27 mayo 2006

Las emociones condicionan y esclavizan nuestra inteligencia.


Entenderemos lo que es la inteligencia si somos capaces de encontrar el equilibrio entre lo racional y lo emocional. Felipe Cantos.

Que la materia gris que al nacer da forma a nuestros cerebros requiere de la mejor ubicación, es indudable. Que esta, por mor de la fortuna, en ese, siempre, injusto reparto, aportará en el futuro beneficios a unos y adversidades a otros, es de todos sabido.
Igualmente, es indiscutible que todo cuanto vayamos introduciendo en ella será, mientras niños, responsabilidad de nuestros mayores y directamente nuestra cuando logramos esa mínima independencia como personas, al alcanzar lo que se conoce como “uso de la razón”, marcando de manera decisiva nuestro futuro.
Por ello, aunque tópico, es tan importante que desde la más tierna infancia consigamos enviar a nuestro cerebro estímulos positivos que, aunque no siempre del agrado del receptor, entiéndase, por ejemplo, los estudiantes, le aporte un sólido bagaje para ese incierto futuro.
Pero lo que no acababa de definirse en la historia del pensamiento humano son las razones que, una vez asentados los cerebros y siendo, en principio, aparentemente todos iguales, nos impulsan a utilizarlos y manifestarnos de manera tan dispar.
Inéditos estudios realizados en “procesos del pensamiento y la creatividad”, han venido a aportar a esta incógnita valiosos datos que nos permiten afirmar que el hecho de disponer de un coeficiente de inteligencia alto, o muy alto, no garantiza que los resultados de su utilización sean superiores a cualquier otro de inferior coeficiente.
Es posible que en una primera instancia esto pueda sorprender. Siempre se ha considerado al ser más inteligente, aquel cuyo coeficiente superaba con facilidad los 111, que difícilmente cometerá errores “de bulto”. Aquellos en los que con suma facilidad caen, caemos los más “normales”.
Sin embargo el mito del que más tiene – en intelecto, se entiende – más puede, ha comenzado a desvanecerse. Los estudios aludidos antes, demuestran con toda claridad que en nuestra Inteligencia Global se encuentra lo que conocemos como Inteligencia Emocional. Es una parte de nuestra inteligencia, no demasiado grande, a menudo desdeñada y eclipsada por la fuerza de La Razón que nos aporta nuestro Coeficiente de Inteligencia. Pero cuya influencia suele ser muy importante a la hora de tomar nuestras decisiones, condicionando nuestro comportamiento de manera clara y decisiva.
La amplia gama de emociones, comprendidas en esa Inteligencia Emocional, que condicionan al ser humano, desde el placer o la cólera, pasando por la decepción, el miedo, la satisfacción y otras, hasta llegar a la más exultante alegría, o a la más terrible depresión, consiguen dejar en un segundo plano la capacidad de raciocinio del más inteligente de los seres vivos, por alta que esta sea.
Ello explicaría el por qué unas personas, objetivamente menos inteligentes, consiguen orientar sus vidas mejor que otras con mayor capacidad. O, aún más evidente, esta segunda termine trabajando para la primera.
Sin duda, ambas, utilizan a diario su capacidad mental de la mejor manera posible. Sin embargo, una de ellas no permitirá que su Inteligencia Emocional interfiera en su capacidad plena de razonar, o lo hará en el menor grado posible y, seguramente, de manera instintiva. En tanto que la segunda, al ser dominada por su esa Inteligencia Emocional, seguramente no podrá evitar que esta condicione sus decisiones, provocándose con ello un evidente perjuicio, frente a la primera.
Sé que frente a las emociones es muy difícil realizar acciones perfectamente planificadas. Pero no es imposible, si tenemos en cuenta que, como antes les decía, nuestra Inteligencia Emocional, frente a lo que se pueda creer, no es puramente instintiva, sino que es una parte más de nuestra Inteligencia Global.
Sin necesidad de alcanzar el grado de insensibles o indolentes, es posible desarrollar la capacidad de entender y manejar con mayor equilibrio esa Inteligencia Emocional, para que no entorpezca nuestro razonamiento.
Bien es cierto que cada ser humano es un mundo, y que tratar de generalizar ciertas reglas para conseguir comportamientos similares es complejo. Pero tras lo leído, uno llega a la conclusión de que si en más de una ocasiones, en el pasado, nos hubiéramos detenido a reflexionar unos instantes, antes de tomar determinadas decisiones plenamente condicionadas por la Inteligencia Emocional, a buen seguro que parte de nuestro presente y de nuestro futuro inmediato serían distintos.
Aún así, es justo reconocer que pese a que la Inteligencia Emocional sea una pequeña parte de esa Inteligencia Global que todos tenemos, también es, sin duda alguna, la que marca las actitudes superiores y tiene la capacidad de afectar profundamente a todas las otras habilidades, facilitándolas o interfiriéndolas.
Por ello, pese a lo que los científicos pueda opinar, o incluso pretender, fríamente, de todos nosotros, es difícil evitar que en determinados momentos ciertas emociones, comprendidas o no en esa Inteligencia Emocional, nos “obliguen” a olvidar la razón y nos dejemos llevar por ese otro órgano, a veces tan olvidado, en donde se concentran todas las emociones: el corazón.
Admitamos que, seguramente, los mayores logros en este mundo se han conseguido vía corazón, en estados de entusiasmo y placer e, incluso, en grado de desesperación, o de suma ansiedad. Lo importante, al final, es conocer que existen ambas posibilidades y que, en la medida de lo posible, deberemos saber hacer uso de ambas, según proceda.

Felipe Cantos, escritor.





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