25 enero 2006

La lenta velocidad de la luz


De pequeños principios resultan grandes fines. Mateo Alemán.

Debo confesarles que, en principio, fueron, y son, tantas y tan contradictorias las razones que me inspiraron este artículo que me resultó difícil su concreción. Bueno, aunque al decir verdad, siempre hay una que es indiscutible: el incontrolable deseo de escribir. Aunque ello lleve intrínsecamente el riesgo, que no la intención, de no ser demasiado trascendental. ¡Qué le vamos a hacer! A otros les da por subirse a los árboles, o hacerse políticos creyendo que con ello cumplen con la “divina” misión que les ha sido encomendada: salvar el mundo.
Sin embargo, como imagino que se estarán preguntando a que demonios viene el rimbombante titular que encabeza este pequeño artículo, trataré de explicarme. He estado varios años trabajando en una novela sobre Europa, basada en personajes, acontecimientos y fechas reales, pero reconvertida en una aglutinación de historias apócrifas con un objetivo común: poner en ciernes el gran riesgo y la viabilidad legal de Europa como el “Estado de los Estados”. Su relato nace, en centro Europa, en los oscuros inicios del siglo xii para terminar en nuestros días, en pleno siglo xxi, enfrentada a los fantásticos acontecimientos históricos y los más escalofriantes descubrimientos científicos. Por el momento es todo cuanto puedo y deseo contarles. Tampoco es cuestión de resumirles aquí más de cuatrocientas páginas de un relato y agotar su paciencia sin que, lamentablemente, podamos llegar a ninguna conclusión en este momento.
Pero por aquello de no parecer excesivamente superficial, si les diré que en la ingente labor de investigación que ha sido necesario realizar para darle forma a la novela, me he visto obligado a sumergirme en mundos cuya realidad sobrepasa sin dificultad alguna a la ficción más imaginativa. Por ella –la novela- de manera obligada, se darán cita desde la tecnología de comunicación más simple, casi vulgar y harto conocida, hasta los más nuevos y sofisticados descubrimientos en el campo de las desconocidas y aún más inquietantes Nanociencia, Nanotecnología y los derivados de la aplicación de ambas.
Les puedo asegurar que, en principio, mi intención fue siempre la de realizar una novela llena de sensibilidad. Un relato cuyo contenido se sustente principalmente en las reacciones y relaciones humanas más primitivas en donde, sin que medien agentes externos, muchos de ellos artificiales, podamos ver al ser humano en toda su extensión. De modo que, pese a que continua siendo la principal razón que me inspiró el emprender y terminar su creación, me ha sido muy difícil abstraerme de todo cuanto, en términos científicos, fui descubriendo de manera vertiginosa e imparable en nuestro mundo actual. Será, tal vez, que se cumple mi máxima sobre la inevitable rebeldía de los personajes de una novela, intentando, estos, ser lo que desean y no lo que el autor pretende, valiéndose para ello de cuanto les rodea.
Sea como fuere, la realidad es que el cúmulo de acontecimientos que afectan de pleno a nuestras vidas es tal que, independientemente de los inexcusables datos históricos y científicos que sean necesarios aportar para la coherencia a un relato, en la mayoría de las ocasiones fortuitos, están condicionando el todo de nuestra existencia. Sin ir más lejos, tengo sobre la mesa de mi estudio un recorte de prensa en el que, con todo lujo de detalles técnicos, se nos anuncia el proyecto ¡y la posibilidad! de que sea construido, en escasos quince años, un ascensor al espacio, sustentado por un cable de, sí, asómbrense, ¡100.000 kilómetros! ¿Y saben lo peor? Que todos los cálculos realizados y datos obtenidos permiten verlo con excepcional optimismo.
Me viene a la mente el recuerdo de conversaciones, aparentemente banales en aquella época, que mantuve, años a, con altos ejecutivos japoneses de una importante multinacional en algunos de los viajes que realicé a Tokio. Ellos aseguraban que debido a lo complejo de las inversiones en “este” nuestro planeta y de manera especial la falta de suelo en el Japón, hacía algo más de una década – hablaban de principios de los ochenta – que se estaba invirtiendo en la materialización de proyectos que permitieran la producción industrial ¡en el espacio! Al parecer, el problema principal, aparentemente hoy resuelto por medio de un tren espacial, era el transporte de la producción a la Tierra. Ahora que, si tenemos en cuenta el trabajo realizado por investigadores del propio Japón sobre la velocidad de la luz, aplicada al transporte humano, aquello finalmente se convirtió en un juego de niños. Estos, realizando ciertos experimentos, aseguraban que haciendo pasar un rayo de luz a través de un tubo de cadmio de un metro habían conseguido tal velocidad que el rayo había conseguido llegar instantes antes de haber salido. ¡Asombroso!, pero posible. ¿Verdad que ahora comprenden el titular del encabezamiento?
Lo cierto es que, como decía el clásico, lo tiempos adelantan que es una barbaridad. Aunque, como de todo lo nuevo en esta vida, siempre podremos obtener ventajas sorprendentes: ¿qué me dicen si, viajando sobre ese rayo de luz en el interior del tubo de cadmio, tuvieran la posibilidad de conocer a sus ancestros antes de que estos le hubieran engendrado? ¿O, al subir a ese ascensor camino de su apartamento en el piso, ni se sabe, tuvieran la fortuna de coincidir con ese/a deseable vecino/a y el ascensor se averiara a mitad de camino? En el primer caso, si lo que vemos no nos gustara, siempre tendríamos la posibilidad, no se como, de negarnos a nacer. En lo que se refiere al segundo, lo más probable es que en cuanto se hubiera realizado el rescate lo primero que habría que hacer es acudir a la oficina de empadronamiento más próxima y posterior bautizo.
De modo que, mal que nos pese, llegamos a la conclusión que pese a que uno en su mayor autenticidad se pase la vida tratando de buscar, al escribir, aquellas palabras que dando forma a frases con mayor o menor fortuna, pueda conseguir provocar las emociones más íntimas en el ser humano, terminará, en estos tiempos, con encontrarse con los poderosos condicionantes que el imparable y sorprendente ritmo de vida imponen, convirtiéndolo en una misión, casi, imposible. Y es que la agresividad el medio es muy fuerte.
Una confesión. El sueño de todo escritor, difícilmente logrado, al menos en mi caso, es provocar con sus textos ese mundo de sensaciones que sólo una buena composición musical puede conseguir. Tal vez en el mundo de la poesía, en el de la excepcional, se entiende, fuera posible acercarse algo. Pero incluso en ese caso, para conseguir alcanzar su verdadero esplendor, se precisaría que fuera acompañada de una mínima composición musical. De manera que pese a que lo uno no evita lo otro, o precisamente por ello, comprenderán lo difícil que resulta compaginar un sensible y emotivo texto literario con el pragmatismo emanado de los cálculos de la Teoría Cuántica; los valores matemáticos para desarrollar un cable de 100.000 kilómetros de longitud sujeto no se sabe bien a que cosa allá en el espacio, o conseguir llegar a estar presente, como observador privilegiado, en tu propio nacimiento. ¿Me estaré volviendo loco?
Hasta siempre.
Felipe Cantos, escritor.

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