecida e indolente sociedad, como si nada fuera con ellos. Instituciones Publicas, con la Institución Monárquica a la cabeza; empresas privadas; cualificados profesionales independientes, algunos de ellos – como los deportistas de élite – mostrando en cuantas ocasiones le son propicias su “sentir” cuando defienden la camiseta de su país, en momentos tan determinantes como los actuales no hacen la más mínima manifestación de aceptación, o repulsa ante todo lo que está sucediendo.
Por ello, la Unión Europea se equivocaría de pleno, salvo que en su seno se tomara la grave decisión de apartar a España del grupo de socios, si considerara que es un problema que atañe única y exclusivamente a un país determinado, porque el cáncer pudiera estar dañando no sólo la soberanía del propio país que lo padece, sino a todos y cada uno de los países que conforman la Unión.
Soy plenamente consciente de que antes de apelar a las conciencias – y a la colaboración – europeas, deberán ponerse en marcha todos los recursos democráticos de los que dispone la soberanía de un país. Pero todo ello deberá darse en el necesario juego de las inevitables alternancias de los partidos políticos. Yo puedo entender que, por respeto a la soberanía de un país, se pueda aceptar que un gobierno llegue al poder bajo la sospecha latente de un atentado terrorista que, el citado gobierno, no desea investigar; que el presidente que juro defender la constitución que lo amparó y lo permitió llegar al poder, sea el diseñador y principal artífice de su destrucción; que se pueda “comprender” y tolerar que su política exterior no sea lo suficientemente acertada, provocando, y preparando para el futuro, problemas de difícil solución; que su política económica se aleje de manera brusca y rápida de las coordenadas establecidas – ya se especula con la posibilidad de expulsar a España de la “zona Euro” - perjudicando de manera notable al conjunto social al que pertenece, incumpliendo con las propias reglas de juego establecidas en su momento, llegando, incluso, a verse de manera regular en los tribunales de justicia para solventar sus desvaríos; que su política de inmigración sea el semillero de futuros conflictos imprevisibles; que por mor de las inevitables transformaciones que en toda sociedad se producen cada determinado tiempo, lo que comenzó siendo aceptado como un estado, se convierta en “dos”, “cuatro”, o “veintiuno”, siempre y cuando sea producto de la decisión soberana de los ciudadanos de ese país; que en su política de administrar la justicia lo más destacable sea la politización de todos los estamentos, claramente controlados por el ejecutivo; que en su política de justicia social y policial, por entender que en ello le van en juego sus intereses de votos, acepte poner el estado de derecho a los pies de una banda terrorista representada por una asociación ilegalizada por la justicia y declarada fuera de la ley por todas las instituciones internacionales. Todo ello y más, insisto, es posible “entender” dentro del juego de eso que llamamos democracia.
Pero lo que ya no logro entender es la indiferencia europea ante lo que está sucediendo en Cataluña: la llamada de los nacionalistas a votar atacando, físicamente, a las demás formaciones políticas que no coinciden con sus postulados. Equivocados, o no, el voto de los ciudadanos debe provenir de la reflexión que le permite el sagrado derecho de poder escuchar todas y cada una de las propuestas que se ofrecen. Cuando eso no es posible y el ciudadano vota dirigido por la conminación y la ignorancia, cuando no por el miedo, el resultado de esas elecciones queda ilegalizado de facto.
Es muy posible que, independientemente de lo poco que se pueda esperar de la iniciativa directa de las Instituciones Europeas, haya que realizar un gran trabajo de información por parte de los grupos que se han visto privado de sus derechos. Sin duda, para evitar futuras situaciones iguales, o peores, en el seno de la propia Unión Europea, se hace inevitable la creación de un sólido informe que recoja todo lo que está sucediendo en Cataluña.
Si estando en el camino de dar forma y solidificar la nueva Constitución Europea no somos capaces, como verdaderos europeos, de enfrentarnos seriamente a situaciones como las sucedidas en Cataluña, y por extensión hace años en Euskadi, ¿de qué Europa, de qué Unión estamos hablando?
¿Hasta dónde la soberanía de un país de la Unión Europea puede ser respetada e inviolable? ¿Hasta dónde la Unión Europea puede tolerar que en su seno se produzcan situaciones xenófobas, racistas y de abuso de poder institucional, fácilmente identificables?
¿Hará falta, sin necesidad de remontarse a lo sucedido en la Alemania nazi, recordar lo sucedido hace escasos años en los Balcanes, dando origen a los dramáticos acontecimientos ya conocidos?
Felipe Cantos, escritor.

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